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Perfiles pergaminenses

Roberto Hamilton, la historia de vida del hacedor de la fábrica de pastas Betania

Roberto Hamilton dialogó con LA OPINION sobre su intensa vida. (LA OPINION) Roberto Hamilton dialogó con LA OPINION sobre su intensa vida. (LA OPINION)

Pergaminense por adopción, eligió este lugar para montar un emprendimiento comercial que se transformó en uno de los más emblemáticos de la ciudad. Aquí también consolidó su familia, sin perder nunca el amor por su profesión de origen, enólogo, ni su espíritu aventurero que lo ha llevado a viajar por distintos lugares.


Roberto Jaime Hamilton es pergaminense por adopción. Nació en Capital Federal, vivió en Junín, Córdoba, más tarde hizo sus estudios superiores en Mendoza, regresó a Junín y finalmente se estableció en Pergamino, la ciudad que eligió para desarrollar su actividad laboral y consolidar su familia. Hoy tiene 80 años. Es hijo de un canadiense, Walter Hamilton, que llegó al país durante el gobierno del general Julio A. Roca, que fue quien lo trajo a la Argentina. “Mi padre fue el primer ingeniero agrónomo que tuvo el país y también fue veterinario”, cuenta en el comienzo de la charla que se concreta de modo distendido. Su mamá, Joaquina Juana, era argentina, hija de catalanes. Sus raíces marcaron en él una impronta. Habla con calma y calidez, recreando en el relato el sentir de cada vivencia.

Cuenta que su infancia en Junín tuvo que ver con la actividad laboral de su papá, que alquilaba un campo en Warnes, Partido de Bragado: “El se dedicaba a la cría de cerdos. Engordaba a los cerdos para producir grasa para los cañones de la Segunda Guerra Mundial”. Cuando hace esta referencia comenta que aún están guardados los convenios firmados para esa tarea en una escribanía de la provincia de Córdoba. “En la época del gobierno de Onganía tuvo que dejar la actividad y fue así que se estableció en otro campo más chico en el que siguió abocado a su actividad profesional”.

Fueron nueve hermanos. “Mi padre se casó en dos oportunidades. Quedó viudo de su primer matrimonio, había tenido cinco hijos; y se casó con mi madre, con quien tuvo cuatro hijos más. Excepto una hermana que vive en Inglaterra, todos mis hermanos ya han fallecido”.

Enólogo de profesión

Es dueño de una educación que le brindó su escolaridad, pero que enriqueció con el paso de los años y de la vida. Esto se advierte en la corrección de cada una de sus apreciaciones y en el tono reflexivo de sus palabras. Hizo la primaria en Junín, parte de la secundaria en Córdoba y la educación superior fue en Mendoza, en la Universidad Don Bosco donde estudió Enología. Asegura que la elección de la profesión se dio de manera fortuita, casi risueña: “Desde muy chico yo fumaba y como asistía a un colegio de curas en el que no se podía fumar, le pidieron a mi mamá que me sacara. Fue por eso que mi madre me mandó a Mendoza y de algún modo fue en aquella geografía que opté por estudiar esa carrera”.

Al recibirse tuvo la oportunidad de trazarse un futuro promisorio de la mano de su profesión, pero su padre no lo dejó viajar a Canadá desde donde lo habían convocado para trabajar. “En ese tiempo Canadá no tenía enólogos. En la promoción éramos tres los que estábamos en condiciones de poder viajar, pero mi padre se opuso. Solo viajaron López y Suter, hoy nombres que son referentes de conocidas bodegas”.

La imposibilidad de viajar al país natal de su padre lo llevó a transitar otro camino. Estudiando había conocido a la mujer que es su esposa, Gloria Elcira Mordacci, una mendocina con la que comparte la vida desde hace más de 60 años.

“Luego de recibirme trabajé durante un tiempo para una bodega en Mendoza, en esa época nos pusimos de novio, más tarde nos casamos y nos vinimos a Junín; de allí a Rosario y luego a Pergamino, donde finalmente nos establecimos”.

La fábrica de pastas

Aquí puso en marcha una fábrica de pastas que se transformó en una marca registrada para la ciudad. La idea había nacido tiempo antes de que el emprendimiento pudiera concretarse y como producto de una cualidad que distingue a Roberto: ir siempre en busca de poder concretar nuevos proyectos.

“Durante un tiempo radicado en Junín me dedicaba al campo, a la cría de cerdos. Cuando la actividad comenzó a tener altibajos, decidí que era momento de buscar otro camino, porque yo necesitaba trabajar. Era amigo de Luis Artime, de Junín, que tenía la fábrica de pastas ‘La Genovesa’. El me entusiasmó con la idea de este emprendimiento. Yo no sabía absolutamente nada de esa actividad. Y además necesitaba el dinero para montar la fábrica. Me presenté en el Banco Nacional de Desarrollo en Morón, me senté frente al gerente y le dije que quería trabajar, pero no en relación de dependencia. Le manifesté mi intención de poner una fábrica de pastas y solo le mentí al decirle que conocía del tema. Me pidió el presupuesto del costo de las máquinas y me otorgaron un crédito por un monto que giraron directamente al proveedor que nos vendió el equipamiento. Todos, cada uno desde su lugar, me ayudaron mucho”, relata.

Recuerda que compró las máquinas y al dueño de esa fábrica le pidió que le enseñara a usarlas: “A través de un amigo de él que tenía una fábrica en Nueva Pompeya me empecé a interiorizar. La fábrica se llamaba ‘El Huevo Feliz’. Trabaje allí, empecé limpiando baños, y como me interesaba tanto el tema, a los seis meses el dueño me habilitó para trabajar en el sector de producción; al año le dije que me iba porque pensaba montar mi propio emprendimiento”. Menciona que ese tiempo de estadía en Buenos Aires fue más fácil para él gracias a un amigo que le facilitó una pieza donde vivir. Por entonces Roberto ya estaba casado y Gloria se había quedado en Junín. “Fue un tiempo de sacrificio y aprendizaje que valoro, algo así como los primeros pasos para conocer este oficio que después se transformó en mi actividad comercial durante muchos años”, resalta.

El sueño, hecho realidad

Ya conociendo el modo en que se fabricaban las pastas y con la experiencia de su trabajo en Buenos Aires a cuestas, inició en Pergamino la tarea de conseguir un local donde instalar la fábrica. La dificultad de no contar con garantías para alquilar significó un obstáculo que resolvió con la buena predisposición de los socios Martínez y Campeoni, que tenían El Refugio y habían comprado la esquina de Rocha y Saavedra.  “Me la alquilaron de buena fe. Les pedí cinco años, hicimos el contrato y empezamos a trabajar para recomponer el inmueble sin plata. Fui a abrir una cuenta corriente en el Banco del Oeste y gracias al gerente que también confió en mí, no solo me la abrieron sino que me permitieron girar en descubierto durante 180 días. Gracias a eso, el 30 de agosto de 1973, después de un año de trabajo incansable, logré abrir la fábrica”.

Como si fuera hoy recrea ese primer día. Había publicado un aviso en el Diario LA OPINION, gracias a la ayuda que también le dispensaron los hermanos Venini que por entonces eran propietarios del Diario. “Cuando abrimos gracias a esa publicidad había 200 personas en la puerta para entrar al local. Fue inolvidable”.

Menciona que comenzaron con dos bolsas de harina, un cajón de huevos y la verdura. Roberto estaba al frente de un equipo de 20 empleados que trabajaron denodadamente y con compromiso desde el día cero. “Me fui relacionando con los proveedores y con la ciudad. Molinos Río de la Plata me fiaba la harina; un señor me fiaba los huevos y la gente empezó a elegir nuestras pastas que al principio se comercializaban con la marca San Marino, un sello que más tarde tuvimos que cambiar porque estaba inscripto por una estancia en el registro de marcas.

Producto de esa modificación en el nombre comercial, nació “Betania”. Respecto del origen del nombre Roberto cuenta que cuando estaba en el campo había sido director de un semillero que se llamaba así. Y refiere que “es un nombre que en catalán quiere decir: ‘Se recibe a todo el mundo de buena fe’”. La denominación fue de algún modo la esencia de ese lugar que Roberto manejó hasta el 31 de diciembre de 1998, en que se retiró. “Me sentía realmente cansado porque es una actividad que importa muchas horas de trabajo y sacrificio. Hablé con mis empleados y con uno de mis hijos que trabajaba en la fábrica y les señalé que consideraba que había llegado el tiempo de retirarme. Ellos tomaron la decisión de seguir adelante, formaron la Cooperativa de Trabajo ‘San Marino’ y trabajan hasta el día de hoy en Yrigoyen y Bolivia”.

Aunque reconoce que en un principio le costó dejar la fábrica, con el tiempo se fue adaptando a otras rutinas. Comenzó a acompañar a su esposa en su actividad comercial dedicada a la venta de productos cosméticos. “Mi esposa es cosmetóloga y tiene la representación de una marca, armó su negocio hace muchos años y la empecé a acompañar en un emprendimiento en el que actualmente también trabaja uno de mis hijos”.

A la par de ello tiene una pequeña bodega en Mendoza y aunque confiesa que siendo joven le hubiera gustado tomar aquel desafío de viajar a Canadá para desarrollar su profesión de enólogo, hoy no lo lamenta. La vida le tenía reservado otro destino que él y su dedicación supieron forjar.

Cuando habla de la fábrica reconoce que la mayor satisfacción se la dio el trato con los empleados, con quienes conformó un gran equipo. Recuerda las extensas jornadas de trabajo, pero también los asados y partidos de fútbol que jugaban cerca de la curva de Peña donde se reunían los domingos luego de haber bajado las persianas del comercio. “Los llevaba en un viejo Peugeot 404 que tenía, a veces hacía dos viajes, nos juntábamos a comer luego de trabajar, después cada uno a su casa y nos volvíamos a reencontrar el martes. Eramos como una familia”.

Su familia y los anhelos

Roberto es padre de cuatro hijos: Andrés, María Cecilia, Pablo y Walter. Y abuelo de Eileen, Ian, Joaquín, Juliana, Josefina, Ema y Máximo. “Tres de ellos viven en Rosario y el resto en Pergamino”, cuenta orgulloso de esa familia que es la base de sustentación de su vida.

Ese es su universo afectivo, el que se enriquece con una infinidad de buenos amigos cosechados a lo largo de la vida. “Me conoce mucha gente porque he andado por todos lados por mi actividad comercial y porque soy un apasionado de viajar”.

Cuando lo dice se introduce en una de las actividades que le resultan más placenteras: conocer lugares y conocer gente. Tiene la curiosidad de los viajeros que no disfrutan tanto de ir a centros turísticos como de recorrer cada rincón de los pueblos y ciudades para tomar contacto con las verdaderas costumbres y sentir de la gente. Se ha nutrido de eso. Y se nota.

Asegura que “no tiene vejez” ni siente la edad que tiene. “Vivo bien, no me siento viejo, a pesar de que el cuerpo no me acompaña”, expresa.

Le gusta viajar y esa es su mayor inquietud. “Tuve una casa rodante desde el año 1978 hasta hace cinco años que la vendí. Hice 650 mil kilómetros recorriendo América. Me gusta viajar. Estoy esperando que a mi señora le pongan ‘el control remoto’ en el corazón para empezar a viajar de nuevo”.

Por ahí van sus proyectos y sus anhelos. “Ese es nuestro proyecto de vida”, resalta este hombre que si tuviera que definirse a sí mismo afirma que diría que es “un aventurero”. Esa cualidad, acompañada del esmero del trabajo, es quizás su principal capital, y la que le ha permitido nutrirse de vivencias inolvidables que dejan una huella que marca el camino.