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Perfiles pergaminenses

Omar Horacio Ochoa: una vida dedicada al deporte y a la confección

Omar Ochoa, de visita en LA OPINION donde compartió una charla sobre su historia de vida. (LA OPINION) Omar Ochoa, de visita en LA OPINION donde compartió una charla sobre su historia de vida. (LA OPINION)

Fue empleado de la fábrica Annan de Pergamino y su oficio lo acompañó en toda su historia laboral. Hoy sigue en actividad como supervisor y responsable de calidad de una marca. Fue jugador y técnico de fútbol en una época gloriosa. Es dueño de innumerables anécdotas y de una historia sencilla.


Omar Horacio Ochoa es un vecino conocido en la ciudad por su trayectoria en la actividad deportiva y por su trabajo en el rubro de la confección. En ambas tareas se desempeñó con compromiso y pasión, cualidades que lo han acompañado y lo acompañan en el presente. Asegura en el comienzo que tuvo la vida que soñó y eso se nota al escucharlo, porque en cada apreciación se advierte ese tono de gratitud por haber cosechado la siembra del esfuerzo y la dedicación. No tiene asignaturas pendientes. Con 69 años y a pesar de estar jubilado sigue en actividad como encargado del control de calidad de una fábrica textil. Eso lo mantiene activo y al mismo tiempo le permite tener sus tardes libres para compartir con su familia y disfrutar de sus paseos por esta ciudad en la que nació y donde están sus raíces.

Cuenta que sus padres fueron Ricardo y Sara. El era militar y ella ama de casa. Omar creció junto a sus hermanos Oscar y Rubén, ya fallecidos; y Angel. Por compromisos laborales de su padre en la Gendarmería Nacional, los primeros 9 años de su vida transcurrieron en San Martín de los Andes. Allí transitó su primera infancia. “Mis padres eran pergaminenses, pero como mi papá era militar y cumplía funciones en el sur, mi madre vino a tenerme acá y volvió a San Martín de los Andes. Nací el 7 de abril de 1950”, refiere. Recién se establecieron en Pergamino cuando su padre se retiró. “Como mi padre trabajaba en la frontera, sus años de antigüedad se computaban doble, así que siendo muy joven pudo retirarse de Gendarmería”, menciona y comenta que ya establecidos aquí su papá, que además era “tapicero y talabartero”, puso un taller en su casa. Omar lo ayudaba.

Señala que no le costó el cambio de lugar, porque “a pesar de que cambiamos de ciudad, estaban mis hermanos, así que llegamos todos juntos a Pergamino y aquí prosiguió nuestra vida”. Al llegar se establecieron en San Juan 884, la casa donde pasó el resto de su infancia y adolescencia.

Fue a la Escuela Nº 6, y al egresar de la primaria hizo tres años del secundario en el Colegio Nacional. “Después dejé para empezar a trabajar. Al principio colaboraba con mi papá en el taller y después entré a trabajar a la fábrica Annan de Pergamino. Mis hermanos también trabajaban allí”.

Fue parte de la generación que encontró en ese espacio laboral la posibilidad de progresar y aprender un oficio. Desde entonces su historia laboral estuvo vinculada a la industria textil. “Ser parte de esa fábrica fue algo maravilloso. Fue una muy buena experiencia, de mucho compañerismo. Era un lugar inmenso, solo en la fábrica había 800 personas trabajando y además tenían la fábrica Malboro en el barrio Centenario donde trabajaban unas 300 personas más”, menciona y remarca que “fue una época histórica de la costura en Pergamino.

“En Annan empecé a trabajar a los 15 años y estuve hasta que cerró. Comencé poniendo pantalones en bolsas de nylon, como se usaba en ese tiempo; luego me fui al Servicio Militar y al volver aprendí el oficio de mecánico de máquinas de coser y después los últimos años fui encargado de piso. Cuando cerró Annan, Pablo Buncuga, Roberto Valenza y la señora Iribarren, que eran los gerentes de la empresa, pusieron una fábrica que se llamaba Pergamino Confecciones y ahí fui como encargado”, relata.

“Más tarde y ya conocedor del oficio y de la dinámica de la actividad en el rubro de la confección, tuve un taller propio y al cerrarlo entré en Subell como encargado de la empresa varios años”.

El oficio que aprendió en Annan lo acompañó desde entonces y toda su actividad laboral estuvo vinculada a la “costura”. “Actualmente estoy como supervisor y responsable de control de calidad de la marca Narrow. “En Pergamino hay diez talleres que trabajan para la marca y mi tarea es recorrerlos y hacer un control para que las prendas salgan en perfectas condiciones”, describe.

Le apasiona su oficio: “Transité por todos los momentos de la industria de la confección, los buenos, los malos, los regulares, pero me gusta mucho mi oficio. Es lo que sé hacer. Desde chico aprendí eso y gracias a Dios aunque estoy jubilado, sigo trabajando en el rubro”.

La familia, su pilar

En el plano personal, Omar tiene una familia que lo acompaña y contiene. Está casado con Yolanda  Aranguren, una mujer con la que se conocen desde “chicos” por su condición de haber sido vecinos. Se pusieron de novios cuando ella tenía 14 años y él 15. “La conocí en el barrio, éramos chicos y bailábamos en los asaltos que se hacían en esa época. Más tarde nos pusimos de novios y tiempo después nos casamos. Hemos pasado gran parte de nuestra vida juntos y la clave es comprendernos”, señala, hablando de su esposa con orgullo. “Ella trabajó en Hijos de Evaristo Alonso cuando tenía 15 años y después en la Asociación Bancaria donde sigue trabajando. Siempre compartimos el esfuerzo de trabajar para poder progresar y llevar adelante nuestra familia.

“Me casé a los 22 años y tenemos una hermosa familia”, refiere y menciona a sus dos hijos: Cristian (46) y Evelina (42). También a sus nietos: Josefina de 27 años que vive en El Bolsón; e Ignacio, de 26 y Agustín de 21 años que viven en Rosario. “A pesar de que los nietos hoy no viven en Pergamino nuestro contacto con ellos es permanente a través del teléfono y de la tecnología que nos acerca a ellos”.

El fútbol

A la par del trabajo en la confección, Omar fue jugador y técnico de fútbol. Guarda de su carrera deportiva muy buenos recuerdos y entrañables amigos. “Jugué al fútbol toda mi vida. Me inicié en Douglas Haig a los 12 años. Jugué hasta que me fui al Servicio Militar; jugué en Paraná de San Nicolás, tenía como compañeros a Gustavo Marilao y a Daniel Neme que eran de Pergamino. Volví y me integré a Compañía. Ahí jugué y me fue muy bien, durante tres años fui el goleador de Pergamino. En 1973 salimos campeones del Preparación y jugué en la Selección de Pergamino”.

Recuerda que fue Domingo “Colorado” Sierra quien lo llevó a la Selección. “Fue una linda experiencia. Salimos subcampeones provinciales, perdimos la final”, menciona.

También jugó profesionalmente en el equipo de Lucini, en una “época gloriosa del deporte local. Había que dedicarse al fútbol y nada más que a eso”, agrega.

Luego volvió a jugar en Douglas Haig, en Argentino de Alfonzo y en Juventud de Rojas. “Tuve una carrera linda, con muy buenos compañeros”. Siempre fue delantero, salvo en su paso por las divisiones inferiores que jugaba de mediocampista por derecha.

Confiesa que es hincha del Club Compañía, donde se retiró del fútbol profesional teniendo 30 años, cuando el físico comenzó a presentarle algunas limitaciones que complicaban los entrenamientos. Uno de sus tíos fue el que le inculcó el amor por esa camiseta que adoptó. “El fue el que sembró la semillita que germinó, también por la proximidad que teníamos con el Club de nuestro barrio”, sostiene.

En el fútbol nacional es hincha de River Plate, al que califica como “el más grande”.

Haberse retirado como jugador, no le impidió seguir vinculado al deporte. “Hice el curso de técnico en la Liga de Fútbol de Pergamino y cuando me recibí comencé a dirigir”, cuenta y enumera algunas de las instituciones deportivas para las cuales dirigió. “Tuve la suerte de dirigir a Compañía y a Provincial, donde dirigí todas las divisiones, de Primera hasta las inferiores”.

“Después mi hijo iba a Maristas y había torneos de los padres. Entonces jugaba al fútbol allí y además dirigía. Estuve dirigiendo y jugando durante 30 años en Maristas. Fue desde mis 30 años a los 60. Guardo recuerdos maravillosos de ese tiempo”, prosigue y comenta que dirigió todas las categorías: libre, veteranos, súper veteranos y seniors. “Pasé por todas las categorías jugando y dirigiendo”, añade en un relato rico en anécdotas.

Se retiró definitivamente de la actividad deportiva hace siete años. “Tomé esa decisión cuando sentí que se había terminado una etapa. Igualmente el fútbol me encanta y es mi pasión”.

Cuenta que el fútbol le dio enormes satisfacciones. “El fútbol me dio muchas cosas, amigos y vivir muy bien”. Agradece lo brindado por ese deporte: “Gracias a Dios siempre estuve bien en el fútbol. Jugando profesionalmente en 1973 trabajaba en Annan y ganaba 80 pesos por mes y jugando al fútbol en Lucini ganaba 150 pesos y encima me dieron un auto por la firma. Era otra época del deporte y un tiempo en el que el fútbol iba acompañado de una mística. En cualquier cancha se jugaba con siete mil personas como público. Era buenísimo jugar”.

En el deporte le quedaron muchos compañeros y amigos. Con algunos de ellos comparte una peña los viernes y a todos los recuerda con profundo cariño. “Me retiré cuando sentí que había perdido las ganas de salir tres veces por semana a correr, o de ir a jugar a la cancha de Güemes todos los sábados, pero me quedé con las mejores vivencias”, agrega.

Una vida tranquila

Reconoce que aunque ha tenido la posibilidad de conocer varios lugares, Pergamino es una ciudad en la que le gusta vivir. No siente nostalgia por aquel paisaje en el que vivió su primera infancia. “Volví al sur de Luna de Miel y fuimos hasta la casa donde vivíamos, pero no siento nostalgia porque acá en Pergamino está mi vida”, refiere en la continuidad de la charla.

Cuando habla de su presente, asegura que tiene un pasar tranquilo. Sus rutinas le permiten hacer convivir en armonía el tiempo laboral con la vida social y familiar. “Mi esposa y yo trabajamos hasta las 15:00, y por la tarde estamos en casa o salimos”.

Disfruta del tiempo con amigos y aunque no hace nombres para no olvidar a nadie, solo menciona a uno: Luis Bianco, “Hueso”, a quien define como “un amigo personal” y en él hace llegar su gratitud a los otros que lo han acompañado y acompañan en cada etapa de la vida.

No piensa demasiado en la vejez. Quizás porque se siente bien y muy activo. Solo espera que ese tiempo llegue con autonomía, permitiéndole disfrutar de la cercanía de los suyos. Sobre el final vuelve a la reflexión del principio para señalar que tuvo la vida que soñó.

“No tengo asignaturas pendientes, mis hijos trabajan bien, mi esposa y yo estamos bien, los nietos están bien. Somos felices”, afirma. Eso no es poco.

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