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Perfiles pergaminenses

María Rosa León: una mujer con la fuerza poderosa del coraje y la entrega

María Rosa León, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION) María Rosa León, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION)

Dueña de una perseverancia que le ha permitido alcanzar metas trascendentes, logró superar difíciles pruebas que le puso por delante la vida y tomar de cada experiencia los mejores aprendizajes. Luchadora y tenaz, encuentra en su familia su núcleo de crecimiento personal. Fue una de las impulsoras de la creación de la Escuela “Los Buenos Hijos”.


Aunque desde el día en que nació, le dicen “Chichi”, su nombre es María Rosa León. Tiene 58 años, los ojos muy claros, un tono de voz cálido y una conversación amena. Nació en Pergamino y creció en el barrio Acevedo, en una casa a la que regresa a diario para visitar a su mamá.

Su padre José Alberto León falleció hace nueve años. Era maquinista ferroviario y linotipista por lo que la infancia de ella y sus hermanas transcurrió entre el tren y la imprenta. Ya jubilado se desempeñó en la Mutual de La Fraternidad. Su mamá, Perla Benetti, fue modista, confeccionaba vestidos de novia y ropa de bebé. Ese era su arte. Hoy tiene 85 años.

“El recuerdo que tengo de mi infancia es el de mis padres trabajando, y esa cultura es la que aprendimos con el ejemplo”, refiere en el comienzo de la entrevista. Es la del medio de tres hermanas: Perla, casada con Oscar Aranda y mamá de Oscar, Ezequiel y Antonella; y Mónica, casada con Rubén Pérez y mamá de Constanza, Gastón y Santiago.

Fue a la Escuela Nº 4 y los tres primeros años del secundario los hizo en el Colegio Normal. Por un problema de salud abandonó sus estudios y los retomó tiempo más tarde. Con 26 años egresó de la primera promoción de bachilleres con orientación en administración de personal en la Escuela Nº 1.

Un problema que la atravesó

Un problema congénito en uno de sus pies atravesó su vida en muchos aspectos y durante años la sometió a situaciones muy incapacitantes. “Estando en la primaria tenía muchos problemas en mi pie derecho, era una malformación congénita en la planta del pie que me provocaba fístulas. Me lastimaba y con frecuencia debía someterme a cirugías que me imponían largos períodos de reposo”, relata. Y prosigue: “En las épocas en que estaba bien hacía una vida casi normal, pero cuando recaía era muy duro.

“A pesar de eso siento que tuve una infancia y adolescencia feliz, con una familia muy contenedora. Mi prima Viviana Infanzón es mi ‘tercera hermana’”, menciona y destaca el apoyo de esa familia “muy grande de raíces italianas, de muchos primos y abuelos muy presentes”.

Cuando la dolencia la obligaba a quedarse en reposo, hubo amigas incondicionales. Su casa era el lugar de reunión. Su gratitud es infinita.

Ocupaba su tiempo leyendo, daba clases particulares a los chicos del barrio, cosía, bordaba y realizaba todo tipo de actividad para mantenerse entretenida. “Cuando me recuperaba buscaba el modo de andar. Mi primer trabajo fue en el Bazar Santa Teresita, recuerdo que les dije a los dueños que tenía 15 años para que me tomaran”.

Una mujer inquieta

Su juventud transcurrió sorteando las dificultades que le planteaba la salud. Sin embargo, siempre se mostró inquieta e interesada por la participación social. Militó en la Juventud Radical y en el comité de distrito del barrio Acevedo. Nunca le interesaron los cargos, aunque en alguna época ocupó algunos lugares de representación. Con la recuperación democrática fue convocada por el intendente Jorge Young para trabajar en el área de la Secretaría Privada y la Secretaría General. Hoy sigue comprometida con su vocación de servicio pero lejos de la militancia política. 

Su familia

Trabajando en el Municipio conoció a su esposo, Carlos Ferreyra. “Luego de dos años de trabajar juntos sin tener vínculo, iniciamos una relación y como Carlos estaba separado y no existía el divorcio, nos fuimos a vivir en pareja”, cuenta introduciéndose en uno de los costados más íntimos de su historia de vida. Fruto de esa relación armaron una familia ensamblada conformada por “los suyos y los nuestros”.

Juntos tuvieron dos hijos: Augusto (31) que es escritor, baila danza contemporánea, hace teatro y está realizando una pasantía laboral en la Escuela “Los buenos hijos”; y Octavio (17) que está terminando el secundario en el Normal y es arquero del Club Gimnasia y Esgrima. Su esposo, en tanto, tenía cuatro hijos: Leandro, que está en pareja con Soledad y es papá de Camila; Martín, que está en pareja con Camila y es papá de Fausto, Bautista, Homero e Isidoro; Nacho, que está en pareja con Romina, y es papá de Sara, Dante y Milo; y Javier que está casado con Julia y tienen a Benicio y Lorenzo.

“Tengo una buena relación con la mamá de los chicos. Ellos forman parte de mi corazón y con Carlos cuando hablamos de hijos, pensamos en seis. Nos queremos, nos respetamos. Somos una linda familia”, destaca. Y un brillo en la mirada acompaña lo que dice. La familia es su principal construcción, aunque confiesa que no todo ha sido “color de rosa” porque en muchos años de vida compartida “pasaron muchas cosas”. Un tiempo de separación, el reencuentro, el volver a elegirse, el contraer matrimonio y el apostar todos los días al fortalecimiento de la familia han sido los nutrientes de una historia que demuestra que el amor tiene una fuerza poderosa capaz de reinventarse. Lo refiere en la charla con la serenidad que da el transcurso del tiempo. Es una convencida que la actitud frente a la vida es lo que permite sortear las dificultades y superarlas.

El coraje de una decisión

La maternidad fue para María Rosa una experiencia transformadora. Al año de vivir con Carlos nació Augusto con Síndrome de Down. “En esa época usaba muletas porque mi problema del pie me tenía muy mal.

“Cuando nació Augusto yo no sabía bien qué era el Síndrome de Down, eran otros tiempos. El médico me explicó que él iba a lograr todo a su tiempo y supe que él iba a necesitar una mamá entera. Supe que a medias yo no le iba a servir y tomé una decisión muy importante, hablé con el médico de Rosario que me atendía desde los 13 años y le pregunté qué pasaba si me amputaban el pie. Del otro lado del teléfono me dijo que con eso se iba a terminar todo mi problema. Decidí operarme y mi vida cambió para siempre”.

Su relato es conmovedor y habla de su coraje y de su entrega. “Dios sabe por qué hace las cosas. Augusto fue una bendición para mí. Si él no hubiera nacido, yo nunca me hubiera animado a tomar la decisión de operarme”, señala. La intervención se hizo luego de que su hijo cumpliera un año.  “Siempre digo que tengo dos cumpleaños, el día que nací y el día que me amputaron el pie. Fue una liberación, un volver a nacer”.

Una mamá presente

Abocada de tiempo completo al cuidado de los suyos, se afirma en su condición de “mamá” para destacar lo extraordinaria que ha sido la tarea de criar a sus hijos. “La llegada de ellos se dio en momentos distintos de la vida. Con Augusto fue una maternidad de mucha estimulación y muy acompañada de gente que lo fue guiando. Octavio fue un hijo muy deseado que llegó a mis 41 años. Con ambos estuve siempre muy presente”.

Hoy que los dos ya están grandes, esa condición de presencia sigue tan vigente como siempre. Adora acompañarlos. A Octavio lo va a ver todos los sábados cuando juega el fútbol y a Augusto lo apuntala en cada proyecto. Con su esposo están casados hace 23 años, son compañeros y se ayudan mucho. 

En la familia, encuentra el núcleo de su existencia. “Yo siempre quise ser maestra especial, ya teniéndolo a Augusto y cuando él iba al Jardín Nº 902, luego de haber pasado por el Ceat, comencé a hacer el magisterio. Hacía las prácticas en la Escuela Nº 2, pero mi hijo sintió mucho el hecho de que yo trabajara fuera de casa, así que desistí”, cuenta. Y confiesa que no se arrepiente de ninguna decisión de las que tomó para priorizar el vínculo con sus hijos.  A la par de esa tarea, siempre dedicó tiempo a “retribuir” a aquellos espacios que le abrieron las puertas. “Integré la cooperadora del Ceat y del Jardín al que fue Augusto”, comenta.

“Los Buenos Hijos”

Muchas personas conocen a María Rosa León por su trabajo en la creación de la Escuela “Los Buenos Hijos”. “El proyecto nació como un grupo de papás que veíamos que se acercaba la etapa de escolarización de nuestros hijos y queríamos que tuvieran un lugar diferente. Empezamos como un grupo parroquial que funcionábamos en San Roque porque la obra Guanella nos había cedido un espacio. Existía el compromiso de los guanelianos de construir la escuela, pero cuando se produjo el cambio de obispo se desalentó ese proyecto y tuvimos que irnos de la parroquia. Fue una experiencia dolorosa para nosotros. Pero por fortuna, la familia Vázquez nos prestó durante varios años una casa en calle Siria donde funcionábamos. Como grupo de apoyo, formamos una Asociación Civil reconocida como entidad de bien público y fuimos creciendo en forma sostenida. Luego nos mudamos a calle Francia y más tarde al lugar donde estamos actualmente en Marcelino Ugarte.

“Hace 27 años que nació el proyecto y la Escuela lleva 17 años. Nos llevó diez años reunir todos los requisitos que exige la Dirección General de Escuelas. Todo el personal fue muy comprometido y la comunidad nos acompañó siempre”, refiere y menciona a Zulema Forcat, la primera directora de la Escuela a quien la une un vínculo entrañable.

“Hoy el colegio tiene 69 alumnos y cuenta con un plantel docente de 20 personas, una directora, seis integradoras, cuatro maestras de grado, una fonoaudióloga, una terapista ocupacional, una psicopedagoga, un maestro de taller, tres orientadoras manuales y una preceptora. Fuera de la planta hay tres auxiliares y dos representantes legales”, describe y agrega que aunque cuentan con una subvención del Estado “muchos de los recursos se reúnen a pulmón para sostener esta obra”.

Esta mujer que fue fundadora junto con otros papás y colaboradores del Instituto de Apoyo al Síndrome de Down y retardo mental leve en noviembre de 1991 y de la Escuela “Los Buenos Hijos”, hoy colabora incondicionalmente con el equipo. “La presidenta es Ana Laura Cantelmi; la directora de la Escuela, Valeria Bachanini; y las representantes legales: María José Unno y Claudia Benestante”, añade, recordando que Augusto fue el primer egresado que cumplió todos los niveles en la Escuela. “Ese proyecto es como mi tercer hijo”, confiesa.

La gratitud, una condición

Orgullosa y feliz, sabe capitalizar las experiencias de su vida: “Cuando me embaracé de Octavio me detectaron un carcinoma de útero, finalmente fueron alteraciones celulares benignas propias del embarazo, pero esa experiencia me mostró que en un minuto todo puede cambiar y que hay que vivir de otra manera”.

Aprendió a hacerlo y hoy disfruta de estar en el jardín con sus plantas, de quedarse en su casa el día entero cuando puede; de tener a su mamá y amigas entrañables entre las cuales menciona a las de siempre: Nancy, Silvia y Elisa Paura, Sarita Hardach, Nora Carmona que vive en Venezuela, Mabel Leoi, Alicia González y María José Unno”.

Valora las pequeñas cosas. Sabe que lo esencial reside allí. Ama la fotografía y el tiempo compartido con los suyos. Lo dice sobre el final de la charla: “Soy feliz cuando estoy con los míos y solo anhelo tener salud y vida para seguir disfrutando. Soy una bendecida porque tengo una familia ensamblada preciosa y buenos vínculos”. No pide nada más.