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Perfiles pergaminenses

Juan Carlos Giovagnoli: un hombre de Guerrico con raíces sanmarinenses

Juan Carlos Giovagnoli, de visita en la redacción de LA OPINION trazó su Perfil Pergaminense. (LA OPINION) Juan Carlos Giovagnoli, de visita en la redacción de LA OPINION trazó su Perfil Pergaminense. (LA OPINION)

Vivió toda su vida en su pueblo natal. Allí donde hasta el presente se dedica a tareas de campo. Pasó la posta a sus hijos y relata una vida rica en vivencias propias de los hijos de inmigrantes que aprendieron la cultura del trabajo y forjaron un porvenir pensando en los suyos.


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uan Carlos Giovagnoli tiene 72 años. Vive en Guerrico, el pueblo donde nació y el que considera “su lugar en el mundo”, ese donde están sus afectos más entrañables y el principal tesoro que logró construir “su familia”. Es descendiente de sanmarinenses y así habla de sus raíces en el comienzo de la entrevista. Lo que relata parece un cuento que recrea el sentir de muchos inmigrantes de esos que llegaron a estas tierras para forjar su destino: “En la Iglesia vieja de Chiesanuova, San Marino, habitaba la familia Giovagnoli, eran veintiún personas que se dedicaban a trabajar el campo. Y a pesar del esfuerzo, costaba alimentar a los hijos, razón por la cual en 1922 Luiggi Giovagnoli decidió emprender el viaje más largo de su vida junto a su familia en busca de un destino mejor. El lugar elegido fue Argentina, más específicamente un pequeño pueblo llamado Guerrico, en la provincia de Buenos Aires. Sus hijos se llamaban Marino, Gino y Giuseppe. Este último era mi padre, el más pequeño de la familia que tenía apenas 3 años cuando llegó a Argentina. Mi abuela Angela siempre decía que un día de octubre de 1922 amasaron los tallarines llorando porque era el último día donde iba a estar toda la familia unida y esa fue la última noche que pasaron juntos porque al otro día salieron del puerto de Génova para tomar el navío ‘Julio César’ que los trajo a Buenos Aires con tan solo 22 pesos y un baúl con un palo de amasar, un utensilio para hilar y la ropa”.

Al llegar se instalaron en la Estancia San Patricio de la familia Martin. Allí muchos años después nació Juan Carlos. Su mamá fue Blanca Rosa Re, la más chica de 17 hermanos, hija de Rosa Petri y José Re. Menciona que la primera noche que llegó su papá a la estancia durmió en un galpón que todavía está en pie. Juan Carlos lo sabe porque toda su vida transcurrió allí, en el mismo campo y en la misma geografía. Apegado a sus raíces y a los afectos, se define como una persona “sociable”, serio para las cosas que merecen seriedad,  y predispuesto a la broma en las circunstancias que ameritan la distensión y la risa.

Hoy su tiempo transcurre entre el campo y la casa del pueblo en la que viven.  Fue hijo único, creció en el campo y fue a la Escuela Nº 22 de Guerrico. “La escuela quedaba a cinco kilómetros de donde vivíamos. Iba a caballo hasta la ruta y de ahí me llevaba la familia Pérez en un Chevrolet viejo. Anita Carignani de Pérez era la directora. Otras veces me iba caminando. Siempre era el primero en llegar y ocupaba ese tiempo ayudando al portero José Parenti. Me gustaba cargar los tinteros y repartir las plumas en los pupitres”, cuenta y recuerda con cariño a su última maestra, Ana Gregoria Villanueva. Confiesa que le hubiera gustado tener hermanos, para haber tenido una infancia más acompañada. Sin embargo, no faltaron los amigos entrañables que estuvieron desde siempre ocupando un lugar central en su vida.

“Yo de chico era muy travieso. Una vez por algo que hice la directora me puso fuera de clases, pero no respeté mucho la penitencia, ya que la misma directora era la que me llevaba y traía todos los días y me tenía cariño”, cuenta. También menciona una travesura en el campo: “Yo jugaba con unos chicos que venían de vacaciones a la estancia. En ese tiempo había una quinta grande que tenía un regador con pico. Un día afané un pico, lo escondí y cuando vino el quintero del campo, se pensó que había sido uno de los chicos, los pusieron en penitencia en el baño y yo me salvé.

“De chico era muy amigo de la familia Martin, dueños del campo donde trabajaba mi padre y vivíamos”, agrega.

Una vida en el campo

Guarda de su infancia lindos recuerdos. Cuando volvía de la escuela se sentaba a hacer los deberes. Resolvía rápidamente la tarea porque tenía facilidad para el estudio. El resto del tiempo lo usaba para ayudar a su padre y a su tío en el campo. “Con tan solo 8 años tiraba los aparatos a caballo y acomodaba las bolsas de maíz”.

Así, fue familiarizándose con las rutinas del campo y apegándose a la vida rural. Aprendió todo lo que sabe de sus mayores.  “Viví en la misma casa con mi abuela Angela, mi madre, mi padre, mi tío Gino, mi tía Cándida Hirsch y mi prima Teresa con la que pasaba gran parte del día”. A los 12 años aprendió a manejar el tractor y daba algunas vueltas para aliviar en la tarea a su papá. Nunca más se bajó del tractor y aprendió a amar el sacrificio que supone el trabajo del campo.

Cuando terminó la escuela primaria, le pidió a su padre un año para “descansar” y aunque existía la posibilidad de seguir estudiando, optó por trabajar y se volcó de lleno a la tarea. “Trabajábamos diecisiete horas arriba del tractor, pero no me cansaba.

“Fuimos una familia de mucho trabajo. Antes muchas de las tareas eran manuales, en el tiempo de juntar maíz, se hacía a mano. Venía mucha gente de Santiago del Estero o de Entre Ríos. Yo me crié en el campo”, cuenta y menciona que tenía poco contacto con el pueblo en aquel tiempo.

Su pilar

Se casó con Graciela Ester Figueredo. Hace 45 años que están juntos. “Ella fue y es mi pilar, la persona que siempre me sostuvo”. Eran vecinos del campo.  “Ella tenía 19 años y yo 26, estuvimos tres años de novios y nos casamos”. Tienen tres hijos: Carlos Javier (46), casado con Karina Raigal; Francisco Ariel (39), casado con Lorena Neifer y Natalí Luján (29), casada con Luciano Pégaz.

“Dios nos bendijo con cuatro hermosos nietos: Manuel y Santiago, que son mellizos, tienen 12 años, María Belén tiene 7 y Juan Pablo 4 años”, cuenta y reconoce que son “la luz de sus ojos”.

“Tengo la mejor relación del mundo con mis nietos, con mis hijos y con mi yerno y mis nueras. No tenemos conflictos. Soy muy familiero; me gusta compartir tiempo con ellos.

“Todos vivimos en Guerrico, en una cuadra y media estamos todos. Y somos muy unidos. Seguimos mucho las tradiciones. Hasta el día de hoy todos los años en julio realizamos una carneada. Toda la familia trabaja en esto, nietos, hijos y abuelos. Cada uno tiene una tarea asignada con la que se compromete”, cuenta.

Como hobby ayuda a su hijo Francisco en la quinta. “Otra de las cosas que realizamos en el campo es la siembra y la trilla junto con la cría de animales bovinos”.

En el presente su hijo mayor ha tomado la posta de parte de la tarea del campo. Sin embargo, Juan Carlos no se separa de las rutinas que ama. “Aunque está él yo les pido dar unas vueltas en el tractor, ando una o dos horas y ayudo en todo lo que puedo”, comenta. Su otro hijo es ingeniero mecánico, trabaja en la escuela de Conesa, en la UTN de San Nicolás y se suma a la tarea del campo por las tardes cuando regresa de su trabajo. Su hija mujer estudió Seguridad e Higiene y trabaja en una empresa.

Cuando no está trabajando le encanta viajar y tiene la dicha de haber podido recorrer gran parte de la Argentina. También de ir a San Marino, a la tierra de su padre. Lo cuenta con emoción cuando expresa: “Fui en dos oportunidades y fue muy movilizador, en San Marino me encontré con unas primas con las que hasta el día de hoy sigo teniendo comunicación y mi hijo cuando viaja tiene contacto con ellas.

“Fue muy emocionante estar en el lugar donde había nacido mi padre. Vinieron a mí los relatos de mis abuelos, las vivencias de una generación que vivió la pobreza, esa que los hizo partir hacia estas tierras”, refiere y en la mirada se traduce el sentimiento de esos orígenes de los que se siente orgulloso.

Fiel a su condición de hijo de inmigrantes, guarda un fuerte arraigo a las costumbres y a la cultura de un lugar que le es próximo por tradición. Está cerca de la Asociación de Sanmarinenses, de la que uno de sus hijos fue presidente. “Siempre que organizan alguna actividad ahí estamos”.

Los pasatiempos

Amigo de los amigos, los viernes tiene su peña en el Bar “La Cueva”. Allí se reúne a comer con los amigos. “Tengo muchos, algunos son grandes como yo y otros son más jóvenes. Varios son del pueblo, y otros de Pergamino. Con los de Guerrico nos vemos siempre, con los de acá no tanto, pero los quiero profundamente y tienen un lugar en mi corazón porque soy una persona que le da mucho valor a la amistad”, refiere.

Se autodefine como un hombre que tiene “buen humor”. Es el contador de chistes en los encuentros y en los viajes largos. Hincha fanático de Boca Juniors y del Club Atlético Progresista Guerrico, al que sigue en los partidos cada vez que puede.

Testigo de muchos cambios

Con 72 años y habiendo vivido toda su vida en el mismo lugar, Juan Carlos ha sido testigo y protagonista de muchos cambios, varios de ellos propios de la modernización que sufrieron las tareas rurales. “Antes se hacía todo a mano y poniendo el cuerpo, hoy hay más tecnología. Lo mismo sucede con las comunicaciones. Hasta hace no mucho tiempo cuando no teníamos teléfono celular con mi esposa nos comunicábamos de una manera muy especial para saber que yo tenía que regresar a casa a comer. Cuando estaba listo el almuerzo, ella colocaba un espejo que hacía reflejo con el sol para que yo volviera. O ponía una bandera que cuando subía o bajaba era indicativo de que la mesa estaba puesta”.

Cuenta con agrado esas vivencias, que hablan también de una complicidad y un compañerismo. “Hoy con la tecnología estar comunicados es mucho más sencillo. Yo estoy aprendiendo a manejarme con el teléfono celular para adaptarme a los nuevos tiempos”.

En lo cotidiano se levanta temprano, desayuna y se va al campo y regresa para colaborar con su esposa en las tareas de la casa. Siempre han sido buenos compañeros. Y lo siguen siendo. A Juan Carlos le gusta cocinar y confiesa que su especialidad son los asados. “Los domingos nos juntamos a comer en familia y yo hago el asado, en el pueblo o en el campo, donde sea”, señala y en el tono con que describe el ritual se nota que disfruta de ese “compartir en familia”.

Llevándose bien con la idea del transcurso  del tiempo, asumiendo la edad que tiene, respetando su fe en Dios, y sin tenerle miedo al porvenir, disfruta de su presente. En la intimidad de su vida familiar encuentra el mejor balance. Lo refiere sobre el final de la charla cuando sostiene que no le queda mucho más por hacer. “Tengo la vida que soñé, soy un afortunado de tener cerca a los hijos, estoy con la mujer que amo y nos acompaña la salud. No le tengo miedo a nada de lo que pueda venir.

“De dos que éramos hace unos años para comer, pasamos a ser doce en la mesa entre hijos, nueras y nietos”, resalta, remarcando la importancia sustancial que tienen en su vida los afectos.

“Todo lo que yo quería lograr, lo conseguí. Lo único que anhelo es el bienestar de mi familia. Lo demás ya lo tengo, quizás desearía viajar un poquito más”, señala y se reconoce como un hombre de fe católica. Agradecido a la vida, por tanto.