Avances:
Programan la relocalización de sectores de fácil inundación El Programa Emprender abrió nuevos talleres en Villa San José Habilitarán un puesto fijo de matriculación en la Región Sanitaria IV
Perfiles pergaminenses

María Josefa Ailán de Smilovich: 97 joviales años ricos en historias

María Josefa Ailán, el testimonio de una vida plena, llena de ejemplos y enseñanzas. (LA OPINION) María Josefa Ailán, el testimonio de una vida plena, llena de ejemplos y enseñanzas. (LA OPINION)

Con una lucidez admirable, esta vecina recibió a LA OPINION en su casa para trazar su Perfil Pergaminense. La emblemática tienda de su padre, el consultorio odontológico de su hermano con quien trabajó como asistente y la familia que constituye su pilar, fueron los ejes medulares de un diálogo con postales de un Pergamino distinto y entrañable.


María Josefa Ailán de Smilovich tiene 97 años. Una lucidez envidiable y una memoria prodigiosa, además del porte de las personas que han vivido plenamente la vida. Está sentada en el living de su casa cuando se inicia la entrevista. Todo en el lugar está cuidado, lo mismo que su aspecto al que acompaña una elegancia que no resulta improvisada. Todo en ella es natural, como su sonrisa. Se preparó para recibir a LA OPINION y con su relato sumar una historia más a esta sección creada para rescatar testimonios de vida. Tiene mucho para contar. Sabe que está cerca de los cien años, pero no repara demasiado en eso, ni en el transcurso del tiempo. Se contenta con celebrar cada cumpleaños y agradece a la vida por la felicidad con la que transita su vejez rodeada de su familia, su principal tesoro y sostén.

Vive en la casa que compartió con su esposo y en el barrio donde transcurrió toda su vida. Por la calle Lagos, en una zona en la que vivían familias entrañables a sus afectos como la familia Picarelli y Pettinari. “Junto con los Ailán eran una institución en el barrio”, bromea. Lo menciona para recrear un tiempo en el que la vecindad tenía esa cercanía que transformaba a los vecinos en familia. “Con la familia Picarelli éramos muy cercanos, y ese vínculo se sostuvo de generación en generación”, agrega.

Su relato habla de una época en que se iba a los bailes acompañada -en su caso por sus hermanos- y en la que el Paseo de la calle San Nicolás era la salida obligada de los domingos. Todo lo que cuenta tiene la semblanza de lo bueno. Y en varios momentos de la charla se le iluminan los ojos, como si el recuerdo le avivara esa chispa de juventud que añora. Vive rodeada de gente joven, y a los amigos de su única nieta los define como “mis amigos”. Eso la pinta de cuerpo entero.

Nació el 17 de septiembre de 1922. Sus retinas vieron casi el transitar de un siglo. Y su personalidad siempre le permitió adaptarse y asumir desafíos. Fue y es “una inquieta”.

Su padre tuvo un negocio de ramos generales emblemático: Grandes Tiendas Casa Ailán. Allí se vendía de todo, especialmente telas. Su papá fue José Ailán y su mamá Sofía Elías. Cuenta que quien atendía el negocio era su padre. Tuvo cuatro hermanos varones y una hermana mujer: Ramón, Julián, Alberto, Juan José y Elena.

“De la tienda tengo grandes recuerdos, me gustaba ir al negocio de mi padre, me gustaba atender al público”, refiere. Fue a la Escuela Nº 1 donde hizo hasta sexto grado y luego al Colegio Nacional. “Más tarde me fui con mis hermanos a Rosario cuando ellos comenzaron a estudiar”.

La tienda familiar funcionó hasta que su padre se enfermó. “Estaba en la esquina de esta casa, donde mi hermano tuvo el consultorio y donde hoy vive mi hija”, cuenta.

Una mujer de familia

Se casó con Antonio Nicolás Smilovich, a quien conoció siendo muy joven: “Habíamos ido con mis hermanos al campo, ahí hablamos por primera vez. Después él se fue a Zárate y yo quedé en Pergamino y un día al regresar a la ciudad nos encontramos en la esquina de Doctor Alem y Lagos. Habían pasado varios años, pero él siempre había estado enamorado de mí, nos pusimos de novios, al año nos casamos y nos vinimos a vivir a esta casa. Tuvimos una sola hija: María Gabriela Smilovich”.

Su esposo falleció hace quince años. Habla de él con un sentimiento profundo: “Durante parte de su vida trabajó en el campo en El Socorro y luego, una vez establecido en Pergamino, fue empleado de la embotelladora Perla del Norte. Lo quise mucho, no discutíamos nunca y éramos muy compañeros, él era mi confidente”.

Hoy comparte la vida con su hija y su familia. Son muy unidos y disfrutan de tenerse. Su hija es docente, tiene un instituto de Inglés y gran parte de su carrera la hizo en la Escuela Nº 2. Actualmente trabaja en la Secretaría de Asuntos Docentes y está casada con Jorge Horacio Dueñas. Habla de Gabriela con orgullo y gratitud. Ella y su esposo hacen mucho por mí”, remarca.

Su única nieta se llama María Elena Dueñas. Tiene 21 años. Se refiere a ella con un amor infinito. “Es estudiante universitaria. Me llevo de maravillas con ella. Es mi chochera. La espero cuando llega de la Universidad donde estudia Diseño de Indumentaria y me vuelve el alma al cuerpo cuando llega a casa”.

Los domingos de paseo

Así como siendo joven gustaba de ir al Paseo con su esposo, en el presente ese día está asociado para ella con las salidas en familia. “Todos los domingos salimos a pasear, el domingo pasado fuimos a El Refugio. Me gustan mucho los ‘carlitos’”, comenta. La miman en sus gustos y la disfrutan, como ella a ellos. “Fuimos los cuatro y la pasamos muy bien.

“Me gusta tener cerca a los míos. He sido una mamá y abuela muy presente. Y tanto a mi hija como a mi nieta las protejo mucho”, resalta hablando de lo importante de lo esencial.

También los domingos suele compartir el almuerzo con su consuegra Ana María Bártoli con la que se lleva muy bien. Y cualquier oportunidad es propicia para reencontrarse con sus amigas Nelly y Gladys Bedini, Mirta Fontana y María Beatriz Digilio, o con sus sobrinas Onilda y Elda, a las que quiere como hijas.

Inquieta y compañera

Se define a sí misma como una mujer inquieta. Y algunas cosas que cuentan tienen que ver con ese espíritu siempre bien predispuesto y en ocasiones aventurero. “Los compañeros de mi hija me eligieron para que los acompañara en el viaje a Bariloche y allá fui. Siempre me gustó estar cerca de los jóvenes. Recuerdo esa experiencia como muy linda e inolvidable”, rescata.

Una trabajadora incansable

En lo laboral, durante veinte años trabajó como asistente dental en el consultorio de uno de sus hermanos, Julián, que era odontólogo. “En realidad dos de mis hermanos habían elegido esa profesión”, refiere. Y respecto de su trabajo comenta: “Fui secretaria de él y era su asistente en el consultorio”.

Siempre fue muy apegada a su hermano Julián, a quien recuerda como “un gran protector cuando falleció nuestro padre”.

Enamorada de la poesía

Es una lectora incansable. Le gustan las novelas y la poesía. “De hecho durante muchos años escribía poesías, me salía espontáneamente”, señala y recuerda que incursionó mucho en la escritura viviendo en Rosario. No llegó a publicar, pero tiene mucho material que conserva. La vida, el amor, los amigos eran sus grandes motivaciones para dar rienda suelta a la imaginación. “Principalmente escribía sobre el amor”, recalca y se define como “una mujer romántica”.

Gustos simples

Le gusta el buen comer y la buena cocina. “Ya no cocino, pero cuando era joven sí lo hacía y mi fuerte era la repostería”, señala esta mujer que hace ya un tiempo se cayó y sufrió la fractura de su cadera y contra cualquier pronóstico se repuso a la adversidad y volvió a ponerse de pie. Aunque anda “más quieta”, nada le impide realizar sus actividades cotidianas. Nada le hizo perder la jovialidad ni su espíritu inquieto. Se sobrepuso a la adversidad y siguió adelante reaprendiendo rutinas y dejándose ayudar. En lo cotidiano la acompaña Cristina Lourenco Sidades, a quien destaca por su dedicación y trato cálido.

Pasa sus horas leyendo, mirando televisión y conversando. Siempre tiene una buena anécdota y la templanza de la experiencia.  Su casa es siempre un lugar de encuentro.

No sabe cuál es la clave para vivir tantos años. Supone que el haber sido “intensamente trabajadora e inquieta”. Se lleva bien con su vejez. Y confiesa que le gusta pasar tiempo con los jóvenes. “Los amigos de mi nieta vienen a casa y yo la paso muy bien con ellos. Lo mismo que con la hija del primer matrimonio de mi yerno, Natacha Dueñas, que me quiere como a una abuela y me visita cuando viene de Rosario”.

Por momentos añora el tiempo en que podía “andar más” y acerca a la conversación la referencia a un regalo que le hizo su esposo en 1970: una cupé dorada que manejó hasta 2009 y que ahora integra una flota de autos de colección. “Era una cupé dorada Fiat 800. Yo andaba para todos lados con ella. Me gustaba manejar, dejé de hacerlo cuando me caí y ya no pude andar. Mi vida era distinta en ese tiempo, más activa. Pero igual no me quejo”.

Recuerdos entrañables

La charla transcurre entre los comentarios del presente y las postales del pasado. De su juventud recuerda cuando con su hermano iba a los bailes del Club Sirio Libanés: “Una vez bailé el Bolero de Ravel y se armó una ronda alrededor mío. De repente me vi bailando en el centro”, comenta y confiesa que todavía hoy se emociona cuando vuelve a oír aquella melodía que su nieta con frecuencia le hace escuchar.

Sin pendientes

Asegura convencida que no tiene deudas con la vida ni asignaturas pendientes. “Con mi hermano tuve la posibilidad de viajar. También con mi hija y su familia que hace muchos años me llevaron a Necochea para conocer el mar. He tenido y tengo una buena vida. Soy muy feliz”, recalca. Y sonríe cuando lo afirma, recreando el sentir de las cosas sencillas, esas que cuando se tienen casi cien años adquieren la dimensión de lo verdadero.

Viaggio Espresso