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Perfiles pergaminenses

Miguel Ortiz: un hombre que supo sortear la adversidad y percibir el mundo de otro modo

Miguel Ortiz, mantuvo una cálida charla con LA OPINION para trazar su Perfil. (LA OPINION) Miguel Ortiz, mantuvo una cálida charla con LA OPINION para trazar su Perfil. (LA OPINION)

Perdió el sentido de la visión cuando tenía 7 años. Esa situación no le impidió desplegar su potencial. Estudió, trabaja y transita las calles con automonía. Atesora en su memoria imágenes de la ciudad que conserva de su infancia y que preserva del olvido, aunque sin añoranza de volver a ver porque se vale de otros recursos sensoriales para ser feliz.


Miguel de los Santos Ortiz Ayala nació en Asunción del Paraguay y llegó a Pergamino teniendo apenas un año de edad cuando su padre, que era técnico en maíz, comenzó a trabajar en la Estación Experimental Agropecuaria de Inta Pergamino. Aquí transitó toda su vida. A los 7 años una lesión del nervio óptico consecuencia del glaucoma le hizo perder la visión. Pasaron 50 años desde entonces. Hoy tiene 57. Sin embargo, y en la apreciación que tal vez más lo define como pergaminense cuando la pregunta lo interroga respecto de las imágenes que recuerda de cuando “veía” la respuesta tiene que ver con la ciudad: “Me acuerdo de Pergamino, de la Plaza 25 de Mayo, el monumento a San Martín, la Plaza de Ejercicios, la Plaza 9 de Julio, la calle San Nicolás los domingos a la noche, la calle Pueyrredón que era de tierra; también tengo imágenes del barrio donde crecí, de los colectivos que eran de colores, rojos, blancos y azules”. La recreación del rostro de sus padres y todo lo demás viene después.

Como si la ciudad lo definiera

Ama este lugar y aquí está su historia. A pesar de su condición de “no vidente” aprendió a descubrir sus calles con otros sentidos y acompañado solo por su bastón blanco que le sirve de guía transita a diario la geografía de la ciudad para realizar su tarea como vendedor de publicidad del Semanario El Tiempo y como vendedor de libros por catálogo. Es frecuente verlo caminar con serenidad, sabiendo el rumbo. No lo asusta el crecimiento vertiginoso del tránsito ni un ritmo que resulta muy diferente al de su infancia. Conoce al detalle cada esquina y cada situación con la que se enfrenta a diario y sabe que a pesar de los enormes avances que se han experimentado en términos de integración, aún quedan muchas barreras por romper para quienes sufren algún tipo de discapacidad. Las enfrenta con coraje y las sortea. Es sociable y le gusta el trato con la gente. Tiene la condición de los comunicadores natos y la predisposición para hacer amena la charla.

Habla con profundo afecto de sus padres. Menciona a su madre Teresita Ayala, con la que vive en el barrio Illia y a su papá, Félix Ortiz, ya fallecido. Tiene un hermano menor que vive en Estados Unidos y está casado con una americana llamada Alicia, y una sobrina de 19 años que vive en Pergamino y estudia en Rosario.

De su familia aprendió los valores con los que se maneja en la vida y del aliento que siempre le dieron para sortear la adversidad, le sirvieron de pilar.

Un hombre de rutinas simples

La entrevista sucede en el Bar Enrique, un lugar que le resulta familiar por la cercanía con su casa. Confiesa que le gustan “los barcitos”, esos espacios acogedores que lo reciben en el tiempo libre. Es responsable y estructurado. Sus rutinas son sencillas, por la mañana trabaja y por la tarde lee braile en libros que solicita en la Biblioteca Argentina para Ciegos. Actualmente está abocado a la lectura de la biografía de José Ingenieros. Día por medio, en su propia casa cumple con una rutina de ejercicio físico. Es disciplinado y lo sabe. Valora el orden y la planificación. Le gusta el trato con la gente y tiene un marcado compromiso social. Quizás por eso eligió la carrera de Trabajo Social para formarse profesionalmente.

Tiene buenos amigos. Sin embargo, sus rutinas suelen ser bastante solitarias. “Tengo amistades y conocidos, amigos en el fútbol, gente que tiene comercios, pero me gusta pasar tiempo solo. Estoy acostumbrado a la soledad”, sostiene. Le gusta la buena comida, casera. El vino tinto y la cerveza.

Le gusta el deporte. “Me encanta el fútbol, el ciclismo y el atletismo, en un tiempo formé parte de un grupo de cicloturismo con el que tuve la posibilidad de viajar, pero ahora estoy un poco más inactivo porque también sería necesario que hubiera más gente que pudiera conducir la bicicleta en tandem”, refiere.

Inquietud por el conocimiento

Comenzó la primaria en la Escuela N° 22 y después de quedar ciego concurrió a la Escuela N° 503 integrado, hasta que luego estuvo un par de meses a La Plata y más tarde, en el año 1973, asistió al Instituto Román Rosell de San Isidro. “Ahí estuve hasta el año del Golpe Militar en que regresé a Pergamino y en la Escuela 503 tuve el apoyo de una maestra que acompañaba a alumnos ciegos. Ella fue la que me sugirió que comenzara a cursar en la Escuela Braile de Rosario donde ella daba clases y comencé en el año 1977. Estuve hasta el año 1982 en que egresé y comencé la secundaria nocturna en la Escuela N° 1 de Pergamino. Terminé el secundario en 1986”.

Su recorrido educativo fue amplio. Destaca el aprendizaje significativo que logró en cada instancia y rescata el avance que ha conseguido la educación especial. Tuvo la posibilidad de regresar al Instituto Rosell hace unos años y sueña con poder volver, con cierta nostalgia de lo que significó para su formación.

“Fue una experiencia muy linda y estimuladora, salí de ahí con conocimientos básicos pero también con herramientas que sirvieron mucho a mi autonomía”, rescata.

El valor de la autonomía

Tiene buenos recuerdos de su adolescencia. “Fue un tiempo lindo, con todas las fantasías de la juventud, y con la enorme tarea de aprender a andar solo”.

“A los 15 años comencé a desenvolverme solo y desde entonces cuido mucho mi autonomía, mis padres me incentivaron siempre para que aprendiera a moverme solo en un mundo que no está del todo preparado para una persona no vidente. Hay muchas barreras arquitectónicas y sociales que sortear”, resalta. Considera que “las sociales son las más difíciles de superar” y confiesa que son “las que más duelen”.

Dueño de un espíritu activo, sus inquietudes siempre estuvieron vinculadas a la búsqueda de conocimientos. Así fue construyéndose a sí mismo.

La vocación

“Me volqué a la carrera de Trabajo Social, me recibí en el Instituto de Formación Docente y Técnica N° 5 en el año 1998 y tenía expectativas de poder trabajar en contacto con la gente, cara a cara. Pero fue difícil la inserción laboral y la vida me fue llevando por otro camino, cuando recibí la propuesta de mis trabajos actuales”.

“De la mano de Daniel Lavore y su esposa llegó el ofrecimiento para vender libros y Nancy Rivero y Oscar Raisi me invitaron a vender publicidad para el Semanario”, refiere y agradece la confianza que depositaron en él para permitirle desarrollar tareas que le resultan muy estimulantes”.

Percibir el mundo, de otro modo

Señala que a “no ver” se aprende a percibir el mundo de otra manera. “Los otros sentidos cobran mucha relevancia y aprendemos a percibir el mundo desde ellos”, señala en un concepto que enseña de la aceptación y del respeto. “Esos sentidos se van desarrollando, y después el andar solo, el caminar van ayudando a percibir los espacios y a vivir con autonomía”.

Reconoce que para viajar, algo que le gustaría hacer, tendría que contar con un acompañamiento terapéutico. “No tomo una decisión inmediata para viajar. Pero no descarto poder hacerlo en algún momento. Igualmente no siento que el hecho de no ver me haya condicionado para cosas que quise hacer”.

La participación comunitaria

Fruto de su predisposición a asumir desafíos, tuvo participación en el Consejo Municipal del Discapacitado con Hugo Di Santo y también participó de la Asociación Cristiana de Discapacitados, en un grupo que funcionaba en la Parroquia Nuestra Señora de Luján. “En una oportunidad integré la comisión que organizó las actividades por los 50 años de la educación especial en Pergamino y mi contribución fue a través del trabajo de prensa”.

“Me gustaría encontrar un ámbito donde intervenir”, resalta y señala que siempre se ofrece a hacer cosas porque está convencido de que “el que no hace no aprende”.

La comunicación

Confiesa que siente una atracción particular por la comunicación social. Incursionó en esa tarea mediante la conducción de programas en varias radios de frecuencia modulada. “Tuve un programa en FM Ilusión y un programa laico en FM Cristiana con Mario Batalla. Con Hugo Di Santo hicimos el Programa Personalizándonos. Me gustan los medios de comunicación y entre los proyectos tengo el de poder llevar adelante alguna propuesta de esta naturaleza”.

“Me gustan los medios, fundamentalmente la radio donde se despliegan los sentidos de verdad”, expresa y cuenta que se formó para esta tarea realizando algunos cursos de manera particular en San Nicolás y también participó de un taller que se dictó en Extensión de la Unnoba”.

Considera que lo más importante es siempre tener ocupada la mente. Le gusta escuchar música y cuenta que en un tiempo tuvo una orquesta tropical. “Tocaba la batería y hacía percusión”. Se define como un autodidacta.

Felicidad y aprendizaje

Es de las personas que considera a la vecindad como parte de la familia. Creció y vivió en el mismo lugar que habita hoy. Su memoria acerca el recuerdo de aquellas Nochebuenas y Navidades que pasaban “todos juntos”.

Todas las referencias que acerca a la conversación están alejadas de la queja. Nunca se detiene frente a los obstáculos. En sus retinas quedaron grabadas las imágenes de “otro Pergamino”, pero habita esta ciudad de hoy y lo hace tomando cada día un nuevo aprendizaje. Conoce este lugar como nadie.

Sobre el final de la charla reconoce que no añora volver a ver. Ha aceptado que esa es su realidad y con esa realidad es feliz. Lo afirma con el convencimiento de lo verdadero. Y para concluir la conversación, aprovecha el espacio de la charla para dejar una referencia a la realidad que viven las personas no videntes y un pedido: que la gente sienta empatía por aquel que no ve. Y de la mano de ese sentimiento que simplemente acompañe. “Hay un modo de acercarse a las personas ciegas que no todo el mundo conoce o aplica. Hay que identificarse ante la persona, porque en la calle uno siente cierta perturbación por el movimiento. Hay que ubicarse siempre a la izquierda porque el bastón de guía generalmente se lleva del lado derecho. Y hay que evitar hacerle bromas. Solo hay que tomarlo del hombro o del brazo. Acompañar, simplemente, y guiar en la tarea de sortear la que puede ser una barrera. Solo hay que decir ‘te guío’ o ‘te acompaño’. Solo eso, nada más y nada menos”.

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