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Perfiles pergaminenses

Roque Crea: un italiano llegado a Pergamino para trazar aquí su destino

Roque Crea, la historia de un inmigrante italiano fiel a sus valores. (LA OPINION) Roque Crea, la historia de un inmigrante italiano fiel a sus valores. (LA OPINION)

Nació en un pueblo de la provincia de Reggio Calabria y llegó a los 6 años. Desde entonces es pergaminense y aunque conserva la nostalgia de su país natal, se siente parte de este lugar que lo acogió como a tantos inmigrantes. Trabajó en la fábrica Lucini, entre otros lugares. Agradece a la vida por su familia y por no haber claudicado ante las dificultades.


Roque Crea es italiano, nació en Serrata, provincia de Reggio Calabria el 20 de noviembre de 1947. Llegó a la Argentina a los 6 años. Su tío había venido antes, y más tarde su papá. “Mi padre le enviaba dinero a mi madre, él trabajaba en la Cooperativa La Edilicia, así que cuando reunimos el dinero suficiente viajamos a Argentina mi mamá y yo”. Con el colorido de las postales de la inmigración conocidas por todos, Roque relata lo que recuerda de aquello que a su corta edad vivió como una aventura: “Desde el pueblo en el que vivíamos nos fuimos a Roma en colectivo, desde allí a Génova donde embarcamos. Cuando el barco zarpó, el puerto estaba colmado de gente agitando pañuelos blancos. Para mí era una alegría porque a mi corta edad no me daba cuenta de lo que significaba irme de Italia. Estuvimos embarcados durante dieciocho días”.

Al llegar su padre los esperó en el Puerto de Buenos Aires y en tren desde Retiro llegaron a Pergamino, donde los aguardaba su tío Francisco Crea. Su madre se llamaba María Concepción Giovinazzo y su padre José Crea. Así iniciaron su vida de familia en la ciudad, en una casa en el barrio Acevedo, frente al Club San Telmo en la que vivieron hasta que se mudaron al barrio Centenario, donde Roque vivió muchos años. En Pergamino nacieron sus hermanas: Susana y Linda. Aunque había ido a la escuela en Italia, esa instrucción no le sirvió cuando llegó a la Argentina, por lo que recomenzó su escolaridad en la Escuela Nº 4 hasta que se pasó a la Escuela Nº 77 donde egresó. “Del colegio tengo muy buenos recuerdos, la primera maestra que tuve en la escuela del barrio Centenario fue Susana Rucci; en tercer grado a Lili Bagley; y en sexto a Rita Bálsola”.

“También recuerdo a mis compañeros Carlos Montano, el chico de Acuña, ‘Tito’ y ‘Tita’ Filomeno, Amelia Doyen, Elsa Sanz, Angel Ríos, Daniel Bartomioli y Zulma Bello”.

Asegura que aunque en su casa se hablaba italiano, él siempre se llevó bien con el idioma castellano. Fueron conviviendo las dos lenguas y las dos culturas en una vida que se fue armando sobre la base del trabajo y el sacrificio.

Nunca regresó a Italia, allí quedaron los recuerdos de sus abuelas, ambas de nombre Carmela y de sus abuelos Vicente y Roque. La raíz que siempre se añora. Su vínculo con la mamá de su madre fue entrañable. Según cuenta, ella ofició de partera en su nacimiento y él creció en esa casa. “Recuerdo que mi abuelita iba a regar el maíz a la montaña y con mi madre cosechaban olivares. También iban a lavar la ropa a un arroyo de agua cristalina”. El contacto con su tierra natal se mantuvo a través de las cartas que escribía su padre que había sido un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial. “Las anécdotas de ese conflicto siempre estaban presentes en la mesa familiar. Yo tengo guardada la libreta del Ejército como una reliquia”, menciona.

Una pérdida irreparable

Señala que su madre sufrió mucho la muerte de su padre que falleció a temprana edad. Roque había viajado ese fin de semana a Buenos Aires y al regresar unos amigos lo estaban esperando en la vieja estación de Omnibus para darle la noticia. Sintió el impacto y resonaron en su mente las últimas palabras de su padre que al despedirlo ese fin de semana le recomendó que se cuidara mucho, en un gesto protector. Su papá había sufrido un accidente laboral en Lucini y ese episodio trágico cambió la vida de Roque para siempre por cuanto con apenas 20 años asumió el cuidado de su madre y sus hermanas como corresponde al hermano mayor. “Mi mamá tenía 47 años y guardó luto durante 8 años, se vestía íntegramente de negro, tenía el pelo muy largo y se hacía trenzas. Sufrimos mucho y nos ayudó el doctor Munar, que era nuestro médico de familia, él fue quien la desafío a mi madre para que abandonara el luto, se vistiera con otros colores y se cortara el pelo. Muy a su pesar y pensando en nosotros, finalmente lo hizo y desde entonces comenzó a usar el cabello corto que le quedaba muy bien”.

La polio y otras dificultades

A los 12 años Roque enfermó de poliomielitis y eso le dejó una secuela importante en sus piernas. “De la noche a la mañana quedé imposibilitado de caminar. Me tuvieron que llevar a Alpi. Siempre lamento que estaba entrenando para jugar al fútbol para debutar en la Sexta de Juventud, pero eso no pudo ser”, relata. Y recuerda la solidaridad de sus compañeros de colegio que lo llevaban y traían. “Yo me caía, me pegaba con los tobillos, era muy difícil. Estoy siempre muy agradecido a la mano que me brindaron el profesor Re-zza y mi compañero Morello, que se preocupaban por llevarme a mi casa”. Esa no fue la única dificultad de salud que le tocó atravesar. A los 18 años contrajo Mal de los Rastrojos. “El doctor Munar me salvó la vida y durante muchos años fui donante de plasma como un modo de permitir que otras personas se salven”.

El trabajo

Roque trabajó desde muy joven. Con su padre aprendió el oficio de albañil y siendo muy chico lo ayudaba en algunas obras. Cuenta que su libreta de trabajo se inauguró formalmente a los 14 años cuando entró a trabajar como aprendiz en Toppazzini, donde hacían cabinas de tractores. “Allí aprendí a soldar y tuve muy buenos compañeros.

“También salía a vender por la calle las verduras que cosechábamos en la quinta. A pesar de mi dificultad para caminar bien, andaba y la gente me ayudaba mucho.

“A los 18 años a través de un señor que había conocido, conseguí entrar a trabajar en el restaurante ‘El Descanso’ en una época de esplendor del Cruce de Caminos”, cuenta. Y recuerda con cariño a sus patrones: Andrés Roldán, Iza y Don Elio.

“En esa época se corrían los grandes premios y trabajando en ‘El Descanso’ tuve la posibilidad de conocer a mucha gente que venía a las carreras como Graciela Borges, Manuel Bordeu y Ricardo Sauce”. También trabajando allí conoció al “cabezón” D’Onofrio y al “Cáscara” Villanueva. “El Cruce de Caminos en esa época estaba en pleno esplendor y en el Hotel Rex paraban todos los famosos. Fue una época muy linda”, refiere.

Más tarde ingresó a Lucini. “Omar Lucini fue lo máximo para mí, siempre me ayudó mucho. Estuve en varias secciones y siempre tuve compañeros que me ayudaron como Pedro Acha, los Marucci, los Pallero, los Fernández, los Morello, Hugo Alvarez con su padre, Jorge Omar Sacruch que está pasando un mal momento que espero se resuelva; y tantos otros que sabrán disculparme el olvido”.

También fue sereno en Radio Mon y se honra de haber conocido a Carlos Trincavelli (padre) y a tantas personas con las que se relacionó en la emisora.

En otra etapa de su vida colaboró en la dirección de equipos de fútbol amateur tanto de varones como de mujeres. “Uno de los equipos se llamaba ‘Bicicletería Belsa’ y en la final le ganamos a ‘La nueva fuerza’. Y con Brizuela dirigimos también un equipo de mujeres que se llamaba ‘Santa Rosa Modas’ recuerdo que el plantel estaba integrado, entre otras por Elena Anzotegui, ‘la negra’ Brizuela, ‘la negra’ Plumari, Mirta Rosello y Mirta Farías. Fueron lindas vivencias”.

Su familia

Desde que falleció su padre asumió el cuidado de sus hermanas. Cuenta que ellas conformaron su familia antes que él. Así menciona a sus sobrinos: Cristian, Melina, Andrea y Evangelina; Juan José, Silvana y “Teto”. También menciona a sus sobrinos nietos: Santiago, José, Estefanía, Lucio, Jonathan, Nicolás, Ian y Maximiliano.

El se casó a los 33 años con Elsa Beatriz Schiebert, a quien conoció en Arrecifes, casi por casualidad o por obra del destino. En una época por recomendación del exintendente Alcides Sequeiro, Roque fue portero en una escuela de San Andrés de Giles. Viajando en esa ciudad se ofreció a curar el “mal de ojo” a la beba de una señora que iba en el micro y que no paraba de llorar. La niña se calmó de inmediato. A raíz de ese gesto, un señor, Ricardo Urruti, que resultó ser funcionario de la Gobernación y era oriundo de Arrecifes, lo felicitó. Le dio su tarjeta personal y le manifestó su compromiso de realizar las gestiones para que lo trasladaran a trabajar a una escuela de Pergamino. Al poco tiempo ese traslado llegó y Roque sintió el deseo de visitarlo para agradecerle. Fue así que llegó a Arrecifes y allí haciendo un mandado, quedó prendado de la belleza de una joven. Descubrió que era empleada en la casa contigua a la de Urruti. Se quedó en la puerta observando los movimientos de la joven. Incluso la esperó en la parada del colectivo que tomaba para regresar a su casa. “Primero no me dio bolilla, pero a la semana siguiente volví y aceptó conversar conmigo”.

Esa bella mujer que hacía tiempo trabajaba en la casa de la familia Merlasino y que era muy querida por sus patrones, se transformó en su esposa, con la que comparte la vida hace 38 años.

Trabajando en Pergamino, como portero de la Escuela de Educación Técnica Nº 2 Profesional de Mujeres, estableció su familia, su principal tesoro. Es papá de tres hijos: Ana María (36), Lorena Paola (34), en pareja con Juan Ignacio Mainente; y Jesús Ignacio (26). Y abuelo de Ciro Ignacio y Milagros Ailén. Desde 1990 vive en José Hernández.

La mensajería

Cuando llegó el tiempo de la jubilación en la Escuela Técnica Nº 2, Roque se encontró con nuevas rutinas. “Empecé a hacer trabajos de mensajería con José Luis Lanzillota y después se fueron sumando vecinos que me encargaban distintos tipos de trámites.

“Hace quince años por intermedio de ‘Fito’ Argento y su esposa, comencé a colocar carteles para la inmobiliaria que tienen. A través de ellos conocí a Rosita Argento que me dio muchos mandados para hacer. Hoy estoy con ellos y les estoy muy agradecido a Héctor Argento, Rosita, su esposa, y Daniela, su hija, que son parte de mi familia.

“He tenido la fortuna de rodearme de gente buena, que siempre me han tendido una mano”, agrega y menciona con un gesto de gratitud a Gabriel Roca, su esposa Nancy y Mónica, su cuñada, por el apoyo en circunstancias complicadas de la vida.

Un hombre agradecido

Confiesa que le gusta Pergamino. Recorre sus calles a diario gracias a la tarea que realiza y aunque siente nostalgia de su tierra natal, aquí está su vida entera. Fiel a sus raíces logró cumplir el deseo de su padre que anhelaba que sus hijas pudieran tener su fiesta de 15 años. “Ellas pudieron tener su fiesta. A mis hijas lamentablemente no se las pude hacer, pero la vida siempre da revancha y ahora me estoy preparando para los 15 años de mi nieta”.

Roque menciona las veces que estuvo “cerca de la muerte” y agradece la vida a pesar de los obstáculos. Se desvela por el bienestar de los suyos. Y aceptar con fe las pruebas. “A los 53 años estuve en coma durante seis días a causa de una meningitis. Me salvó la vida el doctor Groisman y la enfermera Alicia Funes”. Algunos años después sufrió un ataque de hipertensión. Nada lo detuvo. Ni lo detiene. Quizás por su filosofía de estar siempre agradecido. “Yo estoy agradecido a la vida porque a pesar de todas las dificultades, logré salir adelante. Hay que tener mucha fe en Dios”, expresa anhelando simplemente tener vida suficiente para ver realizados a los suyos, cumpliendo sus sueños.

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