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Juan Carlos Zucarelli: el mecánico de Pinzón, un hombre sencillo apegado a sus afectos

Juan Carlos Zucarelli, anécdotas y vivencias de su historia de vida. (LA OPINION) Juan Carlos Zucarelli, anécdotas y vivencias de su historia de vida. (LA OPINION)

Nació y eligió vivir en el pueblo que es parte de su identidad. Está casado y es papá de dos hijas y abuelo de tres nietos. Le gustan los autos antiguos y el campo. Con más de 50 años en su oficio, sigue trabajando de lo que le gusta y disfrutando de lo que logró tener sobre la base de mucho esfuerzo.


Juan Carlos Zucarelli es oriundo de Pinzón, localidad en la que vive. Es el mecánico del pueblo, un oficio que tomó de su padre Juan Pedro Zucarelli, fallecido hace dos años, a los 97 años.  “Carlitos” como lo conocen todos, está a poco de cumplir 71 años. Su madre, Ester Maggiora, con 92 años, vive al lado de su casa, asistida por algunas personas que la cuidan.

Su taller es el negocio más viejo del pueblo, incluyendo el almacén y los “boliches”. “Muchos negocios se han ido y en otros han quedado los nietos y van discontinuando la actividad, así que quedamos nosotros y Distanza que tiene un almacén que lo maneja el hijo”.
El taller mecánico funciona desde 1946. “Mi padre comenzó hace más de 70 años y luego yo seguí sus pasos. Hace 55 años que trabajo como mecánico”, refiere en el comienzo de la charla que se desarrolla en la redacción de LA OPINION.

Está casado con María del Luján De Gaetani, de Carabelas. “Nos conocimos en Pergamino, ella estudiaba acá y yo ‘vagueaba’. Estuvimos dos años de novios y nos casamos”, cuenta. Construyeron su casa en Pinzón. “La hicimos a pulmón. A los dos años y dos días nació nuestra hija mayor, recuerdo que nos mudamos con lo que teníamos y la fuimos terminando con mucho sacrificio”.

Forjar un porvenir

En esa época tenía colmenas: “Me dedicaba a eso los sábados y domingos y recuerdo que las avispas me picaban. Siempre estaba inventando cosas para buscar el modo de generar dinero que me permitiera mantener a mi familia”.

Fue un emprendedor y se muestra agradecido a la vida por las posibilidades que se le presentaron y las que pudo tomar para forjarse un porvenir. Se emociona cuando habla de la compañía de su esposa. “Llevamos casi 48 años de casados y siempre nos hemos llevado muy bien. Ella fue ama de casa y se dedicó a criar muy bien a mis hijas”, señala. La tarea de ambos como padres ha sido inculcar buenos valores. “Nuestro matrimonio ha sido muy armonioso, la tolerancia y el respeto han sido nuestras claves. Hemos pasado buenas y malas épocas y siempre hemos caminado a la par, quizás nosotros no nos comprábamos un par de zapatos pero nuestras hijas estaban de punta en blanco. Nos acomodamos a nuestras circunstancias y nos acompañamos, creo que esa ha sido la clave de nuestra permanencia”. Las enseñanzas que inculcaron con el ejemplo a sus hijas fueron para toda la vida. “Estamos muy orgullosos de eso”.

Tuvieron dos hijas: María Paula (45), que es docente. Tiene dos hijos: Román (24), de novio con Micaela y Stefano (14); y está casada con Gabriel Panarello; y Yanina (40) que es licenciada en Kinesiología, vive en Rosario; y es mamá de Delfina (8). “Mis hijas y mis nietos son mi vida”, resalta gratificado de tenerlos.

“Como no tuve hermanos, los sobrinos que tengo -cinco- son por parte de mi señora, uno de ellos es Lucas que además es mi ahijado”, agrega. Recuerda con cariño a su suegro Marcelino; y destaca su buena relación con su suegra Gladys que vive en Pergamino.

La infancia y la juventud

Hizo la escuela primaria en Pinzón, luego dos años en el Comercial nocturno y más tarde fue a la Academia Mayo donde estudió teneduría de libros. También tomó clases de música con Pedro Grilli y de dibujo con una profesora de apellido De Angelis. Recuerda las vacaciones que pasaba en Pergamino en la casa de su abuela Rudesinda. “Una mujer de ojos claros, que me consentía en todo”. Era su abuela paterna. Su abuela materna con la que también tuvo muy buena relación fue María. Fue hijo único y afirma que tuvo una infancia feliz.

En su juventud disfrutaba de venir a Pergamino a las confiterías que estaban de moda por entonces. “Revoir, la confitería que estaba en San Nicolás y Bartolomé Mitre; era un lugar al que íbamos en la época en que estaba en el Comercial nocturno. También a otra confitería que funcionaba en San Martín y Merced y a los bailes que se realizaban en los clubes Argentino y Sports”.

Cosechó buenas relaciones en su paso por el Club Racing donde jugó en la sexta división. “Sinceramente era muy malo, así que más que jugar al fútbol, jugaban conmigo”, bromea.

El oficio

Sus primeros pasos en el taller los dio ayudando a su padre. “Yo llegaba de Pergamino y lo veía trabajar a destajo. Mi padre era una bellísima persona que me recibía con un ‘hola’. Un día viéndolo trabajar me dije: ‘este tipo necesita alguien que le dé una mano’. En ese momento le señalé que no iba a seguir estudiando y así fue que empecé a aprender las cosas que él sabía y pude ayudarlo en el taller”.
Confiesa que todo lo que sabe de la mecánica y de la vida lo aprendió de ese hombre que permaneció en el taller hasta ser muy mayor. “Cuando ya no podía trabajar se sentaba en la puerta y charlaba con los vecinos y los clientes. Teniendo 90 años montaba su bicicleta y andaba por el pueblo. Un día bajó el asiento y dijimos no se sube más, pero tenía un amor propio que no le permitía detenerse. Dos años antes de morir se fue apagando como una velita, pero nunca lo escuché quejarse”. Se le entrecorta la voz cuando menciona a su padre.

“Empecé lavando piezas con él y fui aprendiendo. Así me hice mecánico”.

Con el tiempo, a la par del taller, llegaron otros emprendimientos. “Empezamos con una máquina de enfardar pasto, después tuvimos camiones en sociedad con Mario De Gaetani, Luis Jacquelín, Italo De Gaetani y Raúl Musacchio; dejé esa actividad a los 60 años después que había fallecido uno de los socios y yo me veía tomando pastillas todos los días, porque era una actividad muy demandante”, refiere.

Nunca había dejado el taller y en esa oportunidad le dijo a su esposa: “Nosotros volamos bajito, dejo los camiones, nos ajustamos un poco y seguimos adelante con el taller. Mi mujer me acompañó mucho en esa decisión”.

El taller funciona en el mismo lugar desde siempre, solo que en algún momento se fue agrandando para dotarlo de más  comodidad y funcionalidad.

Quizás tomando el legado de su padre, Carlos es un hombre que no se queja nunca por nada. En la actualidad trabaja solo. Se dedica a la reparación de automóviles, camionetas, tractores y todo tipo de vehículos siempre que “no sean de modelos modernos. Conozco mis limitaciones, no estoy capacitado ni tengo las herramientas para trabajar y en eso soy muy sincero”, afirma. Su trabajo conserva su costado “artesanal”. “En este momento tengo desarmados dos tractores y una cuatro por cuatro y todo el trabajo lo hago solo, a mano”, refiere. Su compañía de todos los días es Miguel, un vecino y amigo que cada tarde se transforma en el “cebador oficial de mates” del taller.

En sus clientes encuentra “amigos”. Y asegura que su clientela siempre fue “muy fiel”. “Hoy vienen los nietos de los clientes de mi padre, es un orgullo, llega gente no solo de Pinzón sino de las localidades vecinas”.

Otras pasiones

Cuando no está en el taller disfruta del tiempo en familia. Le gusta viajar y sale de vacaciones con la que llama “su familia ampliada”, integrada por los suegros Aníbal y Beba; y cuñados de su hija mayor. “Fiesta que hay estamos todos juntos, compartimos vacaciones. Siempre les digo a los hermanos de mi yerno, cuál es el atractivo de llevar a un viejo como yo, pero los chicos se ríen y la pasamos muy bien juntos.

“Tenemos un pedazo de campo en Carabelas que es mi cable a tierra, me gusta ir y lo trabajamos nosotros. Lo compramos con sudor y lágrimas y hoy tenemos la fortuna de tenerlo. Es otro mundo”.

Otra de sus pasiones son los autos antiguos. Integrante de Auto Clásica desde hace tiempo, tiene un Ford modelo 40 que está en Auto Clásica; un Opel 38; y una Ford A convertible, descapotable, que usamos los domingos para dar vueltas por Pinzón y venimos hasta Pergamino”.

Además le gusta mucho bailar y se considera “un buen bailarín” gracias a su compañera. “Ahora no vamos mucho a bailar, porque venimos de años que han sido difíciles por problemas de salud de familiares cercanos y gente querida”, agrega, recordando las buenas épocas compartidas con los tíos de su esposa con los que se programaban para coincidir en las vacaciones en la costa. “Todos nos quedaba bien, jugábamos al tenis de noche, después al pádel, comíamos paella y disfrutábamos de un gallego que tocaba la gaita. Teníamos otra edad y eran otros tiempos. Hoy voy de vacaciones y me comporto como un señor de 70 años”.

De impronta sencilla

Es buen conversador, tiene innumerable cantidad de anécdotas y sabe sacar de cada vivencia una experiencia que lo enriquece, con la simplicidad de la gente de pueblo. Confiesa que le hubiera gustado ser maestro, pero es feliz con la vida que tuvo y tiene.

“Tengo conocidos y amigos, muchos, sinceramente no quiero dar nombres porque uno siempre olvida mencionar a alguno, pero ellos saben quiénes son”, destaca y se muestra agradecido a sus clientes de siempre por la fidelidad y confianza.

Ordenado y metódico, se lleva bien con el transcurso del tiempo y es un hombre de fe que reza todos los días agradeciendo a diario por el bienestar de los suyos. “Tengo una familia espectacular y eso hay que agradecerlo todos los días”.

Asegura que tuvo la vida que soñó y siempre encontró el modo de hacer realidad cada anhelo. “Nada fue sin sacrificio. Le agradezco a Dios que me concedió trabajando todo lo que quería. Si me proponía algo, con el tiempo, las cosas se acomodaban y lo lograba. Sinceramente no me puedo quejar, soy un eterno agradecido a la vida”.

También muestra gratitud hacia quienes en diversas circunstancias de la vida le tendieron una mano, entre ellos menciona a Héctor “Bibi” Bourda, “alguien muy amigo que a mí y a mi familia nos hizo un favor muy grande”, destaca.

Hoy solo anhela seguir disfrutando de lo que tiene. Imagina la vejez con autonomía: “Que Dios me lleve cuando lo decida, pero que no me retenga aquí si voy a darles trabajo a nuestras hijas. Que Dios me lleve antes de comenzar a ser una carga y causar molestias”.

Un hombre de pueblo

Aunque hubiera tenido la posibilidad de mudarse a Pergamino, donde con su esposa tienen una propiedad, eligió seguir viviendo en Pinzón. En la misma casa que construyeron con mucho esfuerzo, donde crecieron sus hijas y donde disfrutan del tiempo compartido con los nietos. Allí están las raíces, esas que Carlos respeta y valora porque son su cimiento. En ese pequeño universo de cuatrocientos habitantes está toda su vida.  No pide mucho más que lo que tiene y emocionado lo refiere sobre el final de la charla, cuando el recorrido lo lleva por la esencia de su historia, allí donde con franqueza se muestra tal cual es, dueño de una sensibilidad que lo lleva a conmoverse ante lo simple, ahí donde está lo que verdaderamente vale.

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