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Perfiles pergaminenses

Luis Mario Conti: las vivencias de un médico jubilado con profunda vocación de servicio

Luis Mario Conti, en la redacción de LA OPINION trazó su Perfil. (LA OPINION) Luis Mario Conti, en la redacción de LA OPINION trazó su Perfil. (LA OPINION)

Ya no ejerce, aunque nunca se abandona del todo la profesión frente a la necesidad de otro o la urgencia. Tuvo una rica trayectoria profesional en diversos ámbitos de la mano de su especialidad: la clínica médica. Es viudo, papá de seis hijos y abuelo de seis nietos y en el presente está rearmando su vida tras años de intensa actividad.


Luis Mario Conti es médico jubilado. Lo señala en el comienzo de la conversación, aunque aclara que nunca se abandona esta profesión tan ligada con el cuidado de la vida. Lo que hace la jubilación es dejar atrás el ejercicio profesional sostenido.

Nació en Pergamino  el 8 de agosto de 1946 y creció en la zona de Italia y Echevarría, razón por la cual la Plaza 25 de Mayo fue el escenario de su infancia, el lugar en el que jugaba con sus amigos del barrio, entre ellos “los hermanos Cordich, Pedro Sanmartino, Carlos Bassi, los hermanos Benedetti y tantos otros que estoy olvidando de mencionar”.

Sus padres fueron María Di Ma-sso y Luis Conti. Ella ama de casa y él comerciante dedicado a la venta de materiales de construcción y aberturas. Tiene una hermana mayor, Nilda que actualmente vive en San Nicolás.

“Jugábamos a la pelota en los canteros, como yo sufría de asma me mandaban al arco y recuerdo que la Policía nos corría en bicicleta”, relata, acercando lindos recuerdos de una infancia feliz.

Con 73 años, elige actividades de las cuales disfrutar como tomar un curso de cine en la Unnoba o pasar tiempo con la familia y los amigos.

Fue a la Escuela N° 22 y más tarde al Colegio Normal donde egresó con el título de maestro. Supo que quería ser médico cuando promediaban sus estudios secundarios.

El periodismo y la medicina

Siempre se debatió entre el periodismo y la medicina y se inclinó por esta última, sin arrepentimiento. “Siendo muy joven, despunté el vicio de periodista y en Punta del Este, una ciudad a la que viajamos con el fotógrafo Alfredo Parisi en un Citroen tuve la posibilidad de entrevistar a Roberto Carlos, a Wilson Simonal, al Gordo Porcel. Fue en un Carnaval y los reportajes se publicaron en la revista Pergamino entre 15 Días”.

Teniendo 18 años se fue a Córdoba para iniciar sus estudios universitarios, motivado por su vocación de obtener un título que le permitiera “ayudar a otros”. Se reconoce como una persona solidaria, siempre dispuesta a tender una mano.

Su llegada a Córdoba se dio en compañía de otros pergaminenses: Martín Illia que iba a estudiar medicina y Horacio Niemi, que iba a estudiar arquitectura. De su tiempo como estudiante universitario conserva recuerdos entrañables. “Las vivencias que rescato de ese tiempo son una cual más linda que la otra, porque la juventud nos hacía experimentar cosas maravillosas. También fue un tiempo de mucho aprendizaje”, señala.

“Teníamos la salud de la juventud, la picardía, todo es lindo. Uno ni valora la vida cuando es joven porque la muerte no existe ni está cerca”, refiere.

“En esa época no se hablaba de drogas, la principal transgresión era el cigarrillo o el alcohol y nosotros como estudiantes universitarios no teníamos dinero para comprar whisky- Tomábamos algo de vino o ginebra cubana”.

Su trabajo y la vida familiar

Ya con su título de médico evaluaba la posibilidad de irse a trabajar al norte del país, cuando su compañero Martín Illia le dijo que volviera a Pergamino que aquí había muchas posibilidades de trabajo. Su primer trabajo fue como médico escolar. “A esa altura yo ya estaba casado, tenía dos hijos y uno que venía en camino así que lo que me pagaban me servía”. Refiere. Así comenzó su ejercicio profesional y nunca se detuvo.

Mario se había casado con Mirta Amalia Guastella, una cordobesa a la que había conocido en un baile estudiantil. Con ella conformó su familia. Estuvieron juntos 44 años hasta que ella falleció a los 70 años, el mismo día del aniversario de su matrimonio el 7 de noviembre del año 2018. “Ella era kinesióloga, una excelente profesional”, señala con admiración.

Tuvieron seis hijos: Rodrigo Adrián, Matías Bernardo, Martín Federico, Anabella, Marianela y Luciano Mario. “Los tres más grandes están casados: Rodrigo con María Fernanda Baños; Matías con Luciana Alvarez; y Martín con Lucía Mariani. Anabella es soltera y vive en México; Marianela está en pareja con Juan Climaco; y Luciano es soltero”. Es abuelo de seis nietos: Eros, Chiara, Gino, Eva, Alejandro y Julia.

Una gran pérdida

Habla con tristeza del fallecimiento de su compañera. “Se fue temprano, sufría de diabetes y lo único que agradezco es que estuvo mal apenas un mes cuando aparecieron complicaciones de su enfermedad. Cuando se vio muy mal me dijo: ‘Así no, si no voy a mejorar, me voy con Crescencia’”. Era una mujer increíble que se hacía tiempo para todo y acompañarnos incondicionalmente”.

Una larga trayectoria

“Cuando nos establecimos en Pergamino con mi esposa comenzamos a trabajar y aquí terminamos de conformar nuestra familia. Ella ingresó en la Clínica Pergamino y yo además de ser médico escolar trabajé un tiempo ad honorem en el Hospital donde atendía alergias”.

Respecto de su labor como médico escolar, recuerda que como parte de un equipo interdisciplinario estaban abocados a la atención de niños con discapacidad  y tras esa evaluación se definía si debían concurrir a la Escuela N° 502, a la Escuela N° 503 o a una escuela común. Trabajaba junto a fonoaudiólogos, terapistas y pediatras. Fue sobre finales de la década del 70 y principios del 80, según refiere.

A la par de ello atendía consultorio que en una época compartió con su esposa en la casa familiar.

“En los comienzos de mi profesión fui nombrado en el Hospital Ferroviario donde hice Guardia durante muchos años hasta que esa institución cerró. Y también viajaba a la UOM de San Nicolás”, agrega.

Comenta que su esposa fue mentora del Portal del Sol, donde hoy funciona el Centro de Día Esperanza y señala que él colaboró como “marido” de esa iniciativa. “Fue una época particularmente compleja porque la crisis de 2001 nos agarró endeudados. Habíamos tomado un crédito para armar ese espacio y teníamos ocho o nueve empleados y cuando se desató la crisis del país la pasamos verdaderamente mal”. Menciona que esas circunstancias afectaron su salud y cuenta que sufrió un infarto que lo obligó a cuidarse de otra manera.

Salieron adelante. Siempre ejerciendo su profesión. Se jubiló en octubre de 2019. “Un médico nunca se jubila del todo”, reconoce. “Si uno anda por la calle y ve a alguien que se cayó parás y lo asistís, eso nunca se abandona”.

“Lo que no hago es trabajar más. La urgencia uno siempre la atiende pero trato de que las personas no caigan en la comodidad de hacerme una consulta en cualquier lugar solo porque soy médico”, aclara. Y prosigue: “Toda mi vida viví pensando para hacer el diagnóstico de mis pacientes, y para responder a cualquier pregunta de ese tipo y hacerlo bien, tendría que volver a pensar; y ya no quiero pensar más sobre cuestiones médicas”, resalta.

Durante muchos años fue médico en Inspección General, en el área encargada de hacer las evaluaciones para el otorgamiento de las licencias de conducir. También fue médico del Sistema de Atención Primaria de la Salud, una tarea que le permitió ejercer en una sala haciendo una medicina preventiva y asistencial, tarea que ejerció con un marcado compromiso social.

“Además fui médico de Douglas Haig en las divisiones inferiores y junto a Daniel Urbaneja en el primer Nacional B. Eso me llevó a viajar mucho”.

Una decisión meditada

Confiesa que no le costó mucho jubilarse porque venía elaborando la idea: “En una oportunidad cometí un error de diagnóstico con mi señora, nada grave ni que comprometiera su vida, pero cuando ocurrió ella me recordó lo que le había pasado a un colega cardiólogo que un lunes llegó y dijo ‘el viernes me jubilo porque cometí un error y me pasó por viejo’. Ella me trajo esa referencia y me dijo: ‘Estoy acostumbrada a escuchar hablar bien de vos y no quiero empezar a escuchar hablar mal, así que pensalo’. Trabajé un poco más y me jubilé sin dudarlo”.

Reconoce que está adaptándose a su nueva vida: “Hay que comprender que en alguna época fui jefe de algo y tuve una actividad profesional intensa y ahora no soy jefe de nada y me sobra el tiempo que antes no tenía”, resalta.

Siente que la mejor recompensa que le dejó su profesión es el reconocimiento de sus pacientes. “La gente habla bien de mí merecidamente porque en la medida de mis posibilidades le he solucionado problemas. Cuando podía facilitarles un medicamento, no quería que me trajeran un regalo o dinero, porque precisamente yo les entregaba algo para que no gastaran. Con la gratitud alcanzaba”.

Ese agradecimiento siempre se hizo presente y Mario lo experimentó en una oportunidad que su salud estuvo en riesgo: “Una paciente golpeó la puerta de casa y le dijo a mi esposa que tenía doce dadores de sangre si yo lo necesitaba. Eso no tiene precio”.

En el año 2014 sufrió un accidente cerebrovascular leve. Junto al infarto de 2001 fueron los episodios de salud que más le afectaron.

El presente

La jubilación le trajo nuevas rutinas.  “Estoy reordenándome. Por suerte mi hijo menor vive conmigo, otra de mis hijas a una cuadra, así que se preocupan mucho de que no esté solo. Los demás no están en Pergamino pero están pendientes de mí, me siento muy acompañado, vienen siempre”.

“Cada mañana me levanto y leo los diarios. Soy de los que aun prefiere leer en el papel. Escucho radio AM y miro televisión”, relata.

Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir porque tiene la condición de tener la tranquilidad de las ciudades chicas y la cercanía con lugares más grandes.

Reconoce que no se lleva bien con la soledad: “No sirvo para estar solo, soy muy callejero y me gusta el diálogo con la gente. Igualmente soy respetuoso del tiempo de cada uno y me gusta que respeten el mío. Si me encuentro con alguien en un café le aclaro que vine a leer el diario, así que comparto un par de palabras y me voy a mi tarea sin invadir lo que esa persona está haciendo en ese momento”.

Amigo de los amigos

Se define como una persona “sociable”. “Tengo un grupo muy grande de amigos con los que hacíamos la ruta 40 y con ellos en una época también íbamos a las carreras de rally. Nos quedó la buena costumbre de juntarnos”, cuenta y reconoce que si aceptara la invitación de toda su gente conocida tendría una peña todos los días. Valora la posibilidad del encuentro y afirma que solo algunos de sus amigos son de la profesión. El resto son de la vida: “Me pone contento que sea así porque de ese modo uno aprende un poco de todo. De lo contrario uno queda encerrado en un círculo”.

Es dueño de una curiosidad infinita. “En miles de kilómetros recorridos y en soledades mi cualidad de ‘preguntón’ me ha permitido aprender muchas cosas”, afirma.

Ha viajado bastante y lo hace cada vez que puede. “Los viajes más lindos y más largos pude hacerlos con mi esposa y eso me da una cierta tranquilidad”.

A mano con la vida

Sobre el final reconoce que tuvo la vida que soñó: “No tengo quejas de la vida. Tuve una excelente esposa, tengo seis hijos y seis nietos sanos. No sufrí grandes privaciones, no tengo plata pero soy feliz igual. No tengo asignaturas pendientes, quizás hacer un viaje lejos para tomar contacto con otras culturas”, concluye este hombre que simplemente está a mano con la vida, sin pedir más que lo que recibe.

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