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Perfiles pergaminenses

Raúl Maza, un gran hacedor de buenos helados, siempre atento a las necesidades de la ciudad

Raúl Maza, un empresario comprometido con la ciudad. (LA OPINION) Raúl Maza, un empresario comprometido con la ciudad. (LA OPINION)

Adquirió la Heladería “La Fe” en 1971 y honró la historia que ya tenía ese comercio que es parte de la identidad pergaminense. Antes trabajó en Annan. De la mano del helado se abrió camino en nuevos emprendimientos como la fábrica de dulce de leche. Tomaron la posta sus hijos, a los que acompaña con el saber de un inquieto empresario y dirigente.


Decir el nombre de Pedro Raúl Maza es hablar de un empresario pergaminense y de inmediato referir al compromiso puesto al servicio no solo de su emprendimiento comercial sino de la ciudad y sus necesidades. Es decir “Heladería La Fe” y evocar los múltiples proyectos que a lo largo de los años fueron escribiendo una historia que es parte misma de la identidad pergaminense. Hoy tiene 78 años y ha dejado la posta a sus hijos. Sin embargo, algo en él, que tiene que ver con la experiencia y el conocimiento pleno del que ha sido su oficio de heladero, perdura y se transmite. También su perfil dirigencial permanece y lo trasciende en la rica tarea realizada.

Cuenta que nació en Pujol, un paraje rural ubicado cerca de la localidad de La Violeta, en un núcleo familiar conformado por su madre, Antonia Hirsch; su padre Pedro Maza y su hermana Alicia, cinco años mayor que él y fallecida hace tres años. “Mi mamá era ama de casa, mi padre trabajaba una chacra y luego trabajó en la Cooperativa de Pavimentación, donde se jubiló”, relata.

Hizo la primaria en la Escuela N°35 y guarda de su infancia los mejores recuerdos. “Para llegar al colegio con mi hermana caminábamos un kilómetro, vivíamos en el medio del campo y era lindo”, señala y con orgullo que en el año 1992 lo eligieron padrino de esa institución.

Para que pudiera seguir estudiando, sus padres compraron una casa frente al Colegio Nacional. “Empecé el secundario en el Comercial, pero abandoné”.

“En aquel tiempo la premisa era muy clara: estudiar o trabajar. Y yo me incliné por el trabajo”, reconoce. Su primer empleo fue en la Heladería “La Fe”, por entonces propiedad del que más tarde fue su suegro: Antonio Duzdevich.

“Siempre me acuerdo que yo andaba en bicicleta con uno de mis primos, José Manuel Bouvier, y estábamos en la casa de mi tío Cayetano Maza en Guerrico cuando mi mamá me fue a avisar que tenía que empezar a trabajar en la heladería. Era un 24 de diciembre de 1956. Comencé a servir helados en el mostrador, en un tiempo en que había ocho gustos. Después de esa experiencia me fui a trabajar al Bar de la Terminal donde duré 20 días”.

La fábrica Annan de Pergamino

Como su hermana trabajaba en la fábrica Annan, Raúl tuvo la posibilidad de ingresar allí cuando tenía 17 años.  Trabajó durante 11 años. “Fue una gran experiencia porque era un lugar donde te daban la posibilidad de aprender, principalmente administración que siempre me gustó. Trabajando allí me casé y construí mi casa. Era una época en la que se podía progresar. El contador de la fábrica era Horacio Escobar, también trabajaba Pablo Buncuga, un gran compañero. Como yo era un excelente alumno de contabilidad, Escobar me convocó para trabajar en su oficina que funcionaba en el primer piso de la fábrica. Hasta entonces yo estaba en facturación y desde ese momento me incorporé al equipo contable”, relata.

Cuando surgió la Ley de Promoción Industrial en Tucumán le ofrecieron establecerse como gerente administrativo en esa provincia. Tenía 26 años, su familia conformada y tomó el desafío junto a Carlos Giamarco, Juan Carlos Atia y Héctor Mírcoli.

“Estuve tres años en Tucumán, pero realmente no nos fue bien, porque no había nadie que supiera lo que era una máquina de coser, casi funcionábamos como una escuela”, comenta.

Comprar la heladería

Evaluando la posibilidad de regresar a Pergamino surgió la idea de comprarle a su suegro la Heladería “La Fe”. “Fui a hablar con el gerente del Banco Nación para pedir un crédito. Como la heladería era de mi suegro y había una cuestión familiar de por medio, yo quería que todo lo concerniente a la compra estuviera muy claro. Recuerdo que me facilitaron en el banco el 33 por ciento de lo que necesitaba para adquirirla”.

Tomó la decisión de comprarla un mes de enero de 1971 y en agosto de ese mismo año regresó de Tucumán para hacerse cargo. Annan de Pergamino le hizo una buena compensación económica cuando se retiró de la fábrica y con ese dinero acondicionó el local. “Mi gratitud hacia la familia Annan es infinita. Me quisieron como a un hijo más”, refiere.

Sobre un pilar sólido

En aquella primera experiencia laboral en la heladería había conocido a la que es su esposa Elisabet Duzdevich, por entonces la hija del dueño. “Fue amor a primera vista”, afirma Raúl cuando recuerda el momento en que se miraron por primera vez. Siendo muy chicos se pusieron de novios y años después se casaron. Hace 54 años que contrajeron matrimonio y 60 que se conocen. El apoyo de ella ha sido y es incondicional. “Siempre hicimos juntos el esfuerzo de llevar adelante nuestra familia a la par de la heladería. Me acuerdo que al principio hacíamos los helados de palito uno por uno y siempre coincidimos en buscar el modo de innovar. Así fue que nacieron los postres que por aquellos años no existían en los restaurantes y todo lo que fue haciendo de La Fe un sello con la impronta de nuestra familia”.

Raúl y Eli tienen tres hijos y son abuelos: Silvina (52) madre de Julián (14); Alejandro (50), padre de Candelaria (26), Nicolás (23), Francisco (20) y Malena (11); y Mariano, padre de Martina (15), Valentín (12) y Agustín (4).

En varios momentos de la entrevista resalta que su familia es el gran pilar de su vida. Su hija vive en Cipolletti y trabaja en Anses y sus hijos han tomado la posta en la empresa familiar. “En el año 1991 resolví hacer una sociedad anónima para independizar la familia de la actividad laboral. Y hace un tiempo, cuando la salud comenzó a pasarme algunas facturas, sentí que era momento de retirarme y pasarles la posta a los chicos que son enamorados de este oficio y trabajan con mucho profesionalismo”.

Un gran hacedor

A lo largo de los años y a pesar de que “La Fe” ya era una marca que podría haberle dado cierta tranquilidad por la buena respuesta del público, fiel a su espíritu emprendedor Raúl Maza siempre fue por más. Y convirtió la marca en un sello de identidad pergaminense y diversificó la actividad marcando historia. Producto del esfuerzo y la dedicación nacieron el buffet de helados, el autoservicio que era una modalidad novedosa en su época. También tuvo “Yogurt Time” y el Auto Helados en el Cruce de caminos, un emprendimiento que tomó de una idea en Córdoba e implementó en la ciudad. Con el tiempo llegaron las franquicias y otros proyectos. “Tuvimos una fábrica de chocolates y la fábrica de dulce de leche”, añade.

“Cuando cerró la empresa que nos vendía el dulce de leche fue mi hijo Alejandro el que me entusiasmó para que empezáramos a elaborarlo nosotros. Como él estudió Ingeniería en Alimentos en Luján tenía la posibilidad de ir al laboratorio técnico y asesorarse sobre el proceso. Empezamos a diseñar la idea y a hacerlo. Al principio alquilábamos las instalaciones de la fábrica ‘La Juninense’ y después armamos nuestra propia planta”, comenta y menciona que en un principio habían establecido una sociedad con Raúl Rossi que luego se disolvió, aunque resalta que la leche para la elaboración del dulce la siguen comprando en el tambo de Rossi por el cuidado de la sanidad animal que tienen y la calidad de la leche que producen.

Raúl resalta que todo lo que hizo siempre fue con el gran apoyo de su familia. “Con el tiempo se incorporó Mariano, que había vivido en Neuquén; los chicos trabajan con mucho compromiso, eso me deja tranquilo”, destaca. Y agrega: “Hoy la empresa está a nombre de mis hijos. Yo me operé del corazón el 21 de mayo y eso marcó una bisagra”.

Con una mirada retrospectiva deposita en su familia el agradecimiento infinito: “Les he robado mucho tiempo y siempre recibí de ellos el acompañamiento incondicional”.

Nunca olvida cuando la temporada de los helados era breve y para sortear los inviernos se dedicaba a elaborar churros y chocolate, con la ayuda de su “viejo”. Siempre fue un emprendedor. Perfeccionista por naturaleza, siempre imagina lo mejor y siente que hoy es tiempo de acompañar a los hijos y disfrutar de los amigos de siempre.

Apasionado de las cosas

Amante del automovilismo, fue uno de los impulsores de la creación del circuito “Tití Sticconi”, en una aventura que emprendió junto a Matijacevich, Gallo, los hermanos Selva y “un grupo lindo y gente que nos apoyó”.

Además tuvo participación activa en la Cámara de Comercio e Industria de Pergamino, entidad a la que llegó en el año 1972 por convocatoria de Pedro Courtial (padre) y donde conoció a “luchadores que hicieron del trabajo una bandera”.

“La Cámara funcionaba en calle 11 de Septiembre y San Nicolás. Allí estaban Roque Trotta, Raúl Miguel, Enrique Pujals y tantos otros, gente grande de la que aprendí mucho”, agrega este hombre que ocupó la vicepresidencia y luego la presidencia de la entidad durante seis años.

“En el año 1985 junto con la Municipalidad hicimos la prueba piloto de la Peatonal”, recuerda definiéndose como un empresario y dirigente que siempre empleó su tiempo en indagar en aquellas cosas que le hacían falta a la ciudad.

Considera que el atributo de la transparencia es el secreto de la dirigencia bien entendida. En la charla menciona cuando fue vicepresidente de la Cooperadora de la Escuela N° 2 a la que iban sus hijos y recuerda las gestiones realizadas para conseguir mejoras: “Se hundieron los pisos y con ‘el Negro’ Vidueira hicimos toda la movida para hacer lo que hoy es la escuela nueva. Carlos Mosca nos dio una mano importante”.

La gratitud

Lo invade una profunda gratitud cuando habla de sus clientes y de lo que la Heladería “La Fe” representa para Pergamino. Cualquiera sabe que es un emblema de la ciudad. Y eso es la consecuencia del trabajo y la dedicación.

“La vigencia tiene que ver con haber priorizado siempre la calidad del producto, utilizando buena materia prima, tecnología de última generación y trabajando con responsabilidad”, opina.

Se considera junto a sus hijos “un enamorado de la creación de sabores” y eso también ha contribuido a forjar el destino de esta empresa. Lo demás lo hizo el trabajo y la disposición permanente a ser solidarios. “La solidaridad siempre ocupa un lugar porque es un modo de devolverle a la ciudad lo que nos da desde hace tantos años”, destaca, recordando cuando al cumplir 75 años la heladería realizaron una importante actividad solidaria: “Recorrimos los 24 comedores escolares que nos había autorizado el Consejo Escolar, ofrecíamos un show de malabares a los chicos y les regalábamos un helado”.

Volver al origen

Sobre el final, vuelve sobre lo esencial cuando menciona que guarda el recorte del Diario de la inauguración de aquella heladería a la que su creadora, doña Carmen Defrieri en el año 1942, le puso “La Fe” en el convencimiento de que era un emprendimiento que “iba a andar bien”.

“Ella trajo la primera máquina para hacer helados de Estados Unidos. Fue una visionaria. Y eligió el nombre porque sentía que era algo que iba a funcionar”, rescata. El trabajo de la familia de su esposa primero y el de su propia familia después honraron ese origen. Y el tiempo confirmó aquel presentimiento inicial: en la tradicional esquina de San Nicolás y Castelli, “La Fe” era una empresa destinada a andar bien.