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Perfiles pergaminenses

Lucía Benedetti de Bonfanti, una mujer multifacética con fuertes raíces italianas

Lucía Benedetti de Bonfanti posa en el balcón del edificio en el que vive. (LA OPINION) Lucía Benedetti de Bonfanti posa en el balcón del edificio en el que vive. (LA OPINION)

Esta pergaminense de 70 años es hija de inmigrantes radicados en el barrio Acevedo. Recuerda su infancia entre abuelos, sus inicios en la actividad que fue su pasión, la confección. Párrafo aparte otorga a Miguel, al que califica como “lo mejor que me pasó en la vida”, junto con los cincos hijos que concibieron. Su presente, repleto de actividades.


Lucía Ester Benedetti de Bonfanti, “Lucy” nació hace 70 años en una casona del barrio Acevedo, precisamente el 13 de diciembre de 1948. Es hija de padres italianos, Laura Perugino y Miguel Benedetti, que llegaron con pocos meses de diferencia para instalarse en Pergamino, donde forjarían su destino en la zona norte de la ciudad. “Mis padres desembarcaron en Pergamino con sus respectivas familias, uno en La Boca y otro en San Martín; el ferrocarril los trajo a Pergamino, precisamente al barrio Acevedo, donde se instalaron a poco más de tres cuadras de diferencia, cuando apenas tenían seis y ocho años, cuenta Lucía en diálogo con LA OPINION. “Mi abuelo Benedetti vino en el fondo de un barco, corrido por la guerra. Una vez que él se instaló vino su esposa con sus hijos”, entre los que se encontraba su padre.

El trabajo que predominó en la familia, tanto paterna como materna, fue el ferroviarrio. A ellos se dedicaron sus dos abuelos y tíos.

Sus inicios

Don Miguel Benedetti concibió primero a José Donato, su primogénito, y luego llegaría Lucía Ester. “Mi hermano es mi vida, mi ídolo, mi orgullo, mi todo; tiene 73 años, es médico y desarrolló su vida en Moreno, provincia de Buenos Aires, junto a la que fue mi amiga y después mi cuñada, Teresita Turco”, expresó la entrevistada visiblemente emocionada.

La infancia en Lucía siempre fue patente, porque allí donde la transcurrió, permaneció hasta hace pocos años: “La casa de mis abuelos, en calle Tucumán y Nicolás Repetto que antes se denominaba La Rioja, fue la vivienda de toda mi vida hasta hace siete años cuando me mudé al Centro”. Por ende, cada rincón transitado en la vida adulta fue un permanente revivir la niñez.

El estar alejada de su barrio natal no la hace olvidar cuando comenzaron a construirse los cimientos de esa casona, ella apenas contaba con cuatro años. Con nostalgia rememora sus vivencias en el hogar que compartía con sus abuelos y asegura que fue muy feliz: “Era la única niña entre varios hombres, y parte de esa felicidad me la dio el vivir al lado de una amiga, que fuera compañera en la Escuela Primaria Nº 4, establecimiento en el que logré consolidar una amistad con muchas mujeres con las que me sigo frecuentando. Recuerdo que con Normita compartíamos muchos momentos lindos hasta que ella se mudó, lo que no impidió que nos siguiéramos viendo y forjando nuestra amistad”.

El fallecimiento de su abuelo materno, Donato, no pasó de-sapercibido para Lucy ya que “lo adoraba, me divertía mucho con él, jugábamos, vivía con él”. Mientras que de su abuelo paterno rememora su sonrisa: “Estaba siempre alegre”.

Las mujeres en casa

Durante la entrevista, Lucy recuerda que, como “buen tano” su padre consideraba que “el hombre debía superarse mientras que la mujer era para la casa y debía imitar a su madre y abuela; era la que debía esperar al marido y cuidar de los niños”. Pero Lucy vino a romper ese paradigma de la época. Cursó sus estudios primarios, en ese momento hasta sexto grado, en la Escuela Primaria Nº 4 y luego, gracias a una prima que fue la que ejerció el poder de convencimiento con su tío, Lucy pudo continuar con sus aprendizajes en la Escuela Nacional de Educación Técnica que por esos años se emplazaba en calle Merced casi Castelli. “Mi padre nunca me iba a mandar a trabajar afuera pero sí comencé haciendo trabajos en una pequeña fábrica que creó, y que fue la primera de pinceles de nuestra ciudad, que se llamó Milben. Con ese ingreso extra mi padre ayudaba a mi hermano a que pudiera desarrollar sus estudios en medicina, primero en Rosario y luego en Córdoba. Mi padre era muy precavido, una persona que daba el paso justo. No nos faltaba nada pero era muy cauto y sobre todo trabajador ya que salía del Ferrocarril e ingresaba a la fábrica de pinceles, que luego se amplió a la industria del pelo”, señaló Lucía y recordó sobre sus años en la Escuela Nacional cuando comenzó a sus 13 años.

En la Escuela Técnica de la época se podían elegir dos modalidades: bordado a máquina o corte y confección. “Teníamos todas las materias básicas como matemática o historia y al cabo de cuatro años terminábamos con un título nacional. El participar de estos cursos me abrió la cabeza pero esto contrastaba con el pensamiento de mi padre que solo me permitía trabajar en casa. Con el paso del tiempo también participé de un curso vespertino de cosmetología, peluquería y afines”, contó Lucy y rememoró el sacrificio que significaba en aquel tiempo trasladarse a pie o en transporte público desde el barrio Acevedo hasta el Centro, una distancia como de pueblo a pueblo por entonces. “Eran tiempos de vacas flacas, no había dinero para viajar siempre en colectivo, por eso yo caminaba mucho, incluso algunos días iba y venía de mi casa al Centro dos veces. Como del curso vespertino salía a las 21:00, recuerdo que mi papá en bicicleta me esperaba en Avenida de Mayo casi el Ferrocarril, donde llegaba el colectivo rojo”, destacó.

La cocina, al igual que la confección, es otra de sus pasiones y afirma que “me encantaba y aún me gusta cocinar, algo que heredé de mi mamá y mis abuelas, italianas que hacían todo casero”.

Conocer el amor

A la par de su desarrollo profesional, Lucy dio punto inicial a su vida amorosa cuando conoció, en el casamiento de un primo en Zárate, a quien luego sería su marido, Miguel Angel Bonfanti, que era químico industrial. “Para ese entonces yo tenía 22 años y él 23. Allí nos conocimos pero al principio lo veía chico para mí. A pesar de todo forjamos una linda amistad primero; él venía a Pergamino en su auto, un Fiat 1500 color rojo, paraba muchas veces en mi casa y fue tanta la empatía que logró con mi papá que él le ofreció quedarse a dormir en el sofá de mi casa. Todo ello, sumado a que las señoras grandes te decían que no podías quedar ‘para vestir santos’, hizo que nos uniéramos; no hizo ni falta que Miguel pidiera la mano porque era un tipo muy querido por mi familia, mi príncipe azul”, contó Lucía.

Lucía y Miguel se casaron a principios de la década del 70, con una gran fiesta en el Club Provincial. Gracias a sus aprendizajes en la Escuela Técnica, ella misma confeccionó el vestido para su madre que fue la madrina de la boda. Claro que también quería confeccionar su propio vestido de novia, pero dejó de lado la idea cuando le dijeron que era de mala suerte.

Si bien al principio Lucy trabajaba como peluquera y modista en su casa, al momento de casarse, fue supervisora de calidad de Dinardo y tuvo a su cargo hasta 400 personas. Mientras su marido, sin conseguir trabajo de su rubro, fue incorporado a las filas del Banco Nación donde permaneció por espacio de 35 años.

Sus hijos, “mi vida”

Felizmente casados y con algunas dificultades para concebir un hijo, Lucía fue estimulada y contra los pronósticos médicos, llegaron cinco hijos en seis años, a los que define como “mis amuletos, mis amores, mi vida, mi todo”.

A modo de árbol genealógico, Lucía enumeró a sus hijos e hijas, nueras y yernos y a sus nietos. Daniel tiene 43 años, es abogado, está en pareja con Ana y son padres de Julia, de 4 años; Mariano tiene 42 años, es quien está a cargo de la fábrica textil, está casado con una brasilera, Marcia, y tienen dos hijos Bernardo de 17 años y Stéfano de 13 años; Natalia es periodista pero está a cargo del comercio Pergamino Profesional, cuenta con 40 años de edad y un hijo Salvador, de siete; le sigue Guillermo, ingeniero mecánico y comerciante, de 39 años casado con Lorena, ambos son padres de Antonia de 4 años; la última de las hijas del matrimonio se llama María Laura, de 37 años, médica, casada con Agustín, que reside en Las Rosas provincia de Santa Fe junto a sus hijos Vicente de 5 años y Regina de 1 año y medio.

Fábrica y comercio

Con la ayuda de sus primos que eran fabricantes de telas, Lucía finalmente salió del hogar para trabajar: se dedicó primero a la comercialización de géneros a domicilio, pasó por la confección de productos especiales para culminar con la instalación de una fábrica de indumentaria y comercio, Pergamino Profesional, de calle Merced 709, en el que se venden uniformes (al principio confeccionados por ella misma) y diferentes tipos de prendas, algunas traídas de Buenos Aires.

Raíces italianas

El crecimiento entre abuelos italianos le permitió a Lucy afianzar sus raíces, hecho que coronó con un viaje que realizó hacia las localidades, ambas en cercanía del mar Adriático, donde sus padres habían crecido. “Estuve con mis primos por parte de padre y fue muy emocionante haber encontrado la casa donde vivió mi mamá, que estaba vallada cual patrimonio porque allí se aprecian las perforaciones que dejaron las balas durante la guerra”. Además pone en valor la característica italiana que le inculcaron sus familiares: “Venimos de una Europa especial, somos hijos de inmigrantes que nos han inculcado el incentivo, las ganas de progresar y esto es lo que siempre enseñé a mis hijos”.

Multifacética

En la actualidad Lucy combina el trabajo con su rol activo de abuela y con múltiples actividades; ella las llama “asignaturas pendientes” que no pudo realizar de temprana edad. Y pasamos a enumerar: hace más de tres décadas que Lucy asiste a realizar diferentes actividades en la pileta de Davreux, hizo teatro en el GAE con Marta Lere y actualmente con Pamela Lombari; también participa de un Curso de Memoria (comenta: “Me enseñaron que la memoria actual suele fallar pero aquello que se vivió durante la infancia y juventud es imposible de olvidar”); participa de talleres de canto, aprende baile folklórico.

Su perfil de multifacética se complementa con el sociable: “Me encanta el contacto con la gente”. Definida mujer creyente, enfatiza que “la fe mueve montañas”, asegura que es devota de María Crescencia y del beato Josemaría Escrivá de Balaguer y recuerda que “una vez dejé una olla al fuego y me fui, cuando me acordé le pedí tanto a María Crescencia y ella me escuchó. Si bien el olor a quemado permaneció en todo el edificio, el fuego nunca avanzó”.

Entre esas acciones que le quedan por hacer, Lucía da cuentas de sus ganas de conocer Nueva York, un pendiente que viene desde siempre porque en la cocina de su casa paterna había dos cuadros colgados en los que se mostraban las torres tan características de esa ciudad estadounidense. Y si bien la vida le ha dado la posibilidad de viajar asegura que “ama Pergamino”, al que considera su lugar en el mundo.

Su vida en el Centro

Hace siete años que Lucy se mudó al Centro, dejando un pasado repleto de enseñanzas y emociones en la casona de Nicolás Repetto, a la que cada día asiste ya que uno de sus hijos habita allí y es el encargado del taller de confección que con tanto esmero ella construyó. No obstante, Lucy disfruta de su vida en la zona céntrica: “Acá tengo la iglesia, el Santísimo Sacramento, el Colegio del Huerto, el club, María Crescencia”.

Se considera una agradecida de la vida por el camino recorrido y menciona especialmente el tiempo que a diario comparte con su marido Miguel, al que distingue como “lo mejor que me pasó en la vida, mi compañero de ruta”.

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