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Perfiles pergaminenses

Luis José Maquiadi, un hombre de casi 90 años que le rinde tributo a la vida

Luis Maquiadi recreó vivencias de su vida en el campo y relatos en un cálido diálogo con LA OPINION. (LA OPINION) Luis Maquiadi recreó vivencias de su vida en el campo y relatos en un cálido diálogo con LA OPINION. (LA OPINION)

Nació y vivió en el campo, abocado a tareas rurales. Allí conformó su familia y estableció los cimientos del presente que hoy disfruta. Socio del Club Tejo Pergamino y amante del tiempo compartido entre amigos, su relato recrea la sencillez de una historia basada en el esfuerzo y la dedicación como cimientos de una vejez saludable y tranquila.


Luis José Maquiadi tiene 89 años.  Muchas personas lo conocen por su apodo: “Tito”. Es un hombre alto que conserva la elegancia que no le quitó el paso del tiempo. Cuando comienza la entrevista se confiesa “enamorado de la vida” y comenta que en pocos meses, el 17 de noviembre, cumplirá 90 años. Sentado en la cocina de su casa, acompañado por su esposa y su hija, habla de su historia, parecida a la de muchos que dedicaron gran parte de su vida a trabajar la tierra. Todo lo que relata lo hace con simpleza y en muchos momentos al recrear recuerdos, sonríe.

Nació en el campo, en una chacra ubicada entre El Socorro y La Vanguardia. Su papá se llamaba David y su mamá Palmira. “Mi papá se vino de Italia escapando de la guerra. Vivió un tiempo en Arroyo Seco y después se estableció donde yo nací”, cuenta. Fue a la Escuela N° 30 de La Vanguardia, un establecimiento que quedaba a siete kilómetros de la chacra y al que llegaba en sulky o a pie. “Algunas veces la maestra que venía en auto nos encontraba en el camino y nos acercaba”, relata.

Toda su juventud transcurrió en el campo, en tiempos donde las chacras eran habitadas por familias numerosas que constituían verdaderas comunidades unidas por el valor de la buena vecindad.

Luis cuenta que construyó su casa del campo con sus propias manos, para marcar el enorme sacrificio de aquellos tiempos. Y enseguida con orgullo señala que ese hogar era “el lugar al que todo el mundo llegaba para compartir una buena comida y un encuentro”.

Fueron ocho hermanos, por lo que con sus padres, a la mesa para comer en lo cotidiano eran diez. Le gusta la mesa numerosa y la vida compartida.

Viviendo en el campo se casó con Teresa Antonia Storani. Hace 61 años que están juntos y unidos. Se conocieron en un baile en Pearson, donde ella vivía.  Confiesa que siempre le gustó bailar. Quienes lo conocen saben que fue un gran bailarín de tangos, pasodobles o valses. “Cuando éramos jóvenes íbamos a los bailes que se realizaban en distintos parajes. Incluso cuando los chicos eran chicos los llevábamos con nosotros a los bailes que se hacían en Manuel Ocampo, donde tocaba la orquesta de Eleuterio Pigliapoco”.

Es padre de dos hijos: Luis y Rita. Abuelo de seis nietos: Yanina, David, Elin, Erica, Diego y Sofía. Y bisabuelo de tres bisnietos: Maximiliano, Olivia y Lucio. Disfruta de la vida en familia. “Mi familia es lo más lindo de la vida. Mis nietos y bisnietos son bonitos y buenos, los quiero mucho y ellos me quieren, ¿qué más puedo pedir?”.

En otro momento de la charla cuenta que jugó al fútbol en El Socorro y en la Selección de Pergamino. “Soy un apasionado del fútbol y soy hincha de Boca Juniors”, afirma. “Siempre me gustó ese deporte y creo que fui un buen jugador”, agrega recordando los partidos que venían a jugar con Provincial o con Argentino. “Con el fútbol andábamos por todos lados”.

En Pergamino

Se estableció en Pergamino hace ya muchos años. Se instaló con su familia en el barrio Centenario, donde vive actualmente, en una casa con un enorme patio del que disfruta. “No hay nada como el sol que da en el parrillero todas las mañanas. Estos días de invierno hasta hace calor, paso mis mañanas allí”, describe.

Ya viviendo en la ciudad durante muchos años siguió trabajando en el campo. Con su esposa se levantaban a las 6:00 y partían para llevar adelante largas jornadas de trabajo. Tiempo después pusieron una despensa en el barrio en la esquina de Solís y San Nicolás y su señora dejó de viajar. Y cuando fue tiempo de retirarse de la tarea rural, Luis acordó con un vecino que se ocupara de trabajar el campo. “Siempre recuerdo el esfuerzo y la alegría con la que levantamos aquella casa, el pisadero, cortando ladrillos. Hoy ya nada es lo mismo, cuando veo lo abandonado que está todo, me dan ganas de llorar”, confiesa con nostalgia.

Reconoce que la vida en el campo era “sacrificada”, pero no se queja porque “vivíamos bien”. “Criábamos chanchos, teníamos gallinas y una vaca lechera que ordeñábamos todos los días para tener leche fresca”, relata e insiste: “El campo era un pueblo, todos éramos amigos, como familia. Hoy uno va al campo y ya no vive nadie. Muchas cosas han cambiado”.

La mayoría de sus recuerdos tienen que ver con el campo. Incluso aquellos que tienen que ver con su niñez: “Salíamos a juntar maíz con mis hermanas. No había cosechadoras, el maíz se juntaba a maleta”.

En aquel tiempo no había tractores. “El campo se araba a caballo. No se usaba tractor, recorría muchas veces los 1.200 metros de campo manejando los caballos de a pie miles de metros me hacía”, relata reconociendo que las rutinas del trabajo agropecuario eran “sacrificadas”.

El tejo

En el año 1999 comenzó a ir al Club Tejo Pergamino. Encontró en ese espacio amigos y actividades de las que disfrutó plenamente. “Somos socios vitalicios de esa entidad que todo el mundo debería conocer”, refiere y cuenta que desde 1999 hasta el año 2015 no faltó un solo día a la cita obligada de jugar al tejo, a las bochas o a las cartas con grandes amigos. Siempre acompañado por su esposa, encontraron en ese núcleo de pertenencia una actividad que les permitió viajar y competir en distintas ciudades. Recuerda las anécdotas de cada competencia, de cada viaje y las largas tardes compartidas entre pares. “Ahora está cerrado, pero igualmente desde hace un tiempo había comenzado a ir un poco menos porque tengo algunos problemas en los huesos que me impiden jugar al tejo como antes. Me desconsuela ver jugar y no poder hacerlo”, confiesa este hombre que hoy vive una vida tranquila en la intimidad de su hogar.

Vendedor de boletas

Sociable, de buen carácter, cuenta que ya estando jubilado durante un tiempo vendió boletas de estacionamiento en calles del centro de la ciudad. Fue a través de un amigo que le propuso realizar esa tarea para “ocupar el tiempo”. “Como soy un inquieto acepté y lo recuerdo como algo muy lindo por el trato con la gente. Todavía recuerdo el contenido de las charlas que mantenía con quienes me compraban las boletas para estacionar”.

Una buena vida

Sobre el final reflexiona sobre las cosas esenciales de la vida. Se define como un hombre de fe y confiesa que en su juventud quiso ser sacerdote pero su familia no se lo permitió porque tenía que irse a Bahía Blanca. “Creo mucho en Dios”, afirma, agradeciendo por haber tenido y tener “una buena vida”.

“También me hubiera gustado ser militar porque cuando hice el servicio me fue muy bien. Pero tampoco encontré respaldo de mis padres para ello. Así que me aboqué al campo y trabajé mucho siempre pensando en el bienestar de mi familia”, resalta.

“No me quejo de la vida que tuve”, expresa y con una mirada retrospectiva celebra la vida. “Lo único que anhelo es tener salud, pero sé que los años pasan”, agrega, y sin más, cuando la entrevista termina, vuelve sobre lo que expresó al principio cuando el diálogo comenzó: “Con casi 90 años puedo decir que es muy linda la vida”.