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Perfiles pergaminenses

Roberto Peña, el señor de la calesita y una vida dedicada a recrear lo mejor de la infancia

Roberto Peña, en “La Calesita de Martín y Fabián” de la Plaza 25 de Mayo. (LA OPINION) Roberto Peña, en “La Calesita de Martín y Fabián” de la Plaza 25 de Mayo. (LA OPINION)

Junto a su esposa iniciaron hace años el camino que los transformó en “calesiteros”. Hoy persiste con compromiso y responsabilidad en la tarea cotidiana de mantener intacta la ilusión de los niños cada vez que pone a girar su carrusel de la Plaza 25 de Mayo. Con cada familia de sus pequeños clientes estableció un vínculo de gratitud y respeto.


Angel Roberto Peña es “el señor de la calesita de la Plaza 25 de Mayo”. Descubrió su oficio de manera casi fortuita cuando hace muchos años, impulsado por una propuesta de su esposa. se embarcó en la aventura de comprar una e iniciar el camino que le abrió las puertas de una historia que no dejó de escribir desde entonces. Feliz de trabajar en el territorio de la infancia y de las familias, sabe que para muchos niños la calesita es “el primer juego”. También lo fue para él cuando teniendo 7 años descubrió que los carruseles existían, gracias a un señor que llevaba juegos itinerantes de barrio en barrio. “Yo hasta ese momento no sabía lo que era una calesita”, confiesa. Y con nostalgia acerca a la conversación las vivencias de aquel tiempo, vivido en una ciudad muy distinta a la de hoy, con pocos barrios y muchas calles de tierra: “En Pergamino no había calesitas estables y un señor llamado Juan Timonel que tenía una calesita y un juego de botes columpio, los iba rotando de barrio en barrio una vez por mes. Gracias a él fue que un día esos juegos llegaron a mi barrio y así conocí la calesita”, menciona rescatando el recuerdo y el agradecimiento infinito a ese hombre que, al decir de Roberto, “fue alguien que en su época hizo historia”.

Roberto nació en lo que antes era barrio San José y hoy se conoce como Oeste Martín Illia, en la zona de Alsina y Perú. Orgulloso de sus raíces, guarda de su infancia los mejores recuerdos. “Jugábamos en la calle, teníamos muchos amigos y la vida era simple”, refiere. Hijo de Miguel Angel Peña, que murió a unos jóvenes 41 años, cuando Roberto apenas tenía 4; y Ofelia Barraza, fallecida hace unos años, tiene dos hermanos: Francisco Miguel e Isabel Luján.

“Calesitero”

Cuenta que corría el año 1987 cuando con su esposa Adriana Ianni llevaban a “La Tancucha”, la histórica calesita de la Plaza San José, a su hijo Luciano. “Un día la calesita desapareció porque sus dueños se radicaron en Córdoba. Y fue mi esposa quien un día, de la nada, me dijo: ‘Que lindo sería tener una calesita nuestra’. Esa expresión de deseo por lo que significaba para muchas familias ese entretenimiento, fue cobrando forma. Y de la mano de ese anhelo que ella tenía, comenzó todo”. Se emociona cuando recrea aquellos primeros pasos. Las búsquedas incansables y el afán de hacer de ese emprendimiento familiar, una iniciativa que perdurara.

En aquella época Roberto trabajaba como administrativo y chofer de una empresa de confecciones. Sin embargo, con su esposa se abocaron a comprar la primera calesita: “Encontramos una que estaba en venta en la esquina de Vela y 9 de Julio, la compramos, reacondicionamos, siempre con la idea de instalarla en la Plaza San José que había sido un lugar emblemático. Pedimos los permisos correspondientes y arrancamos”, relata. Y con satisfacción agrega: “Fue un éxito nuestra calesita, un sueño hecho realidad que surgió de la nada”.

Ese proyecto fue nutrido de empeño y responsabilidad. Con el tiempo Roberto dejó su trabajo en la empresa y se transformó en “calesitero”, siempre de la mano de su mujer con la que transitaron a la par el camino.

Otros emprendimientos

Siempre con la calesita como protagonista, fueron dándoles forma a otros emprendimientos. Por aquellos años no había peloteros ni lugares de esparcimiento para la realización de fiestas infantiles. “Un día una amiga que vivía en Mendoza me comentó que allí un señor tenía un trencito y una calesita y los alquilaba para realizar cumpleaños. Tomamos la idea y con mi suegro y una gente amiga conseguimos hacer un cerramiento cristal en el sector de la plaza donde funcionaba la calesita y comenzamos a alquilar el espacio para hacer cumpleaños. El lugar tenía capacidad para 35 personas, nosotros no brindábamos el servicio de gastronomía, cada uno llevaba lo que iba a servir, y sí poníamos la música, el cotillón y la calesita que los chicos podían usar durante el evento”, describe. Y rescata que “fue una experiencia muy linda, que nos puso en contacto con muchas familias. Durante siete años los viernes y sábados trabajábamos con los cumpleaños y los domingos la calesita se abría al público”.

La trágica inundación que en 1995 afectó a Pergamino modificó el panorama económico de la ciudad y esa circunstancia hizo que las prioridades de muchas familias se alejaran de la diversión y de los festejos y que los recursos se destinaran a recuperar lo que el agua les había llevado. Roberto recuerda tristemente esa época y reconoce que “el trabajo comenzó a aflojar mucho; ante tanta necesidad la calesita quedaba relegada”.

Eso, lejos de desalentarlos, los obligó a reinventarse. “Los cumpleaños, si bien significaron una buena experiencia que también nos dio ingresos en su momento, también nos hicieron perder parte de la clientela habitual de la calesita, porque la gente que se acercaba viernes o sábados, de repente se encontraba con que la calesita estaba alquilada. Eso hizo que muchos se fueran y viendo esa realidad, comenzamos a idear otras alternativas”, menciona. Y prosigue: “Mi cuñado con un amigo había tomado la concesión de varios juegos en el Parque Municipal y una cantina. La calesita estaba en condiciones, pero no les interesaba. Nosotros se la compramos, pero el público no siempre llegaba hasta el Parque, más bien se volcaba hacia la Plaza Miguel Dávila. Observando eso fue que decidimos pedir los permisos para instalar la calesita en la Plaza 25 de Mayo, un espacio público que quedaba a medio camino entre la Plaza San José y la Plaza de Ejercicios y que estaba en el corazón de la ciudad. Cuando nos autorizaron, la instalamos y ese es el lugar donde funciona hoy. Durante un tiempo mantuvimos las dos funcionando, pero la de la Plaza San José fue desapareciendo y con el tiempo solo nos quedamos con la calesita de la ‘25’”.

Haciendo un recorrido por su larga historia de “calesitero”, Roberto comenta que la calesita chiquita que había quedado en el Parque Municipal fue trasladada al Parque España luego de recibir un ofrecimiento de la Municipalidad cuando ese espacio se estaba armando. “Carlos Elizalde, que en su momento era secretario de Obras Públicas llamó a mi esposa y nos hizo la propuesta. Fue un desafío que tomamos con mucho compromiso y desde el Municipio nos dieron una mano para ponerla en condiciones y para realizar el cerramiento del lugar”.

“Con mi esposa no la podíamos manejar, así que le propusimos a nuestro hijo Fabián que tomara la posta.  Desde los 11 años él estaba con nosotros en la calesita con su carrito pochoclero y conocía perfectamente la actividad. Aceptó y desde ese momento es él quien está a cargo de la calesita del Parque España”, agrega, con la alegría de saber que hay alguien que honra la tarea familiar y sigue sus pasos poniendo su propia impronta a una actividad que “pasa de generación en generación”.

“La Tancucha”

Orgulloso, cuenta que hace unos años los históricos propietarios de ‘La Tancucha’ los contactaron para venderles la calesita. Así salió la oportunidad de comprarla. “A mi hijo Fabián le dieron la posibilidad de poder pagarla de manera financiada y gracias a ello fue que hoy es de él ese carrusel hermoso del Parque España”.

Y un día volvió a girar

Como tantos otros rubros de la economía, la actividad de la calesita se vio seriamente afectada por la pandemia. “Estuve nueve meses encerrado en mi casa sin poder trabajar”, señala Roberto, reconociendo que fue una experiencia dura de transitar. “Por suerte el 19 de diciembre, luego de que el Municipio aprobara todos los protocolos presentados, la calesita volvió girar”, refiere y menciona que aunque puede funcionar a la mitad de su capacidad instalada y con estrictas normas de distanciamiento, volver a ver la cara de los chicos fue “una alegría inmensa”. 

“Además, sinceramente, el Municipio trabaja mucho para mantener muy linda la plaza, eso invita a que la gente nos visite”, agrega.

“Mi calesita tiene capacidad para 40 chicos sentados y me autorizaron 10 y 10 papás para acompañar que deben subir con barbijo. No puedo dar boletos ni permitir el uso del baño”, comenta, pero se muestra agradecido por la posibilidad de haber podido “volver a trabajar”.

La sortija, que era el símbolo más representativo de la calesita y en parte la atracción del juego, también desapareció con la pandemia. Roberto lo lamenta por lo que representa en lo simbólico, pero cuenta que acatando las normas sanitarias lo que él decidió es que pagando un boleto los chicos tengan la posibilidad de dar “una vuelta gratis”.

Un juego que se recrea

En tiempos en que la infancia está atravesada por múltiples posibilidades de esparcimiento, la calesita sigue vigente. Roberto lo advierte en la dinámica de un público que no solo se mantiene sino que crece. “Esto lo noté mucho más al reabrir después de la cuarentena. De inmediato, y con todos los cuidados, llegaron los chicos que venían siempre. Los de 3 años que estaban acostumbrados, lloraban en la primera vuelta porque desconocían el espacio. A la segunda vuelta ya estaban felices de nuevo. Y llegaron también los que no conocían la calesita. Llevo contados algo más de 65 que en estos días se subieron a la calesita por primera vez. Esos son invitados porque yo no les puedo cobrar a los padres por algo que sus hijos no conocen. La calesita es para los niños el primer juego y para los padres ese lugar donde vuelven a ser un poco niños y en el cual también se sienten seguros que pueden llevar a sus hijos de la mano o en brazos”.

“Siento un profundo agradecimiento hacia mis clientes, muchos de ellos, amigos. Es ingrato dar nombres, pero mencionaré a algunos como Luciano Zucarelli, Daniel Fernández, Néstor Suárez; los he conocido a ellos y a sus familias. Vaya en ellos mi gratitud infinita a los clientes de tantos años”, destaca.

Para mantenerse en pie

Cuando la charla promedia, Roberto cuenta que en estos últimos años la vida lo golpeó con importantes pérdidas afectivas. En un lapso de cinco años fallecieron su esposa y su hijo mayor. Un dolor que jamás sanará. Sin embargo, confiesa que la calesita fue lo que le permitió mantenerse en pie. Sin abundar en los detalles de esas pérdidas y en las instancias que quedan reservadas a su intimidad, Roberto sabe que su vida cambió a partir de lo vivido y siente que en la calesita encontró un refugio. “Gracias a la calesita, gracias a este reconocimiento que me hace esta nota a tantos años de trabajo, gracias a los innumerables clientes que más que clientes son amigos, gracias a la sonrisa de tantos chicos y a la confianza de padres, madres y abuelas es que pude seguir adelante. La calesita me hace vivir y yo necesito estar en este lugar”, concluye, trayendo a la conversación el recuerdo de su esposa, a quien define como “la precursora”.

“Ella era todo para mí y para la empresa familiar. A ella le debo todo”, finaliza y se dispone a estrenar un nuevo rato en el que cuando la calesita comienza a girar, vuelve a nacer la ilusión de un mundo mágico.