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Perfiles pergaminenses

María del Carmen Gutiérrez: una mujer que siempre siguió el impulso de sus deseos

María del Carmen Gutiérrez recreó su historia de vida. (LA OPINION) María del Carmen Gutiérrez recreó su historia de vida. (LA OPINION)

Se recibió de Asistente Social en Pehuajó y se estableció en Pergamino junto a su marido. Aquí se consolidó profesionalmente y fue jefa del Servicio Social del Hospital San José. Se retiró hace unos días tras acogerse a los beneficios de la jubilación. Tenaz y decidida siempre tomó decisiones amparada en sus convicciones.


María del Carmen Gutiérrez nació el 15 de noviembre de 1957 en Francisco Madero, un pueblo rural del Partido de Pehuajó. Su familia está integrada por su esposo Jorge Alemany y su hijo Marcos, de 24 años.

Sus papás fueron Héctor Antonio Gutiérrez y Celia Azurrabarrena, una mujer de procedencia vasca. Su papá tenía un restaurante, hotel y bar y “el boliche de Gutiérrez” fue el último emprendimiento comercial. Falleció hace dos meses; su mamá hace seis años. Tiene una hermana, María Dominga, un año mayor que ella y mamá de tres hijos.

Llegó a Pergamino cuando se enamoró de Jorge, un hombre casado y separado con el que conformó su familia, con él sorteó las dificultades y y quebró prejuicios y preconceptos. Aquí fueron recibidos y juntos comenzaron a construir su historia.

Había cursado sus estudios secundarios en Francisco Madero, los de nivel superior los hizo en Pehuajó. Eligió la carrera de Asistente Social cuando no pudo irse a estudiar Farmacia, que era su verdadera vocación. Cuenta en la entrevista que eso le valió algunas discusiones y reproches a sus padres que no la dejaron ir detrás de su anhelo en aquella época. “No me dejaron ir a estudiar, me dijeron que tenía que ir a Pehuajó, así que elegí estudiar Trabajo Social porque no me gustaba el Magisterio”, refiere y recuerda que defendió la tesis con la que obtuvo el título en 1979. “Tenía idea de irme a La Plata para seguir estudiando, pero la vida me trajo a Pergamino a los 21 años”.

Se define como “la rebelde” de una familia de profundas creencias religiosas y arraigadas a la cultura del pueblo donde vivieron. A la vuelta del camino recrea la historia familiar y rescata lo bueno. Se queda con eso y acepta las diferencias con la templanza que dan los años. No se reprocha ninguna de las decisiones que tomó y que la transformaron en la mujer que es.

Cuando habla de su llegada a la ciudad, asegura que la recibió “muy bien” y afirma que la adaptación le resultó sencilla en virtud de que desde el comienzo supo establecer relaciones sociales que la hicieron sentir en su casa. “Recuerdo que iba al Supercoop, después a la carnicería y a la verdulería. Así conocí a Mercedes, una íntima amiga, y fui relacionándome con la gente de Pergamino. Pasaba horas haciendo compras mientras esperaba a mi marido que volvía de su taller de letreros luminosos. Por entonces yo no trabajaba, pero buscaba el modo de poder ejercer mi profesión”.

Así fue que a través de una vecina que trabajaba en el Consejo Escolar tuvo la posibilidad de conseguir un cargo de asistente en una escuela de la ciudad de Colón. “Viajaba todos los días en ‘El Acuerdo’, volvía a las seis y media de la tarde. Trabajaba en la Escuela Nº 3, al principio me costó adaptarme, pero fue una buena experiencia que me sirvió para saber lo que era mi profesión”.

El Hospital

Tiempo más tarde tuvo la posibilidad de ingresar al Hospital San José. “Me inscribí con tan buena suerte que en 1983 me llegó el nombramiento. Había trabajado un mes ad honorem y luego ya comencé a cobrar. Estábamos en el Hospital viejo; por ese entonces era municipal y estaba en la transición para pasar a la Provincia, mi nombramiento fue provincial. Estuve  cuatro años trabajando en el edificio del Hospital viejo, y en 1987 pasamos al nuevo”, cuenta. De este modo recuerda las instancias fundantes de su profesión y del propio funcionamiento del Servicio Social del nosocomio del que se retiró 35 años después como jefa.

“En 2012 concursé el cargo, el 28 de mayo. Estuve hasta el año pasado en litigio con el concurso, pero como todo es político se lo dieron por ganado a otra persona. Terminé siendo jefa. Dios estuvo de mi parte”, comenta esta mujer que se jubiló el 1º de este mes.

Estrenando su nueva condición, afirma que con el tiempo aprendió a amar su profesión y fue una apasionada por su trabajo. Se comprometió con cada una de las historias que le tocó seguir. “Me formé de una determinada manera, después fueron llegando al servicio profesionales jóvenes y todo fue cambiando. Se incorporaron innovaciones, me costó romper algunas estructuras, pero me adapté a ellas.

“Le fui tomando cariño a la profesión con el ejercicio y me apasionó la tarea. El lugar de trabajo que tuve no fue fácil, porque en el Hospital se ven muchas problemáticas”, agrega.

Refiere que lo que más dificultad conllevó fue el no poder separarse de las historias que llegaban al servicio. “En los primeros tiempos manejaba la parte oncológica y me costaba despegarme de la historia de cada paciente. Siempre recuerdo a una chica muy joven que tenía cáncer de mamas, su fallecimiento fue muy doloroso para mí y siempre tenía presente su rostro.

“Con el tiempo me fui acostumbrando y aprendí a separar un poco las cosas, pero nunca del todo”, señala.

En 35 años pasó gran parte de la vida y luego de su retiro, lo que queda en el balance es no solo la tarea realizada, sino la innumerable cantidad de amigos que cosechó en el camino. “Conocí a muchísimas personas y con algunas establecí amistades entrañables como con Marta de Pascual o ‘Chari’ Gutiérrez. Tuve muchos buenos compañeros que estuvieron en mi despedida. Nunca tuve problemas con nadie”.

Sus propios compañeros aseguran que era la más ruidosa de la oficina y disfrutaba de ese calificativo, quizás por su condición de ser una persona muy sociable.

El río

Hoy, lejos de las rutinas laborales, disfruta de la oportunidad de tener más tiempo para dedicar a uno de los placeres de su vida: la estadía en el río Paraná. Con su esposo desde hace 18 años tienen un rancho en Ramallo. Allí pasan tiempo y comparten con amigos. “Tenemos nuestra lancha y nuestro rancho que es una especie de cabaña construida por mi esposo”, comenta y asegura que ahora que no tiene que trabajar allí podrá disfrutar libremente del tiempo. “Ahí tengo quinta y tengo un contacto muy rico con la naturaleza.

“Hace muchos años que vamos a ese lugar, primero comenzamos a acampar, después íbamos a un rancho que nos habían prestado y finalmente construimos nuestro propio lugar. Es hermoso. Disfrutamos de caminar hasta el muelle, acompañados por el termo y las reposeras. Disfrutamos del mate, en los amaneceres y los atardeceres que son muy bellos”.

Una nueva etapa

Su marido está jubilado desde 2009 y ella acaba de iniciar esta nueva etapa de la vida lejos de las obligaciones laborales. Eso les confiere más tiempo de disfrute. Gustan de compartir con amigos, salen bastante y pasan tiempo con un matrimonio de Arrecifes. A María del Carmen le gusta caminar y se define como una persona sociable.

Sin embargo, confiesa que aún “me sobra el tiempo” y busca cansarse. Cuesta abandonar las costumbres aprendidas en 35 años de trabajo. Madrugar es una de ellas. Hoy ocupa parte de su tiempo navegando por Internet y leyendo los diarios.

El resto de sus rutinas aún están por conformarse y está abierta a vivir plenamente esta nueva etapa. Atrás quedó el tiempo en el que se levantaba muy temprano a la mañana para tomar el colectivo que la llevaba al trabajo. En el recuerdo están las vivencias y las anécdotas. En la conversación recuerda una que tiene que ver con el horario laboral: “Durante la gestión del doctor Gerardo Monacci nos había puesto en penitencia y nos hacía trabajar en el servicio de 8:00 a 20:00. Recuerdo que nos turnábamos para cumplir ese horario y responder a lo que era una penitencia”.

Es la primera asistente social jubilada del Hospital San José. Lo refiere con orgullo: “Cuando yo ingresé no estaba constituido el servicio social. Funcionaba el área con empleados administrativos. Después se fue profesionalizando, a partir de 1983. Primero llegó María Isabel Domínguez Roca, después Cristina Trebino y en junio ingresé yo. Roca renunció en 2002 y Trebino se fue allá por 1984. Con el tiempo fueron llegando otras profesionales”, dice. Afirma con satisfacción que en tantos años de trayectoria profesional cosechó muchos momentos trascendentes. Vuelve sobre la dimensión personal de los mismos cuando señala que en más de tres décadas de tiempo compartido con los compañeros de tarea se comparten las cosas de la vida misma. “En tantos años suceden nacimientos, fallecimientos, separaciones, alegrías y tristezas y todo se vive intensamente”.

Una historia dura

“De mi paso por el Hospital me marcaron muchas cosas”, resalta. Sobre el final de la entrevista se introduce en un aspecto muy sentido de su vida: la adopción de un hijo. “Fui mamá adoptiva de un niño que ya no está más con nosotros”, menciona y  continúa: “Un sábado ingresó una mamá de El Socorro que era menor de edad y tenía conflictos familiares muy severos. La doctora Vázquez la internó en Pediatría y el caso llegó al Servicio Social y pasó al Tribunal de Menores. La joven fue al hogar de las Hermanas Adoratrices y no podían ubicar al chiquito. Un día el doctor Leandro Laguía, que era director del Hospital, me pidió que los acompañara a una de las audiencias en el Juzgado. Fui y cuando comenzó la audiencia me retiré. El tiempo transcurrió. Yo estaba inscripta en el registro de adoptantes y un día la doctora Zulema Corona, que era secretaria de la jueza Diana Jure, me llama diciéndome que si aún quería adoptar, había un chiquito. Recuerdo que fui con mi marido que ese día se había ido a trabajar en ojotas. Cuando llegamos había un niño gordito esperándonos. Era aquel niño. Lo trajimos a casa. Había pasado por cinco hogares de tránsito. Lo adoptamos, pero lamentablemente años más tarde lo perdimos porque tuvo muchos problemas con las drogas. Hoy tiene 28 años. Siempre fue tremendo y no pudimos ayudarlo ni con psicólogos ni con psiquiatras. Desaparecía de casa. A los 15 años lo internamos y fue peor. Fue muy cruda la realidad, pasó por muchos lugares y se fugó de todos. Después estuvo en una comunidad terapéutica y en 2008 le perdimos el rastro. Fue un sufrimiento tremendo para nosotros”.

Hoy sabe que nunca pudo separarse de la historia de aquel niño. “Lo apañé, tapé todo. De-sautorizaba permanentemente al padre porque conocía su historia. No me pude asumir como su mamá, siempre pensaba en ese abandono que había sufrido. Peleaba con todo el mundo porque lo rotulaban. Era un negro divino, muy parecido a mi familia, pero hizo las de Caín”, confiesa, esta mamá que lo recuerda y lo nombra por su nombre: Ricardo. “La genética es la genética”, concluye reconociendo que aún le cuesta comprender por qué los hechos se sucedieron del modo doloroso en que ocurrieron.

Quedarse con lo bueno

Fiel a su personalidad se repone y se queda con lo mejor de cada experiencia vivida. Dueña de una memoria prodigiosa tiene a fuego guardadas algunas fechas: el 14 de enero de 1992 llegó ‘Riqui’ a nuestra vida; el 14 de enero de 1979 me puse de novia con Jorge; el 22 de junio de 1994 nació Marcos, antes había perdido un embarazo ectópico que casi me cuesta la vida; y el 22 de junio de 1979 me escapé de mi casa con Jorge porque en mi familia no aceptaban esa relación”.

Sabe y señala que “de algún modo estoy pagando las consecuencias de mis decisiones, pero no me arrepiento de haber seguido siempre mis sentimientos.

“No me casé de blanco y me enamoré de un hombre casado y separado, lo que me valió diferencias con mi familia que era muy arraigada al pueblo. Fui la rebelde que rompió los esquemas. Mi mamá que vivía en la Iglesia se enloqueció. Pero hice lo que quise. Con la adopción también seguí mi deseo”, concluye en una reflexión que la pinta de cuerpo entero.