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Perfiles pergaminenses

Ricardo Biglieri: la confluencia del campo y la narrativa para tejer una rica historia de vida

Ricardo Biglieri, en la redacción de LA OPINION. (LA OPINION) Ricardo Biglieri, en la redacción de LA OPINION. (LA OPINION)

Se dedicó a la agricultura y la cría de cerdos de pedigree. Hace diez años enviudó y la literatura fue un soporte para sobrellevar la pérdida. Editó dos libros y obtuvo premios. Hoy sus anhelos tienen que ver con el bienestar de sus nietas. Con 85 años, lee, comparte tiempo con amigos y tiene una nutrida actividad en las redes sociales.


Ricardo Raúl Biglieri nació en Pergamino el 12 de septiembre de 1933 y a sus 85 años hace un recorrido por su historia de vida en un relato rico en anécdotas. Dedicado desde siempre a la agricultura, tuvo cabaña de cerdos y todo su hacer laboral giró en torno al campo. Sus padres fueron Juan José Biglieri y Antonieta Marelli. Tiene dos hermanos: Beatriz Lucía y Ernesto Juan. “De chico viví en el campo, en la zona de La Vanguardia, me crié allí y desarrollé en ese lugar buena parte de mi vida”, cuenta en el comienzo de la entrevista este hombre a quien muchos lo llaman por los apodos: “El inglés”, “Richard” o “Purre”. El se reconoce en cualquiera de ellos. Es un conversador inteligente y tiene la mesura que dan los años para sus apreciaciones sobre cuestiones de la actualidad. Amante de la lectura y de las buenas historias, sabe contarlas.

Refiere que hizo hasta cuarto grado en la Escuela Nº 30 de La Vanguardia, ese era el último nivel disponible en el establecimiento y luego, para completar sexto grado, fue instruido en forma particular por una maestra Yolanda Selva-ggio, a quien le pagaban el sueldo diez padres. “Las clases se brindaban en el domicilio rural de la familia Giuffrida”, relata destacando el esfuerzo mancomunado de las familias por priorizar la educación de sus hijos. La ruralidad se vivía por entonces en toda su expresión.  Con lo que aprendía en las clases particulares que recibía en un cuarto de barro, rindió libre quinto y sexto grados en la Escuela Nº 1 de Pergamino y gracias a los conocimientos adquiridos en ese tiempo de su formación, consiguió rendir el examen de ingreso al secundario que cursó hasta tercer año en el Colegio Normal. “Me presenté a rendir, era un ‘gringuito del campo’ al que todos miraban como ‘sapo de otro pozo’, pero me fue muy bien en el examen; quedé primero entre los 120 postulantes que nos habíamos presentado para ingresar”, refiere y comenta que el cupo disponible era para 80 alumnos. “Llegué hasta tercer año y egresé como bachiller elemental”.

Aunque tenía vocación de maestro, el destino lo llevó por otros senderos: “Hubo una época, allá por 1951, que se prolongó un año más la formación para recibirse de maestro y en coincidencia con eso mi padre había comprado campo, así que tomé la decisión de volverme para abocarme a la tarea rural”.

Esa determinación de algún modo marcó su destino, por cuanto desde entonces su actividad laboral estuvo volcada a la agricultura y transcurrió en el mismo lugar en el que había crecido. “Mi padre se había instalado en ese lugar en 1928, producto de mucho esfuerzo había logrado comprar el campo y es el mismo que mantenemos en la actualidad.

“La vida del campo transcurrió con sus trajinares y como yo me había criado allí, no me costó adaptarme cuando tomé la decisión de volver”, señala, aunque rescata que en su época de estudiante se había conformado una barra de amigos que había quedado en Pergamino. “Quizás en el primer año del colegio me habrán hecho lo que hoy se conoce como ‘bullying’ por ser del campo, pero después establecí relaciones entrañables, al punto que hasta el día de hoy cada tres meses los que vamos quedando nos reunimos con nuestros compañeros de promoción”, relata.

Una actividad satisfactoria

Aprendió a amar las rutinas del campo, quizás porque creció apegado a las raíces de la vida rural. Se dedicó a la agricultura y en paralelo a la cría de cerdos de pedigree. “Tenía una cabaña con los primeros cerdos blancos que entraron al país, iba a las principales exposiciones no solo en la provincia de Buenos Aires sino en Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos. Me fui haciendo conocer con la gente y esa actividad me dio muchas satisfacciones.

“En esos tiempos durante toda la semana realizaba los trabajos de campo que fueran necesarios y los fines de semana eran para los consagrados bailes en la zona, esos que se realizaban en El Socorro, Pearson o Manuel Ocampo”.

Su trabajo y su familia le dieron un fuerte apego a las raíces y esto queda en evidencia en distintos momentos de la charla con los recuerdos que acerca. Aparecen las reuniones familiares, los ravioles caseros, los lechones asados que aprendió hacer supervisado por la mirada de su padre, las verduras cosechadas en la huerta. Recuerda sus vivencias de juventud en los bailes, la pasión por el fútbol y los interminables partidos de truco y de bochas los domingos por la tarde.

“Cómo olvidar el Almacén de Cartellari, que lindo era”, afirma y en la mirada se nota la emoción que le acercan los recuerdos de un tiempo entrañable que marcó su identidad. “En mi juventud, ni bien volví a instalarme en el campo me convocaron para integrar la comisión cooperadora de la Escuela Nº 30, un espacio que mi padre había presidido y del que yo fui presidente luego porque mis hijos hicieron el primario ahí”, cuenta con orgullo y recuerda que en su casa alojaban a varias maestras que iban a trabajar, entre ellas: Gorrini, Polizzi, Moy y Malé. “Se quedaban en casa y luego se iban en sulky a trabajar a la escuela”, describe y menciona que más allá de haber transcurrido gran parte de su vida en la zona rural siempre estuvo muy consustanciado con Pergamino ya que viajaba mucho y se mantuvo siempre en contacto con sus relaciones de amistad.

“Producto de la actividad relacionada a los porcinos estuve muy cerca de instituciones, como el Círculo de Productores Porcinos”, comenta.

Su familia y la vida en Pergamino

En el plano personal su vida se organizó en familia. Se casó con Inés Draghi, con quien tuvo a sus dos hijos: Walter Ariel, profesor de Educación Física, docente y actual director de Deportes del Municipio; casado con Carolina Melchiori y papá de dos hijas: Florencia y Delfina y Marcelo Ricardo, analista de sistemas que se desempeña en el sector de Informática del Instituto Maiztegui; docente de nivel secundario y papá de una hija: Bárbara.

“Mi esposa era de una familia tradicional de El Socorro, mis padres eran conocidos y como quien no quiere las cosas, nos enamoramos”, relata y cuenta con dolor que la vida se la arrebató hace diez años, luego de atravesar una enfermedad que le trajo mucho sufrimiento.

“Nosotros nos casamos y vivimos en el campo hasta 1984 cuando tomamos la decisión de establecernos en Pergamino. La cuestión de los cerdos había cumplido una etapa, había sido una actividad muy rentable, con tres cerdos que vendí en La Rural en 1963 pagué la mitad de una estanciera cero kilómetros”, recuerda. “Como era tan redituable después muchos pusieron cabañas y la actividad cambió. Seguí con la agricultura, manejaba el tractor y como no era una gran cantidad de campo lo trabajaba yo. “Cuando mis hijos comenzaban el secundario decidimos mudarnos a Pergamino y nos establecimos en el barrio Acevedo”, señala.

Así se instalaron en la ciudad y conformaron nuevas rutinas. “Había fallecido mi padre, a los pocos años mi madre, yo seguía trabajando, me iba a la mañana. El campo estaba a cuarenta kilómetros de Pergamino, y hubo un día que decidí dejar de viajar. Lo hablé con mis hermanos y decidimos alquilar el campo”.

En lo institucional, fiel a su vocación de participar, integró la comisión directiva de la Sociedad Rural, como encargado de una sección destinada a porcinos. “Fue en la época de la instalación del tinglado del predio” menciona.

“Competí en varios certámenes y a su vez actué como jurado de admisión”, agrega. A la par de su actividad laboral fue socio fundador del Club de Tejo.

La narrativa

Ricardo es escritor. Sus primeros “palotes con la literatura”, como él los llama, los hizo guiado por Ricardo Piraccini y Antonio Lapolla e instado por su amigo Ulises Córdoba se incorporó al taller literario de Estela Torres Erill en 2003 y luego en el de Marta Siciliano. “Ambas me abrieron las puertas a un mundo nuevo en narrativa donde pude volcar las ideas que nacieron en el campo”, refiere. Y confiesa que “el ruido del tractor en el silencio de la noche cuando solo las estrellas hacen compañía produce un vacío mental que permite que el cerebro se llene de ideas y proyectos.

“Tuve la suerte de poder volcar esas ideas que estaban almacenadas en la mente en dos libros que están agotados: ‘Ayer y hoy’ y ‘Volviendo a mis raíces’”, señala contando que compitió en varios certámenes literarios nacionales e internacionales y cosechó unos 120 premios y menciones. Recuerda el primero que recibió por una de sus producciones que hace referencia a la historia triste de la muerte de un caballo. “Ese primer premio que recibí fue quizás la alegría más grande que recibí en el plano de la producción literaria”. En el presente ya no escribe con frecuencia. “Solo algunas cosas, pero tampoco asisto a talleres literarios porque no quiero tener las obligaciones que implican los horarios.

“Actualmente colaboro con una revista virtual en España para la comunidad americana”, refiere Biglieri, quien también fue distinguido en Literatura en la Fiesta de la Cultura que organizaban el Diario LA OPINION y Canal 4.

El saldo de su trayectoria en el campo de la narrativa es sumamente positivo. Siempre lo inspiraron las acciones del campo, las anécdotas y las vivencias de su participación en el ámbito cooperativo. Historias simples contadas en prosa. Referencias de cuestiones intangibles que permanecen en su esencia.

“Fue muy emocionante para mí, cuarenta años después de haber presentado los animales en los galpones de la Sociedad Rural de Palermo, en esos mismos galpones enviado por Cultura de Pergamino tuve la oportunidad de presentar en forma separada mis dos libros en la Feria Internacional del Libro. Son las vueltas que da la vida”, relata mostrando un hito en el que dos de sus pasiones confluyeron.

Asegura que la literatura fue la que lo ayudó a enfrentar un cachetazo que la vida le pegó hace diez años cuando falleció su esposa. Familiares y un grupo impagable de colegas lo ayudaron a salir de la soledad. Parafrasea a Borges cuando habla de ello para expresar: “No me duele la soledad, bastante esfuerzo es tolerarse a uno mismo”.

“Creo que cuando se enfermó mi esposa fabriqué una autodefensa, ella estuvo siete meses muy enferma. Cuando mi hijo me dio la noticia ya sabía lo que me quería decir. Fueron meses muy difíciles y dolorosos de recorrer médicos y hacer hasta lo imposible”, relata. Y con el temple que da la edad considera que la vida es una sucesión de etapas. Considera que en su caso, casi todas están cumplidas. “Solo me faltaría ver a mis nietas con sus títulos universitarios en mano, y sé que ya falta menos para eso”.

Conectado en las redes

Su vida transcurre con una dinámica tranquila. Se levanta temprano y comparte una mesa en el Café de Las Letras con un grupo de amigos. Permanece allí hasta casi el mediodía. Hablan de todo y se conocen mucho. “El último día del año 2018 nos sacamos una foto, éramos diez sentados en la mesa.

“Mi rutina de la mañana tiene que ver con ese encuentro, después almuerzo en casa, y por la tarde me dedico a leer y hacer algunas publicaciones en mis redes sociales. Me ha agarrado como un hobby y me sirve para las neuronas, inserto todos los días en mi página frases célebres de distintos autores y para mantener seguidores no puedo poner cualquier cosa, me dedico a buscar y sopesar esas frases”. Así invierte gran parte de su tiempo. Tiene más de 300 contactos en su cuenta de Facebook y por lo menos con cien de ellos mantiene un contacto asiduo por chat que es muy rico en el intercambio de ideas. Esos diálogos lo nutren. Lo mismo que el contacto real con su familia y amigos de siempre. “En televisión miro algún programa político, pero últimamente reemplacé esa costumbre por mirar alguna película o serie porque me acostaba a dormir agobiado por las noticias. Prefiero el recreo de la ficción”.

Un lector fiel

Sobre el final habla del transcurso del tiempo y asegura que en su vida ya no quedan asignaturas pendientes. Haber sido maestro y abogado aparece entre las cosas que “a esta altura ya son irrealizables”. Se centra en el presente y siente que por delante solo queda “seguir poniéndole el pecho a las balas”. Lo acompaña la buena salud y días que transcurre entretenido en actividades que lo enriquecen. “Paso mi tiempo entretenido, leo mucho, soy un lector de LA OPINION desde que era chico. En mi casa se recibía el diario que llegaba en un colectivo que transitaba calles de tierra. Crecí con LA OPINION”, menciona cuando la charla casi termina, y su apreciación pinta una postal de aquella infancia, de aquellos rituales y valores que perduran.