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Perfiles pergaminenses

Norberto Bianchi: un hombre apasionado en el ejercicio de su profesión de médico

Norberto Bianchi, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION) Norberto Bianchi, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION)

Su trayectoria es conocida en el campo de su especialidad: la Neumonología. Hoy recorre parte de su historia personal, recrea vivencias y destaca el valor que ha tenido la relación con sus pacientes y los múltiples desafíos que le ha puesto por delante el camino que tomó hace muchos años y que volvería a transitar para alcanzar el presente que tiene.


Norberto Bianchi es un médico de reconocida trayectoria en el campo de la Neumonología. Actualmente está alejado de la actividad profesional, por lo que la entrevista en la que traza su “Perfil pergaminense” se desarrolla en la intimidad de su casa. Está sentado en un lugar cómodo de su comedor diario, cerca de sus afectos más entrañables. Toma un café mientras transcurre la entrevista, y aunque está el televisor encendido, lo acompaña un libro. Es un apasionado de la historia y aprovecha el tiempo libre para disfrutar del placer de leer. Su tono de voz es potente, aunque guarda en el hablar la impronta de muchos años de consultorio, con pausas y silencios que favorecen el intercambio de las ideas. En cada cosa que dice se abre a la reflexión y tiene la templanza que confiere la experiencia.

Nació en La Emilia, un pueblo perteneciente al Partido de San Nicolás, ubicado a 12 kilómetros de esa ciudad, en una familia integrada por sus padres y hermanos. Creció en el almacén, tienda, carnicería y confitería que tenían sus progenitores. Hoy tiene 78 años y se lleva bien con el transcurso del tiempo. Vivió en su pueblo natal hasta que se fue a estudiar a Rosario. Confiesa que la medicina fue “casualidad” o consecuencia de haber tomado la decisión de “seguir estudiando” en la aspiración de realizar sueños que quedaban chicos en la geografía que habitaba. “Estudié en la Escuela Nº 1 y luego en el Colegio Nacional de San Nicolás; y más tarde me fui a Rosario”, refiere en el comienzo. Y confiesa: “A mí la vida de pueblo no me gustaba demasiado, sentía que tenía un techo muy bajo para lo que yo quería a los 17 años, así que al egresar del secundario le dije a mi padre que me iba a estudiar. Me tomé el Tirsa a Rosario y me anoté en la Facultad que estaba más cerca de la Terminal.

“Había tres ventanillas, una que era Farmacia, otra Bioquímica y otra que era Medicina. Entré en Medicina con un amigo, Roberto Bocanera. Nos recibimos de médico el mismo día”.

 

Aprender a vivir

Recuerda con añoranza su época de estudiante universitario: “La vida de estudiante era preciosa, es entrar a un mundo en el que dejás de ser un nene y ves la vida desde otra perspectiva, te encontrás con los que te rodean. Aprendí a vivir siendo estudiante”.

Obtuvo el título de doctor en Medicina teniendo una nutrida práctica porque en su época existían los practicanatos: “Allí aprendías a estar con el enfermo. Yo tuve la posibilidad de estar en el Hospital Centenario y eso me sirvió mucho. Desde siempre me gustaba el pulmón”, refiere.

Menciona que fue a su jefe -un profesional y académico de apellido Villafañe de quien aprendió mucho- a quien le confesó que quería hacer la especialidad. “Yo estaba en cuarto año y cuando le manifesté que quería hacer pulmón, me miró como si fuera un subdesarrollado. Le habrá impresionado mi determinación a los 20 años.  Me respondió que si quería dedicarme a eso, primero tenía que hacer Pediatría. Allá fui. Después me mandó a Clínica Médica y Alergia, y recién cuando estaba entrando a sexto año me dio bolilla para enseñarme a escuchar un pulmón”, relata y señala que siguiendo su vocación llegó a la Sala de Neumonología del Hospital Centenario y también se formó en el Carrasco.

 

La Cátedra del Muñiz

Ya recibido de médico ingresó como jefe de Trabajos Prácticos en la Cátedra del profesor Villafañe. Fue este profesional quien lo convocó para ingresar a la Cátedra de Tisiología del Hospital Muñiz. “Acepté porque era el mejor lugar para poder formarme. Me fui a vivir en la cátedra, donde había diez médicos, ocho extranjeros y dos argentinos. La tarea era muy intensiva, desde las 7:00 a las 19:00 estábamos haciendo pulmón, almorzábamos con los titulares de la cátedra que eran grandes exponentes del país en la especialidad. Por la mañana hacíamos sala en el Muñiz, en el pabellón de niños y adultos y luego recorríamos los pabellones de tuberculosis”.

De la mano de grandes exponentes no solo se formó en la profesión sino que adquirió aprendizajes para la vida. “Los que nos estábamos formando éramos muy jóvenes, recuerdo que nos llevaban a conocer la noche de Buenos Aires en una época dorada, tengo recuerdos inolvidables”, cuenta, pero aclara que ese divertimento no los alejaba de la exigencia que tenían de ver pacientes y hacer obligatoriamente dos cursos por mes.

 

La llegada a Pergamino

Al finalizar su formación, volvió a Rosario. Siguió trabajando en la cátedra  universitaria y viajaba a distintas localidades para hacer consultorio. Recuerda esa época como “un tiempo en el que pichuleaba para vivir”.

Estando en Rosario conoció a Angélica Laguía “Chiquita”, que por entonces estudiaba Odontología. Ella era pergaminense, se pusieron de novios y más tarde se casaron. Fue de la mano de esa relación y de su conocimiento de un lugar donde se atendía a pacientes con Tuberculosis que llegó a Pergamino para ejercer su profesión y conformar su familia.

“Sabía que en Pergamino había un hospital de tuberculosis que no tenía tisiólogo. Vi una oportunidad y me presenté. Villafañe quería que me quedara en Rosario trabajando en la clínica, pero yo pretendía otra cosa, y como cuando me fui de La Emilia, seguí ese instinto”, refiere.

Le gustó Pergamino y jamás se sintió “un forastero”. Se instaló en 1969, se presentó al concurso e ingresó como tisiólogo en el Hospital Llanura. “Era una época de mucho trabajo; en el Llanura había enfermos que llevaban 30 ó 35 años de antigüedad adentro, era un hospital escuela que tenía sala de laborterapia. La gran tarea fue trabajar con asistentes sociales para lograr la externación e incluir a esos enfermos en la sociedad”.

 

Grandes experiencias

Luego de conocer al doctor Masín Ramella comenzaron a operar en el Hospital Llanura. “No había terapia, la terapia éramos nosotros durmiendo adentro del hospital, fueron años en los que ganamos mucha experiencia”.

A la par de ello, recuerda que por entonces había otra enfermedad que venía “ganando terreno”: el Mal de los Rastrojos y señala que tuvo la fortuna de trabajar para tratar de contener las epidemias junto a Julio Maiztegui, Néstor Fernández, Gustavo Marino Aguirre y un montón de gente que se dedicaba a buscar respuestas frente a esta enfermedad de la que no se sabía demasiado. “Nos apasionaba lo que hacíamos, no sabíamos si era contagioso, solo nos preocupaba que la gente no se muriera y para ello armamos un grupo de trabajo de tiempo completo”.

 

El San José

Más tarde ingresó en el Hospital San José como neumonólogo durante la gestión del doctor Zini. “Era una época en la que no había política en los hospitales, eras médico y a nadie le importaba a qué partido pertenecías. Eso cambió con el tiempo. En 1987 se inauguró el nuevo edificio y comenzaron a llegar los directores políticos. Debo reconocer que a mí nunca me molestaron, pero llegó un momento en el que ya no me sentí cómodo y a los 55 años, por haber trabajado con enfermedades infectocontagiosas, me jubilé del Hospital”.

 

En privado

En la órbita privada trabajó en la Clínica Centro. Más tarde lo convocaron de la Clínica Pergamino para trabajar como neumonólogo y allí se quedó desde 1972. “Ejercí mucho en el sector privado. Fui el médico número 90 de Pergamino”, indica.

 

Gestión institucional

Fue presidente de la Asociación Médica de Pergamino en el período 1997-2001 y tuvo un rol protagónico en la conformación de Osam: “Ese emprendimiento fue una aventura. Era un proyecto que estaba guardado en un cajón y con Carlos Laguía y otros decidimos resucitarlo”.

 

Una pausa con sabor a retiro

Ejerció en su consultorio hasta hace cinco meses y hoy tiene listos los papeles de la jubilación. “Ejercí hasta hace cinco meses y ya tengo listos los papeles para la jubilación”, cuenta y hace mención a un problema de salud que lo afectó en diciembre y lo forzó a someterse a una intervención quirúrgica que lo obligó a hacer una pausa en el ejercicio profesional.  “Me recuperé, pero ya no tengo idea de seguir ejerciendo; mi hijo está trabajando en mi lugar. Y creo que ya fueron muchos años”, prosigue.

 

Su universo personal

Su esposa está en la casa mientras se desarrolla la entrevista y comienzan a llegar los nietos que entran y salen de un lugar que sabe a hogar. Marcelo es la persona que lo acompaña en sus rutinas cotidianas. Lo mira con un gesto de gratitud por su tarea.

“Me casé con ‘Chiquita’ en 1968. En 1972 nació Benjamín, que es neumonólogo y está casado con Valeria Pergament y son papás de trillizos. Guillermina, es abogada, trabaja en el Departamento Judicial y está casada con Matías Cullel; y Genoveva es comunicadora social y está separada”, señala. Destaca que cuando se reúnen en su casa disfruta de una familia “numerosa y muy unida”.

Habla con orgullo de sus nietos: Felipe, Agustín, Nicolás, Martín, Ignacio, Juana y Catalina, y celebra “tenerlos siempre cerca”.

La riqueza de su mundo íntimo se completa con los amigos incondicionales. Todos se dedican a actividades diversas pero respetan el tiempo del encuentro. Tiene una peña que se reúne los jueves y mantiene una activa vida social. “Me gusta ir a la tarde a tomar un café a Bonafide, habitualmente voy con Sebastián Caldentey, y los sábados salimos a cenar con mi esposa”. Sus pacientes tienen un lugar importante en su vida. “Me une a ellos una relación casi familiar. El vínculo es muy cercano, los pacientes tienen nombre y apellido”.

 

Un apasionado

Sigue sintiendo la misma pasión por su especialidad que la que experimentó al principio. Lo destaca cuando promedia la charla: “Cuando estudiaba Semiología, que es el arte de examinar a un paciente, de interrogarlo, auscultarlo, veía un pulmón y me gustaba. Lo mismo me pasó cuando estudié Anatomía, Fisiología, Química y Física;  lo veía funcionar y me parecía un órgano maravilloso”.

Con muchos años de trayectoria y sabiendo que no se deja de ser médico, nunca perdió la capacidad de asombro. Sabiéndose testigo y protagonista de una época de grandes transformaciones, le generan fascinación los avances de la ciencia.

En lo personal se lleva bien con el transcurso del tiempo y recuerda una anécdota: “Cuando hice el Servicio Militar en Infantería de Marina, iba siempre a la casa de un amigo de mi padre. Una vez lo vi armando un rompecabezas y cuando le pregunté qué estaba haciendo me respondió: ‘Estoy aprendiendo a ser viejo’. Eso me mató. Hoy entiendo que es una nueva especialidad que hay que aprender”. Valora la autonomía y considera que es muy importante respetar el crecimiento de los demás. “Eso te hace envejecer sanamente, porque no te quejás de nada”, agrega.

Para él, la clave de una buena vida es “hacer lo que te guste”. El motor ha sido la pasión.  “Si volviera a transitar el camino me tomaría el mismo colectivo que me llevó desde La Emilia a la Facultad y entraría por la misma puerta para estudiar Medicina”, concluye, sin asignaturas pendientes. Algo que considera simplemente maravilloso.