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Perfiles pergaminenses

Raúl Sinelli: un exponente del automovilismo que construyó su trayectoria sobre la base del trabajo

Raúl Sinelli compartió con LA OPINION vivencias de su época como piloto. (RAUL SINELLI) Raúl Sinelli compartió con LA OPINION vivencias de su época como piloto. (RAUL SINELLI)

Corrió en el Turismo Carretera y tuvo la fortuna de ganar en dos oportunidades. en lo personal tiene una historia de vida rica que supo conjugar la pasión por el deporte con el cultivo a afectos verdaderos. Su relato tiene que ver con la épica que recreaban aquellos corredores que hacían enormes sacrificios para alcanzar la meta.


Raúl Horacio Sinelli es conocido por su trayectoria deportiva en el automovilismo y parte de una generación en la que esa actividad guardaba la mística de lo artesanal y el privilegio de ser protagonista de grandes hazañas que hicieron historia.

Hoy tiene 62 años y acepta trazar su Perfil Pergaminense para hablar de las anécdotas cosechadas en su trayectoria, pero también para narrar aspectos de su historia de vida. Creció en Urquiza. Su papá fue Alberto Sinelli, un agricultor. Y su mamá es Lidia Dicriscio, que aún vive en el pueblo. Tiene un hermano mayor, Eduardo. Cuando habla de su niñez recrea los aprendizajes que le dejó su paso por la Escuela N° 15. “No aprendí a compartir porque en mi tiempo no había Jardín de Infantes”, bromea.

Hizo el secundario en Pergamino. Fue un año al Comercial y los otros tres los hizo en el Nacional. “Me hubiera gustado ir al Industrial, pero viajaba todos los días y era difícil hacer coincidir los horarios del colectivo con los del colegio”.

Su primera experiencia laboral fue en Alfredo Sinelli S.A., la concesionaria de maquinaria agrícola de su tío. Trabajó allí hasta que le tocó hacer el Servicio Militar en plena dictadura. “Fui parte de la primera clase que hizo el servicio a los 18 años. Estuve catorce meses bajo bandera, un tiempo en Bahía Blanca y el resto en Buenos Aires”, menciona y reconoce que guarda recuerdos fuertes de esa época. “Uno era un poco inocente a esa edad y más viniendo de un pueblo y sin mucha formación política. No teníamos conciencia de que estábamos haciendo el servicio en plena dictadura militar. Fue algo feo, al terminar estuvimos de reserva en el conflicto por el Canal de Beagle y por suerte todo quedó allí”.

Una historia casi fortuita

Siendo joven comenzó a escribirse otro capítulo de su vida. Ese que lo iba a llevar a trascender como piloto de automovilismo, algo que aún hoy confiesa “impensado”.

“Urquiza y Pergamino se conocían por Juan Carlos y ‘Caíto’ Iglesias porque para el primer Turismo Carretera que ellos corrieron, el auto se preparó en Urquiza en el taller de los hermanos Solmi. Mi padre me llevaba a algunas carreras y en mi tiempo libre yo iba al taller y me generaba mucha curiosidad ver cómo se armaban los autos. Allá por 1980 Eduardo Solmi empezó a preparar los autos de las categorías zonales y yo iba al taller. Un día vino a probar al excircuito Trincavelli y Oscar Signore había tenido que viajar, así que me invitaron a que me subiera al auto para dar unas vueltas y ese Raúl Sinelli: un exponente del automovilismo que construyó su trayectoria sobre la base del trabajo fue mi inicio, casi sin saber dónde estaba sentado. Era un auto de la Fórmula 2 Bonaerense”. “Al transcurrir las vueltas, me fue gustando, lo comenté en mi casa y no gustó mucho la idea. Pero, con la complicidad de Eduardo Solmi compramos un chasis de Fórmula 2 Bonaerense, él armó un motor y así fue como debuté en el automovilismo y corrí algunas carreras en la zona”.

Comenzó a correr teniendo 25 años. Y a los 42 ganó su primera carrera de Turismo Carretera. Su debut fue en una carrera en Arrecifes, iniciada la década del 80. “En el año 1982 y 1983 corrí algunas carreras de la Fórmula Bonaerense. Después el mismo equipo de Solmi Competición preparaba autos de la Fórmula Renault Nacional, donde corría Oscar Pereyra, Eduardo Drivet, Rossi de Rosario y Buceta de Mar del Plata. Un día terminé subiéndome a un auto de esos y corrí tres temporadas en esa categoría muy linda y formadora”.

“Fue una especie de escuela, era una categoría en la que los pilotos realmente aprendíamos mucho”, agrega en un relato que matiza con anécdotas y referencias que hablan de la historia del automovilismo y que a la vez habilitan reflexiones sobre el presente: “Hoy los chicos desde muy chicos están arriba de un karting o acceden a simuladores por lo que el acercamiento al automovilismo y sus secretos se les hace más fácil. En nuestra época, todo era a lo criollo”. Dueño de una extensa trayectoria, desde 1988 a 1990 corrió a nivel nacional en la Monomarca Sierra, que era la Clase Cuatro de Turismo Nacional. “Ahí gané varias carreras y peleé el campeonato con el equipo Solmi Competición y con un auto de una empresa de Buenos Aires que Gastón Clement me había prestado”.

La Auto Peña

Relata que en el año 1991 varias personas se unieron para conformar un grupo que le dio un fuerte impulso al automovilismo y a su carrera. “Eduardo Solmi con la Auto Peña Ciudad de Pergamino, con José Salema a la cabeza, y todos los integrantes compraron un auto de Turismo Carretera. Con esa decisión se inició una nueva etapa de mi carrera deportiva”, señala y comenta: “Para ingresar al TC había que comprar un auto por la licencia, recuerdo que se lo compraron a Gerardo Del Campo y en abril de 1991 debutamos, previo a rendir una prueba en una carrera de autódromo. De quince pilotos quedamos siete. Y como condición de ingreso teníamos que correr tres carreras de autódromo hasta poder correr en ruta”.

Llegar a esa categoría fue sin dudas la mayor satisfacción de la carrera. “Conocí esa categoría desde muy chico cuando mi padre me llevaba a algunas carreras de cupecitas”, recrea recordando cada aventura que significó la competencia. “Se corría en la ruta y en autódromos”.

A la par que habla de su experiencia, también se conmueve con las pérdidas. “Hubo accidentes históricos como el que le costó la vida a Roberto Mouras o al ‘Pato’ Morresi, un tipo muy generoso, siempre dispuesto a brindarme un consejo. Fueron cosas que me tocaron muy de cerca”.

Corrió en el TC hasta el año 2002 y después por invitación hasta septiembre de 2007 y lo hizo en diferentes equipos, de los cuales guarda entrañables recuerdos.

La anhelada victoria

El primer puesto llegó el 29 de octubre de 2000 en el Autódromo de 9 de Julio. El segundo triunfo, el 4 de noviembre de 2001 en el Autódromo de Buenos Aires, en la Catedral del Automovilismo. Ambas carreras, con el equipo de Alifraco Sport/Jeluz.

En su haber cuenta con 195 carreras de Turismo Carretera. Y su trayectoria es rica y valorada. El retiro llegó cuando en lo personal sintió que había cumplido una etapa.
Reconoce que el destino lo fue sorprendiendo porque jamás se había imaginado como piloto. “En lo deportivo me gustaba el fútbol y de hecho íbamos de Urquiza a jugar al Club Provincial. Todo lo demás nunca pensé que me iba a pasar. Nunca imaginé que por probar aquel auto terminaría corriendo en el Turismo Carretera, que es la categoría número uno del país y encima pude ganar, que no es nada fácil”.

“Haber logrado esos triunfos fue lo máximo, miro las estadísticas y estar en esa lista privilegiada me llena de orgullo. No hay nada en lo deportivo que se iguale con la posibilidad de haber ganado en la catedral del automovilismo. No puedo pedir más”, expresa.

Una épica

Reconoce que la llegada y permanencia en esa categoría implicó no pocos sacrificios. Su relato tiene la particularidad de la precisión y la mística. “Toda la gente de la Auto Peña Ciudad de Pergamino se esforzaba para conseguir sponsors, todos trabajábamos en nuestra actividad particular y llegábamos al taller a la noche y nos quedábamos hasta cualquier hora. Cuando llegaba el momento de correr, cargábamos el auto en un tráiler y partíamos manejando nosotros el colectivo. Era todo artesanal, hacíamos de mecánicos, cocinábamos. Hoy todo cambió y los equipos son muy profesionales”, señala.

De su época rescata los aprendizajes. Tantas horas compartidas y tantos kilómetros transitaron le enseñaron a conocer a la gente. También le mostraron el valor del esfuerzo. “El automovilismo me cansó abajo del auto, no arriba. Viajar, buscar sponsors, vivir los sinsabores son cosas que sopesaron y un día fue momento de poner todo en la balanza. Cuando uno corre se olvida de todas esas cosas, pero cuando la carrera termina, las preocupaciones vuelven”, confiesa.

En la charla recrea la adrenalina que se siente cuando se encienden los motores, cuando largando en una determinada posición parece imposible llegar al podio, pero luego sucede. “Siempre me acuerdo cuando largué en el segundo puesto en Buenos Aires en una carrera final y en la primera curva ya estaba primero. En un momento pensé tengo cincuenta que me quieren pasar y todavía faltan 25 vueltas. Son esos segundos de lucidez, después te olvidás de todo y solo acelerás”. Señala que en el automovilismo se cosechan grandes amigos y también se aprende a saber “quién es quién”.

Gratitud

Siente una profunda gratitud hacia quienes hicieron posible aquellas hazañas. Recuerda las cenas que se organizaban para 1.200 personas para reunir fondos.

En el plano de lo afectivo menciona para resaltar a un integrante de la Peña, “Tony” Abud, que trabajaba en la Cooperativa Eléctrica: “Fue conmigo a las primeras 130 carreras que corrí. Lamentablemente tuvo un accidente fatal y su muerte nos tocó a todos muy de cerca porque era un gran emprendedor”.

También hace referencia a quienes fueron sus acompañantes, cuando el TC se corría con un copiloto, entre ellos José Salema, Juan Carlos Gallo, Jorge Iglesias, Eugenio Cadell, Mariela Solmi. Y rescata el aporte de todos los que posibilitan que un corredor haga lo suyo: “El automovilismo tiene mucha gente anónima que trabaja y que pone mucho dinero y dedicación, uno se lleva los laureles, pero hay que reconocer eso porque sin eso no se podría hacer nada”.

La familia

En el momento de retirarse priorizó su familia. Está casado con Mariela Capdevila con quien tiene dos hijos: Mateo (24) y Julián (22). Ambos estudiaron en el Colegio Industrial donde egresaron como técnicos electromecánicos. Julián siguió con la mecánica y Mateo se volcó al turismo y está terminando su carrera en Rosario.

Su núcleo familiar es su pilar. “Hoy cosechamos el fruto de lo que hemos construido, nuestros hijos son lo más importante que tenemos”, reflexiona este hombre que actualmente compatibiliza su vida familiar con sus rutinas laborales. “Cuando me casé trabajé con mi suegro en Capdevila Distribuciones y hace catorce años que estoy ligado a la empresa CumMotors, concesionario oficial de los motores Cummins en Pergamino y la zona”.

En lo deportivo, se define como espectador y sigue de cerca el desempeño de Alfonso Domenech, a quien define como “un excelente piloto con enorme futuro, del que estoy cerca para darle una mano en lo que puedo”.

Sobre el final trae a la conversación el recuerdo de su padre. “A pesar de que siempre me decía que no me iba a poder acompañar a una carrera porque tenía que hacer cosas en el campo, era el primero en subirse al auto o a la casa rodante cuando llegaba el momento de viajar. Hace doce años que me falta, pero me pudo acompañar en lo mejor que pudimos hacer”, refiere con una voz que deja traducir la emoción.

Hoy, siendo padre, reconoce los miedos que deben haber sentido los suyos cuando decidió correr. “Se sufre un poco desde abajo. Mi hijo Julián incursionó en el karting y corrió varias carreras. Ahora entiendo a mis viejos. Algunas cosas solo se comprenden cuando sos padre”, concluye con una apreciación que muestra la escala de valores con la que se puede tener una visión del automovilismo y de la vida.

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