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Perfiles pergaminenses

Tranqueras PG, una empresa familiar con 70 años de historia

Rubén Genoud es la cara visible del emprendimiento que fundó su padre y en el que trabajó con sus hermanos, continuando la tradición y alimentando la pasión por la madera. En una charla amena con LA OPINION, con 83 años y en plena actividad, relató vivencias que hablan de un compromiso al servicio de la calidad, clave de la permanencia.


El 7 de agosto la empresa Tranqueras PG cumplió 70 años de actividad ininterrumpida. En la industria de la madera son líderes y sus productos se comercializan en toda la geografía del país. Como sucede con las empresas familiares, detrás de la marca hay una historia. En este caso, nacida de la decisión de Don Pedro Genoud de alquilarle a uno de sus hermanos una carpintería ubicada en calle Ameghino. Allí comenzó todo. Al principio elaborando carretillas y moldes para la fabricación de ladrillos, y luego consolidándose en la que fue su actividad principal: la fabricación de tranqueras y mangas de hacienda para campo.

Rubén Genoud es el único de los hijos de Don Pedro que en la actualidad está al frente de la empresa. El es quien, en una amena charla mantenida con LA OPINION, narra la historia de vida de una familia que en 1941 se había establecido en Guerrico, primero en el campo y luego en el pueblo, y que años más tarde se radicó en Pergamino, donde forjaron su futuro.

Con 83 años, Rubén está en plena actividad y en un alto de las tareas que realiza en la fábrica que define como “el taller grande”, se sienta tranquilamente a hablar del pasado y del presente. También a aventurar el futuro. Conocedor de su oficio, conserva la pasión por lo que hace y la alimenta todos los días con trabajo.

El origen

Su historia familiar y empresarial confluyen en lugares comunes, es muy difícil escindir un plano del otro. Quizás esto suceda porque desde los 14 años toda su historia laboral se escribió trabajando la madera. “Yo nací en Mariano Benítez, pero a los 5 años mi familia se mudó a Guerrico, al principio vivíamos en el campo y en 1947 nos vinimos al pueblo”, refiere y recuerda que fue a la Escuela N° 20, una comunidad educativa con la que siguió vinculado en el afecto y la participación en eventos y aniversarios. “Uno siempre trata de estar cerca del lugar en el que se formó”, afirma.

Habla con profundo respeto de sus padres Pedro y María Ceccoli. También, de sus hermanos: Miguel, Rogelio (fallecido), Ireneo (fallecido) y Elena. Con ellos creció y trabajó en la fábrica fundada por su padre cuando se vinieron a Pergamino.

“Mi padre fundó esta empresa y nosotros fuimos como los patitos que seguimos sus pasos. El vino adelante tomando la iniciativa y nosotros lo seguimos”, refiere. Y esa imagen del pato con los patitos la emplea en varios momentos de la conversación para simbolizar el sentido de esa unión familiar detrás de un proyecto.

“Mi padre alquilaba un pedazo de campo, después tuvo camiones y cuando un hermano suyo, que era carpintero, se asoció con otras personas para armar un aserradero más grande, él le alquiló la carpintería en Pergamino y no dudó un segundo en comenzar a trabajar en un rubro que siempre le había gustado”, cuenta. Y prosigue: “Vinimos el 7 de agosto de 1949 y el 8 empezamos a trabajar en Ameghino 77, en esa carpintería que por entonces hacía de todo. Nosotros empezamos a hacer carretillas para hornos de ladrillos y moldes, en una época en la que la construcción era el furor. Después incorporamos la fabricación de aberturas para obra. Eso duró hasta que el Banco Hipotecario canceló todos los créditos y la actividad se frenó de manera abrupta. Fue en esas circunstancias que un viajante le dio la idea a mi padre de incursionar en la fabricación de tranqueras para campo; mi padre ya arreglaba algunas. La zona era propicia para eso, así que pusimos manos a la obra. Así comenzamos y desde ese día esa es nuestra actividad, a la que hemos sumado la fabricación de otros productos”.

Un sello propio

Hoy la fábrica funciona en la ruta Nº 8 y Barrancas del Paraná, donde se mudaron en 1984. Se construyeron 3 mil metros de galpón y el predio cuenta con 32 mil metros de tierra. El nombre comercial de la fábrica coincide con las iniciales de su padre y es un sello que Don Pedro utilizaba en el campo para marcar la hacienda. “Tranqueras PG es el nombre artístico, y la firma es Genoud Hermanos Sociedad Anónima”, refiere Rubén, orgulloso de esa tradición de trabajo con la que se identifica.

Nunca olvida las raíces. En la cabecera del escritorio, el cuadro con el rostro de su padre ocupa un lugar privilegiado. El mismo que está en la memoria de Rubén y de los suyos. “Al principio en la fábrica trabajamos todos, después mi hermana se casó y no siguió. Mis padres fallecieron muy jóvenes y nosotros continuamos con la actividad. Rogelio falleció, Ireneo se independizó de la sociedad para armar un emprendimiento propio, más tarde falleció y hoy continúan el camino sus hijos. Miguel y yo seguimos con la fábrica. Miguel hoy ya no tiene actividad laboral, así que de algún modo me he quedado solo y no tenemos ningún heredero dispuesto a seguir, porque tanto mis hijos como mis sobrinos han tomado otro camino”.

En el caso de sus hijos, Gustavo es médico y vive en Rosario; y Analía es jubilada docente. “Ellos han tomado otro camino profesional y mis sobrinos también. Digamos que no se ha dado el cambio generacional, nuestros patitos han tomado otro camino”, señala. Eso influye en que el futuro sea incierto, pero no piensa demasiado en eso.

Un hombre de trabajo

Rubén enviudó hace un año y medio. Se emociona cuando habla de su esposa María Elena Rajal, a quien había conocido en un baile del Club Sports. “Estuvimos dos años de novios, nos casamos y armamos nuestra familia. Estuvimos 61 años juntos. Ella fue la que me acompañó y crió a los chicos”.

Hoy vive solo. Se levanta a las 6:30 y llega a la empresa 10 minutos antes de que abra la fábrica. Trabaja ocho horas diariamente y el resto del tiempo lo utiliza para ocuparse de su casa. Le gusta compartir tiempo con amigos. También para disfrutar de sus nietos: Juliana, Martín, Camila y Emilia. Tiene una peña que se reúne los viernes. Son amigos de hace más de 50 años. Conserva ese ritual del encuentro con la gente querida. “Hice muchos amigos con mi deporte preferido que es la pesca. Hoy ya no voy tanto, porque no me da el físico, pero es una actividad de la que disfruté mucho. En un momento llegué a tener ocho embarcaciones”.

En su juventud siempre estuvo ligado a la actividad deportiva. “Me gusta el esquí, de joven practiqué deporte, bicicleta, atletismo, fútbol, basquetbol”, menciona y aclara que todo fue siempre a la par de la actividad laboral, ya que desde los 14 años su principal rutina fue la fábrica.

“Mi única asignatura pendiente fue tener una casa rodante, porque nunca tuve el tiempo para disfrutarla. La prioridad siempre fue otra, pero me hubiera gustado tener una para salir a andar”, señala. Y confiesa que Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir. “Esta es una ciudad que tiene cosas interesantes, posee una colonia agrícola importante y se puede vivir muy bien aquí.

“Trabajar es lo que más me gusta hacer. La industria de la madera es atrapante, es un oficio, no es un negocio que se compra y vende. La madera se elabora y de ahí sale un producto y mi principal afán es que ese producto salga bien”, refiere. En una apreciación que define su impronta y la de su familia. La permanencia en la actividad comercial seguramente tiene que ver con la calidad de los productos.

Pasión por la madera

A lo largo de los años cuentan con una clientela fiel, y lo que producen llega desde Salta hasta Ushuaia. Sin perder la esencia, la actividad se ha diversificado y hoy convive la fabricación de tranqueras y mangas para hacienda con otros productos e insumos para campo. “Siempre dentro del rubro de la madera y sus derivados estamos innovando”, afirma este hombre que aprendió de su padre que tenía solo tercer grado, la capacidad de trabajo. “A él le gustaba mucho la madera, siempre estaba haciendo cosas, cuando compró un camión la carrocería la hizo él. Siempre estaba ligado a la madera, tenía sus propias herramientas de mano y cuando se le presentó la oportunidad, no dudó en hacer de esta su actividad.

“El nos marcó el camino. Y esa siembra dio frutos, porque con los altibajos de cualquier habitante de este país, nos fue bastante bien. La nuestra es una posición de trabajo. No tenemos campo, simplemente tenemos un buen pasar como trabajadores”, recalca, agradecido. “Esta no es una fábrica, yo la llamo un taller grande, y acá hay que venir a trabajar. Eso hacen los nueve empleados que tenemos. Y eso hago todos los días”. Ese es el principal capital. La capacidad de trabajo aprendida y transmitida.

Del escritorio, la charla se traslada al lugar donde sucede la magia: el taller. Allí donde la madera se transforma en producto. Rubén lo recorre y enseguida pone manos a la obra. En un trozo de madera talla un nombre y con ese acto sencillo fabrica una tabla para compartir una picada. Ese es su regalo en agradecimiento por la charla. Con ese obsequio termina la pausa y vuelve al trabajo, esa tarea que lo sostiene con la pasión del primer día.

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