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Perfiles pergaminenses

Salvador Ricardo La Licata, una vida comprometida con el trabajo, la docencia y la familia

Salvador Ricardo La Licata en la calidez de su hogar junto a fotografías de sus hijos y nietos.  (LA OPINION) Salvador Ricardo La Licata en la calidez de su hogar junto a fotografías de sus hijos y nietos. (LA OPINION)

Con 65 años, casado con Mónica Luján Pascuali, dos hijos (Julieta y Joaquín) y tres nietos (Pedro, Juan y Agostina), este pergaminense fue testigo directo de la Masacre de Ezeiza, trabajó de mozo en Capote, en Somisa, en Pergamino Seguros y fue docente en el Colegio Industrial. Hoy reparte sus horas de jubilado entre sus nietos y la Unión de Educadores Bonaerenses.


DE LA REDACCION. Salvador Ricardo La Licata el jueves cumplió 65 años y por esas casualidades del destino tres días después recibe este regalo: es el Perfil Pergaminense de este domingo.

Nació en Pergamino el 30 de agosto de 1953 en la casa de sus abuelos: “Mi papá, Salvador Francisco La Licata, era carpintero; y mi mamá, Angela Esper, era ama de casa y hacía costura para un taller. Mi papá era descendiente de sicilianos y mi mamá de sirio-libaneses. Del fruto de ellos nacimos mi hermana Norma Mirta y yo. Cuando tenía dos años nos fuimos a vivir a Paraguay 105, donde mis padres hicieron una humilde y hermosa casa a través del Banco Hipotecario”.

Recuerda que tuvo una infancia muy feliz pero “diferente”, según subraya con un tono de voz distinto al que viene hablando y explica por qué: “Era una época muy difícil, mi mamá trabajaba en mi casa y con lo que ganaba ella comíamos; mientras que con el sueldo de mi papá pagábamos el crédito hipotecario. En mi infancia esperábamos a los Reyes Magos con mucha ilusión. Siempre esperaba como regalo un camión hermoso que había visto en una juguetería del Centro, pero nunca llegaba. Mis padres nos decían que los mejores juguetes que traían los Reyes Magos no llegaban hasta nuestra casa porque vivíamos en calle de tierra y los mejores regalos los dejaban en el Centro. No fui al jardín de infantes porque no existía. Pero sí fui a la Escuela Nº 4, en calle España. Allí me di cuenta de que me gustaban las letras y estudiar, tengo muy lindos recuerdos de mis compañeros de esa época. Después seguí estudiando en el Colegio Industrial, ya que mis padres decían que el varón tenía que salir a trabajar y la educación que recibiría en este colegio me daría las herramientas para hacerlo. Mis padres eran muy buenos pero también muy severos. Nunca me llevé una materia en el Industrial, egresé en 1972 como técnico mecánico nacional”.

Mientras estudiaba Salvador tuvo algunos trabajos de los que se siente orgulloso: “A los 7 años, en las vacaciones de verano, etiquetaba espumitas, las que se usaban para los carnavales. Trabajé de cadete en la Joyería Mary Ross y a los 17 años fui mozo en Capote, un bar/confitería que estaba ubicada en San Nicolás casi llegando a Florida, cerca del Banco Monserrat. Con lo que ganaba ahorraba para pagarme los gastos de la escuela”.

 

La Masacre de Ezeiza

En 1973, con 21 años, Salvador La Licata comenzó el Servicio Militar y fue protagonista de un hecho trascendental en la historia del peronismo: la denominada Masacre de Ezeiza: “Hice el Servicio Militar en Ezeiza, en Aeronáutica. Fue un año muy difícil. En 1973 llegaba Juan Domingo Perón de España y, al estar alistado en el Servicio Militar, estuve en la Masacre de Ezeiza: más precisamente a 100 metros de donde ocurrió el trágico hecho. Allí teníamos el Cuartel, por lo que estuvimos una semana apostados, sin movernos, para que no pasaran las personas que querían ir al Aeropuerto a ver a Perón. Recuerdo que a las 14:00, comenzó el tiroteo y después ocurrió todo lo que ya se sabe. No pensaba si me iban a agredir o a tirotear, en el Servicio Militar te dicen que el soldado tiene que ser firme, fuerte y tener postura de guerrero. Por eso estoy de acuerdo en que no se haga más el Servicio Militar porque los chicos lo sufrirían mucho”, argumenta su postura La Licata.

Una vez que finalizó el Servicio Militar comenzó a estudiar Ingeniería Mecánica en la Universidad Tecnológica de Nacional de San Nicolás. Paralelamente empezó a trabajar en cuatro turnos en Somisa en los talleres de mantenimiento eléctrico: “Ni bien entré a trabajar decidieron ubicarme en unas oficinas técnicas, hasta que con el tiempo llegué hasta la categoría más alta que pude en esa dependencia. Vivía en el hotel de solteros de Somisa, ubicado en el barrio General Savio, donde la convivencia era muy buena, con chicos jóvenes y estudiantes. Así que estudiaba y trabajaba a la vez. Faltando pocas materias para recibirme decidí posdatarla”, recuerda Salvador con lujos de detalles como si hubiera ocurrido ayer.

 

La familia

El año 1974 es fundamental en la vida de Salvador La Licata: comienza a estudiar en la UTN, trabaja en Somisa y conocerá a la mujer de su vida. Entre Somisa, los estudios en la UTN y los viajes a Pergamino los fines de semana La Licata conocería a una joven pergaminense, Mónica Luján Pascuali, con quien se pondría de novio y en octubre de este año cumplirá 40 años de casados: “Los sábados a la tarde terminaba de trabajar, me venía de San Nicolás a Pergamino en colectivo, íbamos con Mónica a bailar y a las 3:00 me acompañaba a la Terminal de Omnibus ubicada donde hoy está la Casa de la Cultura, tomaba el colectivo y me volvía a Somisa ya que entraba a las 6:00”, recuerda vívidamente La Licata y agrega: “En 1978 nos casamos así que en octubre de este año cumpliremos 40 de casados. Del fruto de ambos nació Julieta (38), farmacéutica, casada con Franco Raschetti; y de ellos tenemos dos nietos, Pedro y Juan (11 y 9 años respectivamente), son la luz de mis ojos. Y también después nace Joaquín (34), técnico radiólogo, unido con Cecilia Caffaro, quienes trajeron al mundo a una princesita, Agostina (4 años).Con los varones nos divertimos jugando a las cartas y con mi nieta hacemos dibujos y muchas manualidades, realmente paso momentos hermosos con ellos y los extraño mucho cuando no me vienen a visitar”.

En 1978 La Licata se radica definitivamente en Pergamino al tiempo que edifica su propia casa y comienza a darle forma a un hogar: “En seis meses hice mi casa con la ayuda de mis padres y de mis suegros. Trabajaba los feriados en Somisa y los cobraba al 300%, y con ese dinero compraba los pisos, las aberturas, etcétera. Los muebles me los hizo mi viejo, por ejemplo, que fue un excelente carpintero”.

 

Momentos difíciles

“Estando en Pergamino empecé a trabajar en una empresa de mi suegro y luego entré en Pergamino Seguros, en Uriburu (hoy Florida) y Merced, donde estuve por 20 años. Recuerdo que salió un curso sobre Introducción a la Computación digital, así que me anoté y con esos conocimientos entré en la compañía aseguradora. Comencé como auxiliar y terminé como cajero”, narra orgulloso La Licata. Pero rápidamente su semblante se entristece al contar que “luego de 20 años de trabajo viví momentos muy difíciles porque bajaron las persianas y nos despidieron a todos: fue en octubre de 1996. Casi 100 familias quedamos en la calle. Entonces comencé a hacer changas y mi señora trabajaba en casas de familia”. Salvador La Licata se queda pensando unos segundos y arranca la charla otra vez, pero ahora se nota en su semblante y en su voz un tono de orgullo por lo que tiene para decir sobre otra de las changas en talleres de costura: “Creo que no quedó un taller de costura de Pergamino en el que no haya limpiado los depósitos, haya acomodado las bovinas o le haya liquidado a las empleadas las horas de trabajo, trabajé en cuanto taller de costura había en Pergamino en esa época”.

 

“¡Chau Lali!”

La docencia es una de las pasiones de Salvador La Licata y cada vez que habla del Colegio Industrial o de cómo lo recuerdan sus exalumnos, se le infla el pecho: “Más tarde, en 1998, cuando mi hijo comenzó la secundaria lo llevé al Colegio Industrial y el director me propuso dar clases allí. Un tiempo después empecé a trabajar en la Escuela de Artes y Oficios Monseñor Scalabrini como preceptor. Allí trabajé durante nueve años y renuncié para tomar más horas en el Industrial. Di materias como Lenguaje tecnológico, Sistemas tecnológicos, en fin, materias técnicas. Hasta 2015 que me jubilé. Allí me hicieron una hermosa despedida, muy emocionante, creo que la mejor cosecha de tantos años en la escuela fueron los alumnos, cuando me ven por la calle me gritan ‘¡Chau Lali!’. Realmente es muy gratificante. Actualmente integro la comisión cooperadora del Colegio Industrial y soy delegado de la Unión de Educadores Bonaerenses, integrando la comisión directiva”.

 

Debía una materia

Ya de grande, Salvador La Licata no se quedó con todas las materias que cursó durante su vida y un día descubrió que debía una. Así que fue en busca de ese nuevo desafío: “Cuando iba a la pileta de una quinta con mis nietos descubrí que no sabía nadar, era como que debía una materia. Entonces a los cincuenta y pico de años decidí aprender a nadar, lo que para mí fue una hermosa experiencia, todo el mundo me ayudó hasta que un día me largué a nadar solo. Fue una satisfacción y una alegría enorme, incluso me entregaron un diploma que atestigua que había ascendido de Mojarrita a Pejerrey”, cuenta Salvador en medio de risas cargadas de mucha emoción y satisfacción de haber entendido que a los “cincuenta y pico”, como dice él, todavía quedan por aprender muchas lecciones en la vida.