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Perfiles pergaminenses

Raúl Fontana: raíces, tradiciones y compromiso con valores irrenunciables

Raúl Fontana, un hombre dedicado al campo y un cultor de la tradición. (LA OPINION) Raúl Fontana, un hombre dedicado al campo y un cultor de la tradición. (LA OPINION)

Vivió gran parte de su vida en el campo y trabaja en el ámbito rural conservando costumbres aprendidas de los suyos. Es tradicionalista y participa de la comisión directiva y la vida institucional del Fortín Pergamino. Su testimonio refleja dedicación al trabajo, la familia y al hobby de realizar artesanías criollas solo por el  placer de preservar la historia.


Raúl Edgardo Fontana nació en Pergamino el 3 de octubre de 1956. Su familia vivía en el campo y como se acostumbraba en aquel tiempo, su madre, Gladi Costes, se instaló en la ciudad, en la casa de una de sus tías, para aguardar el momento del nacimiento. Así ocurrió. Enseguida volvieron al campo ubicado entre Acevedo y Guerrico donde Raúl transcurrió su infancia. Su papá fue Celestino Raúl y falleció a los 71 años. Su madre vive y con 86 años se maneja de forma independiente en la localidad de Acevedo donde habita. Tiene una hermana menor llamada Marcela que nació cuando él tenía 11 años.  Raúl hace este relato en el que habla de su familia de origen cuando comienza la entrevista para trazar su “Perfil Pergaminense”. La charla sucede en la intimidad de la cocina de su casa, mate de por medio. La conversación tiene la calidez de los recuerdos de su niñez y el apego a sus raíces. “Tuve una linda infancia en el campo. En nuestra época no había Jardín de Infantes, por lo que el primer desprendimiento de la casa fue para ir a la Escuela Primaria”.

Cursó hasta sexto grado en la Escuela Nº 20 de Guerrico. “Fueron seis años de muchas experiencias y aprendizajes, mi hermana también fue a esa escuela y más tarde mis hijos”.

Finalizados sus estudios primarios, estuvo tres años pupilo en una institución educativa de la ciudad de Colón y más tarde terminó la secundaria en el Colegio Industrial. Su formación técnica coincidió con la vocación por las tareas manuales. “De chico me gustaban los inventos y los fierros, así que me llevé muy bien con la educación técnica que recibí, aunque no tanto con los libros”, bromea.

Recuerda las épocas de estudiante en las que viajaba en “el viejo Tirsa” y cuenta que como se había habilitado el comedor en la escuela, las jornadas se volvían de escolaridad completa. “Yo salía del campo a las 6:30, tomaba el colectivo en la ruta, llegaba a Pergamino, iba a la escuela y salíamos pasadas las 18:00. Regresaba y algunos días me quedaba en la casa de mis abuelos en Acevedo”, relata.

 

El campo

Al egresar lo esperaba el campo y siguió ese camino aprendido de sus padres. “Me gustaba el campo, estaba cómodo, tuve la posibilidad de seguir estudiando, pero opté por trabajar. Siempre estuve predispuesto a realizar tareas de campo y me gustaban mucho los animales, fundamentalmente los caballos, montar es un hobby que heredé de mi padre”, confiesa. Menciona que a su progenitor le gustaba mucho andar a caballo y se vinculó con esa actividad asociada al tradicionalismo. “A lo largo de nuestra historia familiar tuvimos muchos caballos, son animales muy nobles, yo tenía uno que era muy bueno, pero a todos los animales que tuvimos los quisimos mucho”, refiere abriendo paso a relatos que tienen que ver con una actividad que lo vincula a esos animales y que felizmente comparte con los suyos en un pasaje por esa “pasión” que se va dando naturalmente de generación en generación.

Habla de su trabajo en el ámbito rural y ese relato se ensambla con la vida familiar: “Mi padre había empezado a trabajar como encargado de un campo que estaba al lado del lugar en el que me crié. Ahí crecí, desde ahí estudié y cuando mi papá se jubiló, yo me casé y me fui a vivir al mismo lugar, donde más tarde crecieron mis hijos. Estuvimos cuarenta años en ese campo”.

También menciona que de chico le gustaba pasar tiempo con sus abuelos maternos, Francisco y María Elena. “Me daban todos los gustos y cada quince días venían a Pergamino para hacer las compras, recuerdo que íbamos a Pinto entre 9 de Julio y Merced, donde mi abuelo compraba el vino”.

 

La familia y los afectos entrañables

Conoció a su esposa Miriam Paganelli en un baile en la localidad de Acevedo. “Ella era nativa de la zona de Manantiales”, cuenta y mira a su compañera que presencia la conversación atentamente. “Nos conocimos y no nos separamos nunca más. Estuvimos seis años de novios y llevamos 35 de casados”. Ella tenía 14 años cuando se conocieron y él 19. “Nuestra boda fue en Pergamino, en 1982. Nos casó Ariel Busso que era de Guerrico y era amigo de la familia”.

Luego de contraer matrimonio se fueron a vivir al mismo lugar en el que Raúl se había criado. “Mi padre me dio lugar y yo quedé trabajando ese campo y también hacía otros trabajos como contratista rural”.

Los hijos llegaron pronto. Natalia (34) nació en 1984, Carina (32) en 1986 y Matías (30) en 1987. “Ellos crecieron en el campo y tienen los mejores recuerdos de su infancia. Nos agradecen siempre el hecho de haber vivido en un ambiente rural”.

Habla con orgullo de su familia: “Natalia se formó en la agroindustria de la alimentación;  está casada con Mariano Villeta. Carina es ingeniera en tecnología de los alimentos y está casada con Augusto Mora y Matías se especializó en Administración Agropecuaria y está casado con Evangelina Negri. Todos estudiaron en Rosario y pudieron desarrollarse profesionalmente”.

Es abuelo de Vicente (5) y Celestino (siete meses) y asegura que con los nietos se tiene “una relación muy especial”. También se refiere a su esposa con profundo amor y señala que ha sido y es “una incondicional compañera de vida”.

Al hablar de los afectos, Raúl también destaca el valor de los amigos de la vida, muchos de los cuales se los debe a su vida de campo. “De chico no tenía mucha relación con Pergamino, nuestra vida transcurría en el campo. Cuando llegaban los viernes estábamos atentos para enterarnos dónde se organizaba algún baile.

“En el campo se establece una amistad verdadera, hay amigos vecinos que son invalorables. Si uno no estaba en su casa, estaba en la de algún vecino, solo bastaba cruzar el campo a caballo para sentirse en familia”, comenta.

 

El amor por sus padres

Valora la relación con sus padres. Siente que su papá se fue sin asignaturas pendientes. “Mi padre y yo tuvimos buena relación, hice todo por él y fue una excelente persona. Cuando falleció sentí el dolor de la pérdida, pero sentí que lo había cuidado hasta el último minuto, eso genera mucha paz. Con mi madre tengo un vínculo cercano, ella vive en Acevedo así que muchos mediodías disfruto de comer con ella”.

 

El camino, acompañado

En la actualidad Raúl trabaja con su hijo en distintos campos y en la misma geografía en la que pasó gran parte de su vida. “Conservamos parte del campo paterno y también hacemos trabajos como contratistas tanto en siembra como en cosecha. Me siento muy bien haciendo lo que me gusta. Cuando estoy en Pergamino ‘rajo’ para el campo, es como si allí estuviera el nido”.

 

Su casa, en Pergamino

Desde hace varios años vive en la ciudad. Se establecieron cuando sus hijos requirieron de un régimen de escolaridad diferente al que podía brindarles la zona rural. “Cuando los chicos crecieron quisimos que estuvieran en la ciudad, nos vinimos buscando para ellos el mejor porvenir”.

Al principio vivían en un departamento arriba de la casa de sus suegros, mientras construyendo su casa. El lugar en el que viven era un baldío. Hoy es su hogar. Es un espacio que tiene la calidez de la vida compartida y el valor de lo “hecho con esfuerzo”.

“Muchas de las cosas que hay aquí las hice con mis propias manos, la escalera de madera, el revestimiento de algunas columnas”, refiere y asegura que con la carpintería se lleva “bastante bien”.

 

Hacer con las manos

Se define como un apasionado de las manualidades y es un autodidacta. “No sé si es herencia, mi padre se daba mucha maña para todo. Soy igual, cuando tengo que hacer algo, lo hago con placer”.

Con 61 años está en plena actividad y con muchas ganas. “Si tuviera que sentarme acá estaría tranquilo y tendría cómo canalizar el tiempo, pero elijo trabajar”. Se muestra reticente a hablar de la vejez. “No pienso en ella, prefiero vivir el presente y mientras pueda andar, hacerlo;  después Dios dirá”.

 

El Fortín y los desfiles

Tiene participación institucional en el Fortín Pergamino, entidad en la que forma parte de la comisión directiva. “Cuando llegué a Pergamino me vinculé con la institución porque siempre estuve cerca del tradicionalismo. Después se apegó mi hijo y toda la familia”.

Los suyos viven cada desfile del que participan como una fiesta. “Tengo la fortuna de que mis hijos y ahora mi nieto siguieron el camino. Nunca les impuse el amor por los caballos, ellos solo me vieron. Yo aprendí a andar a caballo y a amar a esos animales, viendo a mi padre. Nadie me lo impuso y yo elegí esa actividad. Lo mismo pasó con mis hijos”, señala orgulloso. Asimismo, afirma que su mujer ha sido “un pilar fundamental”.

Desfilan en fechas clave como el Día de la Tradición en Pergamino y después participan en eventos de distintas localidades. “Tratamos de ir en familia y acompañados por la familia del Fortín”.

Su pertenencia al Fortín le dio la posibilidad de llegar a la pista de Palermo. Lo cuenta con satisfacción: “El Fortín había ido a Tandil a clasificar como agrupación. Eramos doce personas; yo había sido elegido con un apero, clasificamos y un amigo me convocó a participar en forma individual, en categoría de pasadores. Recuerdo que me puso el número y cuando quise acordar estaba en la pista con el recado de mi padre. No imaginaba clasificar, pero lo logré y así me di el gusto de entrar a Palermo, donde obtuve una mención. Fue en 2015 y también entramos con el Fortín como agrupación. Yo no iba a ganar, el estar ahí con el recado que mi padre había hecho con tanto sacrificio ya era un triunfo enorme. No tenía precio estar ahí. Me vine con una cucarda por la mención que obtuve y fue una gran experiencia”.

 

Su taller

Le gusta hacer platería criolla y otras artesanías con tiento. Comparto ese hobby con su hijo y en su casa hay un espacio destinado a esa actividad. “No es algo que realice con un fin de lucro, sino por el placer mismo de hacerlo y para seguir manteniendo la tradición”, resalta. Eso lo inspira. “La platería criolla representa mucho más que un objeto, implica leer mucho, para no equivocarse Todo tiene un sentido y una identidad”, asegura, recorriendo la geografía de su taller, donde pasa parte de su tiempo libre.

 

Las raíces

Sobre el final de la entrevista, mirando fotos, con su tono sencillo reflexiona sobre lo esencial. “Soy muy apegado a las raíces porque crecí en familia. Ese es el mayor legado que puedo enseñarles a mis hijos: el respeto, la cultura del trabajo y a que sean buenas personas. Es lo que aprendí de mis padres y también de mis suegros Nelly y Eladio, a transitar el camino con valores muy fuertes”, concluye, fiel a su impronta.