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Perfiles pergaminenses

Roberto Giannetti: un colectivero de alma que dedicó su vida a ese oficio

Roberto Giannetti, recreó las anécdotas de una vida a bordo de los viejos colectivos “rojos”. (LA OPINION) Roberto Giannetti, recreó las anécdotas de una vida a bordo de los viejos colectivos “rojos”. (LA OPINION)

Cuando era muy joven logró comprar la unidad Nº 7 de los “rojos”, y lo manejó con pasión. Más tarde fue empresario y cuando la empresa “La Amistad S.A.” dejó de funcionar, trabajó en turismo. Hoy es chofer para una firma dedicada al transporte de pasajeros. Es un amante de su tarea y confiesa que por ella relegó “muchas cosas”.


Roberto Giannetti tiene 67 años y es colectivero. Hoy trabaja para una empresa dedicada al transporte de pasajeros en itinerarios de “un día”, pero durante años fue colectivero de la empresa “La Amistad”, la de los emblemáticos “rojos”. Fue empresario en esa firma y responsable de llevar adelante múltiples tareas. Manejar fue siempre su preferencia. Visita la redacción de LA OPINION para delinear su “Perfil Pergaminense”. Lo hace acompañado de algunos elementos que hablan mucho de su historia. Uno de ellos es un viejo cuaderno con el registro escrito de puño y letra con cada recorrido y su correspondiente recaudación. Las hojas están amarillas, lo que revela el transcurso del tiempo. Le ha dedicado su vida al oficio que abrazó siendo muy joven y reconoce que ha pagado el costo de haber resignado muchas cosas por permanecer en una actividad que lo apasiona. También lleva una tarjeta, a modo de souvenir, que preparó hace cinco años cuando cumplió 45 años en el oficio. La foto inmortaliza la imagen de su primer colectivo: un Mercedes Benz que adquirió en 1968, identificado con el número 7. “Soy un colectivero de alma y reconozco que dejé de lado muchas cosas y mi familia, por esta pasión, fue tan fuerte lo que sentí en el colectivo que he resignado muchas cosas”, dice en el comienzo y es todo lo que señala de su vida privada, además de contar que tiene hijos y nietos, sin abundar en detalles, como si ese territorio debiera quedar reservado a lo íntimo. Todo lo demás que cuenta tiene que ver con su vida laboral y sobre una infancia en la que ya aparecía marcada la huella de la vocación.

Nació en Pergamino, en el barrio Centenario y creció en calle Lavalle. Su familia estaba compuesta por su papá Guillermo, su mamá María y su hermana Norma. Su padre falleció tempranamente a los 41 años, a causa de problemas de salud que le ocasionó el cigarrillo. Tenía un taller de chapa y pintura y era “un sabio de lo que hacía en su trabajo”. Su madre era ama de casa.

 

La vocación y su primer colectivo

Era chico y jugando en la vereda afirmaba con la convicción de los niños que iba a ser colectivero. Y pasaba tardes enteras mirando una unidad que guardaban enfrente de su casa: era el colectivo N° 7 de color rojo, que más tarde compró y así cumplió su sueño. Fue el primer colectivo de la marca Mercedes Benz que hubo en Pergamino. “La compra de esa unidad fue algo extraordinario, el propietario de apellido Perrota falleció y la viuda y la hija decidieron venderlo. Yo tenía 17 años y recuerdo que le comenté a mi mamá el deseo de comprarlo; mi padre había fallecido hacía algunos meses. Lo adquirimos con el dinero de un campo muy chico en 12 de Agosto. Mi madre le pidió permiso al juez de San Nicolás porque en aquel tiempo en Pergamino no existían los tribunales y con ese dinero adquirimos el colectivo”, relata. La imagen de ese micro quedó retratada en una tarjeta que Roberto imprimió cuando cumplió 45 años de colectivero. La muestra con orgullo. “Cumplí el sueño del pibe”, afirma y señala que para ponerlo a trabajar en la flota de los “colectivos rojos” puso un chofer. “La gente se creía que era mi papá por la forma en que este hombre, Francisco Saad, me trataba y cuidaba al colectivo”.

 

Un largo recorrido

Roberto había hecho la primaria en la Escuela Nº 77 y la secundaria en el Colegio Nacional. Más tarde se fue a estudiar Ingeniería en Rosario, pero regresó porque su vocación estaba en el colectivo. “Me subí  en mayo de 1972 y no me bajé nunca más”, refiere.

“Desde que empecé a manejarlo nunca me tomé vacaciones. La Amistad S.R.L, tenía cuatro gerentes, no sé qué habrán visto en mí, era toda gente grande, y me propusieron ocupar un cargo gerencial teniendo 24 años. Tomé el desafío y seguí manejando.  Siempre ocupé cargos directivos. Más tarde la empresa se transformó en La Amistad S.A. y durante muchos años fui el presidente”.

En ese cargo su labor era variada, al aspecto empresarial siempre sumó su amor por el recorrido y también fue inspector. “Si tenía que lavar un colectivo lo lavaba, siempre amé mi trabajo. Dejé de manejar un tiempo cuando la empresa me absorbía.

“Igualmente los sábados siempre me hacía un viajecito. En mi vida he cambiado entre cuatro y cinco colectivos, pero en el corazón siempre tengo grabado a fuego el número 7 que fue mi primer amor”, confiesa.

De la tarea rescata “el trato con la gente” y asegura que en tantos años de colectivero tuvo la fortuna de conocer a una innumerable cantidad de personas. “Al colectivo se subía todo tipo de gente, no importaba la religión ni la clase social.

“Una de las cosas más gratificantes que me dio mi oficio fue haber llevado durante muchos años a los chicos que iban al Taller Protegido. Me hacían sentir muy bien hacer ese trabajo de llevarlos e irlos a buscar”, cuenta.

Asimismo, relata que en los años 70 fue la época más floreciente de los colectivos. Llevaban entre 900 y mil personas por día. “Era la época de oro de la industria textil, los talleres grandes que funcionaban en Pergamino tenían una importante cantidad de obreros y muchos de ellos se trasladaban a trabajar en colectivo”. Menciona a quien fue su socio José Gentile, y afirma que con los avatares de cualquier actividad comercial, siempre hubo camaradería y buena relación con sus pares. “Eramos una gran familia”.

Recuerda la primera oficina de la empresa que tuvieron sobre calle Rocha, en el estudio de un contador. Después en calle San Nicolás y más tarde en avenida Rocha donde hoy funciona un supermercado. “Ahí juntamos las tres empresas, pero cada una tenía su administración particular. Rojos, blancos y azules convivieron allí durante bastante tiempo”.

Como sucede siempre, durante tantos años las gratificaciones fueron acompañadas también de algunos “tragos amargos”.  Roberto menciona algunas pérdidas, como la de uno de los socios de la empresa, Luis Fuentes, que falleció en un accidente ocurrido en el barrio Atepam.

También hace referencia a cómo la actividad empresarial fue cambiando con el tiempo, de la mano de la transformación de los hábitos de uso de la gente respecto de los colectivos. “Llegó un momento en el que la actividad comenzó a resultar inviable, comenzaron las presiones gremiales por los aumentos de sueldo y las empresas comenzamos a tener serias dificultades para subsistir.

“En el último tiempo éramos diez socios, uno de los más viejos era yo, y durante la última década de funcionamiento el socio no recibía una moneda de ganancia, solamente ganaba el que trabajaba en la empresa, pero el que tenía otra actividad todo era pagar para sostener unidades y empleados. Finalmente dejamos de funcionar el 31 de marzo de 2002”.

 

El turismo

Con la disolución de la empresa, su vida laboral siguió vinculada al rubro automotor. “Nosotros teníamos Micro Bus Acevedo que brindaba el servicio a Conesa, me quedé haciendo esa actividad, muchos se fueron a La Nueva Perla. Yo me sostuve, aguantando. Estuve hasta que uno de los socios decidió comprarnos nuestra parte y aceptamos vender.

“Cuando se vendió Micro Bus Acevedo busqué otra alternativa laboral que no me alejara del rubro porque lo único que yo sabía  hacer era manejar. Uno de los que  había trabajado en ‘Los Dos Amigos’ me propuso trabajar con Liliana Maliyo de Salto. Me fui a Salto y me presenté como chofer. Me tomaron, así que empecé una nueva etapa conduciendo micros de larga distancia dedicados al turismo.

“Las vacaciones mías la vida me las puso en el micro. Conocí el país de punta a punta. Agradezco lo que me sucedió. Luego fue Flamingo, me fui, estuve una temporada de verano con Caluch y también trabajé con Costa Azul de San Nicolás. Durante más de un año trabajé con una empresa de Buenos Aires, volví a Flamingo y cuando me retiré porque era muy intenso el ritmo y estuve un año sin estar un domingo en mi casa”.

 

Su presente

Actualmente trabaja en Bremar, de Esteban Fernández, haciendo “viajes de un día, a distintos destinos, siempre trasladando pasajeros.

“Voy a aeropuertos, a Rosario, Victoria, Tigre. Eso me permite otro ritmo, es muy cansador el trabajo”, refiere y comenta que para la misma empresa a diario realiza el traslado del personal de ACA. “Me levanto todos los días a las 4:00 de la mañana, incluso los sábados y domingos”.

 

Una pasión

Confiesa que ama lo que hace. “Es una pasión, amo lo que hago, y eso me llena la vida. Trato que la gente se sienta bien y si encuentro a algún chico joven al que le puedo enseñar, lo hago con generosidad porque todo lo que sé lo aprendí de grandes choferes”.

Cuando no está manejando, le gusta andar en bicicleta y asiste lunes, miércoles y viernes a la pileta del Parque Municipal. Pero le cuesta no trabajar. “La conducta del trabajo la tengo incorporada en el cuerpo”. Y sabe que eso le ha significado resignar muchas cosas. “Este trabajo distrae tiempo de la familia y los amigos, el turismo es lindo, pero demandante. Yo he pasado fiestas y cumpleaños muy lejos de mi casa. No hay fechas especiales cuando el colectivo arranca”.

Imagina su futuro manejando. “De salud estoy para seguir manejando; no me imagino el día después. Pero en algún momento será. Lo voy a tener que complementar con otras actividades y hacer la transición cuando sea el momento”.

 

Elementos queridos

Así como conserva el cuaderno con el registro de los viajes, guarda con cariño algunos objetos entrañables del colectivo, entre ellos la boletera. “Hoy desde el celular sabés a qué hora viene el colectivo, y existe la Sube. En nuestra época los pasajes se cortaban con la boletera”, refiere y confiesa que fantasea con algún día poder donar algunos de esos objetos al museo para que “el día que yo no esté quede testimonio de esta historia”.

Se lamenta no haber conservado al “colectivo de sus amores”. Pero todo lo que vivió a bordo de esa unidad queda en la memoria y en el relato y buscando dejar huella, cuenta que hace cinco años pidió autorización para plantar un árbol en la estación Terminal. “No podía ser en otro sitio. Dicen que los hombres deben tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Solo me falta escribir”, señala. Y sobre el final cuenta con naturalidad que sus seres queridos ya saben que el día que él muera deben cremar su cuerpo y esparcir las cenizas  a los pies de ese árbol que dice tanto de él y de la actividad que abrazó con pasión.