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Perfiles pergaminenses

Ricardo “Caíto” Masagué, un “pergaminense de alma” que mantiene intactos sus lazos con la ciudad

Ricardo Masagué, en un alto de la tarea cotidiana, compartió una charla con LA OPINION, rica en recuerdos. (RICARDO MASAGUE) Ricardo Masagué, en un alto de la tarea cotidiana, compartió una charla con LA OPINION, rica en recuerdos. (RICARDO MASAGUE)

A pesar de haberse radicado en la vecina localidad de Junín para ejercer su profesión de médico, conserva relaciones entrañables aquí, donde están sus memorias, sus olores y todo lo que define su identidad. En un alto de su trabajo en la pandemia, en diálogo con LA OPINION, delineó su “Perfil” para contar vivencias y confiar anhelos.


La condición de ser parte de un lugar a veces tiene que ver con la cercanía física, pero en ocasiones es algo que trasciende la geografía y se asocia a un sentir, intangible y perdurable. Para Ricardo Luis “Caíto” Masagué, médico radicado en la ciudad de Junín desde hace varios años, Pergamino es su lugar de pertenencia y ese sitio amado en el que están los recuerdos de seres queridos, la memoria y los olores que añora. Y quizás también el porvenir, ese en el que se imagina disfrutando de estas calles inolvidables, siendo feliz.

Nació aquí el 20 de agosto de 1963 y vivió en el centro de la ciudad, en calle Estrada a media cuadra del Colegio Nacional. Si bien lo suyo nunca fue la actividad deportiva, de chico jugó el básquet en el Club Sports “más por cercanía que por pasión, ya que el club quedaba muy cerca de casa y era ese lugar del barrio al que íbamos los chicos; pero en mi caso el desempeño deportivo llegó apenas hasta las categorías de mini básquet”, cuenta en el inicio de una entrevista que se realiza de manera telefónica.

A pesar de no vivir actualmente en la ciudad, acepta trazar su Perfil Pergaminenses porque se siente parte de esta comunidad y el sello de “ser de Pergamino” está impreso en su ADN.

Hizo la primaria en la Escuela N° 2, en calle Florida. Y más tarde fue al Colegio Nacional. Guarda de esa época los mejores recuerdos y los buenos amigos. “Era un tiempo de sana vagancia”, resalta con cierta cuota de nostalgia. Y en una descripción sencilla marca el modo en que se divertían los jóvenes de entonces: “No existían las previas, íbamos a bailar más temprano y nos divertíamos mucho con cosas simples. La amistad ocupaba un gran lugar en nuestras rutinas cotidianas”, relata. Y su recuerdo remite a los tiempos en que los jóvenes de Pergamino y la zona acudían a “La Vieja Barraca”, “Fedra” o “Specktra” en sus primeros tiempos.

“Tengo muchas anécdotas de estudiante en mi querido Colegio Nacional y de hecho con mis compañeros nos reunimos casi todos los años y aunque estamos todos dispersos, nos hacemos el momento de vernos para compartir un encuentro en el que los recuerdos permanecen intactos”, menciona.

La ciudad era otra y también las costumbres. Ni mejores ni peores sino nutridas de dinámicas diferentes que “Caíto” conserva en la memoria y recrea cada vez que regresa a encontrarse con “los afectos de siempre”.

Hijo de Juan Pedro Masagué y Clara Alippi y hermano de Juan Carlos, recientemente fallecido, creció en el seno de un hogar de padres “bondadosos” que siempre procuraron inculcarle los valores que tomó. “Mi padre era vendedor de motos. Cuando yo era chico el negocio estaba en la esquina de la Comisaría Primera, en calle Merced y Dorrego y se llamaba Eladio Conde y Cía. Luego, mi padre constituyó una sociedad con Otegui, compraron la firma y nació Masagué y Otegui, un negocio importante que funcionó en Merced y Castelli y en bulevar Colón”.

Habla de sus padres con emoción y gratitud: “Ellos fueron personas increíbles, gracias a ellos pude estudiar y ser la persona que soy”.

El amor y un largo recorrido

En esta ciudad se enamoró de la que hoy es su esposa Claudia Barandiaran. Se conocieron cuando ella estaba en segundo año del secundario y él en cuarto. Tras ocho años de novios se casaron en Pergamino y conformaron juntos su familia. Hace 33 años que están casados. Tienen dos hijos: Santiago (31) y María Victoria (28).

Ricardo eligió ser médico. Eso lo llevó a estudiar a la Universidad Nacional de Rosario y más tarde a establecerse en Buenos Aires donde hizo la especialidad de Clínica y de Terapia Intensiva en el Hospital Británico.

Su hijo mayor nació en Rosario mientras Ricardo terminaba la carrera; y su hija es porteña, ya que nació cuando finalizaba la residencia.  “En la actualidad Santiago, que está en pareja con Silvina, es biólogo y vive en Bariloche donde ejerce su profesión. Y María Victoria vive en Buenos Aires, donde está terminando la carrera de Licenciatura en Nutrición”.

Siempre cerca de sus hijos y atento a lo que les pasa, él vive con su esposa en Junín, donde ambos tienen actividad laboral. “Yo trabajo como médico y mi esposa es docente de nivel terciario”, agrega.

La profesión más linda del mundo

Con pasión la medicina atravesó su vida desde que eligió estudiar y esa pulsión por la vida acompañó su recorrido profesional para siempre. Cuando decidió ser médico se enamoró de la que sigue considerando “ la profesión más linda del mundo”.

Confiesa que no tiene claro cómo fue que nació su vocación, pero sabe que no equivocó el camino. Su vocación de ayudar a la gente lo acompañó desde siempre y encontró de la mano de las ciencias médicas el instrumento más potente para lograr ese cometido.

Es un amante de la vida y la defiende en el espacio de su trabajo cotidiano.

Cuando estaba por finalizar la residencia recibió un ofrecimiento para trabajar en la Clínica La Pequeña Familia de la ciudad de Junín y de la mano de esa oportunidad laboral tomaron la decisión familiar de radicarse en esa localidad. “Mi esposa es licenciada en Ciencias de la Educación y desde que éramos estudiantes sabíamos que queríamos regresar a Pergamino, o establecernos en la región para ejercer nuestra profesión”, comenta. Y señala que privilegiaron también la posibilidad de constituir su familia en un lugar “tranquilo” que les permitió criar a sus hijos del modo en que lo habían soñado.

“Siempre quisimos volver a Pergamino o vivir en la región y cuando surgió esta oportunidad, optamos por mudarnos a Junín, pero nunca nos alejamos de Pergamino, donde tenemos familiares y entrañables amigos”, resalta.

Hoy trabaja como médico de Terapia Intensiva y atiende consultorio de Clínica Médica en el Sanatorio Junín. En plena evolución de la pandemia su trabajo lo tiene abocado a lo asistencial “en la trinchera”, ahí donde ocurre la urgencia y donde aquella vocación y compromiso del primer día se ratifican.

Confiesa que eligió la especialidad de Terapia Intensiva por la adrenalina que genera trabajar con patologías complejas y con cuadros severos que requieren de la pericia y la sensibilidad. “Cuando uno empieza a hacer las prácticas, va descubriendo qué es lo que más le gusta y en mi caso, fue la Terapia Intensiva, porque primó la adrenalina, la urgencia, el tratar de salvar el momento que es el más crítico del paciente”, reflexiona.

Trabajar en pandemia

Reconoce que trabajar durante este tiempo de pandemia ha sido algo complicado por el nivel de demanda y la complejidad que supone la lucha contra un enemigo invisible. Lo asumió con determinación y cada día hace de su amor por la profesión, la consigna.

“Es muy difícil trabajar en un contexto como el actual, la emoción que prima es la angustia”, confiesa.

Y prosigue: “Después de varios años de ejercer en una sala de Terapia Intensiva la adrenalina baja, por supuesto, uno se va acostumbrando a la complejidad de las patologías críticas; pero a lo que uno jamás se acostumbra a todo lo que eso conlleva. Ver morir a tanta gente o asistir cuadros críticos tan graves es sumamente angustiante. Ver sufrir a las personas que pierden a su ser querido es lo más difícil”.

“Aunque en medicina muchas cosas están escritas y los tratamientos están estandarizados, el trato con el otro, la singularidad de cada paciente y el dolor de cada familia es único y para afrontar eso no hay recetas preestablecidas”, sostiene introduciéndose en el aspecto humano de su trabajo, para el cual se requiere de una sensibilidad que no se adormezca con la experiencia.

Lazos perdurables

Cuando no está trabajando le gusta salir a caminar, lo hace también por una cuestión de salud. Disfruta de su casa, los afectos y de las rutinas sencillas. “Siempre prefiero descansar en casa, y si es posible reunir a la familia, algo que hemos extrañado en estos últimos tiempos”, señala.

Aunque establecido hace tiempo en Junín, una ciudad que le abrió las puertas y un lugar en el que ha podido establecer lazos afectivos importantes, en su esencia se siente pergaminense y lo expresa. Fiel a su esencia, ha sabido mantener vínculos entrañables aquí.

“Ahora la pandemia nos ha limitado un poco, pero buena parte de nuestra vida social y de relación están en Pergamino. Allí viven mi suegra Ofelia Díaz, mis cuñados, sobrinos, sobrinas, ahijados y amigos muy queridos con los que nos gusta compartir”.

“Yo he sufrido pérdidas en mi familia, mi hermano falleció el año pasado; la pandemia se llevó recientemente a una de mis primas más queridas, Marta; pero tengo en Pergamino mucha gente querida, entre ellos mi primo Alejandro Masagué. Y mi esposa tiene a sus familiares allá, por lo que siempre estamos en permanente contacto”, destaca.

El anhelo de regresar alguna vez

Sobre el final de la charla, cuando ya casi llega la hora de iniciar su rutina laboral para abocarse de lleno a la atención de sus pacientes, Ricardo confiesa que en el horizonte de un futuro no muy lejano está el anhelo de regresar a la ciudad. Sabe que la profesión de médico no se abandona nunca, y en función de ello no descarta poder ejercer aquí cuando llegue el momento. “Uno nunca deja de ser médico y si te gusta tanto la profesión como me apasiona a mí, la jubilación no existe”, expresa este hombre que se define como “un pergaminense de alma”.

“Sueño con volver en unos años”, afirma, sintiendo que aquí transitará la última etapa de la vida. “Anhelo poder pasar los últimos años de mi vida allí donde uno siente sus olores todavía. Y ese lugar es Pergamino para mí”.

En su condición de pergaminense extraña esos aromas y siente que el adulto que es se constituye de ese que fue en la adolescencia. “Uno en gran parte es en la vida adulta lo que fue en su adolescencia”, remarca y confiesa: “Las sensaciones y vivencias de la adolescencia las llevo conmigo siempre. Fue un tiempo de la vida hermoso”. Ese sentir y esa convicción lo acompañan y lo definen. Y de ello se nutre para proyectar un futuro con un fuerte anclaje en este lugar, que es suyo.