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Perfiles pergaminenses

Jorge Costa, o quien hizo de la pintura un canal de expresión y de ayudar a los demás

Jorge Costa en la intimidad de su hogar.  (JORGE COSTA) Jorge Costa en la intimidad de su hogar. (JORGE COSTA)

Hace varios años que encontró en el arte una vocación que alienta. En tiempos de pandemia, decidió subastar una de sus obras para tender una mano al Hospital. Convocó a otros artistas a hacer lo mismo y sobraron actitudes generosas que hicieron de esa iniciativa personal una verdadera gesta solidaria. En el Perfil de hoy, la historia de vida del hacedor de esta idea.


Jorge Horacio Costa nació en Pergamino. Tiene 65 años. Hijo de Carlos Costa, jubilado del Banco Nación y luego viajante a quien define como “una persona increíble que nos marcó mucho a todos, hijos y nietos”.

“Fue hijo único y al morir su madre cuando nació él, se desesperaba por tener una familia unida y amorosa, y lo logró sin dudas”, agrega en referencia a su padre.

Su mamá, conocida como ‘Pupuy’ Rodríguez de París, fue ama de casa y gran tenista. Esa actividad de su madre marcó en ellos el amor por ese deporte. “El Club de Tenis fue nuestro segundo hogar. Hoy un sobrino preside esa institución. Mi hermano Carlos varias veces fue presidente y yo lo acompañé en la comisión”, agrega.

“Nací en el Centro, fui el tercero de cuatro hijos. El mayor, Carlos, casado con ‘Chuqui’ Montardit; luego Hebe, casada con Alejandro Drucaroff; y el menor, Guillermo, que falleció a los 13 años en un accidente muy triste, difícil de superar para todos”, relata.

Su vida de niño transcurrió en la calle 25 de Mayo, entre Florida y Dorrego; pero todos los recuerdos de su infancia tienen que ver con el Club de Tenis, en una época anterior a Vilas. “El tenis no estaba muy difundido, llegar al Club era transitar calles de tierra y jugar incansablemente”, menciona y nombra a “Billy” Gutiérrez, Julio y Marcelo Godoy, Gustavo Piaggio y Silvia O’Brien, la única mujer del grupo, que hasta jugaba al fútbol con ellos.

“Son amigos con los que hoy seguimos manteniendo contacto con mucho cariño, durante toda la vida”, afirma. Y acerca vivencias que hablan de la riqueza de aquel tiempo compartido: “Recuerdo una anécdota hermosa, en que jugábamos interclubes contra San Nicolás, y terminábamos definiendo los infantiles, Silvia y yo contra los hermanos Yunis, jugadores que anduvieron muy bien en campeonatos europeos. La chica de Yunis se enfermó, y jugamos contra los dos hermanos, ya en el último game, Silvia muy nerviosa no quería seguir; le pedí que contestara el saque y se fuera al alambrado y yo seguía solo. Terminamos ganando, y al finalizar el partido siento que viene de atrás, ella, mi compañera y me levanta en andas para festejar. La vergüenza todavía la recuerdo”.

Cursó la primaria en la Escuela N° 2, y la secundaria en el Colegio Nacional, donde reconoce  que no hizo verdaderos amigos, “porque como le tenía tanto terror a la querida ‘Flaca’ Ricardo Martínez me la pasaba cambiando de división para no tenerla. La tuve un solo año en Castellano y le agradeceré mientras viva lo aprendido”.

 

Un amor verdadero

 Jorge se puso de novio siendo muy joven con Verónica Coltrinari, su esposa desde hace 43 años. “Ella tenía 13 años y yo 17 cuando comenzamos nuestra relación y permanecemos juntos y muy felices hasta hoy”, afirma con la convicción de haber transitado la vida al lado de una compañera incondicional.

Fruto de ese amor nacieron cuatro hijos: “Ramiro es economista, está casado con María Inés López, y ellos nos dieron dos nietos: Joaquín y Felipe. Agustina es soltera, psicóloga y nos dio la primera nieta, Vera, hace ya 10 años. Alejo es ingeniero agrónomo, está casado con Agostina De Crisci, y tienen dos hijos: Astor y Gala. Y ‘Tute’, que trabaja para una empresa de Estados Unidos, está casado con Josefina Sapuppo, sin hijos todavía”.

Asegura que su familia es el pilar sobre el cual se sostiene el resto de la vida. Todo lo que hace lo concibe pensando en el bien de los suyos y disfruta de compartir con ellos todo lo que la vida les ofrece.

 

La vida laboral

 Cuando la entrevista lo lleva a recorrer la historia laboral, Jorge confiesa que su vocación era la Arquitectura, carrera de la que cursó cuatro años. “El haber conformado mi familia y tener niños pequeños me impidió continuar hasta recibirme, así que empecé a trabajar en la empresa de mi suegro, Héctor Coltrinari, durante más de 20 años”, cuenta. Y continúa: “Los avatares económicos del país hicieron que termináramos cerrando, al ser expulsados por la Municipalidad del predio que ocupábamos y sin posibilidades económicas para mudar semejantes instalaciones”.

“Así comenzaron una nueva etapa, con la conformación de una nueva empresa en la localidad de Fontezuela, que finalmente vendimos en prácticamente un sueldo mensual para subsistir y no despedir a ningún empleado”.

 

Cursillos de Cristiandad

A la par de la vida laboral y dueño de una profunda fe, Jorge trabajó para el movimiento Cursillos de Cristiandad de la Iglesia Católica. Rescata muchos aprendizajes de esa experiencia, entre ellas la participación en la Mesa Nacional y el haber logrado que la Diócesis pudiera tener representación activa en ese espacio.

“Tuve la gracia inmensa de viajar siempre con el padre Gastón Romanello, a Mendoza, Iguazú, y tantos más, siempre en auto, lo que me permitió experimentar y aprender de su sabiduría y humildad”.

“Hasta que empezó la pandemia nos reuníamos todos los lunes con un grupo de amigos, casi hermanos podría decir: Fernando D’Angelo, Marcos Moore, Valentín D’Aloisio, Mario Nebbia, y el padre Rodrigo Vázquez, para compartir nuestras vidas con el Espíritu Santo presidiendo la reunión. Con Fernando, hace 30 años ininterrumpidos”.

 

La pintura

 Desde hace tiempo Jorge incursionó en el arte a través de la pintura. Fue algo casi fortuito, porque confiesa que nunca antes se le había ocurrido pintar.

“Siendo joven y estando sin trabajo, me llegó un mail de mi hijo en el que me decía que una compañera de él de un curso de Filosofía empezaba a dar clases de pintura. Me interesó la idea, casi como para hacer algo. Así que puse manos a la obra y así comencé a tomar clases con María Elena Escolá, con quien fui tres años”.

Esos fueron sus primeros pasos. Luego conoció a Ricardo Juárez, a quien admiraba por sus obras. “Con él pinto todas las semanas desde aquel día y con él tuve la posibilidad de empezar a exponer en grandes eventos, entre ellos la bienal de Florencia de 2017”, relata. Y describe esa experiencia como “algo sin igual que le abrió un mundo extraordinario” y le mostró un panorama muy amplio de la actividad pictórica. “Compartí esa vivencia con ‘Gabi’ Escoda, con quien junto a su marido compartimos no solo el amor por la pintura sino una gran amistad”.

Reconoce que es una de esas personas que rinde culto a la amistad. “Somos muy amigueros, cultivamos la amistad en forma muy especial”, expresa, incluyendo a su esposa Verónica. Y menciona a aquellos con los que se reúnen más frecuentemente: “’Toni y Roberto Harrison; Marisa y ‘Pucho’ Lucini; Viviana y Marcos Moore; ‘Pina’ y Mario Nebbia; Marta Medinilla y Carlos Siri; ‘Memo’ y Vero Cremona y Marcela y ‘Siqui’ Escalante, estos últimos de Rosario”.

No son los únicos. “Hay muchos otros que no nombro porque sería injusto olvidarme de algunos”, se disculpa.

 

Su filosofía

Tomar lo bueno de cada experiencia, compartir la vida con otros, guardando las complicaciones y problemas en “un bolsito” sin olvidar que también existen, pero sin dejar que quiten el sueño ni opaquen las buenas cosas que suceden en lo cotidiano, es una filosofía de vida a la que rinde culto.

“Disfrutar de mi familia, amigos, sobrinos, que son como hijos, sobrinos nietos, y pintar, llena mis días”, afirma. Y de este modo define aquellas cuestiones que en su vida resultan esenciales.

Asegura que trata de pintar todos los días, un rato por la mañana y otro rato por la tarde. No hay un solo disparador que lo inspira. Lo señala: “A veces es una foto, otras un recuerdo; y en muchas ocasiones la mancha con la que empiezo en la tela”.

Confiesa que le gusta pintar paisajes. Quizás porque también le gusta viajar. Disfruta de pintar rostros, allí donde tal vez reside el alma de la gente.

Su primera creación fue un puente de Candás, pueblito asturiano desde donde partió su abuelo Rodríguez. Su obra más trascendente hasta hoy es el Cristo de San Damián, que preside el altar de la Parroquia Nuestra Señora del Luján de Pergamino. “Es una obra de 2,30 metros de altura, seguramente tuve una inspiración especial, dado el tenor de semejante obra”.

 

Gesta solidaria

 De la mano de la pintura, en la pandemia surgió la inquietud de hacer de esa actividad que le causa tanto placer un vehículo para ayudar a otros. “Un día estaba pintando durante esta pandemia, pensando qué iba a ser de mi vida, tanto tiempo sin poder salir, sin poder colaborar al ser una persona que está entre los grupos de riesgo. Pintaba y al momento de titular un trabajo recién terminado, me surgió el nombre: ‘Todo va a estar bien’, título que llevaba un dibujo que me había regalado mi nieto Astor”, relata y comenta que luego surgió la idea de subastarla con el propósito de poder tender una mano al Hospital San José. “Al comentarlo a mi hijo Alejo me convenció que hiciera más grande el gesto invitando a colegas a donar obras y subastarlas. Fueron muchos los que generosamente se fueron arrimando a donar y en menos de un mes ya reunimos 75 mil pesos, fondos que ayudan mucho al Hospital en momentos tan críticos”.

 

El sentido de la vida

En la posibilidad de ayudar a otros y de brindarse Jorge encuentra el sentido de la vida. “Trato de hacer felices a las personas que me rodean”, afirma. Y se introduce en el universo íntimo de sus afectos cuando lo dice: “No tuve abuelos, y me hubiera encantado tenerlos, por eso es que deseo vivir más tiempo para disfrutar de mis nietos, y para que ellos me disfruten. Mi padre marcó a sus nietos, y yo aspiro a lo mismo”.

 

Paz en tiempos difíciles

 Vive los complejos momentos que afligen al mundo con mucha paz, aunque con la angustia lógica de no poder ver a parte de su familia que no vive en Pergamino. “A los de acá también los veo muy poco por precaución”, además. Y con una mirada optimista respecto del futuro espera que la situación actual pase pronto para “volver a los abrazos que quedaron pendientes”.

Mientras tanto se contenta con pasar sus días en su casa, ese sitio que desde hace más de 40 años siente como “su lugar”. Esa partecita donde está la raíz. Confiesa que le gusta vivir en Pergamino, aunque si no estuvieran tantos de sus afectos aquí le hubiera gustado vivir en un lugar con mar. Pero la prioridad es la gente que ama. Y aquí se queda, donde está la raíz, esa que honra.

Le gusta caminar, ya no juega al tenis. Disfruta de la presencia de los amigos. Y sin asignaturas pendientes, imagina la vejez como está transitando su presente. Solo anhela tener salud, estar tranquilo y viajar para visitar a sus nietos que viven en Buenos Aires y Alta Gracia, sin más aspiración que conectarse con lo verdadero.

“Es toda mi pretensión”, concluye.