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Perfiles pergaminenses

Pedro “el Negro” Illia, con la paz de quien ha sabido vivir plenamente

Pedro Ernesto Illia hizo un recorrido por su rica historia de vida. (LA OPINION) Pedro Ernesto Illia hizo un recorrido por su rica historia de vida. (LA OPINION)

Su Perfil Pergaminense está colmado de las anécdotas que solo se cosechan con “el buen vivir”. En el umbral de los 80 está conectado a sus afectos. Su historia es la de alguien que tomó desafíos y asumió riesgos valiéndose de su personalidad y el optimismo como armas para transitar un camino en que no faltaron los sinsabores pero ganaron las satisfacciones.


Su casa en la Ciudad Deportiva del Club Sirio Libanés es su lugar en el mundo. Ese universo en el que se siente a gusto, tanto como disfruta del contacto con la familia y los amigos -hoy menguado en cuarentena-. Se llama Pedro Ernesto Illia, pero todos lo conocen por su apodo: “el Negro”. Se reconoce en él. “Si me dicen Pedro, quizás ni me doy vuelta a mirar”, comenta, apenas se inicia la charla.

Recibe la entrevista con unas anotaciones hechas de puño y letra que sirven como un “ayuda memoria” que en realidad no utiliza, porque cada anécdota de su vida está presente en él y es relatada con la precisión de los buenos conversadores. Le gusta el diálogo franco, es excelente anfitrión y el cocinero del encuentro con los suyos. Se hizo en la calle, y en ella, gracias a su trabajo y a su personalidad, se nutrió de las mayores enseñanzas y de los mejores amigos. Sabe vivir y lo ha hecho plenamente. El 2 de junio cumplirá 80 años. No los representa más que en la templanza que da el paso del tiempo. “Me siento como de 18 años”, confiesa. Y esa vitalidad define su presente.

De aquí a allá

“Nací el 2 de junio de 1940 en Pergamino y viví mi infancia en el campo, donde estuve hasta los 14 años”, relata. Sus padres fueron Juan Carlos Illia y Soledad Prado. Tiene una hermana, Soledad, dos años menor. Cuenta que sus papás cobijaron desde pequeños a sus primos Isabel y Pedro, hijos de “Pepe”, el hermano de su padre. “Pedro falleció hace unos años e Isabel es como mi segunda hermana”.

Sus progenitores eran trabajadores rurales, por lo que la niñez transcurrió allí donde a ellos los convocaba la tarea.  “Trabajaban en el campo de Don Jaime Remolins en el Paraje Santa Rosa; yo fui a la Escuela N°36. Luego estuvimos en la Estancia ‘La Blanqueada’, donde mi madre era cocinera. Allí fui al colegio del Paraje Buena Vista que me quedaba a dos leguas, así que llegaba a caballo. Tenía dos horas para ir y dos horas para volver”, refiere y su relato es casi una postal de aquel tiempo. Terminó sexto grado en un colegio de Carabelas como pupilo. “Cuando volví mis padres se habían trasladado al campo ‘La Esperanza’. Fue entonces que comencé a trabajar de mensual de campo con mi padre”.

“A los 14 años los primos de mi papá, Ernesto y ‘Morocho’, que eran hermanos de Arturo Illia, lo trajeron a Pergamino y le hicieron comprar un reparto de vino. Con el dinero que ganó comenzó a hacerse la casa en avenida Julio A. Roca 2020 (hoy Rodríguez Jáuregui, territorio con impronta Illia). Un día sacó ‘la grande’ de la lotería y con el premio -que fueron 80 mil pesos- pudo terminar la casa”, cuenta.

Con Ernesto Illia trabajó en Casa Casal y aprendió muchas cosas. “El me enseñó a escribir a máquina, me mandó a una academia y esos conocimientos me sirvieron para ingresar a trabajar en el Correo, donde fui mensajero, cartero y teletipista”, señala, destacando la particularidad de su tarea en un momento en el que la correspondencia era el principal medio de comunicación entre las personas y para muchas actividades de la vida social y productiva de entonces. “Los telegramas se transmitían desde acá a Buenos Aires y Rosario, era una tarea linda la que hacía. Lo mismo que la de ser cartero”, comenta. Más tarde trabajó en Teléfonos del Estado, tres horas a la noche.

Un cambio de rumbo

Como a muchos de su generación, le tocó hacer el Servicio Militar en San Nicolás, lo que puso su vida laboral entre paréntesis durante algún tiempo. “Hugo Apesteguía vivía a media cuadra de donde yo estaba, así que nos veíamos a diario”, menciona.

“Un tiempo después, ya en Pergamino, él me convoca para trabajar en el rubro asegurador. Yo tenía mis trabajos y no estaba seguro de aceptar. Pero un día fuimos al campo a hacer algunas pólizas y me convencí. Al principio no entendía nada, era Hugo el que hablaba. Después me enamoré de esa actividad y me volqué de lleno al rubro”.

“Siempre recuerdo que Hugo me dijo: ‘Yo voy a ganar plata y vos vas a ganar plata conmigo’. Nunca le pregunté cuánto iba a ganar, solo comenzamos a transitar juntos un camino. Y aprendí mucho de él. Es una persona extraordinaria”, resalta. Con el tiempo aquella aventura se transformó en una sociedad que conformaron Apesteguía, Illia y Luis Gandolfi. Pero sobre todo, se convirtió en una amistad que trascendió lo laboral y enlazó afectivamente a sus familias por venir.

“Con Hugo al principio armamos una oficina en su casa particular y después nos fuimos a una oficina en calle Julio A. Roca y Merced. Más tarde la compañía para la que estábamos trabajando, ‘La Agrícola’, compró la esquina de San Nicolás y Avenida y nos instalamos donde hoy está el Complejo, luego de que Apesteguía les comprara la parte y comenzáramos a trabajar con varias compañías formando un emprendimiento grande”, relata en una cronología colmada de anécdotas.

Confiesa que de la mano de esa actividad comercial descubrió una pasión: “Todos los días había un problema nuevo que había que solucionar. Yo estaba encargado de la parte de siniestros, así que había gente que me quería y otra que no, pero me encantaba lo que hacía”.

“Años más tarde Hugo nos asoció a Canal 4 y también a la Sociedad Agropecuaria y Ganadera ‘Los Boyeros S.A.’ y yo me dedicaba a la atención de esa sociedad”, agrega. “Hoy, aunque ya estoy jubilado sigo trabajando en el rubro de seguros con una excelente persona que es Germán Genz, con quien comparto esta actividad que me apasiona”, refiere.

Las anécdotas con Don Arturo

En otro tramo de la charla habla de sus vivencias con Don Arturo Illia. “Mi padre y él eran primos hermanos. Conservo muchos recuerdos de él, que cuando venía a Pergamino iba a mi casa y mi madre le hacía ravioles caseros que le encantaban”.

“Yo muchas veces lo sacaba a pasear en auto y lo traía a la Ciudad Deportiva, donde le presentaba a algunos amigos, y como teníamos un campo frente al Aeroclub íbamos y comíamos unos chorizos que preparaba la gente que trabajaba con nosotros. Era una persona extraordinaria Don Arturo, dueño de esa humildad que cuenta la historia”, reflexiona.

Su universo íntimo

Hace 29 años Pedro está casado con Evelyn Amigó, con quien tiene un hijo, Juan Cruz, que estudia y trabaja y está de novio con María Dolores Chavero. De su primer matrimonio es padre de tres hijos: Silvio, que se dedica a la actividad agropecuaria y está casado con Ana Julia Jacquelin; Andrea que trabaja en Télam y está casada con Luis Nóbili; y Rita está casada con Frank Barenbrug y está radicada en España, donde tiene un emprendimiento. Es abuelo de siete nietos: Matías, Agustina. Solcito, Victorio, Martina, Lola y Lisa.

Le gusta compartir tiempo en familia y con amigos. Su esposa trabaja en el Hospital San José, y él ya no tiene un horario laboral establecido. “Nos conocimos trabajando en la compañía de seguros y armamos una buena vida juntos. Es una muy buena consejera y una excelente madre”, afirma.

Su lugar

Pedro ama el lugar en el que vive, disfruta del verde y siempre está buscando cosas para hacer. También le gusta caminar y andar en bicicleta.  “Este lugar es mi vida”, afirma, mirando hacia uno de los ventanales desde los cuales se ve el campo de golf. Practica ese deporte desde los 50 años. “Mi hijo Silvio fue golfista profesional y Juan Cruz fue elegido Deportista del Año por esta disciplina; juega muy bien. Hemos seguido juntos este camino”, refiere y destaca del golf el respeto a las reglas y los valores que se transmiten. “Eso es muy bueno para la gente joven, son valores muy importantes. El golf es una actividad en la que se cosechan grandes enseñanzas y muy buenos amigos”.

Cultor de la amistad

Como sucede en las buenas conversaciones, un tema acerca otro. Pedro rinde culto a la amistad. Disfruta del tiempo compartido. Desde hace más de 50 años tiene una peña. La excusa es juntarse a comer, pero el verdadero sentido es el encuentro. “Originalmente nos reuníamos los martes en la casa de Adba. Después esa peña fue en la casa de Hugo Apesteguía y allí Sergio Contino y yo oficiábamos de cocineros. Más tarde se pasó a los viernes en la casa de Carlos Sacoski”.

Es conocido por la calidad de sus carnes asadas, sus bifes a la criolla y la salsa para las pastas. “Néstor Cortasa siempre me pide el tuco para los ravioles que logré sacar más o menos parecido al que hacía mi mamá”, agrega, conocedor de la buena comida y del buen vino.

Cuando la conversación lo lleva por los senderos de la amistad, Pedro habla en varias oportunidades de Hugo Apesteguía con infinita gratitud y lo define como “un gran amigo”.

“Nos une una amistad de años. Es una persona de mucha palabra”. Lo dice con emoción, como habla de las cosas intangibles que resultan fundamentales.

Un apasionado del deporte

El golf no es el único deporte que ha practicado. Hasta los 33 años fue jugador de fútbol. “Me inicié en las divisiones inferiores del Club Argentino; luego pasé a Racing Club y más tarde jugué en Paraná de San Nicolás. Después volví a Racing y tuve la suerte de ser parte del equipo que salió campeón en el año 1963”.

“Fue inolvidable y sucedió en un tiempo en el que mucha gente iba a la cancha. Salimos campeones invictos, fue histórico”, resalta este hombre que también jugó en El Socorro y en Tráfico’s, donde finalizó su carrera deportiva que fue fructífera.

“Además me dediqué a la equitación en Sirio, participé de algunos torneos; jugué al tenis con mis hijos; y después ya me volqué de lleno al golf y tuve la posibilidad de viajar a Estados Unidos con amigos para jugar”.

En su juventud, de la mano de Hugo Apesteguía incursionó en el automovilismo. “Más que por deporte, por aventura”, señala. Y cuenta: “Fue cuando se corría en el Turismo 27, Hugo había comprado un auto, la mecánica la había hecho Cordich y corrimos en Acevedo. Yo fui como acompañante. Estábamos por largar, en el medio, aceleramos y cuando todos salieron nuestro auto quedó parado en el mismo lugar. Hugo se había olvidado de poner el cambio. Nos pasaron todos. De golpe, nos metimos en un zanjón, había mucha tierra y no veíamos nada. Yo me bajé pero no sabía de mecánica. Hugo me decía que era el borne de la batería. Se solucionó sin que yo tuviera que hacer nada. Pero la gente creyó que lo habíamos arreglado y cuando arrancamos de nuevo nos aplaudían. La del automovilismo fue una de las grandes aventuras que vivimos juntos”.

A mano con la vida

En el umbral de los 80, “el Negro” Illia confiesa que se lleva bien con el paso del tiempo. Quizás porque no tiene asignaturas pendientes. “Solo me doy cuenta de la edad que tengo cuando mis hijos no me dejan hacer algunas cosas”, bromea. Pero se deja cuidar, porque se deja querer bien. Le gusta mucho viajar y lo hace con frecuencia, lo que le da la posibilidad no solo de conocer muchos lugares sino de conectarse con experiencias que enriquecen. Quienes lo conocen lo definen como “un tipo inquieto y cabeza dura por naturaleza”, además de tenaz para conseguir todo lo que se propone. Despliega una sonrisa cuando ese comentario aparece en la charla. Sabe que en esa impronta está su esencia, esa que le permite celebrar que la vida transcurra sin más aspiraciones que seguir disfrutando del presente teniendo siempre una mirada optimista respecto del futuro y agradeciendo, por tanto.