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Perfiles pergaminenses

Marta Rivero de Zeperizza: la secretaria de siempre del Club Gimnasia y Esgrima

Marta Rivero compartió su historia de vida en un cálido diálogo mantenido con LA OPINION. (LA OPINION) Marta Rivero compartió su historia de vida en un cálido diálogo mantenido con LA OPINION. (LA OPINION)

Dejó la institución en diciembre de 2017, dos años después de haberse jubilado y toda su vida laboral fue en el seno de esa entidad que conoce como la palma de su mano. Hoy disfruta de su tiempo de descanso, de su familia y en el balance se muestra satisfecha y agradecida por el modo en que la ha tratado la vida.


Marta Beatriz Rivero nació en Pergamino y vivió en la zona del Cruce de Caminos hasta que se casó con Daniel Zeperizza, con quien comparte su vida hace más de cuarenta años. Hoy viven en Intendente Biscayart y disfrutan del terraplén del arroyo Pergamino como paisaje cotidiano. Tiene 63 años y está jubilada. Quien la ve de inmediato la identifica con el que fue históricamente su lugar de trabajo: la secretaría administrativa del Club Gimnasia y Esgrima, una actividad a la que dedicó muchos años de su vida mostrándose siempre predispuesta a realizar sus tareas y a resolver necesidades de los socios.

Es dueña de una historia de vida sencilla. Tiene hermosos recuerdos de su infancia y adolescencia. “En el barrio jugábamos al Carnaval en la calle, recuerdo que en una oportunidad me quebré la cadera en un golpe que me di en el porche de la casa de mi mamá porque no me gustaba que me mojaran. Me sentaba en la puerta, mojaba a todo el mundo pero salía corriendo cuando me querían mojar a mí”, relata en el comienzo de la entrevista que se desarrolla en el comedor de su casa, un ambiente cálido y confortable. “Era un tiempo en el que todos éramos amigos, la infancia transcurría en la calle, con los chicos del barrio”, refiere, recreando las vivencias de una época tranquila en la que se podía jugar en la calle sin preocupaciones. “Nosotros somos cinco hermanos, yo soy la mayor, así que estábamos siempre juntos”, menciona haciendo referencia a Susana, Hugo, Alejandro y Gerardo.

Su mamá tiene 84 años y sigue viviendo en la misma casa en la que Marta creció. Se llama Yolanda Geinz. Su papá se llamaba Joaquín y falleció hace unos años. “Mi mamá siempre fue ama de casa y mi papá trabajaba como camionero, muchos años estuvo con Malandra como chofer de un camión que transportaba hacienda; y después trabajó con Crivelli, transportando combustible”.

Tiempos memorables

Fue a la Escuela Nº 42 y el colegio secundario lo hizo en el Instituto Comercial Rancagua. “Eramos conocidos del director Carlos Comité, así que con muchos hicimos la secundaria juntos. Un colectivo nos pasaba a buscar por el Cruce de Caminos y nos llevaba hasta el pueblo”, señala. Menciona que en aquel tiempo las calles de Rancagua eran de tierra, pero aclara que eso nunca les impidió llegar a las aulas por cuanto un tractor nos acercaba los días de lluvia.

“Fui abanderada en el secundario y recuerdo a profesores que fueron muy buenos y muy macanudos. El director también, éramos pocos alumnos en esa época, así que la relación era muy cercana. Tanto a Carlos Comité como a Nora Taylor, su esposa, les tengo un cariño enorme. Ellos han estado relacionados con el basquetbol así que siempre nos hemos visto por alguna razón”.

El Club Gimnasia, su trabajo

Al egresar su idea era seguir estudiando para ser contadora, pero su familia no pudo costear su carrera universitaria. Así que comenzó a trabajar a los 18 años. “Empecé en dos lugares, en el Club Gimnasia y Esgrima y en Nanus, una fábrica de lavarropas que estaba por calle Alsina”, cuenta.

“Trabajaba medio día en un lado y medio día en el otro, hasta que el presidente del Club, que en ese momento era José Pérez Ruiz me pidió que me quedara trabajando con él. Acepté la propuesta y desarrollé desde entonces mi vida laboral en esa institución dedicándome a realizar tareas administrativas como secretaria”, agrega.

Su tarea fue en la sede social de la entidad, en 11 de Septiembre. Trabajó hasta diciembre de 2017. “Dos años antes me había jubilado y por un pedido del presidente Cruz María Galán seguí durante un tiempo más porque manejaba el dinero de la tesorería y necesitaban encontrar a otra persona de confianza”.

En sus muchos años de trabajo cosechó compañeros de trabajo extraordinarios con los que siempre se llevó muy bien. Tanto con “los viejos” como con los más jóvenes que se incorporaron, algunos de ellos siendo contadores, ya casi cuando ella se retiraba. “Respeté mi decisión de irme en 2017 porque era una determinación que ya había tomado. Estaba un poco cansada de las rutinas del horario laboral y las responsabilidades”.

Confiesa que aunque irse fue una elección meditada, al principio pensó que iba a extrañar porque el Club fue su segunda casa. “Toda mi historia laboral había transcurrido allí, mis nietos fueron a la pileta a aprender a nadar y a realizar otras actividades”, resalta. “Pero enseguida me adapté a mi rutina de jubilada y sigo sintiendo un profundo amor y respeto por el Club al que voy a hacer Pilates, pero con el que no estoy vinculada laboralmente.

“Pensé que iba a extrañar más mi trabajo, porque lo había realizado durante muchos años, pero la verdad es que me reacomodé muy bien a nuevas rutinas, la casa, los nietos, el ir y venir de un lado a otro y las actividades que me busqué, como salir a caminar y hacer Pilates, lo que me tiene entretenida. Estaba un poco cansada de los horarios. Hoy disfruto de otras cosas como ir a visitar a mi mamá y ayudarle con algunas tareas de su casa; o irme con mi marido al centro a tomar un café”.

Asegura que siempre trabajó bien con todas las comisiones: “En los años que estuve pasaron muchos presidentes: Pérez Ruiz, Balbi, Jaunarena, Elustondo, Derisi, Idígoras, Stradiot, Dodda, O’Brién, Fontana, Cullel y Galán. La verdad es que me llevé bien con todos y nunca tuve problemas con nadie”.

Comenta que cuando empezó a trabajar cumplía cuatro horas a la mañana y cuatro horas a la tarde hasta que cuando nació su hijo, pidió permiso para reducir su jornada haciendo el trabajo que realizaba en menos tiempo. “Aceptaron mi propuesta y así fue que comencé a trabajar menos horas, pero manteniendo el mismo volumen de trabajo, muchas veces me traía cosas para hacer en casa, pero de ese modo pude compatibilizar lo laboral con la crianza de mi hijo, a quien mientras yo trabajaba cuidaban mi madre y mi suegra, una semana cada una”.

Recuerda que en aquellos tiempos no se utilizaban las computadoras. Las cobranzas se realizaban a máquina. “Era muy distinto el Club a lo que es ahora. Cuando comencé a trabajar había 2.800 socios, cuando me jubilé había 1.000 socios, pero eran otras épocas. Cuando comencé había mucha gente que estaba asociada por amor al Club, porque iba a tomar un café y tenía un sentido de pertenencia social. Hoy el que es socio lo es porque realiza una determinada actividad deportiva que ofrece la institución”.

Aunque sabe que le hubiera encantado estudiar, afirma que su trabajo compensó su vocación por los números, porque siempre realizó una tarea administrativa y aprendió mucho para acompañar las transformaciones que se fueron dando en el modo de manejar las cosas. “De trabajar sin computadora, cuando me jubilé teníamos un sistema informático para realizar la facturación y solo había que presionar una tecla”, cuenta, a pesar de que reconoce que siempre se valió de su cuaderno para llevar las anotaciones y guardar datos importantes. “Cada vez que se perdía algo, me llamaban con mi cuaderno, Carlos Loyácono, que llevaba la parte contable, me decía ‘Marta recurramos a su cuaderno que ahí seguro está todo anotado’”.

Hoy, lejos de la actividad laboral, cuenta que a menudo se encuentra con socios y socias del Club que le preguntan cuándo va a volver. “Les digo que ya estoy jubilada y nos ponemos a charlar sobre las miles de anécdotas que tenemos porque más allá de haber trabajado en la administración, siempre traté de estar a disposición de la gente y resolver lo que estuviera a mi alcance. “La verdad es que me gustó el trabajo que tuve, aprendí muchas cosas en el Club”, resalta.

Su familia

A la par de su trabajo, la vida familiar se organizó de un modo armonioso. Se casó en 1978 con Daniel Héctor Zeperizza, empleado bancario jubilado, a quien conoció siendo muy joven. “Nos conocimos en el secundario, yo estaba en primer año y él iba a quinto. Estuvimos algo más de siete años de novios y nos casamos un 7 de enero”, señala y destaca que hace 47 años están juntos. “hasta hora no nos divorciamos”, bromea. Afirma que la clave de la permanencia, además del amor es el respeto, llevarse bien, no discutir y tener espacios propios.

Tienen un hijo: Joaquín Zeperizza (38) que juega al basquetbol en el Club Juventud, entidad en la que también jugó su marido y de la que es socio desde que nació. “Joaquín tiene un emprendimiento comercial, está casado con Karen Mollo y son papás de Ema (9), Antonia (7) y José (4)”, cuenta y resalta la hermosa relación que se tiene con los nietos. “Es un vínculo divino el que tenemos con los nietos, vamos de acá para allá a buscarlos y a acompañarlos en las actividades que realizan”, cuenta y agrega: “Como van a la escuela de mañana, una semana vienen a almorzar acá y otra semana a lo de la otra abuela”.

El fantasma de la inundación

De costumbres sencillas, disfruta de estar en su casa, un lugar en el que vive hace muchos años. “Cuando nos casamos vivimos un año en un departamento que nos prestó una amiga de la familia de mi esposo y después compramos el terreno, nos hicimos la casa y quedé embarazada de Joaquín ya viviendo acá. Hace casi cuarenta años que vivimos acá”.

Enfrente de su casa está el arroyo Pergamino y como tantos que viven en cercanías de ese curso de agua, destacan lo lindo del paisaje y la zozobra que genera el fantasma de la inundación. “La del año 1995 fue tremenda y la última, hace un par de años en una Navidad, fue muy difícil porque nos tomó más desprevenidos, solo habíamos sacado algunos elementos de electrónica y algo de ropa, pero los muebles quedaron y nos ingresó mucha agua. Nosotros nos mudamos una semana a casa de mi hijo, por eso salvamos el auto.

“Al arroyo lo sufrimos mucho y esperemos no sufrirlo más”, afirma con una expresión de deseo compartida con tantos. “Cuando llueve no dormimos en toda la noche y estamos un poco cansados de esa situación. Esperemos poder pasar nuestra vejez de manera más tranquila en ese aspecto”.

Amistades duraderas

De carácter sociable, conserva sus amigas de la infancia, entre ellas Graciela que vive en Chivilcoy; “Nené” Gricelda Venini que sí vive en Pergamino y Silvia Fernández. “Aunque no nos visitamos mucho, siempre estamos en contacto.

“Otra de mis amigas es Marta Franco con la que nos visitamos. Es la esposa de un amigo de mi marido. Después tengo amigos del trabajo con los que nos reunimos en distintas casas a comer, ahora hace bastante que no nos juntamos. También con los del Colegio secundario nos reunimos de vez en cuando. Hay uno que se ocupa de organizar y todos respondemos y nos juntamos a comer en algún restaurante”.

Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir. “No me iría a otra parte, aquí tengo a mi mamá, a mis hermanos, a mis sobrinos -los míos y los de mi esposo-, y varios sobrinos nietos”.

Espera tener una vejez tranquila y anhela estar como su mamá que tiene una lucidez admirable. Disfruta de ese vínculo, lo mismo que de su familia y de sus rutinas simples, cuidar las plantas, la buena charla, los afectos, esos que enriquecen su vida.

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