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Perfiles pergaminenses

Marcelo Ferrer, desde la agronomía, una vida dedicada de los recursos genéticos

El ingeniero Marcelo Ferrer, en la intimidad de su casa recibió a LA OPINION. (LA OPINION) El ingeniero Marcelo Ferrer, en la intimidad de su casa recibió a LA OPINION. (LA OPINION)

Llegó de Tucumán a los 26 años para realizar un posgrado. Hasta su jubilación trabajó en el Banco de Germoplasma de Maíz del Inta, una labor que ejerció con compromiso. Es docente en la Unnoba y tiene participación en varias instituciones vinculadas a su actividad profesional. En lo personal guiado por su fe, pudo superar difíciles pruebas.


Marcelo Ferrer es ingeniero agrónomo. Nació en Tucumán, en un núcleo familiar integrado por su padre Antonio, abogado y juez; su madre, Emma Collados, docente. Y sus hermanos: Emilio, que fue fiscal federal y ya está jubilado; Horacio, que es ingeniero mecánico y trabaja en Tucumán; Miguel Angel, que es ingeniero electrónico y trabaja en Neuquén; y María Eugenia, licenciada en Matemática, que hizo su carrera profesional en un juzgado federal de Tucumán. “Soy el único de ellos que me dediqué a la agronomía y el único que vive en esta geografía”, refiere en el comienzo de la charla que se desarrolla en el comedor de su departamento, donde corrige trabajos como parte de su actividad docente. Mate de por medio, cuenta que estudió en la Universidad Nacional de Tucumán. Antes en una escuela universitaria de su provincia donde recibió educación agrotécnica. “De chico decía que iba a ser abogado, pero se ve que me gustaba la agronomía. Una pasión que descubrí cuando mi padre y sus hermanos compraron una finca y a mí me gustaba mucho pasar tiempo allí, en contacto con la tierra”.

Se jubiló como profesional del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta) el 31 de diciembre de 2018. Desde entonces solo sigue vinculado a la institución como colaborador del espacio en el que desplegó gran parte de su historia laboral: el Banco de Germoplasma de maíz. “Tuve el privilegio de realizar toda mi carrera en el Inta, primero en Famaillá, en el mejoramiento de la caña de azúcar donde ingresé apenas me recibí como becario y más tarde en la Estación Experimental Agropecuaria Pergamino, una de las más importantes del país”, refiere.

Primer contacto con Pergamino

“Llegué aquí teniendo 26 años para hacer el posgrado en mejoramiento genético vegetal que dictaban la Universidad Nacional de Rosario y el Inta. Hasta entonces de Pergamino solo tenía la referencia de Annan de Pergamino, porque era la marca que aparecía en un auto de carreras y yo era un apasionado del automovilismo. También sabía que en la Experimental Pergamino del Inta había un enorme potencial para desarrollarme profesionalmente”, agrega.

Sin embargo, ya estando casado y con una hija, al egresar del posgrado volvió a Tucumán donde estuvo un par de años. Y se radicó definitivamente en Pergamino en 1985, ya para integrarse a la planta profesional del Inta y desplegar su labor como profesional en el mejoramiento genético de maíz y luego, en 1988 en el Banco de Germoplasma de Maíz.

Su familia

Marcelo se casó con Graciela Herrera, una mujer con la que compartió su vida durante 40 años hasta marzo de 2013 en que ella falleció. Se habían conocido en Tucumán, ella trabajaba como secretaria del contador regional de Agua y Energía, pero renunció a su cargo para acompañarlo en el desarrollo de su carrera profesional. “Para ella fue una opción de vida acompañarme para que yo pudiera seguir mi carrera, así que nos mudamos a Pergamino y armamos nuestra vida aquí. Compramos nuestra casa en el barrio San Martín, donde viví hasta hace un tiempo en que me mudé a este lugar más chico”, señala.

Tuvieron cuatro hijas: María de Lourdes, licenciada en Psicopedagogía, está casada con Juan Andrés Alberico, vive en Pergamino y tiene dos hijos: Juan Martín y María Josefina.

María Verónica, casada con Horacio Setti, tiene dos hijos: María Victoria y Bautista. Es licenciada en Tecnología de Alimentos, chef y ahora volvió a trabajar como maestra de cocina.

Luciana, que falleció en 2015. Era diseñadora de modas y vivía en Brasil. Su muerte se dio en circunstancias muy dudosas y aún no esclarecidas en la provincia de Misiones. Y Marcela Agustina que vive en Australia desde hace más de un año.

Actualmente Marcelo está en pareja con María del Carmen, una mujer que también tiene hijos y que es muy compañera. No conviven pero se acompañan y disfrutan de la vida juntos. Asegura que fue incondicional su presencia cuando ocurrió la muerte de Luciana. “Nos habíamos conocido hacía poco tiempo y fue un puntal importantísimo para mí y un sostén”, confiesa este hombre que disfruta de su condición de “jubilado”.

“Reconozco que me preparé para transitar esta etapa, en el convencimiento de que son los jóvenes los que tienen que ocupar los espacios. Para cada cosa hay una edad. Así que cuando llegó el momento me jubilé y ofrecí seguir colaborando, pero sin ocupar un lugar que le corresponde a otra persona”, señala, haciendo referencia a una colaboración desinteresada vinculada al funcionamiento del Banco de Germoplasma. “Prácticamente toda mi carrera estuvo dedicada a ese campo de trabajo, ahora inicié los trámites para ser nombrado profesional asociado, algo que no supone costos para la institución, pero que me permitiría formalizar una vinculación y poder colaborar en aspectos legales y de funcionamiento del Banco de Germoplasma de maíz que es el más antiguo del país y que este año cumple 50 años”.

Apasionado del que fue su trabajo, cuenta que “el Banco de Germoplasma conserva la variabilidad genética de las especies y cumple un rol estratégico en la preservación de la biodiversidad” y lamenta que en la sociedad haya aún tanto desconocimiento respecto de este tema que es crucial para los programas de mejoramiento de cultivos.

La docencia

De la mano de su profesión y desde hace varios años, Marcelo incursiona en el campo de la docencia, actividad que le brinda enormes satisfacciones. “Tengo el honor de ser docente de la Unnoba. Soy profesor de la materia Recursos Genéticos en la única universidad del país que cuenta con esa asignatura en la formación de grado”, refiere. A la par de ello comenta que como un modo de retribuirle a la Universidad Nacional de Tucumán algo de lo que recibió en su formación, es docente en el posgrado.

“Sinceramente me gusta mucho la docencia, en la Unnoba soy docente por concurso, así que tengo hasta los 70 años mi cargo en esa condición. Si Dios me da vida seguiré hasta ese momento porque así como pienso que hay que ir dándole lugar a las nuevas generaciones, entiendo que también los que tenemos experiencia tenemos la obligación de ayudar a los jóvenes a formarse”, destaca.

Su hacer, en un área estratégica

Su desarrollo profesional se ha centrado en un tema muy específico como el de los recursos genéticos, algo que no solo tiene que ver con el manejo de la semilla sino con cuestiones legales sensibles y complejas. Eso le ha permitido incursionar en diversos ámbitos. Estuvo a cargo del Programa de Recursos Genéticos de Inta y desde 1994 trabajó en lo que fue el tratado de recursos genéticos, y previamente el convenio de diversidad biológica. Con humildad refiere que por estar a cargo del programa en el Inta colaboró a nivel de Cancillería como asesor para temas específicos y fue integrante de las delegaciones argentinas de la FAO. “Esa fue una experiencia muy nutritiva, porque lo que buscábamos era consensuar una opinión que fuera la del país para un tema fundamental. También participé del Prosiur, un proyecto colaborativo de los países del Cono Sur, otra experiencia que rescato.

“Eso me dio la posibilidad de viajar mucho, aunque confieso que no conozco tanto los lugares a los que fui porque jamás me quedé un día más allá de la finalización de las reuniones a las que asistía. Siempre tenía la necesidad de volver a mi casa, con mi familia”, comenta.

En el presente, institucionalmente participa de la Asociación de Ingenieros Agrónomos del Noroeste Bonaerense (Aianba) y también en representación de esta entidad de la Fundación del Centro Regional Universitario. En ambos espacios desarrolla una tarea comprometida y de bajo perfil, fiel a su estilo. “No soy muy conocido en el medio porque mi actividad siempre fue tranqueras adentro”, señala.

Una vida de rutinas sencillas

Cuando no está trabajando como docente disfruta de rutinas sencillas. El buen mate y la buena cocina jamás faltan en su mesa. Tampoco los partidos de rugby que sigue de cerca. Cuenta que es un deporte que practicó en su juventud y que le gusta mucho. Como la música y los viajes en buena compañía. En unos días viajará para reencontrarse con sus compañeros del secundario y compartir “una gira de egresados cincuenta años después”.

Vuelve a Tucumán cada vez que puede. Allí vive parte de su familia. El resto del tiempo transcurre en esta ciudad que lo adoptó. Sale a caminar todos los días y disfruta de la presencia de su gente querida en la vida cotidiana. Aunque confiesa que en algunas ocasiones se sintió “discriminado” por su tonada del interior, eso no le impidió adaptarse a la vida e idiosincrasia de esta ciudad de la que se siente parte. “Mis raíces están en Tucumán, pero mi vida está aquí, en Pergamino, ya no me voy de aquí”.

En esta geografía supo forjar su destino y tomó los desafíos que le planteó su profesión y la vida. “Lo importante no es ser el mejor, sino estar en el lugar adecuado en el momento justo, y darse cuenta. Sé que hay gente mejor que yo profesionalmente y estratégicamente, pero me di cuenta y tomé con entusiasmo cada uno de los desafíos que se me plantearon”, afirma.

Un hombre de fe

Durante muchos años fue ministro de la Eucaristía y es dueño de una profunda fe católica. Ese, junto a los afectos, fue el pilar que lo sostuvo cuando falleció su esposa y más tarde cuando perdió trágicamente a su hija. “La fe me ayudó mucho con la partida de mi señora que murió de cáncer. Y tiempo después también fue esencial para aceptar el fallecimiento de Luciana que fue abrupto e incomprensible. La oración me apuntaló.

“Con la muerte de Luciana vivencié en carne propia ese refrán que reza que cuando uno pierde a un hijo, lo que se siente no puede ser llamado de ninguna manera. Durante un año entero recé cada noche pidiéndole a Dios que me dejara descansar porque el dolor era inmenso”. Su participación cristiana le dio además buenos amigos. Con algunos de ellos comparte un grupo “pelota de trapo” y cuenta que el nombre con el que se identifican responde al hecho de que “no rebotamos nunca ni para orar ni para reunirnos a disfrutar una buena comida”.

Fiel a su fe acepta la voluntad de Dios y sabe sobreponerse, aunque no sin dolor, a las pruebas más difíciles. Se lleva bien con el transcurso del tiempo y considera que “sería una estupidez pretender ser siempre joven”. Tiene una relación maravillosa con sus nietos. Asegura que sus afectos más entrañables son los que nutren su vida y le permiten celebrarla cada día, a pesar de las pérdidas.

Por lo demás solo anhela poder seguir ejerciendo la docencia con el disfrute de hoy, viajar y tener salud para poder disfrutar plenamente cada experiencia que le proponga el futuro, para vivirla a pleno.

“La fe me ayudó mucho con la partida de mi señora que murió de cáncer y el de Luciana que fue abrupto, fue tremendo. La fe me ayudó a seguir adelante. Mis hijos y también María del Carmen me apuntalaron mucho, siendo que recién nos habíamos conocido”.

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