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Perfiles pergaminenses

Luis Fantaguzzi: una vida dedicada a la herrería y la pasión por hacer asados

Luis Héctor Fantaguzzi, una historia rica en anécdotas. (LA OPINION) Luis Héctor Fantaguzzi, una historia rica en anécdotas. (LA OPINION)

Forjó su destino sobre la base de su oficio y un enorme sentido de la responsabilidad. Acaba de cumplir 69 años y se siente bendecido. Creció en el campo y luego se mudó a la ciudad. Fue asador en carreras de automovilismo y en eventos de instituciones y parroquias. Dueño de una sencillez que lo distingue, traza su Perfil Pergaminense sintiéndolo como “un regalo”.


Luis Héctor Fantaguzzi nació el 1º de agosto de 1950. Acaba de cumplir 69 años. Toma la entrevista del Perfil Pergaminense como un regalo de cumpleaños. “Dios me ha dado la vida y ahora, este reportaje”, dice en el comienzo de la conversación.  Es herrero y de la mano de ese oficio logró forjarse un destino. Nació en una clínica que estaba en General Paz, entre 9 de Julio y Merced. Fue el único de sus hermanos que nació aquí, los demás lo hicieron con una partera en la zona rural donde vivían, en Mariano H. Alfonzo, en la zona del Cuartel 22, en Paraje Campo Roth. “Después que mi mamá me tuvo nos fuimos a vivir al campo, donde me crié”, refiere. “Yo soy el mayor y me siguen Néstor Alberto (67), Norma Noemí (64) y José Carlos (57)”, cuenta hablando de sus hermanos. Su condición de ser el mayor desde chico le confirió cierto sentido de la responsabilidad y siempre se preocupó por acompañarlos.

Sus padres fueron Luis Carlos Fantaguzzi y María Angela Raimundo, eran chacareros. “Trabajaban la tierra y se dedicaban a la agricultura”, menciona y recuerda toda su infancia en el campo. En esa geografía estuvieron sus juegos y las vivencias que definieron su personalidad. Fue a la Escuela Nº 43, un establecimiento al que asistían “los hijos de los chacareros”. Terminó la primaria teniendo 13 años y ya para esa época trabajaba en el campo a la par de sus padres.

Más tarde comenzó a trabajar con Norberto Forti en un taller metalúrgico. Por entonces siendo muy chico hacía convivir esa tarea con la dinámica de la vida rural. A los 16 años, trabajó en un horno de ladrillos y después comenzó a trabajar con su cuñado con los tractores y las máquinas agrícolas.

La vida lo trajo a Pergamino

En 1966 cuando se produjo el desalojo en la época de Onganía, su familia se estableció en Pergamino, en el barrio Centenario en San Nicolás 2085, entre Magallanes y Balboa. Hasta los 20 años Luis siguió yendo al campo. “Había empezado a trabajar en el taller de Maggio que era socio de mi cuñado, así que estaba abocado a las máquinas y nos íbamos al sur a trabajar tierras”, relata.

Ya establecido en la ciudad, cambiaron un poco sus rutinas y se adaptó a nuevas prácticas. Recuerda las tardes en los potreros jugando al fútbol con sus hermanos. “Siempre fui defensor”, señala describiendo el puesto de juego que ocupaba en esos interminables días de su juventud.

Menciona que no le costó la adaptación a la vida en la ciudad cuando las circunstancias lo trajeron a Pergamino. “Respeto mucho cómo se fueron dando las cosas, aprendí mucho tanto en el campo como en la ciudad. En el campo todo era más natural, pero en Pergamino tuve otras vivencias, hice más amigos.

“Fui muchos años a Corcho’s, al bar La Plaza. Hice nuevos amigos. Me gustaba salir y me gusta”, continúa.

Sentido de la responsabilidad

Desde chico Luis tuvo un marcado sentido de la responsabilidad. Cuenta que habían perdido a su padre tempranamente. Falleció cuando él tenía 16 años, así que de algún modo la vida en Pergamino le sirvió para comenzar una nueva etapa y para asumir otras responsabilidades asociadas a la ayuda brindada a su madre que trabajaba en casas de familia. Todo lo que construyeron fue sobre la base de mucho esfuerzo. “Mi mamá quedó viuda cuando tenía 35 años y nos crió a todos”, destaca y comenta que su madre trabajó en la casa de la familia Howard: “El patrón trabajaba en el área de Relaciones Institucionales del Inta y ‘Quita’, su esposa, era docente así que ella cuidaba de sus hijos. También trabajó en casa de la familia Toppazzini y Matijacevich”, relata hablando de su mamá con orgullo. “Nosotros la ayudábamos trabajando de lo que podíamos”, resalta.

Una historia de trabajo

La vida de Luis está atravesado por su vocación de trabajo. De la mano de “Tolo” Raimundo, que era amigo de sus padres, consiguió emplearse en Toppazzini, una empresa dedicada a la construcción de tinglados y cabinas de tractores. Ahí entró como soldador. “Me había salvado del servicio militar, ahí trabajé tres meses y el mismo ‘Tolo’ Raimundo me hizo entrar en Pergamino Industria Metalúrgica, en Garay 660, entre Juan B. Justo y San Nicolás. Nos dedicábamos a hacer y reparar carrocerías. Allí estuve doce años y aprendí mucho de lo que me permitió armar mi propio taller de herrería”.

Recuerda que con lo que cobraba en la fábrica metalúrgica haciendo horas extra fue comprándose las máquinas. Trabajaba en su casa con uno de sus hermanos. Así fue forjándose su propio camino. “Yo tenía un patrón de apellido Bustos que era muy inteligente. Aprendí mucho de él”. También menciona a sus otros patrones Bigliardi, González, Barrera, Ecenarro, los hermanos Bustos, Peralta y Lacasia. Y a sus compañeros con los que tuvo muy buena relación, entre ellos: Roberto Sobrero, Roberto Pontacuarto, Medina, Filomeno, Mena y Roasio.

“Durante unos meses trabajé en Lucini; después volví unos años más a la fábrica metalúrgica y me fui a la Sodería Niágara de mi tío. Ahí me dedicaba a reparar las máquinas. También trabajé tres meses con Vicente Ardissone y de ahí con Baccarini que reparaba cosechadoras”, enumera relatando parte de su larga historia de vida laboral.

Su propio taller

Conocedor de su oficio y con las herramientas que había adquirido, comenzó a trabajar como herrero en forma independiente. Hace 48 años que está abocado a esa tarea. “Mi especialidad siempre fue la herrería”, dice con orgullo y recuerda que sus primeros trabajos fueron para los vecinos y amigos que lo contrataban.

Afirma que lo que más le gusta hacer es “diagramar cosas” e idear sus trabajos. “Me gusta mucho el invento y buscar el modo de resolver problemas”, señala.

Actualmente mantiene la actividad de su taller y además trabaja en Matcon, donde se dedica a hacer todo tipo de reparaciones y tareas vinculadas a su oficio.

Se reconoce como un hombre con habilidad para el trabajo artesanal y señala que con el tiempo aprendió a desacelerar el ritmo y tomarse el tiempo para disfrutar de cada realización. “Lo mío es trabajar tranquilo y de manera muy artesanal”.

Su familia

Luis vivió con su madre hasta que ella falleció en 2017. Por diversas circunstancias de la vida no se casó, por lo que su núcleo familiar está constituido por sus hermanos y por las familias que ellos constituyeron. También por los amigos que ocupan un espacio central en su vida.

“Mi hermano Néstor está casado y separado de Marcela Ponce y tienen una hija que se llama María Julia. Norma está casada con Juan Carlos Squarini y tienen a Carlos Ariel, casado con Lorena Scioli y papás de Santiago; Diego Javier que es periodista deportivo, está en pareja con María Cantelmi y tienen a Isabela. Y José Carlos está casado con Fabiana Sose y tienen a Rocío y a Yago que está de novio con Guadalupe”, menciona.

Los amigos ocupan un espacio medular en su vida. Menciona a algunos y en ellos a los muchos que lo han acompañado y acompañan: “Marcelo Masello, su esposa Rosa Almirón y su hija Milagros; Miguel Lanzillota y María del Carmen, que ya no está, y sus hijos Eugenio, Julieta y Jazmín; Daniel Urbaneja, su esposa Graciela y sus hijos Rolo, Jimena y Gonzalo; el ‘Pollo’ Urbaneja, con su esposa Liliana y sus hijos Diego, Ramiro y Gonzalo. Ariel es un amigo de la Iglesia al que también aprecio mucho”, agrega.

En este plano también menciona a Héctor Churín, su esposa María Elisa y sus hijos; y a Aída Toscani y su esposo Rubén ‘el indio’ Churín y sus hijos. “Los conozco de toda la vida, de la escuela y del campo y comparto con ellos una amistad que perdura”.

Actualmente vive solo y siempre busca formas de distraerse. Los fines de semana suele ir a los clubes Centenario, 25 de Mayo o Cueto para conversar o jugar algún partido de truco. “Cociné muchos años en el bar Don Pedro”, cuenta. Y se introduce así en otras de sus pasiones: la de hacer asados.

Asar, una pasión

“Asar es una pasión junto a la herrería”, expresa y confiesa que le gusta hacer costillares, corderos, lechones, al asador o a la parrilla”.

Cuando habla de esa tarea que realiza con sumo placer, aparece la referencia a otro de los atractivos de su vida: el automovilismo. Cocinando para varios equipos estuvo muy cerca de esta actividad durante muchos años. “Cuando empecé con los autos de carrera, me gustaba ir y cocinaba. Comencé con Drivet yendo a las carreras y asando. Después con Raúl Sinelli, viajando. También hacía los asados para José Luis Capeans, Gallo y José González. Estuve muchos años cerca del automovilismo como ‘asador oficial’. Eso me permitió conocer muchos lugares como Balcarce, Lobos, Lobería y Río Negro, tengo vivencias inolvidables. Siempre recuerdo que cuando nos tocaba viajar en Semana Santa el menú se modificaba y me tocaba poner pescado a la parrilla”.

No solo en los circuitos de automovilismo Luis hizo visible su arte. También fue el asador en la inauguración de la Casa de la Cultura: “Me llevó Hugo Zarlenga y me tocó asar para 450 personas. Ese día hice diez costillares, diez tapas, diez vacíos, diez maruchas, 450 chorizos, 450 morcillas, 12 matambres y 60 pollos deshuesados. Hasta las siete de la tarde estuve solo y después me ayudaron mi hermano, Ardissone y Giménez. Y los mozos que sirvieron eran chicos que estudiaban teatro”.

Fue mucha la gente que le confió “la parrilla” a lo largo de los años. Cocinó para algunas instituciones, para varias iglesias y muchas fiestas y reuniones particulares. “Me tocó asar cuando se inauguró el circuito de Pergamino”, agrega.

Las anécdotas que refiere sobre esto son infinitas y hablan no solo de su pasión sino de su responsabilidad y compromiso. Asegura que la clave de un buen asado es “la paciencia”.

Hoy solo cocina para algunos amigos. “Ya no tengo edad para pasarme noches sin dormir asando. Hubo épocas en las que en una misma noche, tenía que asar en varios lugares. Un día para gerentes del Banco Provincia hice una parrillada, y de ahí me fui a terminar una pata de ternera en la quinta del doctor Auil y otra comida en el Aeroclub. Me acuerdo que llegué a casa muy cansado y me dormí parado dándome una ducha”.

Un hombre bendecido

Se reconoce como un hombre de fe. Y acerca una anécdota de su infancia en la que recuerda a su abuela Angela dormirse murmurando. De chico no entendía lo que hacía y después comprendí que se dormía rezando”, cuenta.

De sus abuelos aprendió muchas cosas. Los menciona agradecido; ellos fueron: José, Angela, Francisco y Emilia.

Está siempre con la Iglesia y asiste a misa todas las semanas. “Voy a San Ramón Nonato, Santa Rosa de Lima o a la Parroquia Nuestra Señora del Carmen.

“De varias iglesias también fui el asador, no solo en Pergamino sino en Basualdo. Y tuve una amistad entrañable con el padre Gastón Romanello. Las puertas de la Iglesia del Perpetuo Socorro las hice yo”, relata.

De rutinas sencillas y hábitos que nutren a diario sus afectos, se siente un hombre bendecido. En la simpleza de su relato eso se advierte. “Todos los días me levanto dando las gracias. Cumplo con mi rutina laboral y después me voy a mi taller a trabajar”, refiere. Y confiesa sobre el final: “Soy un hombre bendecido. Tengo tres ídolos que son Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo que son los que me ayudan. Agradezco tener un oficio, Dios me ha dado esa posibilidad y me siento bendecido”. Esa apreciación con la que finaliza la entrevista define su persona y pinta de cuerpo entero a un hombre que en la sencillez ha encontrado la clave para vivir.

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