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Perfiles pergaminenses

José Antonio Bravo: vocación, pasión y compromiso al servicio de hacer radio

José Antonio Bravo traza su “Perfil Pergaminense”.  (LA OPINION) José Antonio Bravo traza su “Perfil Pergaminense”. (LA OPINION)

Nació en Tucumán, vivió en Alcorta y llegó a Pergamino. Siendo pintor de obra abrazó su sueño de ser locutor y se abrió camino. Desde hace años conduce el programa de la mañana en LT35 Radio Mon. Auténtico, trazó su Perfil definiéndose como “un pergaminense de alma”, profundamente agradecido a esta ciudad y a la vida por tanto.


José Antonio Bravo, “el Negro”, es el conductor de “La Mañana de la Radio” que se emite por LT35 Radio Mon. Decir su nombre es evocar una voz conocida por todos. Es un hombre de radio, pero también vendedor y pintor de obra, trabajos que realizó desde chico y honra. Su personalidad le fue abriendo las puertas para transitar un camino propio en el mundo de los medios de comunicación. Acompañó esas oportunidades con responsabilidad y se ganó un espacio para imprimir en su hacer de todos los días “un sello” que marca la identidad del programa que conduce.

Nació el 26 de junio de 1956 en San Miguel de Tucumán y creció en “Yerba Buena”, al pie del cerro San Javier. A los 7 años llegó a Alcorta, donde se habían establecido sus padres, Nolberta Moya y Francisco Bravo; pero no se adaptó a la llanura y regresó a su pueblo para vivir con su familia de crianza “mamá y papá Morales”, como llama a Francisco y Juana. “En el norte es muy común tener familias de crianza, de hecho yo tengo hermanos de crianza”, refiere y cuenta que como su madre trabajaba, siendo bebé él quedaba al cuidado de vecinos y de su madrina. “Cuando yo lloraba, a través de un alambrado me pasaban a la casa de los Morales y ellos me cuidaban como a un hijo más”.

Expresa una profunda gratitud por sus orígenes. Su papá ya falleció y su mamá “Berta” está en un hogar en Coronel Bogado.  Tuvo dos hermanos, Adriana y Raúl -ya fallecido-. “Viví en Tucumán hasta los 14 años en que me fui a Alcorta. Era un changuito terrible”, recuerda. 

Su primer trabajo fue como chapista. En los inviernos se iba a la Estancia Madariaga a trabajar en el campo. Más tarde fue pintor, un oficio que abrazó con pasión. A los 18 años tomó la decisión de terminar el colegio secundario en un bachillerato de adultos. Inquieto y emprendedor, confiesa que nunca sintió miedo.

La locución, una pasión

Desde chico su pasión fue la locución. Vivía escuchando radio y soñaba con ser parte de ese universo. Siendo pintor, las puertas para cumplir ese anhelo se fueron abriendo: “Trabajaba con un señor que era un poco humorista, un poco cantante y tenía un auto al que le ponía dos bocinas y hacía publicidad callejera. Un día me invitó a grabar una publicidad para el cine de Alcorta. Cuando me escuché me quedé admirado. Agarré vuelo, era casi una locura de infancia, y esa grabación fue la primera de muchas que me permitieron satisfacer algo que llevaba en el alma”.

Los carnavales

José Antonio era bailarín de comparsa en los carnavales de Alcorta y a la par de ello surgió la posibilidad de ser locutor en aquellas noches de fiesta. “Yo escuchaba al locutor que leía las publicidades con una parsimonia y me decía a mí mismo: ‘Yo podría hacerlo mejor’. Pintando en la casa del presidente de la comisión que organizaba los carnavales, me animé a proponerme como locutor. El planteó mi inquietud y me aceptaron. Para presentarme la primera noche me compré un saco y un reloj que aún conservo. Jamás olvido los nervios que sentí, de golpe me vi en un escenario haciendo lo que soñaba. Un locutor de Rosario me dio algunas indicaciones: ‘Cuando subas al escenario nunca lleves las manos vacías’ me dijo, y eso me sirvió mucho. Así empezó para mí la locución, la primera noche temblando de miedo y la última jugando con mis compañeros en el escenario”.

De la mano de esa experiencia llegaron otras. Con su amigo que hacía publicidad callejera comenzó a recorrer los pueblos vecinos invitando al carnaval. La música que acompañaba esa promoción era “El Cuartetazo” que él mismo le había propuesto tras haberla escuchado en Pergamino. “Era una fiesta; no solo difundíamos los carnavales, interactuábamos con la gente que salía a la vereda a bailar cuando pasábamos. Ese fue el origen de este changuito locutor”, dice.

Su vínculo con Pergamino

Su relación con Pergamino llegó de la mano de una situación familiar. Uno de los hermanos de su madre vivía aquí y habían pasado más de 30 años sin verse. A raíz de ese reencuentro fue que José estrechó un vínculo muy fuerte con su tío Ramón Moya, que trabajaba en Iradi. “Fue de su mano que cuando me vine a Pergamino comencé yo también a trabajar ahí. Eso ocurrió en abril de 1977”.

Al tiempo de estar establecido en la ciudad regresó a su oficio de pintor. Agradece a todos los clientes que le dieron su confianza y a Pergamino que “desde el primer día me recibió con una generosidad increíble”.

La radio

Un día, pintando en una casa de Alsina 921, escuchó que en Radio Mon necesitaban un locutor para hacer un reemplazo. El requisito era tener experiencia y estudios secundarios. “Sentí que reunía las condiciones y me presenté. José Alberto García me tomó la prueba y resulté seleccionado”, cuenta. Y recuerda que lo llevaron a trabajar “al aire”. En rigor era su primera vez en un estudio y no se avergüenza al contar que le transpiraban las manos.

“Comencé haciendo ‘Comunicación espontánea’ con Eduardo Costamagna y Mirta Heredia”, refiere, reconociendo que “producto de la inexperiencia cometí muchos errores y eso me valió que un mes después Don Carlos Trincavelli me agradeciera los servicios prestados”.

“Para entonces había conocido al equipo que hacía automovilismo y ellos más tarde fueron un puente para regresar a la radio, junto al ‘Gallego’ García que me había ayudado mucho. Con Tantoni, Ostoich y Domínguez comencé a hacer locución en las carreras de automovilismo. Y también hacía las carreras de motos en Provincial, lo que me permitió ejercitar con el micrófono”, relata.

Tres o cuatro años después, a raíz del fallecimiento de Gastón Calvelo, se abrió la posibilidad de regresar a LT35. “Yo estaba pintando el Colegio del Huerto con mi amigo Walter Alboini cuando me encontré con José Alberto García y me propuso volver”.

“Siempre sentí que eso fue algo que ‘me armó el de arriba’”, dice. “Comencé grabando algunas tandas, me dieron un panorama informativo para leer y esa terminó siendo mi tarea”.

Su horario de trabajo era de 19:00 a 01:00, con “el Negro” Zárate, “Coqui” Hannun y José Alberto García. “Gustavo Pérez Ruiz me enseñó a usar la teletipo”, señala, mencionando que un día le tocó reemplazarlo a la mañana. “Gustavo no llegó y me pusieron al aire”, cuenta y recuerda como si fuera hoy la felicitación que recibió de Don Carlos Trincavelli.

Pasaron tres meses hasta que el dueño de la radio lo llamó a su oficina para proponerle “ser parte de la familia de Radio Mon”: “Ese día sentí que estaba en las nubes”.

“Desde ese momento asumí un compromiso muy grande y me dije a mí mismo: ‘Este hombre al que admiro me dio su confianza, no le voy a fallar. Hasta mis últimos días de trabajo me voy a quedar en la radio”. Y así fue. Pasaron más de 37 años desde entonces. “Me está faltando poco para ir a agradecerle la vida que me dio, porque Carlos Trincavelli fue quien me sacó la brocha y me dio el micrófono diciéndome ‘esto es para usted’”, resalta.

El programa de la mañana

La conducción llegó de la mano de algunos cambios que se dieron en la programación de la emisora, cuando se produjo la salida de Gustavo Pérez Ruiz de las mañanas. “Me propusieron el horario, fue difícil tomar esa decisión y hasta pensé en renunciar porque sentía que estaba ocupando el lugar de un compañero. Gustavo Bitar fue quien me alentó a quedarme. Siempre se lo voy a agradecer”.

Con la determinación de quedarse abrió un gran capítulo en su carrera. Hizo del programa un espacio que tiene su impronta. “Comencé con Elena Mondot, y seguí hasta el día de hoy con compañeros que fueron cambiando y con los que siempre me complementé muy bien”.

“Tomo con mucha naturalidad lo que pasa con el programa, improviso, me comprometo con los temas y siempre tengo una escucha atenta”, refiere. Y con humildad reconoce: “No tengo formación académica, lo mío es visceral y me apoyo en mis compañeros para llevar adelante el programa. Conozco mis limitaciones en el oficio periodístico que aprendí estando en este medio de comunicación”.

A la par de ello se dedica a la venta. “Soy vendedor por naturaleza y disfruto del contacto con los clientes. Vender es algo que comenzó antes de la radio y que siguió luego de la mano de este oficio radiofónico”, agrega.

Afirma que su trabajo le dio enormes gratificaciones. Las anécdotas son infinitas. Y algunos momentos, inolvidables. Menciona la entrevista en exclusivo que le hizo a Raúl Alfonsín.  También las coberturas de grandes eventos y su presencia en las muestras agropecuarias. “Me ha tocado hablar con presidentes, artistas, mucha gente”, menciona. Y por sobre ello destaca la “increíble” relación con los oyentes. “Ellos son el verdadero motor de mi tarea”.

Cuando habla de ellos menciona los programas de la noche de Fin de Año, una iniciativa que propuso a la dirección de la radio tomando como referencia lo que se hacía en Tucumán. “Es una manera de recibir el Año Nuevo con los oyentes, estar cerca de los que están solos y acompañar a las familias”.

Su familia

Cuando no está en la radio se dedica a su familia. Papá y abuelo, ha sabido generar lazos capaces de sortear separaciones, dificultades y durísimas pruebas. Al hablar de sus relaciones familiares se introduce en el aspecto más íntimo de su historia: “Llegué a Pergamino solo, conocí a Sara, la mamá de Luciano, Silvana y Carolina. Nos separamos. Conocí a Angela, la mamá de Raúl y Victoria, convivimos 18 años. Más tarde llegó mi pareja con Claudia, con quien compartí 16 años de mi vida y nació Tiziano. Y luego de separarme, cuando pensé que me iba a quedar solo, me reencontré con Lidia, una mujer con la cual tuvimos una historia hace muchos años. Ella era alumna del Colegio del Huerto cuando yo pintaba allí. Nos quedaron recuerdos muy fuertes de ese tiempo que no se perdieron nunca, y hoy 34 años después estamos juntos”.

Abuelo de Zoe, Aron, Camilo, Lorenzo, Agustín, Thiago y Camila, es un hombre agradecido. Cree en Dios infinitamente y la vida misma puso a prueba su fe cuando se accidentó su hijo Luciano: “Lo habían dado por muerto en Villa Mercedes, y antes de ingresar el cuerpo a la morgue a un médico se le ocurrió auscultarlo y sintió sus latidos. Fue un milagro, como no voy a estar agradecido a Dios que me lo devolvió”, relata conmovido.

No le pide a la vida nada más que ver unidos a los suyos. Y poder disfrutar de una vejez que seguramente transitará escuchando radio y tentándose de intervenir cada vez que haya un micrófono cerca. Ya le falta poco para jubilarse y fantasea imaginando cómo será la vida sin horarios. “Espero poder comprarme un auto para pasear, aunque el Polo verde me acompaña para todos lados. Y también comprar un lugar en Castelli al fondo, para cuando me toque partir. Lo demás ya está hecho”.

Sin pensar demasiado en cómo será el futuro, sigue dedicando sus días a lo que ama. Afirma que la vida de la radio “no es académica ni es del bolsillo, es del corazón” y sabe que ha puesto el suyo en cada cosa que hizo, con el alma. Esa autenticidad, lo define.