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Perfiles pergaminenses

Orlando Pre: un emprendedor que de la mano de su pasión por los autos se transformó en referente

Orlando Pre, nacido en San Vicente, se estableció en Pergamino en 1955 y se siente uno más de esta ciudad. (LA OPINION) Orlando Pre, nacido en San Vicente, se estableció en Pergamino en 1955 y se siente uno más de esta ciudad. (LA OPINION)

Su primer oficio fue la mecánica, una actividad que abrazó con compromiso. Fue el primero que trajo a Pergamino la alineación y balanceo de vehículos. Entre otras cosas, tuvo la agencia Pre Hnos. y Angeleri y en su taller preparó autos de carrera en épocas doradas del automovilismo. Con 91 años tiene la lucidez para relatar en primera persona lindas historias.


Orlando Luis Pre tiene 91 años y la lucidez que le permite narrar una historia de vida intensa, sostenida sobre grandes pasiones. Una de ellas los autos. Mecánico y emprendedor, fue el hacedor de importantes actividades. Tuvo la agencia de venta de autos Pre Hnos. y Angeleri, en la zona del Cruce de Caminos. También talleres de reparación con tecnología innovadora para su época. Es pergaminense por adopción, ya que nació en San Vicente, provincia de Buenos Aires el 17 de diciembre de 1928.

Hijo de Mario Luis Pre, un italiano que nunca quiso cambiar su nacionalidad; y María Luisa Acerbi. Tuvo dos hermanos: Rodolfo Carlos y Jorge Héctor, con quien transitó gran parte de su historia laboral.

En la intimidad de su casa recrea las anécdotas de su niñez y adolescencia en su pueblo natal. Allí fue a la Escuela Nº 3, donde cursó hasta tercer grado, el último nivel de escolarización al que se podía acceder en ese tiempo. Desde chico supo que iba a trabajar y lo hizo siendo un niño con marcado compromiso, en cada una de las oportunidades que la vida le puso por delante. Esa determinación seguramente fue la que le permitió crecer y cumplir cada uno de sus objetivos. En una charla amena, rodeado de su esposa, una de sus hijas y una de sus bisnietas, va fragmentando momentos que han quedado en su memoria y que definen su historia. Cuenta que vivió en San Vicente hasta los 16 años y que de chico jugaba a la paleta en el Club del pueblo. Estando en la escuela recuerda que le gustaba andar debajo de los pupitres y que la infancia era un tiempo en el que se jugaba con cosas sencillas. Aprendió a nadar en la laguna del lugar, donde también pasaba tardes atrapando ranas.

Trabajó desde muy chico. Menciona que ya a los siete años cargaba las botellas en el sulky y salía a repartir leche. Su padre lo abrigaba con una frazada y le cubría los pies con bolsas de arpillera para protegerlo del frío que no resolvían sus suecos.

En la adolescencia trabajó en un taller mecánico. Señala que en su primer empleo “formal”, le pagaban un peso por semana y no conforme con ello buscó el modo de progresar y conseguir otro lugar donde la paga era mayor. “Cambié de trabajo y conseguí que me pagaran un peso por día. Recuerdo que tenía 14 años por entonces”, refiere. Y comenta que en ese taller mecánico le dieron un Ford A para que lo probara y sin saber demasiado cómo manejarlo, al ponerlo en marcha salió a gran velocidad. Hoy resulta una anécdota feliz de aquella juventud llena de expectativas. “La mecánica fue mi primer oficio, también fui lavador de autos y trabajé en la estación de servicio. Nunca me voy a olvidar que eran inviernos en los que hacía mucho frío”.

Relata que a los 16 años se fue a trabajar a Buenos Aires. La gran ciudad lo esperaba y fiel a su espíritu Orlando aprovechó ese tiempo para ganar experiencia y abrirse caminos que le sirvieron para su vida. “Hice varias cosas estando allá, trabajé en un taller de elásticos, también hice mecánica, era bueno haciendo tren delantero y en San Vicente era famoso en lo mío”.

En Colón

Más tarde vivió en la ciudad de Colón, donde estuvo durante poco más de seis años. “Me fue a buscar una hermana de mi mamá a la que yo quería mucho. Y fue en esa ciudad que conocí a mucha gente, entre ellos a Angeleri con quien más tarde iba a transitar parte de mi camino. El llevaba los libros del taller Garbi, Noé y Pre”.

En Colón conoció a su esposa, Elsa Edith García. Se casaron cuando él tenía 23 años y ella 19 recién cumplidos. Han sido compañeros inseparables desde entonces y es ella con sus 87 años quien apunta detalles a la conversación que enriquecen la charla. Tuvieron tres hijas: las mellizas María del Carmen y Luisa Beatriz; y Susana Graciela.

En una charla que intercala vivencias de lo personal y laboral, comenta con orgullo que es abuelo de ocho nietos: Manuel, Orlando Luis, Sebastián, Nicolás, Florencia, Valeria, María Fernanda y María Luisa; y bi-sabuelo de once bisnietos: Enzo, Lucas, Sol, María Luz, Pedro, Vicente, Benicio, Emilia, Alegra, Camilo y Alfonso.

Afirma que su familia ha sido su mayor proyecto y la construcción que le ha dado los mejores frutos. Disfruta de la compañía de los suyos y hoy, ya retirado de la actividad laboral, pasa su tiempo rodeado de un afecto genuino, recreando historias conocidas que lo vuelven parte de una ciudad que lo adoptó desde que llegó.

“Por mi edad yo he sido testigo de otro Pergamino, muy distinto al de hoy. Siempre cuento la anécdota de que El Refugio, ese conocido bar del Cruce de Caminos que todos conocen, tenía el techo de paja y las paredes de barro. Pocas personas recuerdan eso y muchas cuando lo comento me lo discuten. Yo paraba cada vez que iba a Buenos Aires en una moto que tenía”.

Su vida en Pergamino

Llegó a Pergamino en 1955. Aquí puso un taller propio en lo de Raimundo, donde hoy funciona la Panadería Ova, en General Paz y 25 de Mayo. “Más tarde compré un terreno, a una cuadra y media, exactamente a veinte metros de la vieja Terminal de Omnibus e instalé el salón y un galpón para el taller mecánico”, refiere.

En este punto cuenta que en Buenos Aires compró tres gatos grandes, la máquina de alinear y la de balancear y de este modo se transformó en el único en realizar esta actividad en la ciudad. “Fue una época de mucho crecimiento, les enseñé a mis hermanos y trabajamos mucho. Nos venían a traer vehículos de todos lados porque teníamos una tecnología que no estaba disponible en cualquier parte”, destaca. “Después compramos la estación de servicio y armamos la agencia de autos nuevos y usados en la zona del Cruce de Caminos”, cuenta este hombre que fue un referente en el rubro automotor y que comercializó marcas líderes en el mercado. Tuvo la agencia hasta 1994.

El automovilismo

De la mano de la mecánica, Orlando estuvo muy vinculado al automovilismo y eso le permitió abrazar otra de sus pasiones: las carreras. Recuerda los grandes premios, las anécdotas compartidas con grandes como Ninona o Dante Trotta. “El automovilismo fue mi pasión. Empecé a llevar en el taller el auto de Ninona y el de Dante Trotta. Con Dante ganamos y entramos cuartos en el Gran Premio donde corrió Ninona”, refiere recreando competencias que han escrito la historia del automovilismo.

Serían incontables todas las vivencias. En la charla Orlando relata algunas: “Corrí con Ninona la Vuelta de Tandil, en un terreno complejo. Casi nos accidentamos porque en un momento nos quedamos sin frenos. Lo más lindo es que yo era el encargado de esa revisión. Pero no sé qué ocurrió que en un momento apretaba el freno y el auto no respondía. Le pegué el grito a Ninona pidiéndole que girara porque nos matábamos cayendo por una pendiente de cien metros de profundidad. Por suerte giró y nos salvamos”. Hoy ríe contando aquellas vivencias, pero en su momento le valieron un gran susto. Ninguno suficiente como para desalentarlo en acompañar a los grandes haciendo lo que sabía: reparar vehículos y acondicionarlos para que estuvieran a punto para las competencias.

“Con Trotta estuvimos en siete grandes premios, hice muchos viajes”, agrega este hombre que se define como un amante de los fierros, hincha de Boca Juniors, un club del que es socio desde los 14 años.

En el automovilismo siempre fue fanático de las marcas de los autos que él trabajaba y fiel a esos corredores. “Ganamos en Mar del Plata, Rojas y Carlos Casares con Ford”, menciona y cuenta que en la agencia armaron un auto que Dante Trotta había comprado. “Oscar Cabalén lo corrió en Rojas y entró segundo”, recuerda.

Confiesa que le gustaba salir a probar los autos con los corredores y que al andarlos les auguraba el resultado de las carreras. “Muchas veces acertaba”, bromea, sabiendo que con los años se transformó en un conocedor de cada uno de los detalles de la mecánica de “esos fierros” que hicieron grande la historia del automovilismo local y que obtuvieron reconocimiento en otras geografías. “Tengo miles de anécdotas de haber acompañado al querido Ninona”.

Una buena vida

Retirado de la actividad, Orlando hoy disfruta de sus 91 años.  Hasta los 90 nadaba en la pileta del Parque Municipal y aunque ya no lo hace, siempre busca el modo de mantenerse activo. “Estoy bien, solo me duele un poco la cintura”, dice. Y mira a los suyos, ellos son su refugio. Sobre el final hace un balance y habla de esta ciudad donde se estableció para construir su vida.

Siente por Pergamino el cariño de quienes se saben parte de esta ciudad que les abrió las puertas para que pudieran establecerse. “Pergamino es para mí una historia muy buena. Fui el primero que traje la máquina de alinear y balancear los autos y comencé con una actividad que nadie realizaba. La gente de acá estaba enloquecida, me traían trabajos de todos lados. En un momento llegué a tener 23 empleados trabajando aquí y 14 en San Pedro donde también habíamos armado un galpón de venta, el taller para arreglar los autos y un galpón donde guardaba los usados. Todo eso hice yo con mis hermanos”, refiere cuando la charla termina y lo espera el programa de televisión que lo acompaña por las tardes y el tiempo compartido en familia, del que tanto disfruta, sabiendo que es dueño de “lindas historias” y de una vida vivida “intensamente”.

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