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Perfiles pergaminenses

Miguel Angel Atia: la impronta de un hombre simple que supo forjar un porvenir para los suyos

Miguel Angel Atia, hizo un recorrido por su historia de vida. (LA OPINION) Miguel Angel Atia, hizo un recorrido por su historia de vida. (LA OPINION)

Fue un trabajador incansable que a lo largo de la vida se dedicó a múltiples tareas. Siempre lo acompañó el coraje y la determinación. Hoy disfruta de un presente tranquilo junto a su familia, lejos de los avatares del mundo laboral y predispuesto a disfrutar. Hincha de Douglas Haig y amante de los autos de carrera, dos de sus pasiones.


Miguel Angel Atia nació en Pergamino el 29 de enero de 1949. Creció en el barrio Ameghino, en una casa ubicada apenas a una cuadra de donde vive actualmente, por lo que gran parte de su vida transcurrió en la misma geografía, esa por la que siente un profundo respeto. Sus padres eran hijos de sirios y su abuelo tenía un almacén de ramos generales. Su padre fue Martiniano y su madre Sara Osre, oriunda de Colón. Tuvo un hermano Juan Carlos, que fue uno de los dueños de Specktra. Miguel fue el hijo menor y nació en su casa por cuanto su abuelo se oponía a que los nacimientos se produjeran en clínicas o sanatorios. Eran las costumbres de entonces. Lo señala en el comienzo de la charla. Lo acompañan en la conversación algunas anotaciones de puño y letra que van guiando la memoria y varias fotos de momentos imborrables. Relata que su papá tenía una peluquería y su mamá, aunque fue ama de casa, colaboraba con la economía familiar vendiendo entre los clientes de su esposo las prendas que tejía con sus propias manos.

Miguel asegura que tuvo una infancia feliz. Para ello no hacía falta más que una pelota de fútbol y muchas horas de jugar en el potrero. Es hincha de Independiente y del Club Douglas Haig donde jugó en forma amateur siendo chico.

Fue a la Escuela Nº 10 y el secundario lo hizo en la Escuela Técnica Nº 1 que funcionaba en calle Florida. No llegó a obtener su título porque estudiando había empezado a trabajar. De grande fue integrante de la cooperadora de ese establecimiento educativo por convocatoria del exdirector Italo Conti. “De mañana iba a la escuela y de tarde iba a trabajar. Y los domingos a la matiné como todos los chicos”, señala recordando su adolescencia.

Hizo el Servicio Militar en Junín de los Andes, integrando el Regimiento 26 de Infantería: “Cumplía funciones como mecánico armero, arreglaba fusiles, culatas, cola de disparador, ametralladoras MAG y fusiles Fal. Allí me hice de varios amigos que también eran de Pergamino, entre ellos Julio Ale, Angel Córdoba, Carlos Ginzano y Juan López”.

Varios empleos

A lo largo de su vida tuvo muchos empleos. Fue un hombre al que siempre le gustó progresar y eso lo fue llevando a tomar desafíos. “Buscaba el trabajo en el que me pagaban mejor, era una época en la que había muchas posibilidades”.

Entre sus experiencias laborales destaca algunas: “Trabajé con Adolfo Perreta, en un torno revólver para la empresa Berini. Más tarde volví con mi primo y un amigo, Héctor Alfredo Rocabruna, me tocó el alma cuando me dijo que me iba a llevar a trabajar como soldador en la empresa Couto S.A. Estuve unos años ahí, y todo lo que aprendí fue con él”.

En una época lo convocó Fangio para hacer acoplados carrozados. “Fui el iniciador de esa sección, que no continuó después que yo me fui. Hice semirremolques, acoplados cerealeros y carrocería de chasis cerealeras.

“Después volví a Couto durante unos meses y me convocó Friguglietti para la empresa de Transporte Plus Ultra donde comencé como encargado de la planta. Hacía motores, todo lo que había aprendido en mis otros trabajos lo volqué allí”, menciona.

“También trabajé en Bona Hermanos, en calle Azcuénaga, una fábrica de aberturas que producía para todo el país”, prosigue.

El taller propio y el salón

Luego de mucho andar consiguió instalar su propio emprendimiento: “Taller metalúrgico Atia”. Señala que su amigo Néstor Rocabruna le dio una mano enorme para iniciarse. “Sinceramente cuando comencé no sabía cómo cobrar mi trabajo. Era un taller de herrería en el que hacía chapa y pintura, trabajaba con camiones volcados a los que había que reparar; también hacía electricidad, gomas, todo”. Buscando siempre el modo de generar nuevos ingresos, pensó en la alternativa de comprar camiones averiados, repararlos y venderlos. “Casi con ese fin construimos un salón sobre calle Ameghino, pero la vida me fue llevando por otro camino, ya que ese lugar comenzamos a prestarlo para algunos eventos de los vecinos del barrio y más tarde lo transformamos en un emprendimiento. Cuando cumplí 50 años lo terminé de acondicionar y comenzamos a alquilarlo para fiestas, prestando el servicio integral, incluida la gastronomía”. Así nació la actividad que desarrolló durante 20 años hasta hace unos meses, cuando luego de cumplir 70 años decidió alquilar el salón y dejar de trabajar.

Protesista dental

En otra etapa de su vida trabajó en Nanus S.A., una fábrica de lavarropas. Y pasados sus cuarenta años se recibió de mecánico y protesista dental, tarea que ejerció en forma independiente durante algún tiempo.

Máquina de gorras

Siempre habilidoso con sus manos, se mostró predispuesto desde su taller a realizar diversos trabajos, así cuenta como anécdota que fabricó una máquina de planchar gorras que aún está funcionando en la fábrica de Roberto Barros “Un conocido me mostró un folleto americano y me dijo tenés que construir algo parecido. Yo en ese tiempo arreglaba máquinas de coser y solucionaba problemas de los equipos de varias fábricas. Puse manos a la obra, empecé con una pelota de fútbol ‘Pulpo’ para moldear el casco, le fui dando forma hasta que conseguí hacer la máquina. Recuerdo que yo no sabía cuánto cobrar ese trabajo, me presenté al entregarlo con una boleta en blanco y Roberto Barros me terminó pagando en dólares”.

Siempre en familia

Cuando habla de sus proyectos siempre lo hace en plural. Esto incluye a su esposa Cándida Luján Leonelli “Katy” con quien comparte la vida desde siempre. Se conocieron siendo chicos, cuando ella que es de Pinzón se vino a Pergamino. “Me acuerdo que ella tenía 12 años y yo la iba a esperar a la salida de la escuela para acompañarla en bicicleta hasta su casa, ya que mi hermano Juan Carlos estaba de novio con una de sus hermanas Haydé con quien finalmente se casó y tuvo dos hijos: Claudio y Patricia, que son mis ahijados.

“Con Katy siempre tuvimos mucha complicidad, yo iba a la pileta y como en mi casa no me dejaban fumar, en la de ella, me escondía los cigarrillos. También me guardaban las revistas Paturuzito. Su mamá Nelly Pata viuda de Leonelli, casada en segundas nupcias con Forti, me quería mucho”.

Estuvieron varios años de novios y cuando consiguieron tener su propia casa se casaron y conformaron su familia. Viven en el mismo lugar desde entonces, aunque ampliado para acompañar el crecimiento de la vida familiar. “Este terreno me lo compró Antonio Chale cuando yo era menor de edad. Recuerdo que le llevé de regalo a ella el boleto de compra venta. Empecé a construir la casa estando de novios, luego nos casamos y gracias a los conocimientos que mi esposa tenía sobre créditos y al esfuerzo de su trabajo la fuimos ampliando.

“En el salón trabajamos juntos, cocinando”, afirma orgulloso de los logros compartidos y señala que a él le enseñó a cocinar “la vida”.

Tienen dos hijos: Mariano (44) separado y papá de tres hijas: María Sol, Ambar y Catalina; y Pablo (32) soltero y de novio con Verónica Claverie. La casa familiar es el lugar de encuentro. Allí crecen las nietas con las que tiene una “linda relación” y en ese lugar pasa gran parte de su tiempo hoy que ya no trabaja. “Siempre estuve dispuesto a emprender nuevos proyectos y eso me permitió vivir bien junto a mi familia. Hoy que ya me jubilé trato de pasear todo lo que puedo”.

Confiesa que le gusta viajar. Desde hace un tiempo tiene una casa en Claromecó. “Tenemos la invitación de un amigo, ‘Nano’ Scalbi para viajar a Miami a visitarlo, pero me detiene el miedo que le tengo a los aviones”, confiesa, aunque no descarta poder vencer ese temor algún día.

Un inquieto

En distintos momentos de su vida Miguel participó de diversas instituciones. “Integré la cooperadora de la Escuela Nº 4, colaboré con Maristas. Fui parte de comisiones de fútbol donde jugaban mis chicos; estuve en la cooperadora de la Escuela Industrial Nº 1 y en la del Jardín de Infantes San Vicente donde construimos el salón Juan Pablo II. Siempre me gustó participar”, resalta.

Automovilismo

Otra de sus pasiones fue y es el automovilismo. “Yo trabajé para el automovilismo con Oscar Pereyra, con Carlos Pucella y con Ricardo Restelli, en distintas épocas. En el TC local y también a nivel nacional con Cristian Pereyra, por ejemplo, en Turismo Nacional clase 2 hice varias partes del chasis. Con Oscar Pereyra fui chasista del auto que en su momento quedó séptimo en el ranking nacional”, comenta. Y refiere que de la mano de esa actividad tuvo la posibilidad de viajar mucho y de conocer casi todos los circuitos del país y algunos del exterior. Fue testigo de los grandes premios y conserva los mejores recuerdos de ese tiempo. Cuando lo señala acompaña su relato con fotos en las que se lo ve junto a gente querida por él.

Corazón rojinegro

Reconoce que lleva al Club Dou-glas Haig en su corazón. “Tengo una relación de amistad con todos los dirigentes porque son chicos de mi época”, dice y confiesa que lleva los colores del rojinegro en el alma. “Jugué en la época que se jugaba como en el potrero, solo por el amor de jugar en Douglas que fue mi amor toda mi vida”.

Así agrega que les inculcó a sus hijos que se hicieran de un club que quisieran y con orgullo afirma: “Son de Douglas los dos; Mariano incluso está emparentado con la dirigencia; y Pablo colabora con su trabajo.

“Yo nunca fui dirigente, la dirigencia la hice desde mi salón, colaborando en la campaña para que mi amigo Leandro ‘Chacho’ Peñaloza pudiera presidir la institución”, refiere.

Sobre la vejez

Con el recuerdo presente de sus mayores, y bromeando con el transcurso del tiempo, afirma que “ya está transitando su vejez”. Refiere algunos “achaques”, pero agradece por el modo en que transitó la vida. “La verdad es que tengo ganas de seguir haciendo cosas, pero el cuerpo no me lo permite, por ejemplo me gusta mucho pescar, pero ya casi no voy”, afirma este hombre que en esa actividad encontró otro de sus pasatiempos favoritos, aunque nunca se animó a embarcarse en el mar.

Se reconoce como una persona de carácter a la que le gustan las cosas claras. “No me gusta la gente que no es fiel, para mí las cosas son blancas o negras, no se pintan con colores y menos con grises. Si alguien me falla una vez, ya no tiene vuelta conmigo. Esa es mi filosofía de vida”, resalta en una definición que lo pinta de cuerpo entero.

Sobre el final afirma que Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir, aunque confiesa que le preocupa la inseguridad y las situaciones que le van quitando a la ciudad ese carácter de “pueblo tranquilo”.

“Hay otros lugares que me gustan, pero me tira mucho la familia y por eso no me imagino viviendo en otra parte. No podría estar lejos ni ver que los domingos esta mesa no esté llena”, afirma, recreando la felicidad de los domingos cuando hijos y nietas se reúnen para compartir la buena mesa. Su especialidad son los fideos rellenos y la de su esposa las empanadas árabes.

No aspira mucho más que ver a su familia unida, esa que se agranda cuando llegan o cuando puede visitar a aquellos que viven en Buenos Aires y Pilar. “Acá, allá o donde sea, nunca falta la buena comida”, resalta con la convicción de “tener una buena vida”. Sin grandes ambiciones y con la mayor fortuna, tal como lo dice: “La de haber sido previsor para haber podido aguantar los chaparrones con los que en algunos momentos nos sorprendió la vida y siempre conseguir salir adelante”, con el coraje como cualidad que lo define.

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