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Perfiles pergaminenses

Julio Andrieux, el arte de tostar café y hacer del propio trabajo el sello de una marca

Julio Andrieux, en el tostadero que lleva su nombre. (LA OPINION) Julio Andrieux, en el tostadero que lleva su nombre. (LA OPINION)

“Don Julio” es el nombre del tostadero que creó, dando vida a un emprendimiento familiar que ya cuenta cinco años. El producto que comercializan a bares y particulares tiene el nombre del hombre que supo reconvertirse y hacer de su dedicación la llave para abrir las puertas del porvenir, siempre con el acompañamiento de los suyos.


En pleno corazón del barrio Malvinas funciona un tostadero donde se produce el café que luego se disfruta en muchos hogares y bares de la ciudad. El emprendimiento, que cuenta con cinco años de historia y que fue cumpliendo con todos los requerimientos que exige un proceso de habilitación complejo, es la resultante de la decisión de una familia de poner a andar un proyecto que fue ganándose la confianza de clientes y perfeccionándose en la tarea artesanal de procesar el grano de café para convertirlo en lo que es: un imprescindible.

Julio Andrieux es el responsable del tostadero y quien tomó el camino de transformarse en un “emprendedor” de este rubro junto a su hijo Franco. “Don Julio”, como se llama la marca que comercializan y el tostadero donde cada día ponen manos a la obra, es algo más que un sello comercial. Es la esencia de una tarea gestada en el afán de progresar y hacer del trabajo la rutina cotidiana para alcanzar metas y crecer.

“Don Julio”, acompañado por su hijo, recibe la visita de LA OPINION en el tostadero, un espacio armado en el fondo de la que hoy es su casa, y en la estructura original de la que fue la primera vivienda familiar propia que armó con su esposa hace muchos años y que hoy modificó su fisonomía para dar lugar a la actividad laboral. En la charla responde con simpleza a cada una de las preguntas que permiten trazar su “Perfil Pergaminense”, un relato en el que confluyen lo laboral y lo personal para constituir una historia de vida.

Tiene 65 años. Nació en Pergamino, pero creció en Alfonzo, en un establecimiento rural ubicado a dos leguas del pueblo. Su padre fue Raúl, su mamá es María Catalina, ambos trabajadores del campo. Y sus hermanos son Carlos, Héctor y Esther.

Vivió en la zona rural hasta los 11 años en que se mudó a la ciudad. Estando en Alfonzo había ido a la Escuela “La Aurora”. “No completé el ciclo primario, por esas cosas de la vida hice solo hasta tercer grado y después ya no seguí estudiando”, señala. Siendo chico comenzó a trabajar. Sus primeras experiencias laborales fueron en talleres metalúrgicos, en una época en que esta industria era muy importante.

“Empecé a trabajar en Tenaglia, con uno de mis tíos; después en lo de Raúl Eraso, donde trabajé cinco años y aprendí mucho; hoy está el hijo solo trabajando, la verdad que fueron muy buenos conmigo, muy buena gente”.

Gracias a su abuelo, consiguió entrar en Iradi, donde estuvo siete años. Por decisión propia se fue a Metalúrgica Pergamino y cinco años más tarde volvió a Iradi respondiendo a una convocatoria que le hicieron desde esa fábrica.

Dejó el rubro metalúrgico, donde aprendió el oficio de soldador y mucho de la disciplina que supone la dinámica de un taller, cuando comenzó a trabajar en la calle como repartidor de hielo. Corría el año 1987 cuando empezó con esta tarea que le significó ponerse en contacto con otras rutinas y conocer a mucha gente. “Salía con un rastrojero y me daban un porcentaje de lo que repartía”, refiere recordando aquel tiempo.

“Después comencé a trabajar para una empresa que tenía un tostadero y unos cuantos años después decidí comprar y vender por cuenta mía, ya que gracias a mi trabajo en la calle tenía una buena cartera de clientes que eran míos”, relata, abundando en las características que tenía su trabajo entonces: “Compraba el producto y salía a vender. Les compraba a cafeteros de Pergamino y revendía”.

“Siempre me gustó trabajar y me enorgullece decir que nunca fui echado de ningún empleo, siempre que tomé un camino lo hice pensando en progresar”, afirma.

Un emprendimiento propio

Con el paso del tiempo comenzó a surgir la inquietud de darle vida a un emprendimiento propio. Y fue con el empuje de la familia y el apoyo incondicional de los suyos que nació el tostadero de café “Don Julio”. “Es una actividad que requiere de un esfuerzo enorme y una importante inversión. Cuando empezamos hace cinco años muchas veces no nos daban los números, pero habíamos tomado una decisión y siempre seguimos adelante”, expresa.

Recuerda lo complejo que fue el proceso de poner en marcha el tostadero y los rigurosos pasos que debieron dar para obtener la habilitación que da el Municipio y la Provincia de Buenos Aires. Cumplieron con cada uno de los pasos.

Con aroma a café

El ambiente en el que se desarrolla la entrevista huele a café. Detrás de Julio están los bolsones que son la materia prima que se procesa para generar el producto que venden. Dos pocillos del café mejor servido acompañan la conversación. El sabor confirma lo que el testimonio dice. “Uno compra la materia prima en crudo, son bolsones de 60 kilos, la mayor parte proviene de Brasil. Lo metemos en la tostadora, una máquina en la que entran 30 kilos de crudo y salen 25 de tostado”, describe y comenta cómo producto de ese proceso “el grano se infla, cambia de color y saca todas las propiedades que tiene”.

“Una vez que se tiene el producto, se pone en una tolva, se deja enfriar y después se prepara una mezcla para que con dos tipos de café, salga uno”, agrega.

Cada paso de esa tarea es artesanal: “Luego envasamos, hacemos un blend de tres variedades, se elaboran por separado y luego se unen en las proporciones indicadas para lograr el café que les gusta a todos; ni muy fuerte ni muy suave”.

Trabaja con su hijo Franco, que según cuenta Julio, fue quien más lo estimuló a transitar este camino. Lo que producen se comercializa en bares y también a particulares. Aún no venden en comercios, pero esto aparece entre las aspiraciones del futuro.

La pandemia los ha complicado un poco en términos de actividad. Pero para nada los ha desalentado. Por el contrario, les ha dado el tiempo para organizar la infraestructura y preparar el lugar para el tiempo por venir, en el que aspiran a que los clientes puedan visitar el tostadero y observar cómo se realiza el proceso.

Calidad y servicio

Asegura que lo que distingue la tarea que realizan es la dedicación del trabajo personal, algo que acompaña la calidad de la materia prima y el servicio. “A la par del café, ofrecemos el servicio de máquinas; facilitamos la máquina en comodato a nuestros clientes y brindamos el servicio de mantenimiento y reparación”, comenta Julio, agradeciendo la fidelidad de sus clientes. “Muchos de ellos son los mismos que se han mantenido desde que empecé como revendedor”, resalta.

Todo lo que sabe de su oficio en el arte de elaborar el buen café lo aprendió trabajando. “Yo antes solo había sido un vendedor, nunca había estado en el tostadero, así que todo lo que aprendí, lo hice con mi hijo que es quien se dedica de lleno a aprender los secretos que tiene esta actividad”, destaca. Y menciona que fiel a su gusto por estar en contacto con la gente se dedica a la distribución.

Confiesa que nuca había sido un gran tomador de café. Pero hoy, gracias a su actividad, es un buen conocedor. Sabe que es un producto que tiene sus secretos. “Saberlo tirar es uno de ellos”, sostiene.

Nada sin ellos

Sentado en la mesa de la que fue la casa prefabricada que montó cuando con su esposa consiguieron comprar el terreno y armar su hogar, se define como un hombre “familiero” y asegura que nada de lo que hizo hubiera sido posible sin el apoyo siempre incondicional de los suyos.

“Me casé a los 17 años con Angela Lovizio, mi esposa, a la que había conocido caminando por el terraplén. La había visto antes, un año después la volví a ver, empezamos a hablar y dos años después nos casamos. Al principio alquilábamos; después compramos este terreno, armamos una prefabricada; nuestras hijas eran chicas y el varón todavía no había nacido”, comenta. Fueron años de sacrificio que tuvieron recompensa.

Es padre de tres hijos: Vanina (46), casada con Pablo Marcos; y Mariela (41), casada con Sergio Bonano; y Franco (26) en pareja con Irina. Y abuelo de dos nietos: Catalina y Juan Cruz.

“Mi hija mayor que es pediatra fue la que me impulsó a que construyéramos la casa en la que vivimos, adelante de este lugar en el que ahora funciona el tostadero”, refiere y recuerda que “en el momento indicado pusieron manos a la obra, y de a poco armaron la casa en la que actualmente viven”.

“Sinceramente soy muy familiero. Mi familia es el sostén, tengo muchos amigos pero los veo de pasadita, no soy de tener grupos ni salir demasiado. Mi tiempo es en familia y me gusta eso”, agrega.

Una convivencia armoniosa

Hoy la casa y el trabajo conviven. Tener el tostadero en la que fue la casa familiar le permite compatibilizar tiempos y rutinas. “Generalmente envaso el café por la mañana y salgo a repartir, generalmente día por medio. Tratamos de tostar una vez por semana para ofrecer a nuestros clientes el café lo más fresco posible; y para los revendedores preparamos el día anterior a la entrega por la misma razón”, comenta Don Julio que nunca imaginó que su nombre iba a representar el espíritu de un trabajo compartido con su hijo y mucho menos la esencia de una actividad que lo trasciende.

“La verdad es que nunca me imaginé que me iba a dedicar a esto, y menos que iba a tener un tostadero. Pero estoy muy agradecido porque se dio la oportunidad y emprendimos la tarea, incluso sorteando las dificultades”, confiesa. Y se muestra esperanzado respecto del futuro, sabiendo que en lo que hacen todos los días ponen lo mejor de sí y que eso solo puede brindar una buena recompensa.