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Perfiles pergaminenses

Luis “Luly” Peralta, quien supo volcar a la música, el teatro y la política, su compromiso social

Luis “Luly” Peralta, un referente de la cultura y la política local. (LA OPINION) Luis “Luly” Peralta, un referente de la cultura y la política local. (LA OPINION)

Es conocido por su trayectoria como artista y militante. Tiene una rica historia de vida, marcada por una fuerte vocación por la expresión en sus múltiples vertientes. Cree en el poder transformador de la cultura. Es docente en su taller de música y siempre tiene tiempo para crear nuevos proyectos vinculados a la reflexión y a la acción.


Se define como un militante político, actor y músico. Lo dice en el comienzo de la entrevista para referir la dinámica que ha tenido su vida, que por momentos ha sido “itinerante”, como su arte. En el diálogo, surgen algunos costados desconocidos de la esfera íntima frente a otros que han cobrado relevancia y visibilidad por lo mucho que ha hecho en nuestra ciudad de la mano de un profundo compromiso social.

Tiene 59 años. Nació en Pergamino y todo el mundo lo conoce por su apodo: “Luly”, un sobrenombre que adoptó siendo niño y en el que se reconoce. Creció en el barrio Centenario, en la contención de un núcleo familiar del que habla con orgullo: “Mi familia estaba conformada por mi abuelo, Francisco Altamirano, que fue mi referente; mi abuela Juana Gattelet; mi mamá Irma, enfermera y supervisora del Hospital San José; y mis hermanas”.

Las postales de su infancia están vinculadas a aquella casa de calles Alvear y Balboa y el relato trae el recuerdo de la quinta por calle Gaboto a la que su abuelo llamaba “la chacra”, un patio gigante en el que se cultivaba la tierra. “No conocí a mi padre y mi primer referente fue mi abuelo”, asevera este hombre que reconoce que nació: “músico, actor y político”. Habla con una gratitud infinita de su abuelo: “El escuchaba música en una radio eléctrica. Crecí escuchando La Nueva Ola, a cantantes como ‘Palito’ Ortega o Leo Dan; también folklore y tango. Me dormía abrazado a mi abuelo escuchando lo que sonaba en aquella radio”, refiere. Y la palabra deja traslucir eso que nutre: “El me agarraba de la mano y me llevaba a ver el circo criollo en el que había teatro gauchesco. También íbamos a las carreras de caballo cuadreras que se realizaban en el Parque Municipal. Me gustaban los caballos, pero lo que realmente me fascinaba era ir de su mano”.

Tiene esa cultura aprendida en las costumbres sencillas y supo canalizar su vocación a través del estudio y de la exploración. Dice que se gestó como artista en el patio de su casa, siendo niño, y tocando una guitarra pequeña para un público conformado por las gallinas del gallinero que oficiaban de público imaginario. “Esa fue mi escuela. Allí juagaba solo durante mucho tiempo cuando me escapaba de las siestas y cantaba las canciones que me aprendía de memoria”.

Las primeras clases

Perdió a su abuelo cuando apenas tenía 5 años. Cuando eso sucedió, su mamá le compró una guitarra y lo llevó junto a sus hermanas y unas primas a tomar clases a El Fortín Pergamino, que por entonces funcionaba en calle Pueyrredón. Su primer profesor fue “Tatín” Sarlenga, un docente que formó a los “viejos folkloristas”.

“Salí de la primera clase sabiendo tocar ‘Luna Tucumana’. Mis primas y mis hermanas abandonaron y yo seguí. Me iba caminando desde el barrio Centenario, a los 6 años, con la guitarra al hombro. Tenía una vocación muy fuerte. Nunca olvidé lo que aprendí en ese lugar”, afirma y se recuerda a sí mismo siendo aquel niño que actuaba en los actos escolares.

Fue a la Escuela N° 53 hasta quinto grado. Completó su educación primaria como pupilo en el Hogar Monseñor Scalabrini. “Era un niño muy mimado y estimulado por mi familia, así que sentí una sensación de desarraigo muy fuerte cuando de golpe pasé a estar en un lugar inhóspito. Pero tomé aprendizajes de esa experiencia”, señala.

“La educación era muy estricta, muy religiosa, y por momentos violenta”, refiere. Y comenta: “Hacíamos quinta, pero me expulsaron por mala conducta. El cura como castigo me mandó a limpiar todos los días la biblioteca”. Esa reprimenda se transformó en oportunidad. Era un lector voraz que muchas veces “se enfermaba” solo para que su madre le comprara revistas, así que estar en ese lugar le abrió una puerta inmensa.

“‘La cabaña del tío Tom’, ‘Juan sin miedo’, ‘El Principito’ fueron apenas algunas de las lecturas que me abrieron un mundo extraordinario”, señala y confiesa que de la mano de esas y otras piezas se despertó en él la inquietud por la política.

“En Scalabrini formamos un grupo que nos plantábamos frente a las injusticias. Estando allí realizamos varias protestas”, relata.

Un militante

Cursó parte de sus estudios secundarios en el Colegio Nacional y más tarde se pasó al Comercial nocturno. Durante esos años comenzó lo que llama “la militancia real”. También fue el tiempo de incursionar fuertemente en la música. Ambas actividades iban de la mano. “Con un amigo que ahora vive en España, Jorge Alvelo, formamos un dúo. Hacíamos rock nacional acústico y tocábamos también temas nuestros. En paralelo yo trabajaba en una farmacia”.

Fue así que se fue ligando a un movimiento de actores, poetas y músicos y cuando irrumpió la dictadura militar se hizo más fuerte la participación. “Militábamos en la clandestinidad. Y comenzamos a actuar en la vieja Biblioteca Menéndez”, menciona.

“A nivel nacional formamos Músicos Independientes Asociados y en Pergamino nos consolidamos como un grupo cultural de base ideológica, un grupo socialista que nos reuníamos a estudiar y a hacer música”.

Fue parte de una generación que construyó un movimiento potente. “Recuerdo que hicimos un evento en las Hermanas Adoratrices en el que tuve la posibilidad de tocar con Baglietto. Conservo los afiches de ese espectáculo”, cuenta.

“En ese tiempo me sumé a un grupo dirigido por Alberto Di Lorenzo con el que hicimos cosas maravillosas. Hice talleres y obras. Con eso me completé”, afirma, recordando que también participó de la revista Siesta que dirigía Sergio Bonzón.

Persiguiendo sus inquietudes

En una época se fue a vivir a Mar del Plata, donde también estudió teatro de la mano de Jorge Laureti, en un grupo llamado “La Manija”. El inventario de su trayectoria es extenso. Pero siempre se dividió entre la música, el teatro, la militancia y trabajos que hacía para sobrevivir. Y estuvo allí donde estaban sus inquietudes, alcanzando metas y planteándose nuevos objetivos.

También vivió unos años en Rosario. “Allí me recibí de tallerista de cultura integral, como parte de un proyecto que llevaba adelante la Universidad Nacional de Rosario. Y esa formación me valió para comenzar a trabajar dictando talleres en distintos barrios, en una tarea que integraba el teatro y la música con el propósito de rescatar a los jóvenes de la marginalidad”. Estuvo allá hasta 1992.

El teatro

La charla va y viene en el tiempo. Cuenta que en la década del ‘80 conformó un grupo de teatro que se llamaba Amanecer. “Funcionábamos en el Club Tráficos y en la iglesia del barrio Otero, con el padre Galli.  Armamos la obra ‘Después de las elecciones’, antes de que se restaurara la democracia. Por ese tiempo también estaba en el coro de Angel Concilio.

Gran parte de su camino recorrido fue junto a Roberto Iriarte, con quien incursionó en el teatro callejero.  “Nos fuimos a Santa Fe y realizamos nuestra primera experiencia teatral que fue multitudinaria”, recuerda.  Viajaron mucho. “En uno de esos viajes conocimos a Norman Briski y con él hicimos teatro asamblea. Tuvimos la suerte de traerlo a Pergamino a una actividad en el barrio José Hernández. Los vecinos eligieron como tema de la obra el desempleo”, comenta.

“Después hicimos una obra con Roberto Iriarte, María Beatriz Julio, Fabián del Core, Marita Fekete que recreó la vida de Laureano Riera, un anarquista pergaminense y tuvimos el honor de que él viniera a ver la función desde Montevideo”, añade en un relato colmado de anécdotas.

“En la música tenía un grupo que se llamaba Juglaría, en el que hacíamos canciones nuestras con ‘Cachito’ Cabral y ‘Viti’ Correa e interpretábamos poesías de Rafael Restaino y otros poetas de Pergamino”, detalla.

“También participaba de una murga que se llamaba ‘Los petiteros de la ribera”; con ellos llevó adelante un trabajo de alto contenido social y de defensa de los derechos humanos, una causa que siempre lo convocó.

“Más tarde nació ‘Mate Amargo’, una obra que puse en escena y fue ganadora del premio provincial en el Encuentro de Salto. La hice con Abel Churín, María Beatriz Julio, Gricelda Incerti, Roberto Aguilera y Analía Magnani. En la producción nos ayudaban Luis Contreras y Carlos Zini”, describe.

“Después hice ‘El pibe Cepeda’; ‘El barrio de la Bronca’, que se volvió a poner en escena el año pasado por un grupo que hace mis obras; ‘Angélica cuando te nombro’;  ‘Mandarino y las flores’”, enumera.  Y prosigue: “El año pasado escribí ‘El Inspector Gerlero’, una obra de detectives en la que quizás trabaje”.

La política

En todo lo que cuente confluye el arte con la militancia social. Con la restauración democrática se insertó en el partido MAS, de Luis Zamora. Con la ruptura de esa fuerza política nacieron dos partidos. Luis integró el Movimiento Socialista de los Trabajadores. “En una ocasión cuando hubo que elegir un candidato a intendente me propusieron asumir ese desafío teniendo apenas 32 años”. Desde entonces participa activamente en los procesos electorales y es un referente indisoluble del socialismo. “La política me da la posibilidad de plantear cosas para la ciudad, pero más allá de lo electoral, participo de distintos espacios de acción comunitaria como comedores y merenderos”, comenta.

“Mi militancia es cotidiana. Muchos dirigentes políticos han salido de nuestro grupo y hoy están en otras corrientes”, sostiene y refiere que en el presente milita en el Frente de Izquierda.

El taller

Desde hace 17 años tiene su taller de música La Trova Azul.  “Tengo muchos alumnos; enseño guitarra, piano, ukelele, charango y canto”. Antes de tener ese espacio en calle Saavedra daba clases a domicilio.

Hoy, debido a la pandemia, sus clases se dictan de manera virtual. Le gusta lo que hace. “Muchos me dicen que tendría que estar en otro lugar. Pero lo mío siempre fue tratar que participen los demás. Socializar lo que sé para que todos puedan tocar, cantar, opinar de política”, señala.

La vida cotidiana

“Vivo de mis clases y los espectáculos. Tengo muchos alumnos de los que aprendo continuamente”, agrega.

“El que enseña bien es aquel que también sabe aprender del alumno”, afirma este hombre que comparte su vida con Clarisa. “Somos un equipo tremendo en la política y en la vida.  Ella hace la producción de mis obras y le pone orden a mis cosas. Con su hija Daiana y mi hijo Mateo conformamos una familia ensamblada que tiramos para el mismo lado”.

Le gusta vivir en Pergamino, pero sabe que “cualquier lugar es bueno si uno tiene inquietudes y encuentra a las personas adecuadas”.

Volver a la raíz

Como sucede casi siempre en el recorrido por la historia de una vida, las referencias finales tienen que ver con el afecto. Allí donde reside lo verdadero. Luis habla de su abuelo, aquel hombre que fue placero de la Plaza 25 de Mayo. Sabe que estaría orgulloso de él si viviera y que hubiera sido un gran compañero. Se emociona cuando lo dice. Quizás porque fue la persona que lo marcó para siempre. Esa que le señaló el camino alentándolo a seguir sus sueños. “El sacó de mí lo que yo podía dar. Me gustaría mucho tenerlo conmigo para que viera que eso que hacíamos juntos es a lo que me dediqué toda la vida”, concluye.