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Perfiles pergaminenses

Rosalía Paruma: a poco de cumplir cien años, una jovialidad admirable

Rosalía Paruma, en la cocina de su casa, con casi un siglo de vida. (LA OPINION) Rosalía Paruma, en la cocina de su casa, con casi un siglo de vida. (LA OPINION)

Tiene 99 años y es una mujer a la que le gusta vivir. Aunque con su movilidad reducida, tiene autonomía para ocuparse de las cosas de su casa y eso la mantiene activa. Disfruta del tiempo compartido con su familia, su principal pilar. Sus anécdotas son verdaderas postales de un siglo de vida.


Rosalía Paruma viuda de Di Bárbaro cumplirá 100 años en septiembre. Ya lo celebra con una lucidez que resulta admirable. Solo tiene una limitación motriz que le impide caminar, pero su silla de ruedas es una aliada en su vida. Aunque tiene algunas dificultades para escuchar, porque según afirma “está un poco sorda”, eso no le impide seguir una conversación rica en anécdotas. Su vida transcurrió atravesada por los principales avances de esta época. Nació en Tucumán y llegó a Pergamino siendo niña, cuando tenía 5 años. Su padre era un hombre de circo que tuvo un socio pergaminense y recorrió varios países de América Latina con ese arte tan popular como entrañable a la memoria de Rosalía. Sabe que su mamá se llamaba Rosa, pero no recuerda el nombre de su padre, aunque sí habla mucho de él.  “El circo que él tenía con su socio Alfredo Ganni era muy famoso, andaban por todos lados. Mi padre era muy ‘girante’ andaba mucho y era músico”. A ella le gustaba el circo y en su casa practicaba algunas pruebas que le hubieran permitido lucirse, pero nunca la dejaron.

Ese talento quedó reservado a sus juegos de niña. “Mi padre no quería que nos dedicáramos al circo, solo a uno de mis hermanos varones se lo permitió, pero a él no le gustaba así que se volvió”.

Al llegar a Pergamino se fueron a vivir a boulevard Rocha, más tarde se mudaron a Juan B. Justo. Fue a la Escuela Nº 6. Recuerda que la llevaban en mateo. “Al lado de mi casa había un vecino que tenía coche y mi papá lo contrató para que nos llevara y nos fuera a buscar al colegio”, menciona. Lo que cuenta es una postal de la ciudad de antaño. Eran diez hermanos, solo viven: Alicia, Martina y Carlos. “La familia quedó corta ya”, afirma con cierta resignación.

Recuerda que cuando el circo viajaba lejos, ella y sus hermanos quedaban al cuidado de su madre y esperaban con ilusión un cofre con regalos que su padre les traía al regreso, “mis preferidas eran las muñecas de porcelana y un fonógrafo muy lindo que tocaba y todo”. Su memoria está intacta.

Está desayunando mientras transcurre la charla. Refiere que come de todo. “No me cuido demasiado, me gusta comer de todo”. Se despierta temprano y tiene una rutina activa. En su silla de ruedas se las ingenia para tender su cama, lavar el baño, barrer y hacer pequeños quehaceres domésticos. Hasta hace un tiempo cocinaba. Sus tallarines caseros con salsa son los predilectos de sus bisnietos. Lo refiere con orgullo y dice que eso sucede porque “la receta tiene sus secretos”, esos que jamás revela.

Una familia unida

Siendo muy joven conoció al que fue su esposo, Cayetano Di Bárbaro, un inmigrante que llegó de Italia en la época de la guerra. Con él se casó a los 15 años y tuvo a su única hija: “Unita sola tuve, Elvia Rosa”, cuenta. Y menciona a su nieta: Claudia Ruscalleda y a sus bisnietos: Nahuel y Rodrigo. Ellos son su vida.

Recuerda felizmente a su marido a quien conoció en una fiesta. “No tuvimos un noviazgo largo, nos casamos ‘a la norteamericana’”, bromea recordando que ella era muy joven y él bastante mayor. “Estuvimos toda la vida juntos, él murió con más de 70 años porque se enfermó del corazón. Si eso no hubiera sucedido todavía viviría porque era un gringo fuerte”, asevera.

Relata que él había llegado en el barco que traía al país a los inmigrantes. Su padrino le había facilitado el dinero que necesitaba para establecerse. “Llegó sin conocer a nadie, estuvo un tiempo en el sur, donde aprendió un poco castellano y después llegó a Pergamino. También trabajó en el campo. Fue un hombre que se dedicó a hacer de todo para progresar. Fue tachero, arreglaba pavas, ollas y fuentones”.

Asevera que siempre se llevaron bien y que si discutían alguna vez lo hacían “de palabra” y por cosas que no tenían importancia.

Juntos a la par

Rosalía fue una mujer que acompañó a su esposo en la tarea de llevar adelante a su familia. Durante muchos años trabajó como acompañante de la mamá del “Gringo” Torrioni, en 9 de Julio y General Paz. “También lavaba ropa y planchaba para afuera.

“Regresaba a las 11:00 y me ponía a hacer las cosas de mi casa. Mi hija iba al secundario, la preparaba y después de comer y lavar los platos, me ponía a planchar. Nunca desprecié el trabajo porque con lo que ganaba podía pagar el Colegio del Huerto donde vivió mi hija”, agrega.

En su matrimonio, y producto de un gran esfuerzo, fueron progresando y con una hipoteca consiguieron comprar el terreno donde construyeron su casa. Es el lugar en el que Rosalía vive. “Este era un lote con una casa chiquita que tiramos abajo y edificamos”, refiere y menciona que un premio que sacaron en la lotería les dio en aquel tiempo la posibilidad de terminar su casa.

“En el fondo de casa con mi esposo teníamos una huerta. Había de todo, era muy lindo. Sembrábamos de todo, con los tomates hacía conservas. Guardaba los morrones en una pequeña despensa que habíamos armado.  Hacíamos orejones de higo, pasas de uva, cortaba los zapallitos en rodajas los secaba al sol y se mantenían en una bolsita. Preparábamos todas las cosas como los italianos. Pedirle a mi esposo que dejara la quinta era la muerte”, destaca.

“Mi marido hacía cualquier cosa, como tachero se armó un galpón en casa donde trabajaba”, agrega. Ella también trabajó mucho, hasta los 75 años cuando se jubiló.  De ahí en más dedicó su tiempo a cuidar a sus bisnietos. “Le ayudé a mi hija a criar a mi nieta y a ella a cuidar a sus hijos. Así que todos se criaron conmigo. Siempre estuvimos juntos y muy unidos”.

Un presente de rutinas simples

Vive sola, aunque un enfermero, Marcelo Echeverría, viene a visitarla varias veces al día para ayudarla en su higiene. El resto del tiempo la acompañan su hija y su nieta.

Claudia está presente en la entrevista y Rosalía la define como “su compañera”. Se miran con la complicidad que da el cariño en muchas partes de la entrevista, sobre todo en aquellos segmentos en los que la conversación transita por los recuerdos de la historia familiar.

Sobre la mesa de la cocina tiene una paleta de las que se utilizan para espantar moscas y un palo delgado, a modo de varilla, que utiliza para ayudarse a tomar las cosas que no llega a alcanzar por la limitación que le impone la silla de ruedas. La usa hace cinco años después de un golpe. “Es un palito del plumero que lo uso para empujar las cosas que no alcanzo a tomar”, cuenta, con una sonrisa que muestra su ingenio y su capacidad de sobreponerse a la adversidad.

En una de sus manos tiene un pañuelo. En sus tardes se dedica a coser algunas manualidades y siempre está predispuesta a buscar con qué mantenerse entretenida. “Tengo las manos un poco entumecidas y hago ejercicios todos los días abriéndolas y cerrándolas para sentirlas mejor”.

A pesar de la silla de ruedas ganó mucha autonomía. Eso le alegra. No se queja de su condición, solo bromea con que a la silla de ruedas le pongan un poco de aceite porque “anda chillando”.

No le gusta mucho mirar televisión, solo algunos programas de entretenimiento. Antes le gustaban las novelas y acostarse tarde. Con su marido no eran de salir demasiado. De joven iba a bailar y al obligado paseo. “Era la cita obligada. Con mis hermanas íbamos a misa a la Iglesia Merced y al Paseo por calle San Nicolás. Las chicas iban bien empilchadas y los muchachos de traje. Nos poníamos nuestra mejor ropa y guantes”. Parece una jovencita cuando lo recuerda con una luz en la mirada que delata la alegría de aquella época.

A poco de cumplir cien años

Cuando la entrevista la interroga sobre su edad, mira a su nieta y le pregunta cuántos años tiene. No lo recuerda bien, ensaya algunas respuestas. Arranca pensando que tiene 97. Su nieta la desafía hasta que ella encuentra la respuesta correcta. “Casi cien tengo, más precisamente 99”, afirma y menciona que el centenario llegará en septiembre. Acepta con templanza el transcurso del tiempo. Y espera ese cumpleaños para celebrarlo. “Nunca me imaginé vivir tantos años. Sabe vivir el presente. Confiesa que cuando está sola “no piensa en nada. No tengo tiempo para pensar porque estoy ocupada en vivir y en hacer todo lo que puedo”. Esa quizás es la clave de la longevidad, darle a cada cosa la importancia que tiene.

“Fui feliz. Tuve un buen marido, un gringo italiano que fue esposo y padre, era todo. Hoy también soy feliz, con mi sillita, ando. Y a las dolencias no les hago caso, nunca fui una mujer de aflojar y eso quiere decir mucho porque si uno se queja está lista”, concluye con la jovialidad de aquellas personas a las que les gusta vivir.

La entrevista finaliza cuando Rosalía termina su desayuno. Cuando deja la taza sobre la mesa, canta. Aparecen tangos, valses y algunas payadas. La música la acompaña siempre. Se mira con su nieta y sigue el hilo de canciones que tienen que ver con su historia, que le recrean vivencias y la mantienen viva, siendo testigo y protagonista, nada más y nada menos que de la espera de sus cien años.

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