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Perfiles pergaminenses

Jorge Hauad: la vida en dos de las emblemáticas ópticas de la ciudad

Jorge Hauad, en la redacción de LA OPINION, para hablar de su actividad laboral, su familia y la vida. (LA OPINION) Jorge Hauad, en la redacción de LA OPINION, para hablar de su actividad laboral, su familia y la vida. (LA OPINION)

Aprendió el arte de armar anteojos siendo muy joven trabajando en la Optica Martín. Hoy lo hace en el laboratorio óptico de Pablo O’Brien. Reconoce que su tarea de todos los días es una pasión, lo mismo que la música que abrazó a través de su guitarra. Su otro amor incondicional es la familia que conformó y de la que disfruta plenamente.


Jorge Hauad tiene 61 años y nació en Pergamino. Hijo de Antonio Hauad y Luisa Chimento; vivió en Monteagudo y General Paz hasta que teniendo 5 años se mudó al barrio Centenario, donde vive actualmente. Le gusta el lugar en el que habita y está satisfecho con la vida. Lo dice desde el comienzo y se muestra agradecido por la entrevista en una sección del Diario que lee habitualmente y que destaca por lo que significa para muchos vecinos el poder contar su historia. Se siente honrado de ser parte y con humildad recibe la posibilidad de la entrevista que transcurre por tópicos sencillos.

“Toda mi vida la pasamos en el barrio Centenario”, refiere y menciona a sus hermanas: María Rosa que falleció siendo muy joven en 1981 y Mercedes, con quien tiene una relación entrañable. “Ella enviudó hace unos años, y tenemos una relación muy cercana, cada dos o tres días nos tenemos que ver porque ambos sentimos esa necesidad. Ella tiene dos hijas: Desiré y Bárbara Bauzá”, menciona. Creció en una familia cuyos padres le inculcaron los mejores valores. Su padre trabajó como electricista en el viejo Hospital de Llanura y su madre, ama de casa.

“De mi niñez tengo los mejores recuerdos, podría decir que fue la mejor etapa de la vida, de compartir fútbol, tiempo y experiencias con amigos inolvidables”, menciona y recuerda su paso por las divisiones inferiores del Club Argentino y sus partidos de fútbol interminables en los potreros que se formaban en un barrio que por entonces tenía sus calles de tierra.

Comenzó el colegio primario en la Escuela Nº 77 y en tercer grado se cambió a la Escuela Nº 16 donde egresó. Sus estudios secundarios se iniciaron en el Colegio Nacional, donde cursó solo un año.

Su primer trabajo

Desde temprana edad se insertó en el mercado laboral por lo que discontinuó sus estudios. Teniendo apenas 13 años cuando entró a trabajar en la Optica Martín, un comercio importante de la ciudad.

“La Optica Martín fue un emblema en el rubro no solo en Pergamino sino en una amplia región. Era un negocio muy diverso y reconocido. Yo ingresé por recomendación de mi hermana María Rosa que trabajaba en la Joyería Turín-los Turín y los Martín eran familiares-“, cuenta y menciona a Aída Turín, una de las fundadoras de la Optica.

“Ese fue mi primer empleo formal. Ingresé en 1961, al principio era cadete y me dedicaba a la limpieza del local y después con los años comencé a trabajar en el taller de óptica, y así aprendí el oficio que he desarrollado. Aprendí el armado de anteojos en todo lo que representa el taller de óptica. Tuve grandes profesores que me enseñaron. Este negocio tenía varias secciones, fotografía, óptica y cirugía. Los fundadores fueron Aida e Isasio, ambos fallecidos; y yo trabajé muchos años con Aída y después con Oscar y Olga Martín que fueron quienes llevaron adelante el negocio”, relata.

Su presente laboral

Después de retirarse de ese comercio, empezó a trabajar con Pablo O’Brien. “Siempre estuve en el rubro óptico. Con Pablo directamente en el taller, en algún momento estuve en la atención al público, pero mayormente mi trabajo se centró desde el principio en lo que yo había aprendido a hacer en mi empleo anterior que estaba vinculado al armado, diseño y desarrollo de cristales”, precisa y confiesa que siente pasión por lo que hace.

Refiere que su trabajo ha cambiado mucho desde que él se inició en su oficio. “Antes toda la tarea se hacía a mano de un modo muy artesanal. Solo existían máquinas muy rudimentarias que servían para cortar el cristal pero después se tallaba a mano. A los cristales de alto índice uno comenzaba a trabajarlos a la mañana y hasta última hora del día no los terminaba porque se recortaban a mano y las máquinas no tenían el adelanto tecnológico que fueron teniendo después”.

Afirma que hoy todo el proceso se realiza con máquinas automáticas, aunque remarca que el uso de esa tecnología requiere de un aprendizaje. El siempre se ha mostrado dispuesto a aprender y a adoptar todos los adelantos que redundaran en la posibilidad de realizar un trabajo de calidad. “Yo tuve la fortuna de poder conjugar todo el avance tecnológico con la experiencia que tenía en el trabajo manual. Hoy aplico ese saber que adquirí de grandes maestros con los adelantos técnicos que hay en este rubro”, agrega.

Descubrió en su trabajo una actividad que le encanta. Habla con propiedad de lo que sabe hacer y se muestra agradecido porque siempre le dieron la posibilidad de aprender y crecer haciendo algo que le genera verdadera pasión. “A mí me encanta lo que hago, toda mi vida me he dedicado a lo mismo y la verdad es que lo disfruto mucho. Soy apasionado y muy responsable”.

En el laboratorio óptico de Pablo O’Brien comenzó a trabajar en 2000. “Tengo muchísimos años de oficio”, refiere y comenta que aunque su trabajo es puertas adentro, en algunas ocasiones atiende a clientes con los que a lo largo de los años ha establecido una relación de confianza.

Señala que imagina la jubilación. Tiene años suficientes en la actividad, y solo le falta sumar algunos años de edad para transformar eso en un proyecto real para el que sabe que hay que prepararse. En el mientras tanto, disfruta de su tarea cotidiana a diario y da lo mejor de sí para cumplir con su tarea.

“Cuando yo empecé a trabajar existía la libreta de ahorro que se estampillaba mensualmente. Es decir que me pagaban un sueldo y lo que serían los aportes quedaban depositados hasta los 18 años que abrían las libretas y con las estampillas que tenías podías retirar el dinero que eran los aportes efectuados”, comenta marcando una modalidad de ese tiempo. “No me acuerdo que hice con ese dinero, lo que sí recuerdo es que el turno laboral de ese entonces era de seis horas y después de los 18 comencé a trabajar ocho horas”.

La música

Cuando no está trabajando dedica su tiempo al que es su hobby: la música. Incursionó en esta actividad tocando la guitarra y en una época conformó un trío musical “Medrán Trío” con Joaquín Medrán y Jorge Vidal, un amigo ya fallecido que le dio la música.

“Hoy sigo con la música, me encuentro con Joaquín, a veces actúo pero lo hago esporádicamente”. El folklore y el tango son los géneros que interpreta con su guitarra. Aprendió a tocar con Carlos Morán y todo lo demás surgió del encuentro con amigos, de la música tocada en distintos ámbitos, del oído y el placer que le despiertan las buenas canciones. “El andar y descubrir cosas en las juntadas que hacíamos me conectó mucho con la música”, refiere hablando de una de las actividades que lo acompañó y lo acompaña a lo largo de su vida.

Tanto su trabajo como su incursión en la música le han dado la posibilidad de cosechar grandes amigos. No hace referencia a nombres propios, salvo el de Joaquín Medrán con el que semanalmente se reúne con la guitarra como excusa para hablar de cosas de la vida. “Tengo la fortuna de tener muy buenos amigos, ellos saben quiénes son, junto a mi familia, valoro mucho la amistad.

“El trabajo me permitió conocer mucha gente porque tuve la suerte de poder desempeñarme en negocios emblemáticos por los que pasa un caudal de gente importante”, agrega en una charla amena.

Su principal construcción

Jorge conformó su propia familia cuando se casó con María del Rosario Spagnoli “Kiti”,  a quien conoció en La Vieja Barraca cuando corría 1978. “Nos casamos en 1984 y un año después fuimos padres”.

Tienen un hijo, Lucas de 34 años. Habla de él con profundo orgullo y cuenta que le ha volcado toda su experiencia, quizás la que le hizo despertar su pasión por la óptica, actividad a la que se dedica con el hijo de Pablo O’Brien con quien tienen una sucursal de la óptica en el barrio Centenario. “Mi hijo está en pareja con Gabriela, que es mi nuera y compinche y hace diez meses la vida me premió con la llegada de Sara, mi primera nieta y la luz de mis ojos”, relata con la emoción de su condición de abuelo, recién estrenada.

“La beba llegó para cambiarnos la vida. Vivimos prácticamente en la misma casa. Es un amor que no conocía. Espero salir del trabajo para verla y compartir con ella todo el tiempo que tengo disponible. Es una emoción enorme, nunca creí que se podía sentir ese amor”.

Un agradecido

Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir. Disfruta de la ciudad, cuando trabaja y cuando disfruta del tiempo libre. “Es un lindo lugar para vivir. El centro de la ciudad ha cambiado mucho, he sido testigo de esa transformación porque desde hace muchísimos años he vivido prácticamente en el centro de la ciudad por mi trabajo en el que paso muchas horas todos los días”.

Se define como una persona agradecida. De buen carácter, le gusta disfrutar de buenos momentos.

Aspira que la vejez llegue con autonomía y que la vida le siga regalando el tesoro de la familia. “Me gustaría llegar a viejo con esta energía que tengo. Me siento muy bien con la vida que estoy llevando, me gusta pasarla bien, me gusta estar con mi gente y creo que a ellos les gusta también estar conmigo”, afirma.

“No sé si merezco ser uno de los personajes de Pergamino, tengo una vida sencilla, pero me honra formar parte de este espacio que rescata tantas historias de vida”, dice casi sobre el final. Y prosigue: “Es muy interesante esta iniciativa del Diario que sigo cada domingo como lector y me permite conocer a mucha gente. Hay personajes que han hecho determinadas cosas que no han trascendido y Pergamino no los conoce”, resalta, agradeciendo la posibilidad de ser parte de los “Perfiles” con una historia simple, de esas en las que se destacan los valores del trabajo, la familia y la pertenencia a lugares que a la vez que permiten el crecimiento personal forjan una identidad pergaminense.

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