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Perfiles pergaminenses

Ricardo “Caíto” Iglesias: en cuna de corredores, la pasión por los fierros

Ricardo “Caíto” Iglesias relató anécdotas en una cálida charla.  (LA OPINION) Ricardo “Caíto” Iglesias relató anécdotas en una cálida charla. (LA OPINION)

Fue corredor de Turismo Carretera y abrazó el amor por el automovilismo de su padre, el legendario Jesús Ricardo Iglesias. Aunque ya no corre profesionalmente, siempre está cerca de esta actividad que no se abandona nunca del todo. Su vida está atravesada por lo que él mismo define como “una locura”.


Decir el apellido Iglesias es hablar de automovilismo. Ricardo Ismael “Caíto” Iglesias es un conocido corredor y miembro de una familia que comparte lo que él define como “una locura”. Apenas se ingresa a la casa en la que vive, todo remite a la actividad que abrazó siguiendo los pasos de su padre. En la puerta, una réplica del primer auto en el que corrió; en los estantes de una repisa los trofeos y reconocimientos recibidos en una larga trayectoria compartida con grandes. Su historial deportivo es conocido y la charla no escapa a ello. Son detalladas las anécdotas y prodigiosa la memoria que rescata cada uno de los momentos que marcaron su vida y la de los suyos.

Cuenta que fue hijo de Enelia Berenguer y Jesús Ricardo Iglesias. Sus hermanos son Juan Carlos, que vive en Chaco; y Jorge Horacio, que vive en Capitán Sarmiento. Nació el 1° de septiembre de 1946 y creció en Urquiza, donde hizo la primaria.

Se mudaron a Pergamino cuando su papá consolidó su actividad comercial en el rubro de la maquinaria agrícola de la mano de la firma Jesús R. Iglesias y Cía.

Contar cómo comenzó su historia con el automovilismo es hablar de su padre: “Desde que tengo uso de razón, ya a mis 4 años, él probaba los autos en Urquiza y con mi madre lo acompañábamos a las carreras. Yo nací el mismo año en él comenzó a correr y lo hizo hasta el año 1960”.

Recrea las vivencias de un tiempo en el que el automovilismo tenía bastante de amateurismo, algo que hoy ha cambiado significativamente. “Tenemos una locura que nos viene de la cuna”, recalca.

Se nutrió de esa pasión y tempranamente. “Me fui a estudiar a Salta, rendí dos materias previas en el Colegio Nacional de allá y empecé a estudiar Ingeniería Química. Cuando me tocó el Servicio Militar, volví y empecé a correr”, relata.

Su hermano Juan Carlos ya había comenzado a correr en un Renault Gordini que habían comprado para su mamá, que solo manejó un par de veces. “Yo me volví loco de ganas de correr, se lo dije a mi papá. El aceptó y como tenía la idea de que para correr había que trabajar, compró la carrocería de un Peugeot. Y también, un auto volcado. Con varios amigos comenzamos a armar el que fue mi primer auto, cuya réplica está aquí”, comenta señalando por una ventana el parque de su casa.

Con su hermano se turnaban para competir. Ricardo competía en la Federación de la Provincia de Buenos Aires y Juan Carlos, en la de Entre Ríos. “Con ese auto salí campeón y mi hermano subcampeón el mismo año. Eso nos motivó a escalar y el Turismo Carretera era la categoría”.

Recuerda con precisión de detalles cómo fue que comenzaron a incursionar en el automovilismo con mayúsculas, con la habilidad y el talento que habían mamado desde la cuna. Por entonces ya había salido el Falcón: “Nos dieron el vehículo al 40 por ciento del valor de un auto nuevo, y con una peña que se llamaba como el auto de mi papá, ‘El Piropo’, empezamos a armar el auto, de la mano de Sansevero”.

La Vuelta de Pergamino

En 1971 compitió en la Vuelta de Pergamino, el mismo día que debutó Juan María Traverso, a quien lo une una gran amistad. “Con mi hermano seguíamos compartiendo el auto, así que para participar de esta carrera mi padre tiró al aire una moneda. No recuerdo si elegí cara o cruz, pero resultó que salí favorecido y desde entonces durante muchos años llevé esa moneda colgada al cuello como una cábala”.

“Terminé octavo, en la carrera que ganó Eduardo Copello con un Torino”, cuenta. La segunda carrera fue para mi hermano, en Mendoza, donde salió tercero; para entonces ya habían entrado al equipo de Ford Héctor Gradassi, Stéfano y el preparador de los motores era Hergé.

“En una oportunidad me ofrecieron un auto hecho en Quilmes y fue así que empezamos a tener dos autos”, menciona, recordando que los que ellos preparaban siempre llevaban la identificación “Pergamino-Urquiza” como un signo de identidad y gratitud.

Primer Gran Premio y un vuelco

“Mi primer Gran Premio fue en el año 1972. Largué con el número 8 y corrí sin haber hecho antes el camino. Salíamos de Paraná hasta Santiago del Estero”, recuerda. Y detalla minuciosamente las instancias de esa carrera. Corría a 219 kilómetros, en una época en la que no había tanta tecnología disponible, ni siquiera para la comunicación con su acompañante. En un tramo del recorrido, cuando venía teniendo un excelente desempeño, sufrió un vuelco, en una zona montañosa. “Creí que Osvaldo Digilio, mi acompañante, se había lesionado porque quedamos atrapados en el auto. Pero felizmente ambos estábamos bien. Logramos salir a través de uno de los vidrios rotos. Una camioneta del equipo consiguió sacar el auto, lo pusimos en marcha y volvimos a la carrera. En Tucumán había neutralización, repararon algunas averías y contrarreloj llegamos minutos antes del plazo establecido. “Experimenté en carne propia lo que significaba querer llegar. A pesar de las dificultades terminé sexto y mi hermano segundo. Mi mamá había ido a vernos. En Pergamino nos hicieron un recibimiento increíble, los Bomberos nos estaban esperando”, rememora.

Para el año 1973 tanto él como su hermano estaban en una excelente posición dentro del certamen y así fue como la carrera de ambos se fue profesionalizando: “Nos dieron el sponsor de Peñaflor, cambió la fisionomía de nuestros autos que fueron pintados de color borravino. Para ser casi debutantes, había sido un año maravilloso”.

Una tragedia irremediable

A la par de los logros, su carrera tuvo sinsabores y hubo un hecho trágico que marcó su vida para siempre. Fue en agosto de 1974: “Corríamos en Río Tercero, se probaba los sábados, mi acompañante era mi cuñado Alberto Biscayart. El despliegue era enorme y la gente nos seguía.  Mi cuñado se había ido a Almafuerte a presentar la licencia, así que la primera parte de la prueba la hice con un empleado de la Ford de Quilmes. Al regresar mi cuñado, hicimos una tirada más y por esas cosas del destino, ocurrió lo peor. En una curva un Fiat 600 ocupado por chicos que habían ido a ver la prueba sufrió un desperfecto y quedó cruzado en el medio del camino. Nosotros veníamos a 240 kilómetros por hora, traté de esquivarlos, pero nuestro auto voló por el aire. Yo me fracturé el brazo y mi cuñado sufrió heridas de las que no pudo recuperarse. A mí me trasladan al Hospital Italiano y días después me comunicaron que Alberto había fallecido. Fue tremendo. Hoy, muchos años después, revivo ese hecho y siento escalofríos”.

Afirma que sus suegros ‘Cacho’ Biscayart y Susana fueron incondicionales. “Al año siguiente fue una conversación con mi suegro la que me terminó de convencer de que debía volver a correr. Hablé con él y con mi esposa. ‘Cacho’ me abrazó y solo me dijo: ‘Hijo, tenés que hacerlo, esto es lo tuyo, lo de Alberto fue un accidente’. Fue un gesto de grandeza increíble”.

Volver al ruedo

“A mi regreso me llamaron para el equipo Ford, con Traverso y Gradassi. En el año 1977 mi hermano se fue del equipo, se había casado y ya habían nacido los mellizos Manuel y Juan, uno de ellos falleció trágicamente el año pasado en una carrera en Chaco”.

Sabe que la pasión por el automovilismo se transmite. “Cuando te subís al auto la adrenalina que sentís no se compara con nada. Trabajar con el auto, manejarlo es un placer que se transforma en un vicio, siempre querés más”, sostiene, en una apreciación que lo define. “También el mundo del automovilismo me enseñó que existe el destino, que hay cosas que pasan porque están marcadas en él”, agrega.

Una gran familia

Su carrera deportiva siempre contó con el sostén incondicional de su familia. Su esposa, María Delia Biscayart, y sus dos hijos: Nicolás, que también es corredor y está de novio con Eugenia Raimundo, abogada; y Martín que es técnico en administración agropecuaria, está casado con Lucía Alberico y son papás de Olivia que el 21 de enero cumplirá dos años.

A su compañera la conoció en un baile de Carnaval del Club Gimnasia. “Yo era tímido y en un acto de audacia, le había propuesto que fuéramos novios. Un día me llamó por teléfono y yo creí que era para decirme que no pero en realidad me dijo que sí y aquí estamos”.

Cuando dejó de correr siguió vinculado al automovilismo. “Uno nunca se va del todo”, afirma con la convicción de que volvería a competir mañana mismo si se presentara la oportunidad. “La última carrera fue en el año 1994, con Raúl Sinelli. Pero nunca dejé de estar ligado al automovilismo y en paralelo seguí con la actividad comercial; éramos representantes oficiales de John Deere, hasta que cerramos porque habían cambiado las condiciones para continuar con el negocio”.

En esa época trabajó duro para pagar las deudas y tiene la satisfacción de haber encontrado de la mano de su pasión, las herramientas para salir adelante. “Mi papá por entonces cobraba 250 pesos de jubilación y yo solo quería darle un buen pasar. Por suerte pudimos hacerlo”.

“Traverso me convocó para ser director deportivo de un equipo de Peugeot que iba a estar en Arrecifes. Después él corrió con OCA en el Turismo Carretera con Chevrolet. Fui director deportivo, lo que significó una responsabilidad muy grande. Estuve seis meses en Carlos Paz hasta que surgió la posibilidad de ser el encargado del equipo de Alejandro Urtubey en Buenos Aires”, relata en lo que significó “una nueva etapa”.

Enumera otros hitos de su desempeño, con una precisión difícil de incluir en el espacio de una nota. En todos aparece su determinación y su coraje. Fantasea con alquilar un auto de rally y confiesa que se resiste a la invitación de competir con autos antiguos porque lo hacen a velocidad regulada. “Me resultaría muy difícil, porque para mí al que está adelante, hay que pasarlo, siempre, me costaría ir regulando”, bromea.

Buenos valores

Se sabe reconocido, pero no se jacta de los logros. Vive en la tranquilidad de su vida familiar, rodeado de recuerdos y sin nostalgia. Asiste a las carreras cada vez que puede acompañado por amigos, el principal capital de la vida junto a la familia. “Llegar a estar en un equipo Ford de entrada es un reconocimiento, porque se llega por el motor, pero también por los resultados”, afirma.

Frente al apellido Iglesias, simplemente se pone de pie. Y señala que de su abuelo -dedicado a la herrería en Urquiza- y de su padre recibió el mejor legado: el del trabajo y la humildad. Del automovilismo vivido con los mejores de su época, aprendió de códigos. Le rinde culto a la premisa que señala que en las carreras, como en la vida, las maniobras se hacen de a dos, siempre respetando al otro.

La influencia de su padre

Las referencias a su progenitor están presentes en todo momento. Se ve siendo un niño sentado en su falda en el auto monoplaza con el que competía. También acerca la anécdota de cuando su papá compitió en la Fórmula Uno en el año 1956. “Fue un gran corredor, en una década obtuvo cinco campeonatos argentinos y cuatro subcampoenatos. Nosotros apenas tratamos de seguir sus pasos”, dice con la modestia de los grandes. Y así concluye, recreando un camino lleno de aprendizajes.

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