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Perfiles pergaminenses

Ricardo Gambini: una vida en la Escuela Nº 22 y un hombre apegado a su vocación de trabajo

Ricardo Gambini visitó la redacción de LA OPINION para trazar su “Perfil Pergaminense”. (LA OPINION) Ricardo Gambini visitó la redacción de LA OPINION para trazar su “Perfil Pergaminense”. (LA OPINION)

Hace poco más de un mes se jubiló del establecimiento educativo donde se desempeñó como portero y encargado de mantenimiento durante más de tres décadas. A la par de ello fue colectivero, sodero, herrero y albañil. En lo personal logró conformar una familia unida que es su principal tesoro.


La familia de Ricardo Gambini vivía en el barrio 12 de Octubre cuando él nació. Más tarde se mudaron al barrio Santa Inés donde transcurrió su vida hasta el presente. Arraigado a sus valores, recuerda su infancia asociada al trabajo temprano y a los divertimentos propios de una niñez que se vivía al descampado y al potrero. Su familia de origen estuvo conformada por su padre Irineo Gambini, su madre Olga Olivito y su hermana Liliana, todos fallecidos.

Sus recuerdos tienen que ver con el barrio Santa Inés donde su papá tenía horno de ladrillos y él lo ayudaba en la tarea. “Hasta cuarto grado fui a la Escuela Nº 41, después quinto grado en la Escuela Nº 18 y terminé la primaria de noche en la Escuela Nº 45 porque trabajaba de día en la herrería de obra en la firma Caniglia”.

Asegura que quien le inculcó la cultura del trabajo fue su padre y reconoce que gracias a ello siempre fue versátil para desempeñarse en distintas actividades. “A lo largo de mi vida hice de todo, fui herrero, albañil, carpintero, colectivero, sodero hasta que fui portero y encargado de mantenimiento en la Escuela Nº 22 donde me jubilé hace pocos días”, refiere en un inventario que lo muestra siempre dispuesto a afrontar los desafíos que le presenta la vida, honrando su condición de “hombre de bien”.

“De chiquito yo ayudaba a mi papá en el horno de ladrillos y más tarde cuando en el barrio Santa Inés levantaron una estación de servicio con un socio”, cuenta.

Recuerda que cuando estaba en segundo grado llegaba de la escuela y se iba a cuidar los caballos que su padre tenía en el horno de ladrillos. “A la noche cuando regresábamos era el tiempo de hacer los deberes con él”. Se siente orgulloso de esos orígenes y afirma que está muy agradecido porque esas actitudes templaron su personalidad y lo apegaron a la cultura del trabajo.

“A los 12 años entré a trabajar en Caniglia, más tarde entré en la empresa Fangio, era un tiempo en el que se conseguía trabajo en todos lados. Era bueno, pero hacía cosas de chicos, entraba y salía de los empleos buscando donde me pagaban más”.

Siempre dispuesto a hacer

Más tarde se dedicó a la carpintería y estuvo en la Sodería Niágara. Allí llenaba sifones y luego repartía. Siempre buscando progresar, ingresó a trabajar en la empresa La Amistad, manejando los tradicionales colectivos “rojos”. “Fui chofer durante mucho tiempo, era una tarea bastante agotadora porque era un tiempo en el que mucha gente utilizaba el colectivo para trasladarse”, refiere.

La Escuela Nº 22

Terminó de consolidar su perfil laboral cuando ingresó a realizar tareas de mantenimiento en la Escuela Nº 22 donde trabajó durante más de treinta años. “Ingresé como auxiliar realizando tareas de mantenimiento recomendado por la Cooperadora porque necesitaban gente de confianza. Así empecé arreglando puertas y después seguí con la limpieza y con el mantenimiento general del edificio. Me retiré hace un mes y medio”, señala reviviendo las anécdotas de más de tres décadas de trabajo en un lugar muy caro a sus sentimientos.

“Jubilarme no fue una tarea fácil, pero tengo algunos problemas de columna y estaba con un cambio de funciones, entonces como tenía la edad y los años de aporte pedí el retiro”, agrega.

“La verdad es que he sido afortunado porque siempre tuve muy buen trato con los docentes y con los alumnos. He cosechado muchos amigos, con los docentes, con las familias, con la cooperadora y con el club de madres”.

Fomentista

Durante varios años integró la comisión de fomento del barrio Santa Inés. “Estuve desde que se fundó en 1982 hasta que quedó acéfala en 2002”, refiere y asegura que lo desalentó el no haber podido ver realizados algunos proyectos pensados para la mejora de la calidad de vida de los vecinos de ese sector de la ciudad. “Lamentablemente ahora la sede de la comisión de fomento está abandonada, nosotros construimos ese lugar reuniendo recursos que surgían de distintas actividades que organizábamos”, comenta recordando el proceso de crecimiento de la “barriada”.

“El barrio hoy es muy distinto a lo que era antes. Cuando nosotros nos mudamos era prácticamente todo descampado. Estaba la estación de servicio, después se hizo mi casa, luego la casa del socio de mi padre y no había mucho más que los hornos de ladrillos”, menciona manifestándose defensor de los intereses de la vecindad en la que vive.

Le gusta vivir en Pergamino y tiene una buena mirada sobre la ciudad a la que ve en constante crecimiento. “Mi madre tenía la casa en el barrio 12 de Octubre donde no había nada, hoy es una zona sumamente poblada. Toda la ciudad ha crecido mucho. No me imagino vivir en otro lugar”.

Su núcleo familiar

Ricardo se casó muy joven, a los 20 años, con Ana Alcira Duré, a quien conoció a través de una docente. “Ella era de Manuel Ocampo y desde los 13 años esta maestra la había traído a trabajar. Salió de ahí para casarse conmigo”, relata. Hace 40 años que están casados y estuvieron un año de novios.

Tienen dos hijos: Ricardo Alberto, casado con Viviana Alvarez y Paola Yanina, casada con Paulo Alvarez. Son abuelos de cuatro nietos: Marianela, Pablo, Juliana y Guadalupe. “Fui abuelo bastante joven y hago por mis nietos lo que no hice por mis hijos, a los que veía prácticamente en la escuela porque tenía dos trabajos”, refiere, recordando que en la época en que comenzó a trabajar como encargado del mantenimiento de la Escuela Nº 22 también siguió trabajando en el colectivo.

“Mi hijo varón trabaja en Fangio y mi nuera en casas de familia. Mi yerno en la Municipalidad y con Genitrini”, agrega.

“Vivimos prácticamente juntos. Uno de mis hijos vive conmigo y el otro al lado de casa, así que nos reunimos siempre”, precisa este hombre que conformó su familia y la consolidó en el mismo lugar en el que creció. “Vivíamos pasando la vía donde tenía el horno de ladrillos. Después me vine cerca de la estación de servicio y ya nos quedamos ahí donde hoy vivo con mi familia”.

“Mi vida transcurrió prácticamente siempre en el mismo lugar, la casa la heredé de mi papá y ahí armé mi propia familia”, agrega.

Una vivencia difícil

Menciona que hizo el Servicio Militar en Junín y a los pocos meses de haber salido de baja y estando recién casado, fue convocado por el conflicto bélico con Chile. “Recuerdo duramente esa experiencia, porque aunque no alcancé a viajar, íbamos a ir a Bariloche, estuvimos en Junín durante cincuenta días. Siempre recuerdo que nos llevaron a buscar proyectiles a Buenos Aires, eran cosas que daban miedo porque éramos muy jóvenes. Nunca me voy a olvidar que me estaba casando y al salir de la Iglesia veía a los chicos que los habían venido a buscar para presentarse y viajar a Río Gallegos”.

El principal capital

Para Ricardo los afectos son el tesoro más invalorable de la vida. Cuida de ellos y honra la confianza que han depositado sobre él.

Está iniciando una nueva vida, pero aún no logra reordenar sus rutinas. De vez en cuando vuelve a la escuela donde hay parte de su vida. El resto del tiempo lo dedica a su familia, fundamentalmente a disfrutar de los nietos. “Me gusta andar en bicicleta y mi bicicleta es lo único que tengo. Voy para todos lados. Incluso iba a trabajar con ella. Siempre llegaba media hora antes. La puntualidad es un valor importante”, añade en la continuidad de la charla.

“De los chicos de la Escuela Nº 22 me llevé un recuerdo increíble. Cuando me jubilé me prepararon cartelitos. Y los de antes que ya son grandes me encuentran por la calle y me saludan. Ese reconocimiento es lo más satisfactorio que me quedó luego de muchos años de trabajo, lo mismo que los compañeros”.

Agradecido por la familia que tiene, afirma que ha sido su principal construcción. “Somos muy unidos y tengo unos hijos excelentes”, destaca.

“El principal capital que poseo es mi familia, es lo único que tengo”, asevera y despojado de las cuestiones materiales afirma que su principal sostén es el afecto genuino de los suyos. Ha sembrado mucho y cosecha la siembra. Se lo demuestran la mesa compartida los sábados y domingos, la ayuda incondicional ante las necesidades y la certeza de que la labor sostenida ha rendido sus frutos.

“También estoy muy agradecido a mis padres. A él lo perdí muy joven. Yo me casé en 1978 y él falleció en 1980. A los dos años perdí a mi hermana y mi mamá falleció hace tres años. De ellos aprendí mucho de lo que sé de cómo sostener una familia”, afirma convencido de haber aprendido de los ejemplos. “De ellos aprendí a ser buena persona,  a ser honesto y a pedir disculpas cuando cometo un error.

“Mis padres me enseñaron que cuando uno da la palabra hay que cumplirla. No firmaban documentos. Aprendí eso y tengo el mejor recuerdo de ellos. Gracias a sus enseñanzas soy la persona que soy”, expresa y afirma que ese es el legado que cada día intenta transmitir a los suyos. “Gracias a Dios ellos han aprendido lo mismo. No puedo pedir nada más. Así imagino mi vejez, cosechando lo que he sembrado”.