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Perfiles pergaminenses

Pedro Torrecillas, la historia de un ferroviario que lleva esa condición y las vivencias de su oficio en el alma

Pedro Torrecillas, en la intimidad de su hogar, haciendo un recorrido por su historia de ferroviario. (LA OPINION) Pedro Torrecillas, en la intimidad de su hogar, haciendo un recorrido por su historia de ferroviario. (LA OPINION)

Durante 41 años su vida pasó por el Ferrocarril Mitre, donde llegó a ser encargado general. Aquel histórico galpón de máquinas fue la geografía de largas jornadas. Siempre hizo de la capacitación una bandera y vivió con dolor el día en que los trenes dejaron de andar y llegó el despido. Siguió adelante guardando en el corazón lo aprendido.


Pedro Antonio Torrecillas observa la transformación que se está haciendo en el viejo galpón de máquinas del predio el Ferrocarril y se ilusiona con un futuro promisorio y un resurgir de ese lugar que albergará a la cultura. Ese espacio tiene mucho que ver con su historia de vida porque durante más de 40 años fue ferroviario, una condición que no se abandona nunca y un oficio que se lleva siempre en el corazón. Cuando cerraron el Ferrocarril era encargado general, una función a la que había llegado fruto de haber dedicado todos sus años de carrera a conocer el alma de los trenes.

Hoy tiene 84 años, sin que se noten, y una memoria prodigiosa. Cuando la entrevista lo convoca a relatar las anécdotas de su vida, la cultura del trabajo y el amor por la familia aparecen como atributos que lo definen.

Nació en Pergamino y creció en el barrio Acevedo, en calle Maipú 360. Sus padres fueron Pedro Torrecillas e Irene Lizzi. Su papá ferroviario, guarda del Ferrocarril Mitre;  y su mamá, ama de casa. Sus hermanos se llamaban Ismael y Oscar.  De su infancia guarda hermosos recuerdos: “Fui a la Escuela N° 4 hasta sexto grado y crecí en un barrio en el que había muchos chicos, así que jugábamos al fútbol en la calle con una pelota de trapo”. Cuenta que siendo adolecente jugó al fútbol en el Club Tráfico’s.

Primeros pasos en Berini

Relata que teniendo 14 años comenzó a trabajar en Berini, en la esquina de Lagos y San Nicolás. Conserva el carnet que le dieron en aquella fábrica a la que ingresó como aprendiz. “Estuve allí hasta el año 1952, tuve grandes compañeros”.

Refiere que allí se construían las primeras máquinas de juntar maíz de tres surcos tiradas con tractor y los elementos de mata yuyos. “Nos enseñaban muchas cosas, allí se aprendía a soldar, salías sabiendo un oficio”, destaca, recordando que la dinámica de trabajo era por producción: “A la mañana había una chapa colgada en la pared en la que a cada uno se le indicaba con un prefijo la tarea que tenía asignada. Al terminar el turno, cada uno rendía cuenta de lo que había realizado y se marcaba el horario de salida. Cuando alguien no rendía, lo llamaban a la oficina, le pagaban por la tarea y se terminaba la historia en la fábrica”, agrega, resaltando que eran tiempos en los que existía “otra cultura” y disciplina para el trabajo.

Después de aquella experiencia laboral ingresó al Ferrocarril Mitre también como aprendiz. Tenía casi 16 años. “Entré un 2 de abril y mi cumpleaños es el 6”, precisa. Confiesa que ese empleo significó algo así como “sacarse la lotería”, ya que su sueldo en la fábrica era de 90 pesos y en el ferrocarril percibía 250”. Para un chico como yo era mucho dinero”, explica.

Su historia en el ferrocarril comenzó a escribirse lentamente, con dedicación: “Cuando yo entré había un encargado que era italiano, de apellido Longarini; el capataz era Pablo Troncaro; y trabajaban muchas personas conocidas del mundo del fútbol como César Carlotto, Braulio De Jesús, Tamaro, Chiesa, todos jugadores de Douglas”. En este punto acerca a la charla algo que alguna vez le dijeron: que el Club Douglas había tenido su semilla inicial en una de las construcciones de aquel pujante ferrocarril.

“Junto a Rubén Díaz, un compañero que ingresó el mismo día que yo, empecé como aprendiz, hice tornería, fui mecánico; después fui capataz, luego encargado de turno y después encargado general”, describe y señala que cuando se cumplían cuatro años de aprendizaje el ferrocarril promovía al personal. “Al principio se conservaba el modelo que habían dejado los ingleses, había mucha disciplina y respeto. Eso con el tiempo se fue perdiendo”.

La ciudad en torno al tren

Todo lo que cuenta de su lugar de trabajo tiene que ver con un Pergamino muy distinto al actual. “La vida de la ciudad giraba en torno a la estación. En un turno salían 15 ó 16 trenes entre las formaciones de pasajeros y de carga. El movimiento era incesante y en los alrededores de la estación funcionaban todas las pensiones e históricos hoteles”, menciona. Y prosigue: “Acá bajaban los pasajeros que venían de Buenos Aires y cambiaban de tren; algunos tomaban la formación que iba a Río Cuarto y otros en el ramal Villa Constitución”.

Como la palma de la mano

Conoce cada uno de los secretos de la actividad ferroviaria. Y con el paso del tiempo tiene una mirada clara respecto de las cosas que se hicieron bien y mal para que finalmente la actividad ferroviaria tuviera el destino que tuvo.

“Podría decir que conozco el ferrocarril como la palma de la mano porque pasé la mitad de mi vida en ese viejo galpón de máquinas en el que trabajé durante 41 años hasta que nos echaron cuando los trenes dejaron de andar”, reflexiona. El cierre del ferrocarril marcó no solo su historia personal sino la de muchos. Eso ocurrió cuando Pedro era el encargado general del sector mecánica.

Asegura que haberse abocado al trabajo en un sector tan específico de la actividad fue una elección marcada por su vocación por la mecánica. “A los cuatro años de haber ingresado, nos mandaron a especializarnos a un taller cerca de Rosario. Eso me obligó a mudarme a esa ciudad donde estuve dos años”, sostiene, señalando que finalizada esa capacitación le tocó hacer el Servicio Militar. “Al regresar me nombraron mecánico y me trasladaron a Villa María, donde estuve durante un año hasta que pude regresar a Pergamino”.

La dedicación al saber

Fue testigo y protagonista de importantes cambios: “En un momento los ascensos dejaron de otorgarse por antigüedad y pasaron a ser por mérito tras rendir un examen”, precisa.

Junto a un grupo de compañeros formaron una escuela para promover la formación. “Funcionábamos en un lugar que nos prestaba La Fraternidad. Ahí aprendimos el funcionamiento de las máquinas a vapor y más tarde el de las máquinas diésel”, comenta. Y continúa: “Me acuerdo que le pagábamos a un profesor de Pergamino que nos daba clases de noche. Después me mandaron a hacer un curso a Buenos Aires donde estuve un año”.

Asegura que ese empuje de varios de sus compañeros por la capacitación fue el motor para la conformación de ese grupo de juventud que se interesaba en conocer. “Eso causaba cierto malestar en algunos de los más grandes. Y era entendible”, reconoce con una mirada retrospectiva de lo que fue una de las tantas luchas que hubo que dar en aquellos tiempos.

La capacitación fue un eje de su historia: “Siempre pensé que cuando uno aspira a ocupar un lugar como el de encargado general al que llegué, debe estar preparado y saber para estar a la altura del desafío y no pasar vergüenza”.

El cierre del ferrocarril

Recuerda con pena las instancias vividas a causa del cierre del ferrocarril. “Estando de encargado tuve que darle el despido a gente grande. Fue doloroso, algunos lloraban porque no tenían otra cosa para hacer y no se podían jubilar”, y un día fue a él a quien le llegó la carta de despido.

“Cuando alguien se retiraba o se jubilaba le hacíamos una despedida. Pero cuando nos tocó a nosotros no había quién nos pudiera agasajar porque era el ferrocarril el que dejaba de existir. Eso deja una huella”, reflexiona y reconoce que durante años pasar y ver abandonado el viejo galón “era como ver abandonada una parte de mi ser”.

“Sinceramente nunca pensé que lo iban a reparar como lo están haciendo ahora. Eso me alienta a pensar que quizás haya un futuro diferente que rescate y conserve en la memoria colectiva un lugar tan caro a la historia de la actividad ferroviaria del país y de Pergamino”, agrega.

Otro camino laboral

A la par de su trabajo como ferroviario durante muchos años Pedro tuvo actividad laboral en una mutual que funcionaba en calle San Nicolás al 300. “Eso me permitió seguir adelante cuando cerró el ferrocarril”, comenta. Trabajó allí hasta que se jubiló teniendo 64 años.

Confiesa que le resultó dificultoso retirarse. Sin embargo, se adaptó e invirtió su tiempo en ponerse a tono con el manejo de la tecnología como reaseguro de su autonomía.

Su generación ha vivido las enormes transformaciones de la vida moderna y lo destaca: “De chico veía cocinar a mi mamá con un brasero a carbón y hoy se usa el microondas. Todo el progreso pasó delante de nosotros. De ir a Mar del Plata y tener cuatro horas de demora para hablar por teléfono, a manejar el celular que supera en sus funciones a cualquiera de las cosas que pudimos haber visto en alguna película años atrás”.

Su familia

Pedro está casado con María Esther Lansellota, una mujer a la que conoció cuando tenía 18 años y con la que comparte su vida desde entonces. “Un día pasé por la puerta de su casa y la vi. El perro que tenía me ladró. Fue así que nos miramos por primera vez. Esa misma noche fui a un baile y la encontré. Comenzamos a hablar, nos pusimos de novios y seis años después nos casamos”, relata. Juntos construyeron una familia sostenida en los pilares del amor y los valores compartidos.

“Tenemos tres hijos: Sandra Beatriz que es docente jubilada y vive en Pergamino; Marcelo Fabián, que se dedica al rubro de las máquinas de coser industriales y tiene una empresa en Buenos Aires; y Héctor Pedro que es médico, está casado con Alejandra Allende y viven en Villa Gesell. También tres nietas: Camila, María Sol y Mía, una de cada uno de mis hijos”. Su esposa está jubilada y fue inspectora de Educación en la rama de adultos. “Siempre trabajamos a la par. Y a fuerza de mucho sacrificio logramos forjarnos un porvenir”, refiere Pedro y agradece a la vida por su familia.

Su universo afectivo se completa con muchos amigos, entre ellos un grupo de matrimonios que se conformó en el Club Banco Provincia y perdura desde entonces.

Fiel a su esencia se lleva bien con el paso del tiempo y lo único que lamenta es no haber viajado a Europa cuando hubiera podido hacerlo por “esperar el momento ideal”. Por lo demás está a mano con la vida y ha conseguido sortear pruebas difíciles e irremediables pérdidas de las que habla con dolor. Se refiere a la muerte de sus hermanos, uno de ellos en trágicas circunstancias; y al fallecimiento temprano de su madre cuando él tenía 18 años: “Desde ese día me alimento solo y eso me ha enseñado muchas cosas: a ser precavido y a nunca dar un paso más largo para tener problemas”.

Alma de ferroviario

Es un hombre que ha sabido reinventarse. Y nada de lo que dice tiene un tono grandilocuente. Por el contrario, habla sin estridencias. Y más allá de cualquier idea romántica, por convicción sabe que si volviera a nacer, volvería a ser ferroviario. “He querido mucho al ferrocarril. No sé si alguna vez se deja de ser ferroviario”, concluye en un tono reflexivo. Ese que surge de la honestidad con la que una conversación le abre paso al recorrido por una historia de vida personal que de algún modo es parte de una historia colectiva por lo que el ferrocarril significó para este pueblo.