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Perfiles pergaminenses

Nicolás Iannone: un hombre de la Agronomía que abrazó también otras pasiones

Nicolás Iannone relató parte de su historia de vida en un diálogo rico en enseñanzas. (LA OPINION) Nicolás Iannone relató parte de su historia de vida en un diálogo rico en enseñanzas. (LA OPINION)

Desplegó su carrera como investigador en el Inta Pergamino. Llegó de Capitán Bermúdez y aquí desarrolló su vida profesional y personal. De raíces italianas, es apegado a los afectos y coherente a valores que conforman su pilar. Incursionó en el teatro y escribe cuentos, una tarea que asegura “lo acompañará de modo más intenso” cuando llegue la jubilación.


Nicolás Iannone es pergaminense por adopción. Nació en San Lorenzo y creció en Capitán Bermúdez, en el cordón industrial de Rosario-Puerto San Martín.  Allí transcurrió su infancia y adolescencia, hasta que se mudó a Rosario para hacer la carrera de Ingeniero Agrónomo.  Llegó a Pergamino para realizar su tesis en la Estación Experimental Agropecuaria del Inta, un lugar donde más tarde desarrolló su profesión. Llegó alentado por la posibilidad de incursionar en “soja”, un cultivo que en aquella época no tenía la penetración que tiene en la actualidad de la realidad agropecuaria. Su pasión por la investigación y su curiosidad lo llevaron a transitar el camino más largo, ya que bien podría haber efectuado una revisión bibliográfica sobre cualquier tema para obtener su título. Sin embargo, siguió el impulso del entusiasmo que le inculcaron sus maestros.

Es hijo de una familia de inmigrantes y la italianidad atraviesa su relato. “Mi padre Nicolás Ia-nnone es italiano tiene 94 años y vive en Capitán Bermúdez. Mi madre María Rina falleció en 2009. Tengo una hermana menor, Alejandra que vive en Rosario”, cuenta y refiere: “San Lorenzo fue el lugar al que fui para nacer y para hacer mis estudios secundarios en el Colegio San Carlos”.

Creció apegado a los valores que le inculcaron sus padres. “Mi padre había estudiado en la Academia Dante Alighieri y hacía el camino hacia Rosario ida y vuelta en bicicleta.

“En la casa de mi padre en la que viví hasta los 24 años tenía sótano. Algo relacionado con la italianidad, porque emulaban las construcciones de la zona mediterránea en la que crecieron, donde la humedad no existe y el único modo de conservar los alimentos que fabricaban y acopiarlos, era disponerlos en ese lugar de la casa”.

Con 67 años, sus apreciaciones respecto de sus vivencias en Capitán Bermúdez guardan el color de la inmigración. Su padre trabajaba en Celulosa Argentina, una planta fundada por italianos que modificó el perfil del lugar donde vivían hasta transformarlo prácticamente en “una colonia italiana” en pleno corazón del cordón industrial santafesino. “La planta hizo crecer al pueblo que originalmente se llamaba Juan Ortiz y se formó una comunidad italiana. Así que como yo fui único hijo hasta los 13 años, hacía los mandados y era común que el almacenero y el verdulero hablaran en italiano. He visto pasar por delante de casa a las mujeres con el fuentón de lavar ropa sobre la cabeza haciendo equilibrio con las manos en la cintura, quizás porque hay cosas de la cultura original que se traspasan al lugar donde se vive, aunque no tenga sentido”.

Curiosidad por la soja

Su primer contacto con el Inta y con Pergamino se dio siendo estudiante universitario, más allá de algún contacto esporádico como estudiante, se dio para la elaboración de su tesis. “Hoy hablamos del cultivo de soja como algo que existió desde siempre, pero esto no fue así. En los años 70 era incipiente y prácticamente no existía. Uno de los promotores del cultivo era docente de la UNR y por lo tanto la soja era su amor y ese sentimiento fue el que nos inculcó siendo estudiantes. Yo no quería hacer otra cosa que no fuera soja. Tenía la Experimental de Oliveros, pero no había un solo grano de soja ni cerca. Entonces agarré mi bolso y vine a Pergamino para ver si encontraba soja. Aquí encontré profesionales que estaban trabajando en este cultivo y desarrollé la tesis sobre plagas en el cultivo de soja y ese fue mi campo de trabajo hasta el presente”.

Ese primer amor lo acompañó después. Al recibirse tuvo un ofrecimiento muy tentador de Celulosa Argentina para hacerse cargo del manejo de diez mil  hectáreas de producción forestal para la pastera. Pero desechó el ofrecimiento siguiendo su vocación de “hacer soja” y dedicarse a la investigación”. Así fue que tomando las primeras becas que estaban disponibles comenzó su carrera como profesional del Inta Pergamino. “Desde 1977 hasta el presente trabajé allí en forma ininterrumpida, me dediqué al manejo integrado de plagas en la sección que formalmente se llama entomología”.

Su hobby preferido

Afirma que el ejercicio de su profesión le ha dado múltiples satisfacciones. “A mi profesión la disfruté siempre. Cuando era pichón iba a cobrar por hacer algo que me gustaba. Siempre me sentí privilegiado. Nunca consideré un trabajo, porque amaba y amo lo que hago, nunca tuve que obligarme la responsabilidad. Fue el principal hobby de mi vida. Jamás miré el reloj para irme de la Experimental. Nunca el horario de entrada y salida del trabajo fue algo muy importante para mí”.

Está próximo a jubilarse y está preparándose para ello. “Muchos han sufrido el advenimiento del retiro, y esto sucede porque no se han preparado mentalmente para jubilarse. Yo he intentado prepararme, mi personalidad me ayuda, soy sociable, me gusta la amistad, el deporte y he incursionado en otras actividades que contribuyen a ‘mentalizarme’ sobre el inicio de una nueva etapa”.

En el balance queda todo lo aprendido de quienes lo guiaron en sus primeros pasos como profesional, entre ellos quien fue su jefe, el ingeniero Parisi. También la posta que su propia experiencia va dejando a otros: “He visto a lo largo de los años irse valores profesionales extraordinarios formados por el Inta y siempre lamenté eso porque la materia gris no se puede ir a comprar a una góndola. Entonces no puedo hacer lo mismo que critiqué. Hace unos ocho años atrás hubo un concurso para incorporar un ingeniero joven recibido para que se involucrara en el sector y se vaya formando. Hoy tiene un vuelo propio personal que es lo que se buscaba, es Mariano Luna quien está capacitado para continuar la tarea en el sector de entomología”.

La familia y los amigos

Ya trabajando en el Inta conoció a una bióloga cordobesa, María Cristina Rivero que es su esposa y madre de sus tres hijos: Anabela (35), que vive en Junín; Nicolás Ignacio (33), que está casado con Daiana Bonavita y tienen a Martina (4 años y medio), su única nieta; y Luciano Roberto (31) que vive en Barcelona.

“Mi esposa la mayor parte de su tiempo fue docente”, señala destacando lo intangible y valioso del lazo que los une en tantos años de vida compartida.

Nicolás es de las personas que disfruta de la compañía de los amigos y hace del lazo de amistad uno de los pilares de su vida afectiva. “En 1979 conocí a un grupo de personas maravillosas en el cumpleaños de una amiga de María Cristina y desde entonces somos amigos hasta el día de hoy. Los hombres nos reunimos oficialmente los martes, jueves y sábados a compartir un café a las 19:00. A lo largo de cuarenta años hemos ido variando los lugares, actualmente nos estamos reuniendo en el bar del Ferrocarril y frecuentemente en casa de uno u otro nos reunimos con nuestras esposas.

“La amistad es mi debilidad”, sostiene este hombre amigo de los amigos, futbolero y amante del deporte, hincha de Newell’s Old Boys y Douglas Haig. Entre sus amigos menciona a “los del primer núcleo”: Hugo García, Antonio Bach, Eduardo Chale y José de Sensi y en ellos a los que se fueron sumando y que tanto lugar ocupan en su vida.

El teatro y la escritura

Es un observador de lo humano. De la mano de su peluquero Luis Furlano que lo invitó a participar incursionó en el teatro, en un taller dictado por Neme Carenzo. Confiesa que al principio oponía resistencia, pero después el encuentro de los martes se tornó imprescindible. Tras varios años de participar del taller, pudieron conformar un grupo estable de teatro independiente. Las exigencias de los ensayos y la imposibilidad de compatibilizar tiempos, le hicieron difícil continuar con esta tarea. 

“El teatro fue una experiencia extraordinaria y se la recomiendo a cualquier persona, porque vas a poder descubrir la manera de volcar los sentimientos, de poder expresarlos y darlos, que es la mejor manera de poder disfrutarlos”.

De la mano del teatro incursionó en otra actividad que le genera placer: los monólogos. Guiado por Roberto Iriarte comenzó a escribir. “Producto de la interacción con este gran actor comencé a escribir y nació mi primer cuento: ‘Lo dijo Pucho’, un relato sobre el grupo de amigos en una ida de pesca”.

Así comenzó a escribir con cierta regularidad. Sus lectores eran sus hijos, su esposa y algunos amigos. Pero “vago para los trámites” nunca se decidió a editar esas publicaciones que ya habían tomado cuerpo. Fue su hijo Luciano quien como regalo sorpresa en una oportunidad que lo fueron a visitar a Estados Unidos donde residía, le obsequió su primer libro que lleva el nombre de ese cuento primigenio.

Lo acompaña en la entrevista un ejemplar de ese que fue “mi primer libro que yo no publiqué”. Y cuando recorre las páginas se emociona por el valor simbólico que tiene para él que haya sido su hijo quien le abriera las puertas de un universo que le permite expresarse y desplegar una de sus pasiones.

“Yo le tomé el mensaje de mi hijo en lo no dicho. De nada vale hacer algo que no se comparta. Eso es en todos los órdenes de la vida”, afirma. Y con la convicción de esa enseñanza, llegó el segundo libro: “Mago del universo y 10 más”, de ciencia ficción. Observador de los comportamientos humanos, sensible, autocrítico intuye que en el futuro cercano la escritura será una de las herramientas que utilizará con más intensidad cuando llegue el momento de la jubilación.

El futuro

Al futuro la tarea es “seguir compartiendo” lo que hace y nutriéndose de experiencias que hagan aún más rica su vida.  “Nunca renegué de mis raíces, siempre me interesó mi origen, aceptarlos y sentirme orgulloso de ellos. La docencia y la investigación, las que elegimos con mi esposa, no son para enriquecerse y es muy cierto. Recién pudimos cruzar el charco en 2010 y el primer lugar que visité fue Italia, el pueblo de montaña de tres mil habitantes donde nació mi padre, rodeado de mares de olivo”, señala sobre el final, este hombre que imagina la vejez en Pergamino, esta ciudad en la que vive. “Así tiene que ser, porque esta es la ciudad que me dio todo: mi hobby predilecto, mi familia y los amigos”, señala, sobre el final hablando de valores como la pasión, la amistad, el respeto, el agradecimiento y el amor por las cosas en las que cree. Atributos que simplemente lo definen.