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Perfiles pergaminenses

Juan Daniel Castro: una historia de trabajo y superación

Juan Daniel Castro, hace 45 años trabaja en la Ferretería Berto. (LA OPINION) Juan Daniel Castro, hace 45 años trabaja en la Ferretería Berto. (LA OPINION)

Tuvo una infancia dura, salió a ganarse el sustento siendo un niño y eso lo forjó en su personalidad y le permitió ganar confianza en sí mismo. Hace 45 años es empleado de la Ferretería Berto, un lugar en el que aprendió su oficio de vendedor pero también de la vida. Está en pareja, es padre y abuelo y sabe que en los afectos está la mayor riqueza.


Juan Daniel Castro tiene 60 años. Nació el 26 de mayo de 1959. Es conocido por muchos porque trabaja en una de las ferreterías más emblemáticas de la ciudad. Guarda una rica historia de superación. Creció en el barrio 12 de Octubre. Su casa estaba en Falucho y Florida, en la esquina de la Iglesia San Cayetano que levantaron con los chicos del barrio, según cuenta en el inicio de la entrevista.

“Tuve una infancia igual a la de cualquier chico pobre”, acota y menciona que vivían todos juntos hasta que su padre se fue de su casa. “Eramos seis hermanos varones que quedamos solos con mi mamá”. Cuando ese hecho que marcó su niñez ocurrió, él tenía 10 u 11 años. No lo recuerda bien. Lo que sí recuerda es cuánto cambiaron sus rutinas a partir de la separación de sus padres. Su mamá se llamaba Irma Demetria Durán. A su papá prefiere no mencionarlo, pero señala que “con el transcurso de la vida fue como un amigo y nada más.

“En casa había que ayudar, así que yo iba a la Escuela Nº 1 y cuando tenía 11 años empecé a trabajar con una familia del barrio Acevedo que tenía una tapicería”, relata.  Y rescata las vivencias de aquel niño que daba sus primeros pasos en el mundo de los adultos, trabajando y ganándose el sustento con el que ayudaba a su madre.

“Me iba a la mañana a la tapicería, allí la mamá de Rubio, el dueño de la tapicería, me daba el desayuno. Trabajaba hasta el mediodía, después me iba al colegio y cuando salía regresaba a la tapicería hasta las ocho de la noche, cuando volvía a mi casa”.

Trabajaba de lunes a viernes y los sábados y domingos los destinaba “para todo lo que hace un chico”. Allí la calle era el lugar habilitado para el juego con los amigos del barrio. El fútbol y las bolitas eran los pasatiempos preferidos de una infancia marcada por historias que se iban entrelazando en la vida de Juan Daniel.

Refiere que su mamá “luchaba” para mantenerlos: “Era empleada doméstica y siempre hizo mucho por nosotros en una época muy difícil y lo que ella ganaba se compartía con las madres de otros chicos, comíamos todos juntos y el barrio se transformaba en una comunidad”, señala en una apreciación que define la niñez de tantas generaciones signadas por condiciones de vida humildes y dueñas de una invaluable riqueza moral y espiritual que les permitía “salir adelante y forjarse un destino sobre la base del esfuerzo”.

Señala que su padre fue policía, pero aclara que cuando se separaron dejaron de verlo y se reencontraron recién muchos años después. Juan Daniel es el cuarto de sus hermanos: “El mayor es José Durán, que es bastante conocido en Pergamino. Luis está en Tucumán. Raúl falleció hace cinco años y los dos más chicos, Sergio y Oscar, viven en Formosa”.

Un trabajador incansable

Siempre trabajó. “Conocí a un hombre de apellido Zini donde estaba el Gurí en avenida Rocha, donde me dio trabajo como cadete. Reponía mercadería, ayudaba a la gente. Tenía entre 12 y 13 años. En una oportunidad jugando al fútbol en Racing me quebré y me despidieron”.

A la par de ello nunca dejó de estudiar. Al egresar de la primaria hizo secretariado comercial y se recibió. “Después tuve que abandonar todo lo que era estudio porque mi madre se hizo grande y no podía seguir trabajando”, comenta en la continuidad de la charla que se desarrolla en la redacción de LA OPINION.

“Siendo pibe, empecé a trabajar por el centro limpiando vidrios y barriendo veredas”. Menciona emblemáticos comercios del Pergamino de entonces. Casa Casal, una compañía de seguros, y varios más. “Me ofrecía en todos para cualquier tarea que pudiera ayudarme a ganar el sustento”. Así fue como tomó contacto con su actual lugar de trabajo: la Ferretería Berto, donde está hace 45 años.

“Estaba el padre del que es mi patrón actualmente. Pasé por la puerta un sábado a la mañana y le pregunté a Pedro Berto si necesitaba que le lavara los vidrios y le barriera la vereda. Me dijo que sí y luego de preguntarme si estudiaba, me dijo si quería venir a trabajar el lunes. Acepté e ingresé a la ferretería un 1º de marzo de 1974, hace 45 años”.

Lo que relata tiene que ver con el modo en que se construían las relaciones laborales en aquellos tiempos donde se le daba la oportunidad a quien tuviera el deseo de aprender y de responder con responsabilidad.

“Cuando empecé a trabajar no tenía ni idea cómo era vender un kilo de clavos. Fui aprendiendo y me enseñaron mucho”, destaca y resalta la relación que tuvo con Don Pedro Berto. “Por desgracia se enfermó de cáncer y falleció. Durante unos meses el negocio estuvo cerrado y después reinició la actividad su hijo Roberto que es mi jefe actualmente. Reabrió las puertas con su hermana y su mamá y seguí trabajando con ellos”, agrega.

El fútbol

Toda la vida le gustó jugar al fútbol. Se hizo en los potreros como todos los chicos y jugó en las inferiores del Club Racing y en equipos de “papi fútbol” en torneos que se disputaban en distintos lugares como General Rojo o Juncal. Su puesto era de defensor “pero como pegaba mucho, después fui arquero”. Hoy ya no juega, solo es espectador de un deporte que le gusta y es hincha de Boca Juniors. En el fútbol se ganó el apodo de “Tijera”. “Empezaron a decirme así porque siendo arquero volaba para agarrar la pelota y un amigo me decía que parecía una tijera el modo en que abría y cerraba las piernas cuando estaba en el aire atajando”, menciona. Aceptó el sobrenombre y asegura que “el 70 por ciento de la gente que conozco me reconoce por el apodo y no sabe que me llamo Daniel. Para todos soy ‘Tijera’”, sostiene. “En la calle me dicen ‘el loco’”, agrega.

Un mal momento

Juan Daniel tuvo Fiebre Hemorrágica Argentina. Hacía quince años que trabajaba en la ferretería cuando se enfermó. “Estuve muy mal, internado, y me llevó varios meses recuperarme. Era una enfermedad muy virulenta, la gente moría de Mal de los Rastrojos, fue algo verdaderamente difícil de atravesar”, comenta. Recuperado regresó a su trabajo.

Una vida en la Ferretería

Cuando habla de su empleo, lo hace con profunda gratitud. “Entré a trabajar con ellos siendo muy chico, no tenía 15 años. La mamá de Roberto era como otra mamá para mí”.

Su trabajo se modificó mucho con el transcurso de los años. “Cada día aprendo porque cada persona lleva a la ferretería un problema diferente y luego de muchos años de estar detrás de un mostrador aprendí a escuchar a la gente y a tratar de entender lo que necesita para poder darle una solución”.

Le gusta su trabajo y se siente orgulloso de ser parte de uno de los comercios más emblemáticos de la ciudad en su rubro. Asegura que ha tenido en ese lugar no solo la oportunidad de tener un empleo, sino de formarse en una verdadera escuela donde aprendió a “darle soluciones a la gente”.

“El rubro va cambiando, la tarea se va diversificando, vendemos de todo y hay que aprender de la variedad de cosas que se venden en una ferretería. Con los años aprendí mucho, tengo muy buena memoria y eso me ayuda mucho en mi trabajo de todos los días.

“Uno trata de ayudar, no solo de vender un producto. Muchas veces hay que explicarles lo que están llevando y hay que asesorar a las personas que llegan para que lo que se llevan del negocio, les sirva para resolver el problema que tienen”.

Resalta que la ferretería tiene “clientes históricos”, algunos aún siguen yendo. Otros ya no y llegan nuevos, en una actividad que jamás se detiene. “A veces me asombro cuando abro el Diario y veo alguna foto de gente que va a la ferretería y que quizás uno no conoce”.

La familia

Daniel está separado de la madre de sus hijos, una mujer a la que conoció cuando tenía 18 años. Por entonces ella tenía 14. “Con ella tuve a mis dos hijos: Cristian Daniel (38) y Fabiana (34). También soy abuelo de cuatro nietos. Cristian tiene una hija Maitena (15) y un hijo, Benjamín (7). Fabiana tiene a Martín (15) y Alan (7).

“Tengo muy buena relación con mis hijos y mis nietos. Hace 24 años que estoy en pareja con Norma, una mujer que tiene sus hijos grandes con los que conformamos una familia ensamblada”, refiere y describe algunas de las rutinas de su vida en el barrio Santa Julia donde vive desde 1984.

“Cuando me separé mis dos hijos se quedaron a vivir conmigo, así que los crié trabajando. Hoy cada uno tiene su propia casa”, comenta.

Tiene con el barrio 12 de Octubre un vínculo entrañable. Pero no volvió más desde que falleció su mamá. “Dejé de ir, y lamento que el barrio haya cambiado tanto, ya no es el mismo.

“Tengo a mis amigos del barrio, también a mis compañeros de pesca, como los hermanos Hachen y ‘Lalo’ Pizano”, refiere.

Confiesa que le gusta la vida del bar, el pool y las cartas. “Nunca me quedé quieto y tengo muchos amigos con los que comparto también la pasión por la pesca”.

Comenta que con muchos de ellos se encontraban en el bar de Juan Villagra, muy conocido en Pergamino. “Toda mi vida estuve ahí, encontrándome con gente con la que compartí cosas importantes como el nacimiento de nuestros hijos, las alegrías y las tristezas”.

Se define como “amigo de los amigos” y se siente retribuido en ese afecto. Inquieto asegura que “allí donde había una peña estaba yo”, aunque confiesa que en el presente está “un poco más aplacado”.

Bailar

Señala que con su mujer disfrutan de salir a bailar. Ese es el disfrute de los fines de semana. Van al Club Centenario o a cualquier lugar donde se les presente la oportunidad de compartir esos momentos juntos. “Con Norma tenemos una muy buena relación, nos acompañamos en todo y dialogamos mucho. En todos estos años que estamos juntos nunca hemos tenido discordias por problemas nuestros”, afirma y dice que en la conversación y el entendimiento mutuo residen las claves de la felicidad que supieron construir.

El transcurso del tiempo

Aunque no se imagina la vejez, ni quiere pensar en ella, sabe que el tiempo pasa. Que la jubilación ya no queda tan lejos. Igualmente se proyecta predispuesto a seguir en actividad. La vida le ha dado herramientas para hacer “cualquier cosa” y tiene mucha confianza en sí mismo.

No piensa demasiado en el futuro. Se concentra en el presente y sus rutinas ordenadas. De lunes a sábado trabaja, los fines de semana disfruta de dormir la siesta y salir. Le gusta el automovilismo y fantasea con la posibilidad de radicarse en Formosa, el lugar donde viven sus hermanos menores. “Me gusta ese lugar que es una ciudad con alma de pueblo. El paisaje es hermoso y la gente amigable”.

Fe y agradecimiento

Es un hombre de fe, pero antes que nada confía en sí mismo y en su capacidad de superar la adversidad.  “Sé que me puedo defender en muchas cosas y doy gracias a Dios por eso. Creo en él y tengo mucha fe en la Virgen del Rosario de San Nicolás, con mi esposa viajamos al Santuario en moto cada vez que podemos”, resalta.

Cuando mira hacia atrás, sabe que en su infancia hubo muchas dificultades y que la vida se le presentó hostil en varias circunstancias. Pero no se detiene en el pasado, vive el presente, sabiendo que todo fue obra de su esfuerzo. Es feliz y se siente afortunado por la cercanía de su familia y el afecto de las personas que lo quieren bien. Ahí está lo importante. Cosecha lo que ha sembrado, con humildad y constancia.