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Perfiles pergaminenses

Raúl Oscar Arosa: un ferroviario de alma y fotógrafo por vocación

Raúl Arosa, en su casa del “barrio Trocha” recreó sus vivencias de ferroviario. (LA OPINION) Raúl Arosa, en su casa del “barrio Trocha” recreó sus vivencias de ferroviario. (LA OPINION)

Trabajó en el Ferrocarril Mitre en la época de oro de la actividad y guarda de su trayectoria laboral los mejores recuerdos. En paralelo se dedicó a la fotografía social, lo que le permitió conocer a mucha gente y ganar clientes fieles. Hoy ya retirado recrea sus vivencias en un perfil apegado a los afectos de la familia y a su “Manuel Ocampo” entrañable.


Raúl Oscar Arosa es un jubilado ferroviario y un fotógrafo ya retirado de la actividad laboral que vive en el “barrio Trocha”, un lugar de la ciudad que históricamente reunió a las familias que estaban vinculadas al “tren”. Nació en la provincia de Santa Fe y fue un “nómade” porque como su padre se dedicaba al ferrocarril, iban de estación en estación afincando la vida familiar y desarrollándola hasta que llegaba el próximo traslado. Naturalizó esa condición y guarda de cada pueblito en el que estuvo los mejores recuerdos. Traza su “Perfil Pergaminense” en una entrevista que se realiza en su casa del “barrio Trocha”, un lugar de la ciudad asociado a las raíces ferroviarias. Está acompañado por su esposa y su perrito “Lolo”. Se sienta en la cabecera de la mesa de un comedor diario y allí se dispone a un diálogo que lo lleva por el camino de la infancia, de la juventud, que le permite hacer un recorrido por vivencias, logros, sueños y anhelos. Acepta con la amabilidad de las personas mayores. Es respetuoso y cálido en sus apreciaciones. Lo primero que cuenta es que su padre Benigno fue ferroviario. También menciona que sus tíos se dedicaron a esa actividad que marcó generaciones. Tiene 76 años y nació en Santa Isabel, provincia de Santa Fe. “Mi padre era ferroviario y vivían en Rastreador Fournier, un pueblo en el que no había nada para poder atender un parto”, relata y refiere: “Fui nómade porque como buen hijo de ferroviario viví en los lugares donde trabajaba mi padre”.

Fue el único hijo que tuvieron sus padres: Benigno Arosa, de nacionalidad española; y Rosa Casas.

“De Rastreador Fournier pasamos a Elortondo, luego a Arroyo del Medio, un pueblo de 150 habitantes donde hice cuarto, quinto y sexto grado”. Más tarde se radicaron en Manuel Ocampo. “Empecé el secundario en el Colegio Nacional, viajábamos en el Tren Colegial, que se llamaba así porque llevaba estudiantes de todos lados”.

Considera que Manuel Ocampo fue su “pueblo” porque estuvieron siete años seguidos. Allí hizo amigos y vivió los mejores años de su juventud. “A Ocampo lo llevo en el alma porque pasé ahí los mejores años de la juventud, la época de los bailes, las tertulias, los encuentros en el club, la biblioteca y las cosas lindas de la amistad”.

Cursó el secundario hasta tercer año y después abandonó porque no le gustaba el estudio. “A pesar de que soy un asiduo lector, en aquella época, quizás porque era chico, la cabeza se me había dado vuelta y no me daba cuenta de la importancia que tenía estudiar”. Compensó lo que no le dio la escuela con el desarrollo de su avidez por la lectura. Le gusta estar informado y disfruta de los programas de entretenimiento que ponen a prueba el saber. También le gusta el deporte. Es hincha de River Plate y aunque no se considera bueno para la práctica deportiva, comenta que de chico jugó al fútbol “en los porteros”.

En Pergamino armó su familia

Raúl se estableció en Pergamino con su familia siendo muy joven. A su padre lo habían trasladado a Capitán Sarmiento, pero nunca vivieron en esa localidad. Se afincaron en la casa donde él actualmente vive en el corazón del “Trocha”.

Se casó con Graciela, su novia de la juventud. “Yo vine de Ocampo teniendo 17 años y al año de estar acá nos pusimos de novios. Nos conocimos en un asalto de esos que se organizaban en casa de vecinos, bailamos y comenzamos a salir. Tiempo después nos casamos, hace ya 56 años”, menciona y bromea: “Ella me conoció y no me pudo dejar más.

“Nos casamos el 4 de marzo de 1962 después de estar un año y medio de novios”, agrega.

Los acompaña la complicidad que da el transcurso del tiempo. Habla de su esposa con respeto y valora la familia que conformaron. Toda su casa está vestida con fotos de momentos compartidos con los suyos. Asegura que son su principal tesoro y se muestra orgulloso del núcleo que conforma su universo.

“Tuvimos dos hijas: Claudia (55) y Daniela (51). Ambas son docentes, la mayor está jubilada y la menor aún está en actividad. Las dos están casadas, Claudia con Mauricio Sánchez, ingeniero agrónomo. Son papás de Gastón Manuel, ingeniero agrónomo casado con Ana Laura Baroni que es médica y tienen a Guadalupe nuestra primera bisnieta. El otro nieto es Joaquín, profesor de música universitario y está próximo a recibirse de profesor de Inglés; está casado con Laura Andriolo, diseñadora de indumentaria y viven en Rosario. Nuestra hija Daniela está casada con Julio Bareiro, que se dedica a la construcción. Tienen dos hijos: Brunella que es esteticista y está de novio con Marcos Miranda; e Ignacio que trabaja con su padre, y es el ‘benjamín de la familia”, describe, reconociendo que disfruta mucho de seguir de cerca el paso de los suyos, ver a sus nietos consolidarse y ser felices en lo que hacen.

Ferroviario de ley

Ingresó a trabajar en el Ferrocarril Mitre en octubre de 1960. “Mi primera tarea fue como mensajero en la oficina de Telégrafo. Dos meses después, teniendo 18 años fui a tomar servicio y el telegrafista que estaba de turno me avisó que me mandaban a llamar de la oficina administrativa. Me presenté ante el jefe de personal que me informó que como era dactilógrafo me iban a tomar un examen, rendí, aprobé y desde ese momento, de 7:00 a 14:00, trabajé en la oficina de Personal. Tenía que ir de saco y corbata, viví con ese atuendo treinta años”.

Confiesa que amó la vida de ferroviario. “Fui elogiado por todos los jefes, algo que para mí fue un honor.

“Luego de la histórica huelga ferroviaria que duró veinte días, y tras el retiro de muchos empleados me cambiaron la función. Fui ascendiendo y llegué a ser encargado de mesa. Cuando se levantó parte del tráfico, pasé a Comercial, ahí estuve tres años, llevaba todo el arrendamiento de viviendas del ramal San Nicolás”, relata. Y menciona que en esa nueva tarea que le habían asignado viajaba por pueblos vecinos. “En cada estación conocí gente extraordinaria; se peleaban para invitarme a almorzar. Una señora que sabía que tenía hijas chicas me trajo una perrita pequinés de regalo.

“Cuando levantaron la oficina de Comercial, me pasaron al desvío de vagones donde se había producido una vacante de fichista. Ahí también encontré muy buena gente, me costó el cambio, pero me desempeñé siempre como administrativo y terminé mi carrera ferroviaria realizando tareas administrativas. Lamentablemente me tuve que jubilar por invalidez a causa de una artrosis a los 51 años”.

La fotografía

En paralelo a su labor como ferroviario, se dedicó a la fotografía. Fue un autodidacta que desde chico le gustó andar con la máquina fotográfica colgada al cuello. Todo comenzó con la mención que obtuvo en un concurso fotográfico impulsado por el Ferrocarril. “Recuerdo que tomé la foto de un cambio en el Ferrocarril y se lo llevé a Don Chavero un fotógrafo que estaba en calle Luzuriaga. Cuando la vio me dijo que me tenía que volcar profesionalmente a la fotografía porque me veía una visión bárbara.

“Agarré la foto, la ensobré, la mandé a la gerencia del ferrocarril y a los pocos meses me llegó una mención por ese trabajo. Eso me impulsó a comenzar. Me inscribí en un curso, compré mi primer equipo y me lancé a la fotografía, una tarea que me dio enormes satisfacciones.

“Trabajé como fotógrafo social durante treinta años, saqué fotos en muchas escuelas, casamientos y cumpleaños. Tenía una clientela excelente”, refiere y cuenta que dejó esta tarea al cumplir los 60 años debido a los fuertes dolores de espalda que le aquejaban.

Refiere que durante 22 años fue fotógrafo en la Escuela Nº 62 y en el Jardín de Infantes Nº 908 y señala que ha sacado fotos en “todas las escuelas de la redonda”. “En una época tuve tres personas para hacer el reparto.

“Siempre recuerdo que mi padre que ya era mayor no entendía por qué había gastado dinero en un equipo de fotografía y con el tiempo, para que se entretuviera, lo tomé de empleado”, cuenta, indicando que era su papá quien se ocupaba de seleccionar las fotografías para ordenar su reparto.

Se retiró del oficio cuando surgieron las primeras cámaras digitales y los teléfonos que permitían tomar fotografías. “Reconozco que fui un fotógrafo ‘carero’ sin embargo he tenido entre mis clientes a familias distinguidas y siempre me pagaron muy bien mi trabajo”.

En lo personal fue el fotógrafo oficial de “su familia” y cuenta con orgullo que en virtud de esta tarea “casi nunca” sale él en las fotos.

Un hombre de rutinas sencillas

Tiene una manera de mirar aprendida de su oficio. Le gustan los detalles y las pequeñas cosas. No extraña la tarea, hoy tiene una rutina de vida más relajada. Su salud lo obliga a “estar un poco quieto”. Pero en la intimidad de su casa “hago todo lo que está al alcance de mis manos.

“Hoy llevo una vida sedentaria al máximo, aunque siempre fui muy activo, mi esposa tenía la peluquería y yo me encargaba de pintar y empapelar la casa, de mantener el patio. Hoy esas rutinas se han simplificado mucho. Ya hicimos cortar varias plantas porque eran difíciles de mantener. Hago lo que puedo y voy haciendo lo que está a mi alcance”.

Otro pasatiempo del que disfrutó a lo largo de su vida fue el de viajar. Tuvo la fortuna de conocer casi toda la geografía Argentina y los países limítrofes. “Hoy ya no viajamos tanto porque a mí me cuesta un poco caminar, pero hemos andado mucho”.

Afirma convencido que no tiene asignaturas pendientes con la vida y  aunque se lleva bien con la idea del transcurso del tiempo, reconoce que le cuesta asumir la vejez. “Lamento que la vida pase tan rápido, después de los 60, los años volaron.

“Siempre les digo a los jóvenes: ‘aprovechen que todo pasa muy rápido; vivan que es muy lindo’”.

Un poco de nostalgia

Lleva al ferrocarril en el alma. Lo confiesa sobre el final. “El único que siguió los pasos de mi padre y de mis tíos fui yo y me gustó mucho mi trabajo. Siento nostalgia por el ferrocarril”. Su apreciación se condice con la de tantos ferroviarios que llevan las rutinas del tren grabadas a fuego, como esas tareas que aunque uno no ejerza más, jamás quedan fuera de la vida.

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