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Perfiles pergaminenses

María del Luján Drivet, la sensibilidad de una mujer que compromete el alma en cada proyecto

María del Luján Drivet, su familia, la docencia y el coro de Maristas, sus grandes pasiones. (LA OPINION) María del Luján Drivet, su familia, la docencia y el coro de Maristas, sus grandes pasiones. (LA OPINION)

Ejerció la docencia por 36 años y formó junto a su esposo una familia que es su principal construcción. Integra el Coro San José, del que fue una de sus impulsoras y que representa su pasión, su disfrute y su refugio. Siempre dispuesta a tomar nuevos desafíos, su historia es el testimonio de cómo la responsabilidad y el amor pueden abrir todas las puertas.


María del Luján Drivet nació en Pergamino y cuando la entrevista comienza confiesa amar esta ciudad, lo que muestra de inmediato su enorme sentido de pertenencia a este lugar en el que vivió desde siempre y en el que anhela transitar la vejez. Falta para eso. Tiene 66 años que vive plenamente. Es docente jubilada y una de las fundadoras del Coro San José, nacido en el seno del Colegio de los Hermanos Maristas. Está casada desde hace 42 años con Juan Carlos “Pato” Digilio, es mamá de dos hijos y abuela de tres nietos. Tiene amigos entrañables y es una defensora de los afectos.

En la intimidad de su hogar y con todas las medidas de distanciamiento que impone la pandemia, la charla fluye cálida. Para todos es “Mary” y para sus alumnos es la profe de Matemática, Física o Química. Varias generaciones de adolescentes tuvieron el privilegio de tenerla al frente del dictado de asignaturas complejas que ella se ocupó de hacer más llevaderas por su enorme pasión por enseñar.

Creció en la casa de calle Pueyrredón, entre Italia y Estrada, en una propiedad que fue pasando de generación en generación desde sus bisabuelos. Siente un profundo apego a sus raíces y guarda de ese lugar y de su infancia los mejores recuerdos. “Fui hija única. Mi mamá fue Nélida Sola de Drivet y mi papá Saúl Drivet, que durante años fue jefe de taller de la Chevrolet y luego trabajó de manera independiente”, cuenta. Y prosigue: “Cuando nací mi mamá estaba criando a su hermano menor, mi tío ‘Negro’ y a una prima de ella, así que siendo hija única tuve dos hermanos mayores que me malcriaron mucho en el mejor sentido del término”.

De la niñez rescata las vivencias del barrio y los amigos. “Todo el mundo estaba en la puerta, era un vecindario muy unido, los vecinos eran familia”, refiere y menciona a dos de las amigas con las que compartían tardes interminables de juego: Nora Gaído y Cristina Stradiot. También a Hugo Apesteguía que vivía en el barrio; y a otros tantos con los que compartió inolvidables años.

Fue a la Escuela Nº 22. Y más tarde al Colegio Normal. Teniendo 17 años se fue a estudiar Bioquímica a Rosario; le iba muy bien pero una situación familiar la obligó a regresar a Pergamino. Así fue como comenzó a estudiar el Profesorado de Matemática, Física y Cosmografía en el Instituto N° 122.

“Entré al Profesorado sobre el final del segundo año porque me reconocieron las materias de la Facultad y eso me habilitó a dar Química en los colegios. Fui profesora de Matemática, Física y Química, siempre en escuelas secundarias”, comenta, confesando que su pasión fue enseñar.

“En Rosario vivía en un pensionado de monjas y habíamos tomado la costumbre que yo estudiaba y después les explicaba a mis compañeras. Se ve que algo de docente había en mí dando vueltas, me encantó enseñar. Tengo un recuerdo maravilloso de mi trabajo como docente”, agrega.

Los comienzos de su carrera

Estando en el Profesorado, el entonces director del Instituto Comercial Rancagua Carlos Comité se acercó buscando a alguien que pudiera trabajar en esa institución. “Con él comencé a trabajar siendo muy joven, haciendo suplencias de Matemática de primero y segundo año en el Instituto Comercial Rancagua”.

Recuerda el tiempo que demandaba viajar, ir en un colectivo que recorría la ciudad levantando alumnos, los caminos de tierra de los primeros tiempos y el tractor que “los tiraba” cuando llovía.

A la par de esa primera experiencia fue haciendo otras suplencias para la Escuela de Comercio y también en el Colegio Nacional. “Las horas de Rancagua las titularicé, pero cuando nacieron mis hijos, dejarlos tantas horas era muy difícil; así que renuncié y me quedé con las suplencias que tenía en Pergamino.  Durante algunos meses viajé a la localidad de Alfonzo, pero después ya me quedé trabajando en el Comercial y el Nacional”, relata. Durante el Gobierno de Raúl Alfonsín llegó la posibilidad de rendir y titularizar sus horas.

Con la reforma educativa, más tarde esas horas le fueron distribuidas en tres establecimientos: la Escuela N° 62, la Escuela N° 17 y la Escuela N° 10. Reconoce que fue un pasaje “muy duro” y un cambio de modalidad muy significativo. Se adaptó alentada por su profunda vocación de enseñar. “Amé a los chicos y amé enseñar”, resalta. Sin embargo, confiesa que sintió un profundo dolor cuando advirtió el deterioro del sistema educativo, donde muchos habían perdido el deseo de aprender.

Cuando fue posible pedir el traslado y concentrar las horas en menos establecimientos, Mary optó por trasladarlas al Normal, que era la Escuela de Educación Media N° 7 y se quedó con otras en el Comercial, es decir la Escuela de Educación Media N° 6.

La jubilación

Luego de 36 años de ejercicio de la docencia, se jubiló hace siete años y 10 meses. Fue una decisión meditada que tomó luego de haber atravesado en la esfera de su vida personal algunas dificultades y la pérdida de sus padres. También ayudada por un contexto que ya le mostraba una escuela diferente. “Fueron años difíciles, pérdidas que me golpearon duro”, confiesa. “En un momento sentí que ya era suficiente y que era tiempo de dar un paso al costado, así que me jubilé”.

Afirma que la mayor satisfacción que le dio la docencia fueron sus alumnos. El encuentro con ellos que hoy son hombres y mujeres que al cruzarla por la calle la abrazan y le recuerdan una hermosa época de su vida. “También las amistades que me dejó mi paso por la educación son muy valiosas; tuve compañeros excelentes y amigos con los que siempre hay un lazo que nos une a una etapa muy linda de la vida”.

Su pilar

Mary se casó con su novio y amor de toda la vida. Así habla de Juan Carlos “el Pato” Digilio, su compañero. Se conocieron en la calle San Nicolás, a través de una amiga en común que los presentó. Desde entonces fueron inseparables. El terminaba el Industrial y ella el Normal. El se fue a La Plata; ella a Rosario. Antes se pusieron de novios y el amor fue más fuerte que la distancia. Este año cumplirán 42 años de casados. “Mi esposo tiene la concesionaria de maquinarias agrícolas JC Digilio S.A. una actividad que emprendimos cuando él, que trabajaba con Alfredo Sinelli, decidió independizarse. Trabajamos duro y entre los dos pudimos construir lo que logramos”, refiere.

“Tenemos dos hijos: Juan Cruz de 34 años, casado con Joana Pereyra, una mujer maravillosa, una hija que me dio la vida. Ellos tienen tres hijos: Camila (18), Juan Lucas (8) y Renata (2). Y Juan Martín que tiene 31, es triatleta, Ironman70.3; trabaja como guardavidas en el natatorio del Parque Municipal y está en pareja con Renata Grimaldi, una mujer divina”.

Reconoce que su familia es el pilar afectivo sobre el que se sostiene su vida. Disfruta de ella. Su casa del barrio Villa Progreso -antes vivieron en el barrio 25 de Mayo- es un lugar de puertas abiertas.

Rutinas activas

Dueña de un espíritu emprendedor, nutre sus días de varias rutinas. Por la mañana va a la concesionaria donde ayuda a su esposo con trámites. “Trabajé desde los 19 años, me es imposible estar quieta”, dice.

Las tardes le pertenecen. Estudió portugués en la Unnoba. Toma clases de canto con una vocalista de Rosario; hace pilates y sale a caminar. Cuida a sus nietos: “Corro a buscarlos y me los traigo a casa”, menciona. Y el rostro se le ilumina. La conmueven y emocionan las pequeñas cosas. Siempre está preocupada porque los suyos estén bien y se sientan felices. 

El coro, una pasión

Desde hace muchos años, exactamente desde la génesis, integra el Coro San José de los Hermanos Maristas, una iniciativa que surgió cuando la maestra de música de la sala de 5 de su hijo mayor convocó a un grupo de padres para que en la fiesta de fin de año los despidieran de un modo especial. Ellos eligieron cantar. Y esa fue la semilla que dio lugar a la conformación de la agrupación coral que inicialmente se llamó Coro de Padres del Colegio San José y con los años devino en el Coro San José, abierto a toda la comunidad. Mary siente un enorme compromiso con esa actividad y una profunda pasión por cantar. “Mi papá era músico, su predilección era el bandoneón y tocaba en conocidas orquestas; quizás de él heredé esta pasión”, señala. Y recuerda los comienzos del coro: “Dirigidos por un papá del colegio, cantamos y nos fue muy bien. Nos propusieron seguir porque la mayoría de los colegios Maristas del país tienen coro. Ahí arrancamos, allá por el año 1992, y desde entonces la actividad fue ininterrumpida”.

Sus pares la llaman “mamá coro” o “madre fundadora” y en esas apreciaciones definen una cualidad de Mary: su dedicación y amor puesto al servicio de que esa actividad creciera no solo en el afianzamiento del grupo sino en la calidad vocal. “Del grupo inicial quedamos dos: Marta Pacífico y yo”, señala y confiesa que siente la misma emoción del primer día cuando llega el momento de los ensayos.

“Durante 10 años mi mamá venía a cuidar a los chicos para que yo pudiera ir a ensayar porque coincidía con el día que mi esposo tenía una peña. Mis hijos esperaban a la abuela que venía con las empanadas”, recuerda. Su constancia de algún modo fue sostén del grupo inicial y de cada uno de los integrantes que con el devenir se fueron sumando. Las anécdotas son infinitas. Rescata los viajes compartidos, los encuentros Marista, las actuaciones con otras agrupaciones corales. La gratitud también es eterna a los directores: “A aquel papá inicial que ofició de director en el comienzo, a Angel Concilio, Hugo Ramallo, Mariana Ramallo y Agustín Cartabia, grandes directores de los que aprendimos mucho”.

Le gusta aprender, dice no ser una eximia cantante, pero disfruta enormemente de ser parte de un coro, algo que no es fácil: “Es una actividad en la que no podés destacarte con tu voz sino que tenés que amoldarte. Pertenezco a la cuerda de contraltos y de ahí tiene que salir una sola voz. Para eso hay que estudiar y ensayar mucho, hasta encontrar un equilibrio”.

Quizás esa particularidad de construcción colectiva es lo que más le atrae, porque de algún modo en ese “hacer con otros” se define esta mujer que asegura que la música la ha ayudado a superar situaciones difíciles de la vida. “Cuando algo triste sucede, me pongo los auriculares y agarro la partitura, eso te saca adelante, te lleva”, sostiene rescatando la certeza de que la música es “una caricia al alma”.

Siempre hacia adelante

Amiga de los amigos, señala que “esos imprescindibles” nacieron en el coro. También en la escuela y en la infancia. Conserva vínculos de muchas etapas de la vida. Porque los cultiva y se ocupa de estar atenta a lo que les pasa a otros. Defiende a los suyos como nadie. Extraña el encuentro con amigos y los viajes. Acepta que este es un tiempo de cuidados, pero admite que la pandemia le robó un año de vida. No se detiene en el obstáculo. Fiel a su esencia mira hacia adelante, en ese futuro se ve rodeada de sus afectos, divirtiéndose y ocupándose de ellos. Así es como imagina la vejez, “con más años, pero dándome a mi familia, a mis nietos, cantando en el coro, cerca de mi gente querida”. No anhela más, sabe que la vida ha sido lo suficientemente generosa y ella se siente agradecida.