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Perfiles pergaminenses

Victorio Viglierchio, el veterinario que marcó el camino de la transferencia embrionaria equina

Victorio Viglierchio conjugó su pasión por los caballos y la medicina e hizo de ambos un pilar. (LA OPINION) Victorio Viglierchio conjugó su pasión por los caballos y la medicina e hizo de ambos un pilar. (LA OPINION)

Su pasión por los caballos y su vocación por la veterinaria confluyeron para transformarlo en un referente. Fundador de Biopolo S.A., un centro modelo dedicado a la aplicación de técnicas de reproducción y al trabajo con animales de elite, cuenta con una nutrida trayectoria. Posee una rica historia de vida, sustentada en los pilares del trabajo y la sencillez.


Victorio Alberto Viglierchio es médico veterinario, reconocido por haber abierto un camino en el país en el campo de la transferencia embrionaria equina. Nació el 8 de febrero de 1953 en Pergamino. Su padre fue el conocido médico ginecólogo y político Italo “el Inglés” Viglierchio; y su mamá, María Marciana Cerruti, la única hija mujer de Santiago Cerruti, también médico. En la casa de Castelli y 9 de Julio transcurrió parte de su infancia, jugando en la vereda y yendo a la pileta del Club Gimnasia y Esgrima, allí donde gestó amistades perdurables. Junto a su hermana melliza Raquel, es el menor de sus hermanos: Carlos, Mercedes, Rita y Aurelia, que falleció hace poco más de un mes. Habla de todos ellos con la incondicionalidad de la hermandad, y de Aurelia con la tristeza de la pérdida. 

Siendo niño, y acompañando la actividad diplomática de su padre que fue embajador, se mudó a Quito, Ecuador, donde completó los estudios primarios que había iniciado en la Escuela N° 2. Define su niñez como un tiempo “itinerante” y recuerda su mudanza con cierta sensación de desarraigo. “Todavía recuerdo con nostalgia el día que ‘Yuli’ Biscayart organizó un asado con mis compañeros de escuela para despedirme”.

Ese “ir y venir” no le impidió establecer vínculos verdaderos. Rinde culto a la amistad. “Mis amigos íntimos son Tomás Ramella y ‘Juani’ Martin”, señala y confiesa que en cada ámbito de la vida supo cosechar afectos nutritivos.

Al regresar de Ecuador se incorporó al Colegio Nacional. “Estando en tercer año me fui al Lasalle y tiempo después regresé a Pergamino. Al egresar del secundario, hice el ingreso a la Facultad de Veterinaria de La Plata”, relata, destacando el respeto que siente por los docentes de su querido Colegio Nacional que sentaron las bases sólidas de su formación.

La vocación y su familia

Confiesa que su vocación por la medicina veterinaria llegó de la mano de su pasión por los caballos, algo que compartió con su hermano Carlos. Juntos jugaron al polo durante muchos años. Y de hecho Victorio presidió la Asociación Pergamino Polo Club y dedicó a ese deporte gran parte de su vida.

“En realidad soy un apasionado de la medicina, aplicada a lo que sea”, afirma volviendo sobre su elección profesional.

Estando en cuarto año de la facultad se casó con Ana María Ricci, una pergaminense a la que conoce “desde siempre” y con la que conformó su familia. Tienen dos hijos: Victorio Tomás, médico ginecólogo y robótico del Hospital Italiano; y Mariana que tiene una empresa de diseño textil para casas e indumentaria femenina. Ambos viven en Buenos Aires.

“Victorio nació cuando yo estaba en quinto año y recibí mi título con él en brazos”, relata. Su hijo está casado con Laura Chediack; y su hija con Marcos Piccardo. Es abuelo de Jacinta, Renata, Francesca y Florencio.

La actividad profesional

La veterinaria que abrió en la década del 80 en el barrio Centenario, y que mantiene con la dedicación del primer día, es el escenario de la entrevista. La charla encuentra anclaje en la cuestión profesional que ha sido un eje sustantivo en su vida. Siendo estudiante universitario trabajaba como representante del Frigorífico Tres Cruces. “Cuando me recibí continué con ese trabajo hasta que pude hacer mis armas como médico veterinario”, resalta.

Con la mirada siempre puesta en Pergamino, fue armando aquí sus bases de ejercicio profesional. “En 1978 pusimos una veterinaria con Carmelo Picarelli, en calle doctor Alem; en 1984 compré este local, me mudé y aquí armé la veterinaria”, refiere. A su alrededor están los insumos de su trabajo y en el camino recorrido, la experiencia.

“Hacemos clínica de caballos. Contamos con una aparatología importante, y tenemos el laboratorio para el diagnóstico de anemia infecciosa en equinos”, describe.

Confiesa que siempre tuvo “grandes aspiraciones en lo profesional” y para alcanzarlas se nutrió de conocimientos. Estudió en el exterior y se especializó en reproducción.

Con humildad menciona logros que marcaron hitos: “Fui pionero en Argentina en embriología de caballos de polo. En el año 1988 hicimos los primeros embriones en el país y fui fundador de los centros originarios de esta técnica”.

En 2005 fundó Biopolo Sociedad Anónima, del que es propietario con algunos socios, entre ellos su amigo y par en la veterinaria, Sergio Suberbie. “Es un centro modelo de reconocimiento, dedicado a la transferencia embrionaria equina. Funciona en Carmen de Areco y cuenta con reproductores de alta genética en polo”, resalta, con orgullo.

Una pasión y una responsabilidad

Su trabajo le muestra a diario el milagro de la vida. Y se vale de la rigurosidad de la ciencia para aplicar con precisión la técnica que le permite reproducir la genética de animales que tienen atributos inigualables. Define minuciosamente un proceso al que define como “maravilloso”. Lo que hace no solo requiere de un entendimiento exacto del ciclo reproductivo de la yegua, sino de la sincronización de donantes, receptoras y padrillos para conseguir el logro de un objetivo que tiene que ver con la vida. Siente un profundo respeto por su trabajo y sabe que la tarea implica una enorme responsabilidad que honra.

“Una yegua de polo no es cualquier cosa, y es por eso que se hacen embriones de ellas. Sus andares, sus movimientos, su genética son distintas, te sorprenden”, resalta valorando de esos animales la nobleza.

“Trabajamos con una buena cantidad de yeguas, y no las puedo atender solo, hemos conformado un hermoso equipo”, señala y menciona que su tiempo se compatibiliza entre la atención y la gestión administrativa del centro.

Sabe que sus hijos han elegido otra profesión y que nadie seguirá este camino. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, bromea y aunque fantasea con la disponibilidad de tiempo libre para “viajar en moto”, su vocación y el compromiso con sus clientes lo mantienen en plena actividad. “La clientela me prohíbe que me retire”, afirma.

Biopolo tiene un carácter de refinamiento asociado al trato personalizado. “Las yeguas jugadoras de polo son nuestras donantes, son animales de elite y valen mucho dinero. La donación de sus embriones implica una enorme responsabilidad y cuidamos cada uno de los detalles. Esa es una premisa irrenunciable para nosotros”, plantea.

La consecuencia del esfuerzo

La simpleza acompaña la conversación. Sabe que más allá de la alta especialización de su trabajo, todo lo que ha logrado fue consecuencia del esfuerzo. “En la vida las cosas se consiguen con dedicación, persiguiendo un objetivo con pasión. Nada se alcanza sin amor por el trabajo. Los logros llegan como consecuencia. A veces también hay fracasos y uno intenta capitalizarlos como aprendizaje”, destaca en una apreciación que lo define.

Otras pasiones

Cuando no está trabajando le gusta jugar a la paleta. Tiene grandes amigos en ese deporte. Otra de sus pasiones son las motos y tiene infinitas anécdotas de viajes realizados con personas entrañables.

Sus rutinas cotidianas son sencillas. Muy activo en su trabajo, guarda tiempo para la intimidad de la vida familiar. Su esposa trabaja en el Tribunal de Menores y viven solos. Cuando mira hacia atrás ella está incondicionalmente: “Ha sido y es una compañera increíble. Mi profesión me obliga a viajar mucho, los caballos no están en la veterinaria, están lejos, y ella siempre ha entendido y acompañado esas ausencias. Ha sido un pilar sin el cual nada de esto hubiera sido posible”.

Con 67 años, jubilado de la docencia en la Escuela Agrotécnica, siente una profunda satisfacción personal al ver el camino recorrido. Pero no lo señala con arrogancia. “Me recibí a los 23 años y nunca dejé de trabajar. Nunca me sentí superior a nadie, no lo soy. Eso es Pergamino, la simpleza”, dice acercando una reflexión sobre su sentido de pertenencia a este pago donde están sus raíces.

Los valores aprendidos

“Siempre digo que es muy lindo saber andar en alpargatas y con mocasines, el amplio espectro, la simpleza. Eso es lo que me enseñaron en casa y lo que intenté transmitir a mis hijos”, resalta. Vuelve sobre el recuerdo de sus padres cuando lo dice. De su madre tomó el apego a la familia. “Mi mamá fue una de las personas más simples que conocí a pesar de haber tenido cuna de princesa”, describe.

De su padre, el pragmatismo, el amor por el trabajo y el desprecio a la ingratitud.  “Mi papá era un grande, un médico prestigioso, un político de carrera, inteligente y con mucho humor”.

“Tuve padres positivos. Ante una macana lo primero que se me ocurría era salir a abrazarlos, eran mi refugio. Eran las personas más buenas del mundo”, confiesa.

Sobre la base de esos cimientos construyó su vida y la certeza de que la clave está en acompañar con trabajo la pasión. Eso es lo que hace a diario en cada esfera de la vida. Tomando como lema la premisa de que “en el detalle está Dios”, y es ahí donde siente que él debe estar, haciendo aquello que sabe hacer, con humildad y sin perder nunca de vista aquello donde habita lo esencial.