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Perfiles pergaminenses

Miguel Lantella, de Italia a Pergamino, donde de la mano de su oficio forjó su porvenir

Miguel Lantella, en su peluquería del barrio Acevedo. (LA OPINION) Miguel Lantella, en su peluquería del barrio Acevedo. (LA OPINION)

Llegó a los 17 años, fue recibido por unos tíos ya establecidos aquí y desde entonces este se transformó en su lugar elegido. Como tantos inmigrantes hizo del trabajo una constante y hoy cosecha el fruto del esfuerzo con gratitud. Con 82 años sigue trabajando como peluquero en su salón y en el tiempo libre disfruta de trabajar la quinta y cocinar.


Miguel Lantella es italiano. Nació en un pueblito cerca de Nápoles en el año 1938. Se radicó en Pergamino a los 17 años, luego de haberles insistido a sus tíos, ya establecidos aquí, para que le cumplieran el deseo de “conocer América”. Este país lo recibió y la ciudad lo adoptó desde el momento que llegó, como tantos inmigrantes, escapando de un destino de pobreza con el espíritu de forjarse un porvenir en una tierra rica y prometedora.

“Tenía interés en conocer América. Yo era muy pibe, tenía 14 años y les insinuaba a mis tíos que me trajeran con ellos. Nos carteábamos con ellos que ya vivían acá”, cuenta en el inicio de la charla. El momento de concretar su sueño llegó el 14 de junio de 1955, siendo menor de edad y luego de que sus tíos asumieran el rol de tutores. “Cuando pisé Buenos Aires dije ‘No me voy más de este país’ Y así fue”, afirma agradecido.

En tantos años de estadía en Argentina no perdió el acento italiano. Su raíz se nota en las palabras, en el tono que emplea para hablar de su lugar natal y la pasión con la que habla de este país que lo cobijó y le dio abrigo. Recuerda su llegada en barco y el tren que tomó en la estación de Retiro para llegar a Pergamino. También la bienvenida que le dio su tío José con su tía María Antonia y esa que se constituyó en su única familia aquí, hasta que dos años después llegaron su madre Carmela y su hermana Antonia. Su padre y un hermano habían muerto en Italia.

Confiesa que estando en el tren le sorprendía la llanura, las vacas a uno y otro lado de las ventanillas poblando los campos. Conocía por referencia de las bondades de este país y sus recursos. Hablaba solo italiano y para familiarizarse con el castellano siguió el consejo de sus tíos: leer y leer, el diario, revistas, todo lo que estuviera a su alcance. Y escuchar a otros. De inmediato se hizo entender y sorteó todos los obstáculos que le puso su condición de inmigrante hasta que se familiarizó con la idiosincrasia de esta geografía y comenzó a cosechar amigos y vivencias.

“Dejé una casa muy humilde, la más alta del pueblo de Castelvetere Valfortore, un pueblo de campaña cerca de Nápoles. Las cosas estaban muy bravas en ese entonces. De niño perdí a mi hermanito y a mi papá Pedro. Todo era muy difícil para nosotros. Era un tiempo en el que toda Europa la estaba pasando realmente mal, había una miseria espantosa”, relata.

Al llegar se instaló en la casa de su tío. “Trabajé haciendo cualquier cosa, pero no me habituaba en ninguna parte, todo era imposible para mí”, confiesa. Estando en Italia Miguel había aprendido el oficio de peluquero de su abuelo Angelo María. Y fue así que ya instalado en Pergamino fue su tío José quien le facilitó las cosas para que pudiera abrir su primer salón en Laprida, entre Güemes y Guido. Así comenzó su camino en un oficio que abrazó para siempre.

“Siento una profunda gratitud por esta actividad que me ha dado tantas satisfacciones”, resalta. El ejercicio de su trabajo como peluquero le abrió las llaves del destino que anhelaba construir. “Me gusta mi oficio”, resalta y recuerda a su abuelo y uno de sus tíos por las enseñanzas recibidas.

“Mi abuelo Angelo María me dijo ‘te voy a enseñar el oficio’, se ve que él veía que yo había nacido para eso”, destaca este hombre que se dedicó a la peluquería de caballeros. “Al principio comencé a trabajar con lo que había aprendido siendo chico y una vez que fui progresando me fui perfeccionando”.

Más tarde instaló su salón en San Lorenzo y Córdoba, donde su peluquería funcionó por más de 20 años. Recuerda ese tiempo como el de mayor crecimiento profesional. “Fue en esa época que comencé a realizar cursos, el primero lo tomé en el Club Argentino y los demás viajaba los lunes a Buenos Aires, que era el día que la peluquería estaba cerrada”.

En esas capacitaciones aprendió a hacer cortes con navaja, y fruto de esas técnicas y de su habilidad para el corte manual se fue “haciendo popular”.

“Hace 58 años que empecé con el corte a navaja, era algo novedoso para ese tiempo, así que empecé a trabajar muy bien, despacio y cada día crecí un poco más”, refiere. “Pero tenía un peluquero en calle Laprida que era mi competencia. El cobraba cuatro pesos el corte y yo dos, así que el precio fue determinante para ganar nuevos clientes. Ahí empezó toda mi historia hermosa con esta profesión”, relata. Y atribuye a ese crecimiento de la actividad comercial de la mano de su oficio el cambio rotundo en su vida: “La gente se hacía cliente y mi vida cambió totalmente”.

La primera casa

Con el devenir de los años y ya con su madre y su hermana instaladas en Pergamino, sintió la inquietud de comprar la primera casa propia. Como todos los inmigrantes, la idea de progreso calaba hondo en su sentir y guiaba sus acciones. “La primera casa que pude comprar fue en el barrio Obrero, donde hoy vive su hermana. Vivíamos los tres juntos. Ellas llegaron dos años después que yo. Tuvimos la suerte de adquirirla gracias a que su dueño quería radicarse en Mar del Plata. La pagamos 4 mil pesos. Pagué y me dieron la llave”, recuerda este hombre que vivió con ellas hasta que abrió su propio camino personal.

“Por intermedio de una novia que tenía en aquel tiempo, que vivía en calle Ecuador, surgió la posibilidad de comprar un terreno en esa calle. Allí y con su ayuda levanté los cimientos de mi casa. Después por distintas razones la relación no prosperó, pero siempre recuerdo que Bety, como se llamaba, fue artífice de que yo hubiera podido avanzar en ese proyecto en un momento en el que las cosas me iban muy bien”, agrega en una conversación sencilla.

Su familia

Ya arraigado en Pergamino y con una fructífera realidad laboral, Miguel conoció a la que es su esposa desde hace más de 40 años: Marta Ester Zuñiga, docente y psicopedagoga. “Ella pasaba por la peluquería, nos mirábamos. Estuvimos un año hasta que me decidí a invitarla a salir. Un viernes a la tarde le dije que el domingo íbamos a salir”, recuerda y comenta que su suegro tenía una cupecita 800: “Me dio la llave para que manejara, así que fuimos a una confitería en la que charlamos. Así comenzó nuestra relación y llevamos 46 años de casados”.

Tuvieron dos hijos: Leonardo, que falleció hace 10 años. Y Carla Lantella, docente, casada con Diego Milisich, contador, y mamá de Violeta, su nieta de 9 años que llegó para cambiarles la vida.  “La muerte de nuestro hijo fue algo muy triste, prefiero no hablar mucho de eso”, se excusa y de inmediato habla de su nieta para referir: “Es la locura nuestra”.

Ese es el espíritu que define a Miguel, emprendedor y siempre abrazado a lo positivo. Sin grandes aspiraciones más que disfrutar de sus afectos y de una vida tranquila.

El salón propio

Su propio salón de peluquería lo construyó en el barrio Acevedo, frente a la Parroquia San Roque. A través de un cliente y amigo supo que se vendía el terreno y allí fue detrás de su anhelo. “Me acerqué a la inmobiliaria, pregunté cuánto valía, me dijeron 2.500 pesos y como pagaba al contado, me hicieron un descuento. Con ese dinero recuerdo que pagué la escritura. Empecé a construir, algo que me llevó un par de años, y puse la peluquería aquí apenas terminó la obra”, menciona sentado en el sillón donde aún hoy atiende a sus clientes.

Asegura que la clientela a lo largo de los años le ha sido “muy fiel” y se siente satisfecho de haber cosechado gracias a su oficio muchos amigos.

En el presente va a la peluquería todos los días. Abre alrededor del mediodía y se queda hasta las 18:00. Atiende a sus clientes cuando llegan y el resto del tiempo lo emplea para hacer quinta en el fondo del salón. “Digamos que vengo para pasar al rato”, refiere.

Regresar a su pueblo

Este italiano devenido en pergaminense tuvo la posibilidad de volver a Italia en dos oportunidades. La primera vez con su esposa para visitar la casa en la que había vivido de niño. “Ya había comprado un cero kilómetros y teníamos nuestra casa. Faltaba hacer un pequeño sacrificio para reunir el dinero y viajar a Italia, así que con mi esposa nos pusimos esa meta y allá fuimos.  Llegamos a mi pueblo, y la llevé hasta la casa donde vivía, tengo la foto guardada. Fue muy emocionante regresar a ese lugar donde está mi raíz”, afirma con cierta nostalgia.

Después tuvo la fortuna de volver con su hija, en un viaje que hicieron con otros miembros de su familia. “Siempre es reconfortante y movilizante volver”, resalta este hombre que respetuoso de su origen se siente pergaminense. “Amo esta tierra y soy parte de esta comunidad”, afirma.

Vive en la casa de calle Ecuador y pasa sus días en la peluquería en el barrio Acevedo, un lugar del que se siente parte. “Soy parte de la comunidad de la Parroquia San Roque, allí me casé, allí se casó mi hija. Me hice ‘hincha’ de San Roque desde el primer día que mi tía María Antonia me trajo una mañana de invierno de mucho frío apenas había llegado a Pergamino”, cuenta, mostrando su sentido de pertenencia al lugar que lo cobijó. “También soy fanático de Tráfico’s, un club que tuvo épocas extraordinarias”, agrega.

Cocinar y trabajar la tierra

Cuando no está trabajando le gusta hacer quinta y cocinar con los productos que cosecha. “En mi casa soy cocinero y mi señora mandadera, nos complementamos muy bien”, bromea este hombre que crea sus propias recetas combinando ingredientes y siempre agregando lo que cosecha. “Tenemos vegetales de primer nivel”, afirma y remarca que en la mesa no falta nunca la buena pasta casera, aunque confiesa que le gustan los asados y recuerda el primero que comió preparado por su tío José cuando le dieron la bienvenida: “Yo venía de comer pan de maíz con cebolla como almuerzo, y aquí me recibieron con un asado”, menciona, destacando las bondades de este país y la generosidad con la que lo recibió esta tierra. El retribuyó ese recibimiento con trabajo, como tantos inmigrantes. Y hoy con 82 años y un buen presente sigue rindiendo culto a esa raíz y gratitud a este lugar, por tanto.