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Perfiles pergaminenses

Néstor Vives, un hombre de la Psicología con un marcado compromiso con lo social

Néstor Vives es psicólogo y ha tenido responsabilidad dirigencial en varias entidades. (LA OPINION) Néstor Vives es psicólogo y ha tenido responsabilidad dirigencial en varias entidades. (LA OPINION)

A la par del ejercicio de su profesión, desplegó un perfil dirigencial producto de su participación en varias instituciones como el Colegio de Psicólogos y el Club Argentino.  Militante de aquellas cosas que para él son valiosas, rinde culto a lo simple, nutrido de los valores que tomó de su familia de origen y transmitió a sus hijos.


Néstor Alfredo Vives es psicólogo y cuenta con una nutrida trayectoria como dirigente en el seno de distintos espacios institucionales. Se siente imbuido de una profunda vocación de servicio que ha sabido canalizar a lo largo de los años. En tiempos de “cuarentena” la entrevista en la que traza su Perfil Pergaminense se desarrolla en entorno virtual. Sin embargo, eso no le quita calidez al testimonio ni riqueza a las apreciaciones que no se limitan a la descripción de acontecimientos sino que reparan en aspectos sustanciales de la vida, esos que tienen que ver con valores aprendidos tempranamente y luego transmitidos.

“Cuando me convocaron para esta sección de inmediato surgió la necesidad de hacer una síntesis de mi historia y pasó la vida entera como un tornado en dos segundos”, confiesa en el comienzo.

“Nací en Pergamino, hace más de 60 años. Soy hijo de laburantes. Mi viejo, Cándido, fue sastre; mi madre, Hilda Valentini, ama de casa. Fui creciendo en un ambiente de trabajo en el que recibí la transmisión de determinados valores que fueron marcando mi vida. Esos valores tienen que ver con la familia, el trabajo, el amor y el compromiso social y con los semejantes”. Así se presenta en lo que define su raíz. Habla de la familia como esa base de sustentación elemental: “Mi madre y mi padre también provenían de familias muy trabajadoras, ellos armaron su propia familia en comunidad y vecindad. Eso yo lo fui incorporando a lo largo de mi vida y compartiendo luego con mi propia familia, conformada por mi mujer y mis hijos”.

Fue a la Escuela N° 1, en Merced y Bartolomé Mitre. “Allí empecé a forjar, entre la escuela y el barrio, amigos que fueron para toda la vida”. Hizo el secundario en el Colegio Industrial. Habla de su adolescencia y la califica como “una muy buena época” en la que la amistad y la pareja se fueron consolidando. 

La fuerza de la vocación

A pesar de haber estudiado en una escuela técnica, cuenta que en el trayecto descubrió que “los fierros” no eran lo suyo. Tenía predisposición para la escucha de las cosas que pasaban a los demás y para la reflexión sobre aquellos problemas que afectaban a sus semejantes. Le interesaban las cuestiones sociales, políticas e institucionales. “Eso de algún modo fue forjando mi vocación. Supe que quería ser psicólogo cuando en una oportunidad llegó a mis manos el libro ‘Piscoterapia del oprimido’ y encontré allí un lenguaje que sentí empezaba a pertenecerme”.

Así fue como decidió estudiar psicología, en un momento en el que la carrera no tenía la inserción cultural y social que tiene en estos días. “Llegó la época del ‘76 y la noche oscura de estos años. Cerraron la facultad. Alguien me acercó la idea de estudiar en Buenos Aires en la Universidad del Salvador. Tuve la suerte de tener una formación importante en una universidad que conservaba las libertades para le educación”.

Los primeros pasos y su familia

Se recibió, y junto a su esposa Adriana Maccagno, médica pediátrica, trabajaron un tiempo en Buenos Aires hasta que decidieron regresar a Pergamino. “Con ella siempre compartimos valores e ideales comunes, yo los había tomado de mi familia de origen y ella de la suya, gracias a sus padres Néstor Maccagno y Olga Vázquez”, resalta.

Ya recibidos y luego de haber ganado experiencia cada uno en su profesión, se establecieron en la ciudad en la que se habían conocido y conformaron su familia. Tuvieron dos hijos: Lisandro, que es licenciado en Comunicación Social, está casado con Inés, y trabaja en el Ministerio del Interior además de tener una consultora propia. Y Nicolás que está en pareja con Paz, es diseñador y estudió fotografía y trabaja en el Municipio de San Fernando como fotógrafo.

“Nuestros hijos han armado su vida en Buenos Aires y allí trabajan de lo que han elegido. Eso representa para nosotros una enorme satisfacción”, refiere, recordando que su esposa durante muchos años trabajó en la Unidad de Terapia Intensiva Pediátrica del Hospital San José y hoy ejerce como pediatra en el sistema de Atención Primaria de la Salud.

“Somos muy afortunados porque podemos levantarnos todos los días a hacer algo que nos gusta, ejercer nuestra profesión y crecer en ella”, resalta.

Un dirigente

A la par de su ejercicio profesional, que siempre fue en la esfera del consultorio particular, Néstor desplegó un perfil dirigencial marcado producto de su participación en distintas instituciones. “Siempre tuve inquietud de participar del colectivo profesional y de otras instituciones. Siempre fui un militante de aquellas cosas que para mí son valiosas”, enfatiza.

Fruto de esa vocación comenzó a colaborar con el Colegio de Psicólogos, fue secretario y luego presidente de la entidad. “En el seno del Colegio formamos una institución de psicoanálisis que se llamó el Grupo Psicoanalítico de Pergamino, que durante muchos años se dedicó a la formación de los analistas y que hoy, con el nombre de ‘Instituto Oscar Masotta’, tiene más de 20 años consecutivos de trayectoria”, agrega.

También por una inquietud personal y por interés colectivo trabajó tomando la posta de otros en la creación de la Caja de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires. Fue miembro del primer directorio en la década del 90 y fundador de la Caja.

“Ya por el año 2000, en tiempos conflictivos y difíciles, trabajé en el Club Argentino, una institución en la que nací. Fui presidente de esa entidad durante ocho años”, cuenta y relata las instancias de esa gestión que le dio enormes satisfacciones y de la que cosechó muchos amigos.

“Otra de las pasiones que he tenido es la participación en política, algo que hice con mucha convicción”, refiere y cuando la pregunta lo interroga sobre su filiación resalta: “Siempre me van a encontrar con aquellos que estén en el campo nacional y popular”. 

Respecto de su participación pública en distintos ámbitos, reconoce que “son pasiones a las que elegí dedicarles tiempo y esfuerzo”.

“No me casé con una sola de mis pasiones”, resalta y confiesa que “algunos esto me lo reclaman, pero siempre intenté hacerme tiempo para todas aquellas cosas con las cuales sentí que tenía que involucrarme”.

Sin aspiraciones a ocupar cargos de representación, siempre se mostró dispuesto a poner lo mejor de sí en cada iniciativa. Y también a dejar su lugar para que nuevas generaciones tomaran la posta.

Se siente gratificado de haber podido intervenir por esas cosas de la vida en instancias fundantes. “Siempre hice lo que pude, uno cuando participa lo hace por uno y por los otros y siempre trata de dar lo mejor, pero sabiendo que eso que uno hace es solo una parte de la vida e historia de esas instituciones”.

El apego a los valores

Tanto en su hacer público como en sus acciones cotidianas, su testimonio tiene un fuerte arraigo en los valores tomados de los suyos. Su relato trae vivencias como postales de la barriada de calle Lagos y Colón, donde trenzó lazos de amistad incondicional o de sus vecinos de la calle Mitre, entre Rivadavia y Monteagudo. Habla de sus abuelos, de sus tíos, de lo que aprendió de ellos viéndolos trabajar.

Con una mirada retrospectiva, trae a la charla una frase de Freud para definir cómo lo ha tratado la vida: “Freud decía: ‘He sido un hombre dichoso, nada me ha sido fácil’; yo le agrego que tampoco ha sido tan difícil, por lo menos hasta ahora”.

Se siente a mano con la vida. Y disfruta del presente haciendo lo que ama hacer. Ejercita a diario la escucha atenta para desentrañar el padecimiento de quienes llegan a su consultorio. Siente un enorme respeto por sus pacientes y por cada historia que resulta siempre singular. Considera que su profesión es “interesante” y como el primer día se compromete con el desafío que le presenta día a día.

En lo cotidiano disfruta del lugar en el que vive. Del amor de los suyos y de la presencia de amigos incondicionales. “Me gusta mucho Pergamino, hay ciudades más maravillosas, pero allí no están mis cosas. En este lugar está lo que soy, están las instituciones en las que he participado, las personas con las que he confrontado, con las que he coincidido; los amigos que quiero y que me quieren; acá está mi historia”.

“Tomando una frase de Eduardo Galeano siempre digo que me contento con que los hijos y los amigos sonrían cuando me ven. Eso para mí es sumamente valioso”, resalta. En ello reside lo que de verdad importa. Todo lo demás es secundario.

Y sobre el final, cuando la pregunta lo convoca a reflexionar sobre la vida, amante de la murga uruguaya “Agarrate Catalina”, hace propias las estrofas de una canción de la obra “El viaje” -que recrea al hombre ante a la vejez y la muerte- para destacar cosas esenciales: “Como dice la canción quizás la síntesis de la vida sean ‘Amigos con el alma buena y el abrazo cálido; amores de miradas limpias y de sueños ávidos; millones de carcajadas empapadas de alcohol; segundos de felicidad y tres o cuatro lágrimas’”.

En la sencillez de esa canción se identifica, y en su hacer de todos los días, rinde culto a aquellas pequeñas grandes cosas que nutren al buen vivir de sentido.