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Perfiles pergaminenses

Miguel Angel Ligüere: un hombre que fue integrante de la familia de LA OPINION

Miguel Ligüere, un diálogo entre anécdotas laborales y un lindo presente. (LA OPINION) Miguel Ligüere, un diálogo entre anécdotas laborales y un lindo presente. (LA OPINION)

Ya está jubilado, pero lo une a la empresa no solo gran parte de su historia laboral escrita durante 36 años sino las inolvidables vivencias. Trabajó en la sección de fotomontaje, una tarea realizada primero artesanalmente y luego facilitada por el avance tecnológico al que se adaptó. Hoy disfruta de su familia y de una vida social rica.


Miguel Angel Ligüere es un exempleado del Diario LA OPINION donde trabajó durante 36 años. Se jubiló hace casi dos y con ello abandonó la rutina de la tarea nocturna que realizaba en el sector de fotomecánica y armado. Acepta trazar su Perfil Pergaminense y lo siente como un honor. Durante años vio cómo se armaban estas y otras páginas del Diario. Tiene el oficio de los fotomecánicos que trabajaban en el laboratorio de revelado con tónicos y líquidos y pasaban horas aguardando que se revelara una foto para ver si servía para publicar o no. También fue de los que se reconvirtió cuando sobrevino el avance tecnológico y parte de su tarea fue automatizada y facilitada por la informática. Nunca abandonó la responsabilidad en el ejercicio de su tarea, ni la pasión que suponía aguardar que periodistas y armadores definieran la primera plana para que su trabajo de colocar en placa las páginas se pusiera en marcha.

Hoy está distendido. Dedica su tiempo a compartirlo con su familia y a viajar todo lo que puede. La entrevista se desarrolla en la cocina de su casa, donde suceden casi siempre los mejores relatos de la vida cotidiana de la gente. Su esposa lo acompaña en el diálogo y se miran con complicidad cuando recuerdan anécdotas tanto de la vida laboral de Miguel como de la dinámica familiar que hoy cobró otro ritmo.

Miguel nació y vive en el barrio Centenario. De hecho habita la casa que fue de sus padres en calle 9 de Julio. Una construcción hoy remodelada y adaptada a su propia conformación familiar, con espacio para los hijos y nietos y para los amigos.

Su familia

Tiene 66 años. Está casado con Lucía Mabel Paz y tiene tres hijos: Mauro Leonel (40), Diego Ariel (38) y Luciano Emmanuel (35). “Todos los chicos están en pareja, Mauro con Soledad Torres; Diego con Victoria Acosta; y Luciano con Mariana Silverio.

“Somos abuelos de Axel (19), León (9), Benjamín (1), Martina (4), Francisco (4). Son lo más lindo del mundo, compartimos muchas cosas con ellos”, señala.

Cuenta que conoció a su esposa en el centro de la ciudad, porque ambos trabajaban y se cruzaban a diario. “Ella trabajaba en El Gurí y yo en un taller de costura de calle Alsina. Nos conocimos, estuvimos siete años de novios y nos casamos, hace 41 años”.

Su padre fue Francisco Ligüere e Hilda Novacovich su mamá. “El trabajaba como metalúrgico en Secadoras Iradi y ella fue ama de casa”, refiere. Tiene una hermana once meses mayor que él: Marta Luján que vive en Arroyo Dulce.

Su primera infancia la vivió en el campo, hasta que a los 5 años sus padres volvieron a establecerse en Pergamino, en una casa ubicada en Solís al 555 y a los 11 años se mudó al lugar en el que vive actualmente. Hizo la primaria en la Escuela Nº77 del barrio Centenario y un año del secundario en el Colegio Industrial, pero dejó de estudiar para empezar a trabajar. “Mi primer empleo fue a los 13 años en un taller que hacía freno y dirección”.

Parte de su vida en el Diario

Su historia laboral continuó en Fortuny, una fábrica en la que trabajó cuatro años. Luego, por recomendación de un familiar, ingresó al Diario LA OPINION a trabajar de noche. “En el Diario trabajé como fotomecánico y después en la máquina impresora”. Su ingreso fue en 1981, en el viejo edificio de calle Merced, cuando la empresa estaba a cargo de la familia Venini. “Tuve más relación con Raúl Venini que con Julio Venini, ambos fueron buenos conmigo”.

Fue parte de la generación que vivió en persona el trágico incendio. “Lo recuerdo como si fuera hoy, fue terrible. Mi esposa escuchó la noticia por los medios y se fue desesperada para ver qué había ocurrido”, relata.

El Diario era muy distinto al de hoy. “Se trabajaba con ácido, una foto había que revelarla, teníamos una máquina y metíamos el negativo con ácido, lo dejábamos veinte minutos y cuando la sacábamos recién podíamos darnos cuenta si esa imagen servía o no. Eso hacía que se terminara muy tarde, salíamos de trabajar cuando el diario estaba listo, casi siempre a las 6:00 de la mañana”, recuerda. También menciona que se imprimía en una “vieja máquina que tenían”.

Cuenta que cuando comenzó a trabajar no conocía nada de su oficio. Se preocupó por aprenderlo y tomó las enseñanzas de un hombre de apellido Ríos, que era el encargado de la sección.

Luego del incendio el diario se mudó. Con él su tarea. “Nos fuimos al mismo lugar donde está ahora, pero que entonces era un caserón viejo. Trabajábamos allí e imprimíamos en Junín. Parte de la redacción estaba en Doctor Alem y Avenida, traían las cosas hasta esta casa en la que estábamos, preparábamos las chapas y cuando estaban listas las enviábamos a Junín”, señala. Su relato lo tiene como testigo y protagonista de la historia del Diario de la ciudad.

Nuevos desafíos

Cuando la empresa cambió de dueño y Hugo Apesteguía tomó la conducción, llegó también el cambio tecnológico. “Yo siempre me adapté bien, nunca tuve problemas para aprender porque me gustaba lo que hacía.

“Cuando compraron la rotativa nueva, mi trabajo siguió siendo el mismo, pero el proceso era muy diferente, todo se fue modernizando. Era una tecnología fuera de serie y a mí me enseñaron mucho cada proceso Gustavo Curti y Eduardo Bibbó”, agrega. “Más tarde trajeron una máquina de última generación que les permitía a los chicos de armado enviarme todo a través de la computadora para preparar las placas, ya no se usaban líquidos para tener las fotos. El trabajo dejó de ser tan artesanal.

“Mi encargado fue Gustavo Curti cuando fue todo el cambio tecnológico. Y más tarde, Miguel Género”, señala.

Su turno de trabajo siempre fue de noche. “No sabía lo que era salir un sábado con mi familia, pero siempre me sentí muy acompañado”.

Buenas relaciones

“Si bien teníamos un horario, la dinámica del diario era muy cambiante, porque había que terminar y algunos días estaba lista la primera y si ocurría un incendio ahí mismo se cambiaba de planes, un periodista salía y nosotros teníamos que esperar a que esa noticia estuviera lista para incluirla en la edición”.

Esa rutina le permitió hacer muy buenos amigos. “Uno termina compartiendo la vida con la gente con la que trabaja”, afirma. Y señala que siempre tuvo una muy buena relación con Hugo Apesteguía. “Teníamos una diferencia deportiva, él es de River y yo de Boca; pero salvando eso que me valió muchas bromas de su parte, siempre tuvimos muy buen diálogo”.

Otra relación que destaca de las muchas que construyó a lo largo de los años fue la de José Picone, el gerente del Diario. “Conmigo siempre fue un señor, hablábamos de todo y siempre me sentí muy respetado. Me decían que yo era su ‘ahijado’”.

“Siempre respeté a cada uno en su lugar. Los compañeros fueron cambiando mucho con los años, trabajé con los de ‘la vieja escuela’ y también con las nuevas generaciones”, refiere en la continuidad de la charla.

El equipo de LA OPINION

Entre las anécdotas laborales cuenta el tiempo en el que el diario tenía su equipo de fútbol con el que competía con otros periódicos de la región. “Era una actividad linda, yo era técnico de fútbol de divisiones inferiores, así que cuando nos tocaba jugar acá no me resultaba difícil conseguir cancha.

“Las crónicas que se escribían de esos partidos fueron inolvidables”, destaca y conserva las páginas del Diario en la que quedaron replicadas las instancias de esos encuentros de camaradería.

Una nueva etapa

Confiesa que le gustó mucho su trabajo, pero reconoce que no le costó jubilarse. Lo tomó como algo “natural”. “La verdad es que no extraño, recuperé una vida social que con el trabajo no podía tener”.

Cuando fue el momento de retirarse, rearmó sus rutinas cotidianas. Sus tres hijos son comerciantes en el rubro verdulería y proveeduría, por lo que reparte su tiempo en visitarlos y ayudarlos en el negocio. “Durante muchos años además del trabajo en el Diario fui albañil, así que cuando los chicos precisan hacer algún arreglo, les doy una mano también. Es una actividad que me gusta.

“Aprendí el oficio de albañil de un compañero de la fábrica Fortuny, siempre me encantó y trabajé mucho”, añade.

Sus rutinas

“Me levanto a las 9:00, desayuno y sé que siempre tengo algo para hacer”, dice. Y cuenta que parte de su rutina cotidiana es atender a sus pájaros. “También tenemos a nuestras mascotas”, agrega. Cuando eso termina, con la moto o el auto se va a visitar a sus hijos y a darles una mano en lo que necesiten.

Como parte de su vida social tiene dos peñas, una con amigos con los que se reúne a comer y otra que es “sagrada” los viernes en la sede social del Club Douglas, del que es hincha. Siempre estuvo cerca del deporte. Como técnico de divisiones inferiores estuvo en varios clubes de la ciudad. “Dirigí fútbol en Juventud, Tráfico’s Old Boys y después en Sports”, describe y reconoce que le hubiera gustado jugar al fútbol profesionalmente.

Hoy disfruta de lo que pudo construir tras muchos años de esfuerzo. “Fuimos parte de una generación que trabajaba y rendía el esfuerzo. Cuando nos casamos ya teníamos nuestra casa. Hoy disfrutamos de este lugar en el que recibimos amigos y a nuestra familia”, destaca. Y mira a su esposa con la certeza de que están cosechando la siembra de una vida compartida y construida sobre la base del amor y del respeto mutuo. 

“Nos gusta mucho viajar, vamos a Las Termas, a Merlo, a Salta. Y me gusta Mar del Plata, un lugar al que me iría a vivir si no tuviera los nietos aquí”. Su preferencia es viajar en micro, porque lo hacen con amigos. “Tenemos una linda vida social, los fines de semana salimos a comer o nos reunimos con amigos. También nos gusta ir al Bingo. Es una vida rodeada de afectos”, concluye, sabiendo que construyó lo más importante: una familia y una base afectiva con la que transitar el camino se hace sencillo.

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