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Perfiles pergaminenses

José Toha, en el umbral de los 100 años, testimonio de una vida vivida a pleno

José Toha, en la intimidad de su hogar, con el cencerro que utilizaba en el campo, recorrió su historia de vida. (LA OPINION) José Toha, en la intimidad de su hogar, con el cencerro que utilizaba en el campo, recorrió su historia de vida. (LA OPINION)

El 21 de mayo cumplió 99 años. Este pergaminense por adopción se dedicó a la actividad agropecuaria y forjó su porvenir sobre la base del esfuerzo. Hoy recorre junto a LA OPINION su historia cargada de experiencia. Con la templanza que da el paso del tiempo, reflexiona sobre las cosas esenciales mientras disfruta de lo que más ama que es “vivir”.


En tiempos en los que la realidad nos enfrenta tan a menudo con la tragedia, no hay nada más reconfortante que conectarse con la vida. Y hacerlo narrando historias que tienen que ver con ella en su dimensión más amplia. José Toha, “Ñato” para muchos de sus conocidos, es un hombre de 99 años, de raíces catalanas, nacido en la provincia de Santa Fe, y pergaminense por adopción. Cumplió años hace unos días, en plena cuarentena. Sin el festejo que hubiera querido, pero con plena conciencia de lo que significa haber llegado al umbral de los 100 gozando de buena salud y teniendo cerca a los suyos de manera entrañable. Es una persona que en todas sus acciones honra la vida y la celebra. Su longevidad para él es casi una sorpresa y un hecho que en parte le atribuye a su buena suerte. Sin embargo, cuando se lo escucha narrar sus vivencias, aparecen algunas claves que indican que la buena salud lo ha acompañado hasta aquí, y que ha vivido rodeado de afectos verdaderos, de esos que sostienen y apuntalan. Es viudo desde el año 1992. Se había casado con su vecina del campo. Tuvo con ella a sus dos hijas: Susana y Teresa. Es abuelo de cinco nietos y 10 veces bisabuelo. De la normalidad que perdió con la pandemia extraña el contacto estrecho con ellos, los almuerzos compartidos, las largas tardes de tejo y juego de cartas entre amigos en su cita obligada al Parque Municipal. Pero acepta con obediencia lo que le propone el presente y se entretiene realizando rutinas sencillas como caminar en el patio de su casa, cuidar la huerta y ocuparse de las plantas. Le gusta la buena comida y el buen vino. Y cuando se sienta a ver algún partido de fútbol se permite disfrutar de un “lindo whisky”. Es hincha de Boca Juniors. En algún tiempo jugó al fútbol y practicó pelota paleta como aficionado. El resto de su tiempo vital fue invertido en trabajar. “Siempre fui un chacarero”, afirma con el orgullo de saber que esa noble labor en tiempos de extremado sacrificio rindieron los frutos que le permiten vivir una vejez tranquila con la que se lleva muy bien. Le gusta vivir y se le nota. Su aspecto es jovial y nadie al verlo podría sospechar su edad. Tiene la lucidez de aquellos que guardan en la memoria cada recuerdo como un tesoro que acercan en la conversación para retratar postales de “otro tiempo”.

La vida en el campo

Sus retinas y sus manos fueron testigos y protagonistas de las grandes transformaciones que experimentó la actividad agropecuaria. Hasta los 50 años vivió en el campo y estuvo abocado a tareas que demandaban largas jornadas de trabajo y no pocos esfuerzos. Conserva algunos elementos de aquel tiempo. Entre ellos el cencerro que usaba para llamar a los animales. Había una yegua madrina y un caballo nochero del que se valían para que cada día la rutina de arrearlos resultara más sencilla.  Todavía no sabe cómo los animales reconocían ese sonido y eran capaces de diferenciarlo del llamador que usaban en campos vecinos. “Debe ser la sabiduría de los animales”, dice. Y en esta apreciación se nota su templanza y su modo de ver la vida, arraigada a lo simple. En el campo aprendió casi todo lo que sabe. Fue a la escuela apenas un año y el resto de lo que aprendió fue en galpones que las familias de campo alquilaban y transformaban en escuelas. “Aprendíamos lo mínimo de la mano de la vocación de personas que sabían y sin ser maestros dedicaban tiempo en enseñarnos a los chicos que vivíamos en las chacras. Así aprendí a leer y a escribir, pero nada más, no sabíamos dónde estaba el norte ni el sur”, afirma. Todo lo demás se lo enseñó la vida y su espíritu inquieto. “Allí no se sabía nada de historia y no nos enterábamos demasiado de lo que pasaba en otros lugares”, continúa en una charla amena y cálida.

Nació el 21 de mayo de 1921 en Peyrano, provincia de Santa Fe, en la estancia Suárez. “Nací en un ranchito de barro en el campo”, menciona. Su papá se llamaba Pío y su mamá Teresa, ambos dedicados a tareas rurales. Fueron cinco hermanos. Su infancia y gran parte de su vida transcurrieron en el campo. “Después de Peyrano nos mudamos a la zona de Todd, donde estuvimos 18 años; y después nos fuimos al campo Duggan, más cerca de Viña, y de ahí nos vinimos para Pergamino”, relata.

Trabajó el campo cuando se araba a caballo. En la piel tiene las marcas de las heladas fuertísimas. En el alma la nostalgia de aquel tiempo. “Cuando había niebla literalmente te perdías”, relata.

En la geografía de esas charcas fue creciendo y aprendiendo a desempeñarse en la tarea agropecuaria. Sus relatos muestran una vida muy distinta a la actual. “Siempre trabajé en el campo, mi oficio siempre fue ser chacarero”, agrega y comenta que “ya viviendo en Pergamino durante unos años tuvo un campo al que viajaba para trabajar”.

De su juventud recuerda las reuniones que se hacían en las chacras: “Allí comíamos un asado y bailábamos. Esa era la diversión. Teníamos una vitrola y siempre había alguno que la manejaba. Nunca faltaba el que tocaba el acordeón. Siempre estaba la música”.

Su familia, la mejor cosecha

Actualmente vive en la casa que fue de sus padres y que él compró a sus hermanos. Armó su propia familia con Ana Dolores Ramos: “Eramos vecinos del campo, nos enamoramos y nos casamos”, relata, haciendo una cronología de cómo con el tiempo la familia se fue agrandando con la llegada de sus hijas, nietos y bisnietos. “Mis nietos son Juanjo, Clarita, Leonardo, Paula que está casada con Nicolás, y Federico que está casado con Patricia”.

“Mis bisnietos son Valentina, Milagros, Lucas, Nicolás, Joaquín, Sofía, Victoria, Francesca, Federica y Santiago”, agrega en un relato que causa emoción porque muestra lo que su familia representa en su vida. Confiesa que extraña un poco a los que no ve tan seguido porque la vida los llevó a vivir en el exterior. Pero se contenta con saber que están bien y que la tecnología los acerca.

El tejo y los amigos

Desde hace varios años es socio del Club Amigos del Tejo que funciona en el Parque Municipal. Antes del confinamiento, todas las tardes se iba manejando hasta allí para compartir la tarde entre amigos. “Tengo un Renault 12 que me llevaba hasta allá porque yo todavía manejo”.

En ese lugar están muchos de sus amigos. Comenta que jugando al tejo compitió en los Torneos Bonaerenses. También bailó folklore y siempre se mostró predispuesto a participar de actividades que tienen para él un enorme valor en el encuentro con los otros.  “Con mis compañeros de tejo fuimos a Mar del Plata, competimos en el primer torneo que se hizo en la provincia y competimos en la final, luego de haber ganado en Pergamino y la zona. Fue una experiencia muy linda”.

Por su participación en este tipo de actividades fue reconocido en varias oportunidades y guarda los recuerdos de esas menciones. Entre ellas el haber sido ternado en la Fiesta del Deporte del Diario LA OPINION en 2003, el reconocimiento otorgado por su participación en los Juegos Bonaerenses en 2010; y la distinción que le entregó el Consejo Asesor Municipal de la Tercera Edad e 2013 por su participación sostenida en distintas actividades destinadas a adultos mayores.

Confiesa que desde hace un tiempo ya no juega al tejo. “Pero voy igual y juego a las cartas. Voy desde el primer día cuando a partir de que habían comenzado los Torneos Bonaerenses nos organizamos, conseguimos el predio e instalamos las canchas”.

Extraña ir, cada día a las 3:00 de la tarde y quedarse “hasta que el sol aguantaba”. Sabe que pronto será tiempo de regresar y reencontrarse con los viejos amigos.

Sin recetas

No sabe cuál es la clave para vivir 99 años. “Es difícil saber cómo es que una persona llega a esta edad”, acota, disfrutando de su bienestar y aprendiendo del paso del tiempo.

Tuvo una vida sana; pero no se priva de las cosas que le gustan. Come de todo y es quien hace los asados. Sus hijas lo miman y consienten en sus gustos. “Acá siempre se come bien y para mí es infaltable el buen vino”, agrega.

En lo personal no tiene grandes aspiraciones y todo lo que se propuso lo logró. Con una mirada retrospectiva de sus 99 años, afirma que tuvo “una buena vida” y encuentra en el trabajo y en la unión de su familia los pilares que sostienen su realidad. “Algunas veces estuvimos escasos de ‘chirolas’, antes había mucha miseria, pero comida nunca faltó. En el campo se vivía bien porque se criaban animales y había quinta. Vivíamos con sencillez, pero bien. Después la actividad se fue transformando con la llegada de la tecnología, había más tractores y otros adelantos”.

Jamás pensó que iba a llegar a los 99 años. “Después de los 80 pensaba que los años por venir eran de regalo”. Y aceptó ese obsequio de la vida. “Eramos 30 primos hermanos y quedo yo solo”.

Se lleva bien con la vejez, cree que porque cumplió sus sueños. Uno de ellos fue el de poder viajar a la tierra de sus padres: “Viajar a España era mi ilusión porque mis primas hermanas viven allá. Cuando mi padre se vino, llegaron los varones nada más, las hermanas mujeres quedaron allá y con mis hermanas viajamos a conocer a nuestras primas hermanas y recorrer la casa de nuestros padres”. Se nota que fue una experiencia inolvidable para “Ñato” y su voz se entrecorta por la emoción cuando la recuerda. “Cuando estuve allí sentí que la misión estaba cumplida”, refiere.

En cuarentena

Sus recuerdos hacen un recorrido por buena parte de la historia. Sin embargo, reconoce que nunca vivió una situación como la que atraviesa el mundo. En lo personal, aunque añora el andar por la calle, se lleva bien con la cuarentena. Pero lo impresiona la dimensión global de la pandemia: “Esto es algo mundial, hubo siempre cosas, pero podías andar por la calle, esto de que el mundo haya tenido que detenerse y aislarse, no lo vi jamás”.

Aunque confiesa que siente ganas de “andar” y extraña el revuelo de los nietos y bisnietos dando vueltas por la casa, se mentaliza que no hay alternativa.

Más allá de las circunstancias especiales que le propone este tiempo, no tiene asignaturas pendientes. Eso le da una paz que transmite. Quizás la clave resida en eso: en aceptar lo que la vida va proponiendo, honrar la vida en su sentido más amplio. Todo lo demás, según José, es cuestión de tener “una cuota de buena suerte”. Esa para él es el secreto de la longevidad.