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Perfiles pergaminenses

Osvaldo Ricci, la sencillez de un visitador médico que amó su labor

Osvaldo Ricci, dueño de una historia de vida tan rica como sencilla. (LA OPINION) Osvaldo Ricci, dueño de una historia de vida tan rica como sencilla. (LA OPINION)

Durante más de 30 años trabajó para un laboratorio alemán en el que hizo todo su recorrido como agente de propaganda médica. Se jubiló en 2012. Antes fue empleado bancario y trabajó en la época dorada de Pergamino en el Hotel WAR. Se define como un inquieto que siempre se mostró interesado por “forjar un porvenir para los suyos”.


Osvaldo Fernando Ricci tiene 72 años, es un pergaminense que durante mucho tiempo fue agente de propaganda médica. De todas las actividades que tuvo en su vida laboral tal vez sea esa con la que más se lo identifica socialmente, puesto que era habitual cruzarlo en los pasillos de clínicas y consultorios.

Antes había sido empleado bancario y también integrado el equipo de trabajo del Hotel WAR, a poco de su inauguración y en una época de “oro” para la actividad hotelera local. Nació en Pergamino y aquí vivió toda su vida, salvo el breve lapso en el que se fue a Rosario con intenciones de estudiar Ciencias Económicas, ciudad de la que regresó un año después para abocarse a la actividad laboral.

Pasó su infancia en la casa paterna ubicada en avenida Rocha, cerca del Asilo de Jesús. Sus padres fueron Chiafedo Ricci y Blanca Di Santo, ambos oriundos del barrio Acevedo e integrantes de familias “bien tradicionales”, según sus palabras.  Su hermano, Carlos, es 10 años mayor. “Mi madre venía de una familia muy numerosa, tenía 11 hermanos y un papá ferroviario. Ella fue ama de casa. Mi papá, junto a Romagnoli, un hombre con el que eran grandes amigos, formaron la empresa de transporte urbano ‘La Amistad’, que eran los colectivos rojos”, cuenta con emoción hablando de sus orígenes. Creció en el colectivo con su padre, en un tiempo en el que los colectiveros no solo cumplían con los recorridos sino que se dedicaban a la mecánica y al mantenimiento de las unidades. Se ve a sí mismo siendo un niño sentado en un cajoncito que tenía el colectivo y comenta con ternura que el único día franco que tenía su padre, él lo acompañaba a llevar a las chicas que estaban pupilas en el Hogar de Jesús hasta la Quinta Experimental del Inta, donde pasaban el día. “Las llevábamos y al finalizar el día, las íbamos a buscar. Recuerdo que las monjas nos recompensaban llevándonos ravioles que preparaban, en agradecimiento por ese gesto solidario de mi padre de llevar a las chicas en el colectivo”.

“Me encantaba andar en el colectivo con mi padre; los recorridos iban del Gabín hasta el Cementerio y se hacía un gran esfuerzo por respetar los horarios porque en esa época no había otros medios de transporte y las chicas de las fábricas esperaban subir para llegar a horario a trabajar”, relata en una anécdota que en el reflejo de su padre marcó las rutinas de su infancia y que retrata una fotografía del Pergamino de antaño.

Creció en esa casa de avenida Rocha hasta que se mudaron a la vivienda propia que habían construido sus padres en Pedro Torres y Lorenzo Moreno.

De chico fue a la escuela del barrio, como era de uso, la Nº 6, donde hizo la escolaridad primaria. Luego, el secundario en el Colegio Comercial, del que conserva lindos recuerdos. “Egresé del secundario en 1965, hice un año de prueba en Rosario estudiando Ciencias Económicas pero me volví”, cuenta. Y recuerda que su primer trabajo al regresar fue en un estudio contable e impositivo de Luchesi. “Tenían contabilidades en Colón, una explotación agropecuaria y una mueblería, así que me tocaba viajar bastante”, refiere. Más tarde trabajó en el estudio contable de Raimundo. 

Su núcleo familiar

En 1971 Osvaldo se casó con Silvia Susana Watfi, una mujer a la que conoció en la tradicional Fiesta del Maíz, que se realizaba en el predio que actualmente ocupa el Supermercado Carrefour. Hace muchos años que comparten la vida y en el compañerismo y el amor han encontrado las claves de la permanencia en un vínculo que es el pilar de su familia. Son padres de tres hijos: María Luciana (45), casada con Alfredo Roldán; María Virginia (41), casada con Leonardo Santini; y Luis Fernando (36) que es soltero y vive en Buenos Aires. También son abuelos de Isabel, Inés, Felipe y Juana.

“Cuando nos casamos nos fuimos a vivir enfrente de la Heladería Venezia; en la casa paterna de mi señora, en un inmueble de la planta baja de esa propiedad que acondicionamos. Más tarde nos fuimos a General Paz y Libertad (hoy Estrada), en la esquina del antiguo Club Electricidad, y después gracias a un plan del Banco Ganadero donde trabajé, nos mudamos a un departamento en el que vivimos bastante tiempo. Pero como ya teníamos los chicos y comenzamos a necesitar más espacio, nos mudamos a nuestra casa del barrio General San Martín donde vivimos actualmente”.

El hotel

Durante bastante tiempo Osvaldo trabajó en el Hotel WAR. Fue casi en los comienzos de esa actividad comercial. “Yo había salido del estudio de Raimundo y en el hotel estaban mi suegro, mi hermano y primos de mi señora y me propusieron que fuera a trabajar allí. Hacíamos de todo, desde atender las cuestiones administrativas, hasta realizar el mantenimiento”.

Guarda innumerables anécdotas de esa época. “Me levantaba temprano porque había que reemplazar al conserje, y el beneficio que tenía era que a la hora que yo llegaba recibía las medialunas calentitas para el bar. Era un placer cada mañana estar allí”, relata.

“Nos ocupábamos de todo, de llevar los papeles de la administración y de preparar los lomitos en el bar. En aquel tiempo el hotel tenía expendio de combustible y lavadero de autos, cochera durante las 24 horas del día y lavadero de ropa”, recuerda.

“En la época que me tocó estar en el hotel coincidió con una época de oro de Pergamino, un tiempo en el que había mucha vida nocturna, confiterías, wiskerías, que cuando cerraban los boliches se iban al bar del hotel a terminar la noche”, menciona.

“Era un Pergamino el del día y otro el de la noche: de día había grandes fábricas como Lucini, Annan, Raies, Filus, la embotelladora ‘La Perla del Norte’, Couto, grandes emprendimientos que movilizaban la economía de la ciudad”, agrega.

“Con el tiempo el hotel se vendió y quienes lo compraron me propusieron seguir trabajando, así que estuve un tiempo más hasta que tuve la posibilidad de ingresar a trabajar en una entidad bancaria”, cuenta.

El banco

Así comenzó otra etapa. A través de un conocido que paraba en el hotel con el que había establecido una amistad, tuvo la posibilidad de entrar a trabajar en el Banco del Oeste. “Rendí un examen en Mercedes y capacitaciones en Arrecifes y comencé a trabajar en esa entidad, iniciando mi carrera como bancario. Tuve grandes compañeros y amigos. Era una época en la que no había computadoras y el trabajo que se realizaba era manual”, relata. “Estaba en la parte de otorgamiento de créditos, en la parte instrumental de los documentos”, agrega.

También trabajó en el Banco Ganadero donde se produjo una vacante. Sus funciones allí fueron diversas: “Fui cajero y después pasé a la parte de secretaría”.

“En ambas entidades aprendí mucho de las personas con las cuales trabajé, tanto empleados como jerárquicos. Siempre soy muy agradecido, porque tuve la fortuna de cruzarme con grandes personas, una de ellas fue Carrica, que estaba al lado mío en el banco, y también mi primo que estaba allí. De cada uno aprendí algo”.

Agente de propaganda médica

Siempre en la búsqueda de abrirse a nuevos horizontes, en una oportunidad observa que había una convocatoria para cubrir un puesto como agente de propaganda médica para un laboratorio alemán. Corría 1978. “Yo tengo un primo que es visitador médico; hablando con él le pregunté de qué se trataba la propuesta y me explicó que era el laboratorio Boehringer, que había creado la Buscapina, un laboratorio alemán muy serio de investigación que también se dedicaba al desarrollo de medicamentos para patologías respiratorias. Me animé a participar de la selección que se hizo en el Hotel Fenicia, fuimos 50 postulantes, nos mandaron a Buenos Aires, quedamos cinco, y pasamos a una entrevista mucho más rigurosa y finalmente quedé.

“Estuve trabajando 35 años en el mismo laboratorio hasta que me retiré en 2012”, cuenta, y reconoce que con esa decisión de presentarse y de tomar el desafío arrancó la que fue su carrera como agente de propaganda médica, una tarea que aprendió a hacer de la mano de un exigente entrenamiento brindado por el laboratorio y con la experiencia que fue ganando en el “andar”.

Valora el aprendizaje en el contacto con médicos, farmacéuticos y con los referentes del propio laboratorio que siempre los ponían a tono de los últimos avances para que pudieran desarrollar su tarea de la mejor manera posible.

Su zona de trabajo era la región. Le tocaba viajar a San Nicolás, Pergamino, San Pedro, Baradero, Salto, Arrecifes, Colón, Ramallo, Villa Ramallo, Chacabuco, Chivilcoy; y en algunas épocas Junín y Lincoln. “Me organizaba para viajar y me gustaba hacerlo.

“Siempre anduve en autos prestados, había aprendido a manejar en el colectivo de mi papá y cuando tuve que trabajar me compre un 3CV modelo 71. Me tocaba viajar a Pinzón y Carabelas por camino de tierra, con traje y corbata. Iba a visitar al doctor Lorenzo que me esperaba con el desayuno”.

Producto de su labor como visitador médico tuvo participación en la comisión directiva de la Asociación Agentes de Propaganda Médica. Más allá de cualquier rol que pueda haber cumplido, con humildad destaca el haber aprendido mucho de la tarea laboral y dirigencial de personajes señeros, entre los cuales menciona a “Cacho” Altube, a Conti y al “Vasco” Zabalza, por señalar a algunos y en ellos a todos de los que aprendió y con quienes compartió una “gran tarea”. “Cuando yo empecé a trabajar, como visitadores médicos no teníamos sede, había una oficina arriba de lo que era la Galería Pueyrredón; después se alquiló un salón frente a la Plaza 9 de Julio por Azcuénaga; y más tarde se compró con otras comisiones el terreno en calle Rivadavia para armar la sede con ayuda del gremio de Buenos Aires”, describe para resaltar el crecimiento que con el transcurso de los años fue adquiriendo la actividad que abrazó con pasión y compromiso.

La jubilación y una nueva etapa

Reconoce que le costó retirarse del trabajo. Fue en 2012. “Cuando me jubilé había empezado con la comercialización de instrumental quirúrgico a través de un amigo de Junín, pero al tiempo dejé y ya no tuve actividad laboral.

“A mí la jubilación me cayó mal, porque significó un cambio muy grande. Hoy tengo una rutina sencilla. Me gusta ver deporte y compartir tiempo en familia, porque es cierto que trabajando en esta actividad es mucho el tiempo que uno le resta a los afectos. Yo tuve la fortuna de tener una esposa que se puso la casa al hombro y me acompañó en todo”, remarca.

Lo que más extraña es el contacto con la gente y esa fidelidad de clientes incondicionales con los cuales siempre se sintió muy a gusto en la tarea que realizó.

Respecto del deporte cuenta que siempre le gustaron el automovilismo y las motos, y asistía con su primo a las carreras. También fue un seguidor del basquetbol y en las épocas de oro iba a ver los partidos con su esposa y amigos. Además le gustaba jugar al tenis, a la pelota a paleta y hacer ciclismo. “De chico la única actividad era jugar al fútbol, en la plaza o algún baldío, así que siempre tuve contacto con el deporte”. Hoy su gran pasión son sus hijos y sus nietos. Los disfruta a pleno. Y así en esa sencillez de la vida cotidiana imagina su vejez. Extraña el andar y se siente con ganas de seguir haciendo cosas. De hecho las hace en ritmos más tranquilos. “Nunca pensé vivir tantos años, pero me llevo bien con la vida”, afirma sobre el final, en el mismo momento que la charla se va en anécdotas y referencias al arte, la música y afectos, esas cosas simples que colman su vida.

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