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Perfiles pergaminenses

Nora Munar: una mujer íntegra, dueña de una rica historia de vida

 Nora Munar, en la intimidad de su hogar, un recorrido por anécdotas y vivencias entrañables. (LA OPINION) Nora Munar, en la intimidad de su hogar, un recorrido por anécdotas y vivencias entrañables. (LA OPINION)

Fue hija del médico Juan Carlos Munar y esposa de Martín “Yuyo” Jaunarena, hombres de los que tomó la vocación emprendedora. Enviudó joven y sorteando la adversidad salió adelante. Es profesora de Inglés y da clases particulares de matemática, física y química. Siente un profundo compromiso con la docencia y con el “hacer por los otros”.


Nora Raquel Munar recibe la entrevista en su casa. El espacio es confortable. Señala que su intención es nutrir el diálogo de anécdotas, algunas de las cuales refieren a su padre, el conocido médico Juan Carlos Munar, y a su esposo, Martín “Yuyo” Jaunarena, ingeniero agrónomo y comprometido dirigente con el que compartió la vida hasta su partida temprana. Sin embargo, la charla trascurre por caminos que trascienden las anécdotas y se nutre de reflexiones que la definen como una mujer sensible que supo disfrutar plenamente de la felicidad de los buenos tiempos y sobreponerse a la adversidad de los malos momentos.

“Mi vida fue un hermoso jardín de rosas, pero en los rosales además de rosas hay espinas y han sido duras; han tenido que ver con problemas de salud, muertes y pérdidas”, menciona casi en el comienzo.

Nació en Pergamino y vivió en el centro, en una casa de calle Pueyrredón. Fue al Colegio Nuestra Señora del Huerto, donde egresó con el título de maestra y su vocación por ser bioquímica la llevó a rendir varias materias libres en el Colegio Nacional para obtener el título de bachiller, que por entonces se necesitaba para ingresar a la Facultad. Cursó el ciclo básico y el primer año de la carrera cuando llegó el momento de casarse. La decisión de formar su familia fue más fuerte que la vocación y teniendo 19 años tomó ese rumbo junto a un hombre diez años mayor al que ella conocía desde siempre. “Mis padres y los suyos eran muy amigos, él fue padrino de bautismo de mi hermana más chica. Al principio empezamos a salir, a los nueve meses nos pusimos de novios, a los nueve meses nos casamos, y a los nueve meses quedé embarazada y nueve meses después nació nuestra primera hija”.

Compartieron una buena vida, se acompañaron en aventuras y experiencias. Y crecieron. Tuvieron tres hijas mujeres y Nora perdió un embarazo avanzado. Era un varón. Cuando lo cuenta en el tono se cuela la emoción perdurable de la pérdida. Sigue adelante en el relato. Es dueña de un modo de conversar que resulta ameno. Su voz es apacible y su sonrisa acompaña buena parte de la charla, como si al contar historias reviviera las vivencias. Es profesora de Inglés y también da clases particulares de matemática, física y química.

Sus hijas son Nora María, Ana Inés y María Rita. Sus nietos: Pilar, Juan, Florencia, Santiago, Victoria y Gonzalo. Sus yernos son: Jorge Martínez, Luciano Paterlini y Sergio Nielsen; Sus padres fueron “Chola” Mujica de Munar y Juan Carlos Munar. Sus hermanos son: Carlos, Rita y “Pichi”, señala.

“Por mi familia lo que siento es orgullo. He vivido con ellos cosas muy lindas. He tenido una hermosa familia. Tanto mi padre como ‘Yuyo’ fueron personas que le dedicaron mucho tiempo a Pergamino”, expresa.

La memoria de sus padres

Habla de su papá en varios momentos de la charla. Asegura que era una persona que se dedicó muchísimo a la medicina y rescata que el tiempo que le brindó a su familia fue bueno y nutritivo. “Fue un hombre que trabajó muchísimo. Cuando fue presidente de la Asociación Médica se compró la casa de la entidad. Cuando presidió la Clínica Pergamino se amplió el sanatorio y se hicieron importantes obras. Fue alguien que se pasó la vida haciendo cosas por los demás sin pretender recompensa. Fue un referente en su profesión y recibió muchísimo en el reconocimiento y el afecto de sus pacientes. Hoy en día me encuentro con gente que me dice: ‘Tu papá me salvó la vida’”.

De su mamá cuenta que fue maestra de primer grado de la Escuela Nº 22. “Era una mujer bellísima y todos sus alumnos estaban enamorados de ella. Tocaba muy bien el piano y tocaba el Himno en los actos escolares. Murió muy joven a los 54 años de un infarto. Dejó un hueco muy grande que traté de suplir en lo que pude en mi condición de hermana mayor”, relata esta mujer que guarda un profundo respeto a la memoria de sus padres.

Su esposo

“Yuyo” Jaunarena, su esposo, era ingeniero agrónomo y dirigente de la Asociación de Basquetbol y del Club Gimnasia y Esgrima. “Cuando estuvo en la Asociación de Basquetbol, con lo recaudado en un torneo provincial compraron la casa de la Asociación que lleva su nombre. Presidió durante diez años el Club Gimnasia y Esgrima, en un tiempo en el que se compró el campo de deportes que también lleva su nombre. Era un hombre muy comprometido. Tenía un dicho que siempre rescato: ‘Las grandes obras las sueñan los genios locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos’ y hace poco encontré el pedacito que completa la frase y que él no decía:…‘Y la critican los inútiles crónicos”.

Recuerda la aventura que significó la compra del campo de deportes. “Solo cuatro personas lo apoyaban. Consiguieron las plantas y a un casero Cirilo Sierra que hizo maravillas para que todo funcionara. En la inauguración había una multitud”, relata, rescatando del recuerdo anécdotas entrañables de una tarea dirigencial que ella acompañó desde siempre.

Se refiere con tristeza a la enfermedad de su compañero que falleció a los 59 años. Esa pérdida marcó un hito en su vida que tuvo que configurarse de otra manera. Salir adelante y sostener a sus hijas fue la tarea. Asegura que fueron años llenos de espinas.  Dueña de una personalidad emprendedora que no sabe si heredó de su padre o tomó de su esposo, logró salir adelante.

“Trabajé como profesora particular de Inglés de lunes a lunes. También di clases de matemática. Trabajé en el Colegio Normal y un poco en Cultura Inglesa y siempre en mi casa”, refiere.

Docente de alma

Cuando habla de su trabajo lo hace con gratitud. “Con la docencia he tenido mucho compromiso. Hasta diciembre del año pasado trabajé mucho. Hoy menos. A mis alumnos les he abierto las puertas de mi casa y saben que soy exigente. Y es un vínculo muy personalizado el que tengo con ellos”.

Confiesa que le gusta mucho enseñar y que la motiva la posibilidad de “hacer razonar”. Prefiere los chicos porque los grandes no quieren estudiar.

Su compromiso desde siempre trascendió sus clases, durante muchos años formó parte de la Cooperadora del Colegio Normal, entidad a la que llegó convocada por Jorge Pertierra y que integró durante 16 años, de los cuales diez fue presidenta.

“Durante mi presidencia se logró terminar el Jardín de Infantes, la Biblioteca, se colocaron cortinas, ventiladores, licitamos dos kioscos y con lo recaudado en ellos se hicieron las rejas de la calle Belgrano y se calefaccionó la escuela. También fui presidenta de la comisión del Jardín”, menciona. Y trae a la conversación el recuerdo de cuando viajaron junto a Pertierra y Enzo Bosco a entrevistarse con una arquitecta del Ministerio de Educación: “Habíamos pedido una audiencia y cuando llegamos nos dijeron que no nos íban a poder recibir. Hablé con la secretaría, le expliqué que habíamos viajado muchos kilómetros para verla y le señalé que era la esposa de Jaunarena. La funcionaria pensó que se trataba de Horacio que por ese entonces era el ministro de Defensa y de inmediato nos atendió. Durante toda la entrevista se refería a mí como la esposa de Jaunarena de Pergamino. Algo que en rigor era verdad porque yo estaba casada con el hermano de Horacio. Finalmente conseguimos los recursos que necesitábamos. Y nos fuimos. La arquitecta todo el tiempo me trató como si hablara con otra persona. Pero yo no falté a la verdad. Siempre lo recordamos como una anécdota.

“Fueron muy lindos los años en la Cooperadora y si no hubiera sido por la ayuda de Teresa Catalano que llevaba las finanzas, Jorge Aguilar Ortiz y Jorge Fascioli no hubiéramos podido realizar tantas obras”, acota. Y aunque hoy ya no está relacionada con la institución la une al Normal un vínculo entrañable.

Activa participación

Así como en la Asociación Cooperadora del Colegio Normal, Nora tuvo activa participación en el Club Gimnasia y Esgrima de Pergamino tras el fallecimiento de su esposo. Fue una de las impulsoras de la creación del equipo de hockey y del rugby en esa institución. Quizás porque tomó desde pequeña el ejemplo de ser parte de los lugares sin esperar retribución es que en cada espacio en el que estuvo siempre puso lo mejor de sí generosamente. Asegura que recibió mucho más de lo esperado y la gratifica ese reconocimiento genuino que se manifiesta en los pequeños gestos.

Durante trece años fue catequista de la Parroquia San Roque. “Fue una tarea maravillosa que me dio muchas satisfacciones, una de ellas que una alumna me eligiera como su madrina de confirmación”, destaca y recuerda el tiempo de cálidas anécdotas compartidas con los chicos de la parroquia y con sus propios nietos que algunos días la acompañaban. Cada cosa que cuenta está colmada de la picardía de los niños y le sacan aún hoy una sonrisa que recrea la ingenuidad y la fantasía de aquellas vivencias.

Su vida se nutre de la sencillez. El relato del tiempo compartido con sus nietos es infinito. Disfruta de sus afectos y elige quedarse con las cosas buenas de la vida. Ellos son lo mejor de la vida. Con 69 años tiene la templanza que le permite mirar la vida en perspectiva. “Trato de quedarme con lo bueno. Las experiencias tristes estuvieron, como en la vida de cualquier persona, pero con paciencia, aceptación y mucha terapia, fue posible sobrellevarlas y tomar de cada experiencia un aprendizaje”.

Volviendo a su intención del principio, cuando casi finaliza la entrevista, la charla transcurre entre infinitas anécdotas. Un anotador le sirve de ayuda a una memoria prodigiosa. Algunas hablan de su padre y de la relación con sus pacientes. También de la elegancia de su madre. Otras, la tienen a ella como protagonista en momentos compartidos con sus nietos. Las demás tienen que ver con su esposo y su compromiso dirigencial inmenso. Se nutre de esos recuerdos, los revive en la conversación y toma una vez más de ellos aquello que perdura. Volcarlas en el espacio de un artículo es imposible, pero todas tienen el común denominador de lo genuino y ese modo de contar que tiene Nora y que hace que de cada vivencia persista lo verdadero.

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