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Perfiles pergaminenses

Tomás Ghío: una vida dedicada al campo, al negocio y al bienestar de los suyos

Tomás Ghío abrió las puertas de su casa y de su vida para dialogar con LA OPINION. (LA OPINION) Tomás Ghío abrió las puertas de su casa y de su vida para dialogar con LA OPINION. (LA OPINION)

Tiene 85 años y una historia rica en anécdotas. Creció en la zona rural y más tarde, ya viviendo en la ciudad, fue comerciante. Tiene una familia que es su principal pilar y transcurre esta etapa disfrutando de tener buena salud y cerca a sus seres queridos.


Tomás Ghío tiene 85 años. Tiene el aspecto de los descendientes de italianos, la jovialidad de las personas que han vivido intensamente y un color de ojos claros y profundos. Es amable en sus apreciaciones. Recibe la entrevista en la casa en que vive desde que se estableció en Pergamino con su esposa. Antes había vivido en el campo, donde creció y se desarrolló laboralmente. Tiene una luz en la mirada que se enciende cuando habla de los suyos. Muestra con orgullo la foto de su bisnieta y transita la vejez con gratitud por la salud, la vida vivida y los afectos.

De chico vivió en Ortiz Basualdo, en la Estancia La Magdalena. Fue el cuarto de los seis hijos que tuvieron sus padres: Nicolás y Marcelina. Su papá era italiano y su mamá tenía las mismas raíces y vivía en El Socorro. De sus hermanos solo vive Rosa.

Cuenta que aprendió a leer y a escribir en el marco de una escolaridad con la que se cumplía en forma particular, ya que la escuela quedaba lejos del lugar donde vivía. “El colegio quedaba como a diez kilómetros y los chacareros cada tanto montaban escuelas particulares, así que de ese modo aprendí a escribir. Después sí fui a Ortiz Basualdo, con una maestra, María, que falleció hace tiempo”, relata.

Vivió en el campo hasta 1973. “Dejamos Ortiz Basualdo y con mi papá compramos campo en Mariano Benítez, gracias a la Ley de Arrendamiento que nos permitió acceder a créditos para la compra de tierras”.

Recuerda las dinámicas de la actividad rural como muy sacrificadas. “Siempre trabajamos 300 ó 400 hectáreas de campo, en una época en la que no había tractores ni máquinas sofisticadas. A los 6 años cuidaba chanchos y vacas”, refiere.

Desde chico su contacto con Pergamino fue cercano porque además sus padres habían comprado su casa en la ciudad. “Dos hermanos quedamos en el campo, pero veníamos siempre”.

De joven estudió Teneduría de Libros, pero nunca ejerció. Gran parte de su vida laboral transcurrió en el campo, abocado a las tareas rurales.

Una linda familia

Está casado en segundas nupcias con Elsa Ester Gordon. Conoció a su mujer en el barrio en el que vivía su papá. Se pusieron de novios luego de que Tomás quedara viudo, contrajeron matrimonio y desde entonces comparten su vida juntos.

“Mi primera esposa falleció muy joven de Mal de los Rastrojos. Se llamaba Luisa y fue la mamá de mis tres hijos: Sergio, Marcela y Viviana”, cuenta. Y menciona que Elsa con mucha generosidad se hizo cargo de la crianza de sus niños y los educó y amó como propios.

“Los chicos eran muy pequeños cuando falleció su mamá. Elsa era muy amiga de una de mis hermanas, los chicos se quedaban con mi padre mientras yo estaba en el campo. Ellos la quisieron desde siempre. Cuando nos casamos luego de tres años de novios, los llevamos a vivir con nosotros al campo y fueron a la escuela de Paraje Gornati”, refiere Tomás. Y agrega: “Desde el día en que comenzaron a tener contacto con ella la llamaron mamá, aunque Elsa siempre se ocupó de contarles quién había sido su mamá, les mostraba fotos y cuando crecieron los llevaba al Cementerio para que siempre la tuvieran presente.

“La aceptaron de inmediato y ella los crió”, refiere. Están orgullosos de la familia que conformaron. Juntos no tuvieron hijos. “Mi esposa quedó embarazada en una oportunidad, pero lo perdió y después de eso no volvimos a intentarlo. Teníamos los tres chicos de mi primer matrimonio que ella educó como propios”, señala.

En 1981 compraron su casa en Pergamino. La misma en la que hoy viven junto a su mascota Francis, un perro caniche que les demanda tiempo y les da mucho amor.  Viven en el barrio Trocha y mantienen una relación armoniosa con los vecinos. Tienen las costumbres sencillas de la gente de antes y son cuidados en tomar medidas por su propia seguridad para estar a tono con los tiempos de ahora. Viven tranquilos y se disfrutan.

Cada uno de los hijos armó su propio camino: Sergio, está separado de Andrea Carunchio, y son papás de: Federico, Mariana y Carla. Marcela vive en Neuquén, está casada con Daniel Bussandri, son papás de Camila y Nicolás, Viviana está casada con Gustavo Lomanto y tienen a Luisina y Bruno.

Tiene una bisnieta: Francesca, que es la luz de sus ojos. Disfruta de las rutinas familiares y asegura que la unión es lo que marca el vínculo que tienen y cuidan.

Del campo al comercio

Desde hace muchos años está jubilado. Dejó de trabajar en el campo luego del fallecimiento de su padre. En Pergamino tuvo un negocio de artículos de limpieza, en avenida Hipólito Yrigoyen. Más tarde llegó el comercio del mismo rubro que tuvieron sobre avenida Rocha, al lado del Club Compañía. Con su esposa se dividían la tarea y trabajaron en ese emprendimiento hasta que se jubilaron. “También hice trabajos de herrería de obra con Daniel Soldati, ya fallecido”, refiere en otro tramo de la conversación.

Recuerda con profundo afecto a sus clientes, a los amigos del campo, pero asegura que no sintió nostalgia al momento de retirarse de la vida laboral. Sintió que era tiempo de descansar y disfrutar de los frutos del esfuerzo realizado. “Me jubilé muy bien, después me sacaron algunos beneficios y con la reparación histórica recuperé lo que había perdido.

“Cuando me jubilé la mínima era de 90 pesos, yo cobraba más de 300, recuerdo que me iba a Mar del Plata pagaba todos los gastos en familia y todavía me sobraba plata”, señala.

El placer de viajar

Confiesa que le gusta viajar y tiene la fortuna de conocer casi todo el país. El hecho de tener una de sus hijas viviendo en Neuquén le permitió conocer el sur y transformarse en uno de los destinos que elige para viajar cada vez que puede. La ciudad que prefiere para descansar es Mar del Plata y confiesa que no la cambia por nada. “Tenía un tío que estaba muy bien económicamente y tenía allá un chalet al que nos llevaba un mes casi todos los veranos”, cuenta.

“Con mi esposa viajamos mucho, me gusta viajar en avión. El último viaje que hicimos a Neuquén fue en un avión que se estaba estrenando”, agrega.

Raíces italianas

Tiene en el hablar un acento italiano que tomó de sus raíces. Lo mantiene, a pesar de que su papá que había llegado escapado de la guerra se resistía a hablar el idioma. “Hay cosas que no se pierden”, resalta.

Es fiel a sus raíces. Eso se traduce en las anécdotas que siempre lo ubican cerca de los vínculos familiares y las relaciones afectivas. Tiene una historia rica en vivencias que acerca a la conversación para enriquecerla. Así, en otro tramo de la charla recuerda su experiencia en el Servicio Militar. Le tocó cumplir con esta obligación durante siete meses en el sur, en Covunco. “Me tocó de esquiador, en un tiempo en el que ni sabía lo que era esquiar”.

“Hace un tiempo con mi yerno del sur que es geólogo tuve la posibilidad de volver al cuartel y me permitieron entrar a la habitación donde dormíamos”.

Un hombre activo

Por fuera de los compromisos laborales corrió en bicicleta, pero solo en pequeñas carreras de pueblo, e incursionó en el fútbol aunque solo en forma amateur. Es hincha de Boca Juniors, pero no se considera un fanático. Tiene nietos que son de River y los respeta.

Durante muchos años fue tesorero de la Cooperativa Rivadavia. “Fue una tarea que desarrollé durante bastante tiempo y la anécdota más grande que recuerdo es de cuando fuimos a pedirle a Massera la construcción del Hospital San José”.

Aprecio por la vida

Se define como un hombre sencillo que aprecia mucho la vida. “Valoro mucho la armonía y nunca discutí con nadie. Nunca fui de pelear. Quiero a todos y dejo en libertad a la gente. No soy de criticar ni de meterme en la vida de los demás”.

Aunque no va a la Iglesia, es un hombre de fe y le agradece a Dios la vida que tuvo. “Le agradezco a Dios que sigo viviendo”. No tiene grandes problemas de salud, solo un trastorno en la columna que es consecuencia de los esfuerzos de su trabajo. “Tomo vino tinto y como asado”, bromea, celebrando el bienestar.

Es muy compañero de su esposa, disfruta de transcurrir la vida con ella que ha sido y es una mujer excepcional. También se gratifica con la presencia incondicional de los amigos. Menciona al doctor Jorge Buey, su compadre, y a su esposa María del Carmen. “Ellos son como familia para nosotros, soy el padrino de uno de sus hijos”, dice y se disculpa por no nombrar al resto de los amigos, los del campo, los de la vida. “Me olvidaría de muchos, porque ha sido un afortunado de tener muy buenos amigos y personas incondicionales en cada lugar por el que pasé. Ellos saben quiénes son”, sostiene.

Con su mujer tiene una barra integrada por matrimonios con los que les gusta reunirse para jugar al chin chón. Pasan el tiempo divirtiéndose y disfrutando de esta etapa de la vida.

No hay algo que le hubiera gustado hacer y no hizo. Tuvo una vida feliz. Es un enamorado de Pergamino, y siempre que puede viajar elige irse a Mar del Plata. “En enero, nos vamos a ir”.

“Mi vida fue buena, he tenido problemas, pero Dios siempre me recompensó”, concluye, agradecido.