Avances:
Programan la relocalización de sectores de fácil inundación El Programa Emprender abrió nuevos talleres en Villa San José Habilitarán un puesto fijo de matriculación en la Región Sanitaria IV
Perfiles pergaminenses

Roberto Herrera: una vida dedicada a la neurocirugía con profunda vocación

Roberto Herrera, en la intimidad de su consultorio, relató su historia de vida. (LA OPINION) Roberto Herrera, en la intimidad de su consultorio, relató su historia de vida. (LA OPINION)

Es un profesional de reconocida trayectoria y aunque trabaja en centros de alta complejidad de distintas ciudades y es convocado en el mundo por su experiencia, jamás abandonó Pergamino, donde ejerce y tiene su familia. Es una persona que de la mano del conocimiento le aportó a su especialidad innovación y capacidad al servicio de salvar muchas vidas.


Roberto Rafael Herrera es un conocido neurocirujano nacido en Pergamino que acepta trazar su “Perfil Pergaminense” en una conversación amena, atravesada por la Medicina y por las historias de una vida intensa y colmada de satisfacciones personales y profesionales.

Nació en el Hospital San José y creció en el barrio Ameghino. Fue a la Escuela N° 10 hasta cuarto grado y terminó la primaria en la Escuela N° 22.  Recuerda con entrañable cariño a su maestra de primer grado, Teresita Targeta, siempre con su seriedad, sensibilidad y el guardapolvo impecable. Su papá fue Antonio, un hombre que trabajó en Obras Sanitarias y tenía un camión atmosférico que lo ocupaba por las tardes; y su mamá es Marta Amelia, conocida como “Hicha” y un ama de casa de las de antes. Perdió a su hermano Antonio, “Pichi”, que falleció a causa de un tumor cerebral a los 20 años. Roberto tenía 22 por entonces y fue para él una pérdida irreparable, al tiempo que también marcó su perfil profesional. “Fue terrible, un gajo de un árbol que se cortó. Fue muy dura esa pérdida”, refiere.  Sus otros hermanos son Mariel, profesora de Música; y Javier que trabaja con él en el Instituto del Diagnóstico.

Estudió Medicina en la Universidad Nacional de Rosario. Desde siempre supo que quería ser médico. Más tarde descubrió que su pasión era la neurocirugía. “A mi hermano lo operó el profesor Matera; por entonces yo ya estaba estudiando y cuando lo conocí a Matera me impactó su personalidad, era una época en la que los neurocirujanos eran como un Dios para la gente porque había muy pocos profesionales que abrían una cabeza”, cuenta y agrega: “Conocerlo hizo que decidiera que mi especialidad iba a ser la neurocirugía”.

Una figura inspiradora

Así como la especialidad estuvo guiada por la impronta del profesor Matera, su vocación de ser médico la descubrió tempranamente inspirado en la figura de su pediatra, el doctor José Derisi. “Nosotros vivíamos en un hogar muy humilde; yo sufría mucho de la garganta cuando era chico y veía llegar al doctor Derisi a cualquier hora de la noche para verme, en una época en la que los médicos te ponían una toalla en la espalda y te escuchaban con la oreja. Ese hombre para mí fue un ejemplo”.

“Me recibí, hice la especialidad en el Hospital de Emergencias de Rosario, ahí obtuve el título de neurocirujano y después di vuelta por muchos lugares: completé la formación con rotaciones en Estados Unidos; en España, donde estuve en Sevilla trabajando y he recorrido mucho. Nunca olvidé la figura de mi pediatra que fue tan inspiradora para mí”.

Una pasión

Siente por la neurocirugía una verdadera pasión. “Toda la medicina ha evolucionado y la neurocirugía mucho más. Cuando nosotros comenzamos a operar el microscopio tenía una lucecita amarilla que no se veía nada. Hoy tenemos mecanismos de movimiento electrónico y lo que hoy vemos es con mucha precisión”, resalta.

Recuerda como si fuera ayer que realizó el primer procedimiento quirúrgico: “Yo era estudiante de Medicina de quinto año, empecé a concurrir al Hospital de Emergencias porque sabía que quería hacer neurocirugía, me quedaba con el neurocirujano de guardia y lo ayudaba. Una noche entra un traumatismo de cráneo y me deja hacer el primer agujero en la cabeza de un paciente”.

“Antes, para ver la cirugía de un profesor nuestro, estábamos subidos a una tarima de madera haciendo equilibrio y mirando por arriba del hombro. Hoy quienes se forman pueden ver en un TV de plasma en 3D lo que el cirujano está viendo en el campo quirúrgico”.

Siempre emprendedor

Los avances han sido extraordinarios y su vocación ha acompañado esas transformaciones. En su ejercicio profesional siempre fue innovador.

“A mí me gustaba lo vascular y toda mi formación se orientó en eso. Hoy en día mi equipo es el único que tiene amplia experiencia en by pass cerebral y yo debo ser sin dudas quien más intervenciones de ese tipo lleva realizadas en Argentina y en América Latina”, cuenta.

“En el año 2000 en un Congreso en Estados Unidos vimos que los tumores cerebrales se comenzaban a operar con un resonador en el quirófano, algo que mejoró la eficiencia de ese tipo de intervenciones complejas. Sentí que ese era el camino para el futuro y comencé a trabajar con ello en Argentina”, agrega, resaltando que en ese momento aquello parecía una utopía.

“Incluso el ministro de Salud nos dijo que no nos podía habilitar porque eso no existía, encontramos muchas resistencias porque era algo que hacían en Harvard, en Alemania y en ninguna parte más. Insistimos y lo logramos”, refiere señalando que esa iniciativa ocasionó un viraje en su profesión. “Cuando comenzamos con esto fue imposible instalarlo en Pergamino, encontramos muchas trabas. Ofrecí el proyecto en Buenos Aires en distintos sanatorios y en todos de lo único que se hablaba era cuánto les iba a dejar de ganancia. Así llegué por casualidad a la Clínica Adventista de Belgrano, presenté la iniciativa y algunas experiencias y cuando terminé mi exposición, la pregunta que me hicieron fue cómo esto podía ayudar a la gente. Ahí supe que podía confiar y ahí comenzamos. Estoy feliz de haber desarrollado este proyecto allí y hoy tenemos más de 400 tumores operados con resonancia y nos invitan de todos lados para hablar de esto”, menciona.

Jamás dejó Pergamino

A lo largo de su recorrido nunca dejó Pergamino. Recuerda que en sus comienzos tuvo la posibilidad de trabajar como neurocirujano en el Hospital San José.

Hoy su rutina profesional transcurre en distintos lugares. En Pergamino siempre estuvo vinculado a la Clínica Centro; en Rosario siempre atendió. “Allí operé en el Sanatorio de los Arroyos y en el presente soy  miembro del staff de neurocirugía del Hospital Privado de Rosario que se inauguró hace poco tiempo, donde opera los lunes.

“Los viernes hago consultorio en Buenos Aires y opero miércoles, jueves y viernes desde el año 2004; y martes y parte del miércoles atiendo el consultorio en Pergamino”.

El Instituto del Diagnóstico

El Instituto del Diagnóstico de Pergamino es un lugar emblemático de su carrera. “Cuando vine a Pergamino no había tomógrafo y la gente iba a realizarse los estudios a Junín. Por eso es que empezamos a transitar el camino del diagnóstico por imágenes”, refiere y recuerda que en 1987 trajeron el primer tomógrafo computado de la ciudad. “Estábamos en la avenida y cuando el Instituto creció construimos el edificio en calle 9 de Julio donde funcionamos actualmente. Fue un emprendimiento que unió el esfuerzo de un grupo de profesionales. Soy el director desde que se fundó”.

Su principal tesoro

La vida familiar de Roberto Herrera también está marcada por la profesión médica. Está casado con Emilia “Pocha” Bernardo, una ginecóloga también de reconocida trayectoria en nuestra ciudad. “Ella es rosarina, nos conocimos en el Hospital, hicimos la residencia juntos. Es el pilar que permitió que mis hijos estudiaran y que yo pudiera desarrollar mi profesión”, expresa emocionado Roberto.

Habla con profunda admiración de su compañera de vida y reconoce en ella un mérito enorme que señala en la charla: “Ella nunca dejó de desarrollarse profesionalmente y es brillante en su especialidad. Ella se hizo cargo de todas nuestras ausencias, de apoyarnos en nuestros emprendimientos y de seguir adelante con su carrera”.

Es papá de tres hijos que son su orgullo: Juan Martín es neurocirujano, formado en el Hospital El Cruce donde es jefe de residentes. “Termina su residencia en junio y comenzaremos a trabajar juntos”. Roberto Federico es traumatólogo, jefe de residentes en el Hospital Güemes de Haedo y ha estado en España haciendo microcirugía traumatológica. Y Facundo está en segundo año de la carrera de Medicina. “Todos han seguido nuestro camino y lo han elegido con profunda vocación”, sostiene, alentado por la posibilidad de emprender un camino de desarrollo profesional compartido. “Hablo mucho con mis hijos y siempre les digo que lo más lindo que me pasa es que me sigo alegrando mucho cuando un paciente anda bien y lo podemos ayudar; y me sigo amargando muchísimo cuando un paciente anda mal. Ese es el termómetro que marca la pasión”.

Un entusiasta de las cosas

Cuando no está trabajando le gusta hacer de todo: “Hago bicicleta siempre que puedo, muchas veces con mis hermanos y otras, solo. Voy al Parque Municipal”.

Menciona que desde chico estuvo muy cerca del deporte. “Jugué al fútbol en Argentino, tengo mis amigos de aquella época. Hice atletismo y también jugué al basquetbol en Ameghino”.

Rememora que en la vida de los chicos de Pergamino alguna vez los clubes eran más importantes que la confitería. “Había una sola a la que se iba un día de la semana y de vez en cuando. El resto del tiempo transcurría en el club. Hoy esa ecuación se ha invertido”, dicho esto con nostalgia y algo de lamento. También en sus ratos libres le gusta cantar y tocar la guitarra. Al golf también le ha dedicado mucho tiempo y en cada lugar ha cosechado grandes amigos que mantiene, haciendo de la amistad “un culto”.

Grandes satisfacciones

Vuelve sobre la profesión cuando afirma que es algo que le ha dado enormes satisfacciones. “Me emocioné mucho en China, donde sin conocer a nadie me invitaron a hablar de los tumores y de lo que estábamos haciendo ante un auditorio de más de tres mil chinos. Otra emoción linda fue cuando en Dubai me nombraron integrante del directorio de una Sociedad de Neurocirugía de Estados Unidos, creo que no hay otro argentino que tenga ese honor. También cuando operé la primera vez con mi hijo fue muy conmovedor”.

Siempre pensando en hacer

Con buena parte del camino transitado, es inquieto y siempre está pensando en poner manos a la obra en nuevos proyectos. En ese plano menciona la aspiración de poder construir un centro neuroquirúrgico de alta complejidad en Pergamino, como un modo de devolver a la ciudad lo mucho que le ha dado. Mientras tanto, en Capital Federal ha iniciado conversaciones con empresas para equipar otro quirófano con resonancia intraoperatoria.

Una persona feliz

Siente que aún queda mucho por hacer y no piensa demasiado en la vejez. Tiene una vida plena y se reconoce feliz: “Creo profundamente en la teoría de Steve Jobs, de los puntos que hay en la vida de las personas y que se van uniendo. Mi vida ha sido y es una prueba de ello, cosas que fueron pasando y que en algún momento se unieron”.

“Soy feliz y si volviera a vivir transitaría el mismo camino. Soy feliz por mi familia y por la profesión. El hombre es un conjunto, no se puede ser feliz en una cosa e infeliz en todo lo demás. Lo ideal es encontrar un equilibrio y creo que lo hallé. Si te dedicás a una cosa y descuidás todas las demás en algún lado te va a saltar la infelicidad”, reflexiona.

Sobre el final piensa en sus padres, en los valores que recibió y los que inculcó a sus hijos. Piensa en su esposa y también en la fortuna de haberse podido desarrollar en aquello que tanto ama. Sabe que los neurocirujanos ya no son dioses. Apenas si son hombres comprometidos que trabajan en equipo para salvar la vida de tantas personas. Lo asume con profunda vocación y sin haber perdido jamás la capacidad de emocionarse ante lo que considera la perfección de la naturaleza: “Cada vez que abro una cabeza, con el mismo asombro del primer día, observo algo de una belleza anatómica y fisiológica que si no hubiera Dios, hubiera sido imposible que alguien haga”. Ese asombro y esa entrega, lo definen.